
“Si seguimos siendo insensibles al problema del cambio climático, una cuarta parte de las especies vivas del mundo se extinguirá” (Agencia Grey para Greenpeace)

“Si seguimos siendo insensibles al problema del cambio climático, una cuarta parte de las especies vivas del mundo se extinguirá” (Agencia Grey para Greenpeace)

Estimados editores de informativos: les propongo un juego por si quieren hacer más ameno su telediario ahora que en verano siempre escasean los contenidos sugerentes. "En una de las dos imágenes se puede apreciar una concentración de refugiados de la región sudanesa de Darfur; en la otra, el fin de fiesta del último gran certamen de belleza planetario. Adivine qué imagen se corresponde con cada enunciado." Si quieren añadan al enigma un concurso de mensajes vía sms y así se podrán sacar unas pelillas extra que nunca viene mal. Pero está claro que la suerte de esta obra, primera del malagueño Alfredo de Hoces está ligada al boca-oreja después de haber ganado en 2005 el IV Certamen Internacional de Novela Yoescribo.com. Podría considerarse a 'Fuckowski' como uno de los grandes y escasos éxitos literarios fraguados en Internet en nuestro país, y si bien esta circunstancia no le ha valido al autor un reconocimiento masivo, han bastado para ir configurando una ruidosa legión de seguidores que han encontrado en el libro un referente narrativo de este tiempo que nos ha tocado vivir. ¿Literatura posmoderna? Seguramente. Que yo pondría en mi biblioteca junto a Kennedy Toole o Houellebecq. ¿Obra de culto? Puede que también.
Alfredo de Hoces, Málaga, 1974
Fresco, inteligente, descarado –transgresor sería mucho decir-, el libro consigue atraparnos desde sus primeras líneas, una cualidad que no podemos ni mucho menos despreciar cuando a veces tenemos la tentación de pensar que ya lo hemos visto/leído/oído todo.
“Existe –inicia el libro- una línea marrón que divide la humanidad en dos grandes grupos: aquellos que nacen por encima de la línea de flotación y tienen una vida, y los que nacemos hundidos en la mierda y tenemos que darnos de hostias para salir a respirar.”
¿Cómo resistirse a seguir leyendo cuando se nos presenta la existencia entera en dos brochazos y sabemos a ciencia cierta que pertenecemos al segundo grupo, a los marrones -¿diría Dani Pedrosa “Yo soy marrón?-, a los fuckowskis de la vida?
De principio a fin y a través de unos relatos en los que lo autobiográfico no sólo no se oculta sino que sirve de refuerzo a las distintas tramas, Alfredo de Hoces nos hace un retrato caricaturesco del mundo actual que se desenvuelve a través de alienantes relaciones laborales –las que de manera concreta se desarrollan en el seno de las grandes empresas informáticas, que el autor conoce en profundidad-, de la hipocresía que contamina los vínculos sentimentales, del dibujo de un mundo de trepas, enchufados, crápulas y gorrones que asfixian toda disidencia arrinconándola a los márgenes de la sociedad.
Todo esto ya fue entrevisto por el Jurado que premió el libro y es descrito con acierto por Alejandro Párraga en el prólogo que acompaña la edición. No se trata ahora de descubrir mediterráneos. Pero Alfredo de Hoces asume ahora el difícil reto de dar forma a su segundo libro (‘Tren a la estación perdida’), el que siempre se supone de la confirmación y por lo tanto, el que más expectación levantará de su, esperamos, larga trayectoria.
De momento, y de forma consecuente con lo que ha sido su origen como escritor, ya ha colgado en su web el primer capítulo. Y resulta inevitable leerlo a la luz –que esperemos no se convierta en sombra alargada- del simpar ‘Fuckowski’. De entrada, destaca una primera diferencia entre ambos trabajos. El primero es una compilación de relatos. El segundo, una novela, lo que de entrada podría dar falsamente a entender que afronta un reto que por su propio género supone un salto cualitativo. No hace falta que venga yo a decir que esto es un error, por mucho que aún goce de cierto privilegio la visión que considera al relato como un arte menor al lado de la novela. Como si no hubiera existido un Poe, un Borges, o un Cortázar.
Bien es cierto, sin embargo, que mantener el pulso narrativo a lo largo de doscientas o trescientas páginas puede suponer una dificultad añadida. Pero si nos fijamos en su primer libro esto no tendría que ser un obstáculo para De Hoces. De hecho, la fragmentación de ‘Fuckowski’ supone, a mi juicio, su mayor carencia. Hasta que no tuve bien adelantado el libro no cobré plena conciencia de que me encontraba ante un compendio de relatos, algo que se va tornando evidente en la segunda parte. Dicho de otro modo, el autor optó por recrear distintas situaciones aparentemente inconexas –algunas de ellas genialmente presentadas- cuando por la naturaleza de los personajes y por el propio estilo podría haber elegido dotar al conjunto de una mayor unidad. Vamos, que donde yo veía una novela, el autor –por falta de atrevimiento, de reflexión, o quizá por pleno convencimiento- vio un conjunto de relatos, lo que a mí me dejó un regusto de cosa interrumpida que se me reproduce cada vez que decido de nuevo abrir el libro y releer alguno de sus capítulos, sin contar que, quizá por esta misma causa, algunos de los episodios (y el mismo epílogo) me dan la impresión de estar por debajo del nivel general. Quizá sería demasiado atrevido afirmar que se trató de una ocasión perdida. Sobre todo porque siempre queda la duda de si un mayor afán organizador no habría ido en detrimento de la frescura que emana el conjunto pero, bueno, se trata de observaciones a toro pasado que ni desdoran el resultado final ni tampoco sirven para mucho más que para bosquejar en voz alta las sensaciones que me dejó una obra que quizá podía haber volado aún más alto.
Lo que me sirve también de excusa para reflexionar sobre el peso que ‘Fuckowski’ pueda tener en el nuevo libro. Arriesgarse a colgar el primer capítulo en su web y someterlo al juicio de los lectores puede ser entendido de dos maneras: o bien el autor tiene plena confianza en su obra y sólo pretende compartir con sus lectores las evoluciones del nuevo trabajo –agradeciéndoles de paso su fidelidad-; o bien se muestra inseguro y quiere sondear a través de las respuestas de los internautas si va por el camino indicado. Bueno, existen otras posibilidades: que es un tipo muy majo; que cree en eso de la web 2.0; que quiere ir promocionando el libro desde antes de terminarlo… Menos la última, considero parcialmente acertadas el resto y fundamentalmente que, como la persona sensible y comunicativa que parece ser, oscila entre la confianza del escritor vocacional –y por tanto, con un destino- y el hombre que duda y que desea agradar a su público.
Desde esta perspectiva, los comentarios que puedan dejarle sobre el primer capítulo dudo de que alteren en grado significativo el esquema de trabajo que reconoce tener elaborado y que se basa en esos dos elementos que funcionaron en ‘Fuckowski’: humor y lírica (a partes iguales).
Juzgar una obra por su primer capítulo es, en cualquier caso, una castración sumamente peligrosa que puede valer para las grandes editoriales a la hora de que el editor junior siga adelante con la lectura o tire el manuscrito a la caja de reciclado. Pero, como han hecho otros, me atrevo sucintamente a emitir un juicio. ‘Tren a la estación perdida’ me da buena espina y mala espina a la vez. Buena, porque De Hoces aparenta una enorme facilidad para conectar con el lector a través del desarrollo de escenas y monólogos interiores del protagonista que te arrastran sin dificultad. Un dejarse llevar siempre gratificante. Pero, por otro lado, ahí puede residir el peligro, en especial tras su primera obra, que el efecto sorpresa se evapore, que nos adelantemos con demasiada frecuencia a las reacciones de los personajes, que la caricatura se convierta en cuadro costumbrista y que, al final, todos nos sintamos unos fuckowskis, incluso los minglanillas. Ya se sabe que “el infierno son los otros”.
En este primer capítulo echo de menos ese margen de incertidumbre en el que generalmente se mueve De Hoces en el libro anterior, esa sensación de que cualquier cosa puede pasar se ve mitigado, puede que por las mismas características del género que le obligan a una mayor dosificación. Pero, confío, no obstante, en que el talento del escritor sepa imponerse en una tarea, que no está de más recordar, no está al alcance de cualquiera. Y es que, Alfredo –permíteme la confianza-, no es por meterte más presión, pero ya sabes que es el precio que has de pagar por haber escrito un libro tan sorprendente. El que todos esperemos un “todavía más”, el que te acribillemos con nuestras personales hermenéuticas, aunque eso sí, siempre desde el respeto reverencial que despierta en el lector el haber podido disfrutar a través de un puñado de páginas repletas de chorradas como pianos de sensaciones que permanecerán alimentándonos durante mucho tiempo. Y ahora, menos cervecitas en pubs dublineses y al ordenador, que no tenemos toda la vida…:)
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P.S.: La historia de la literatura está llena de familias de escritores, hijos que heredan de sus progenitores la vocación por el oficio, pero resulta mucho menos frecuente el fenómeno inverso, el caso de padres que siguen el ejemplo de sus hijos en el mundo de las letras. Aquí encontramos uno. Y es que Margarita García-Galán, madre del autor de 'Fuckowski', acaba de iniciar una carrera como narradora que esperamos sea larga y prolífica. De momento, ya ha sido seleccionada como finalista en el Certamen de Relato Corto de Vélez-Málaga. Enhorabuena.
Bastante tiempo antes de que asistiéramos a la magia del photoshop, ya existían los fotomontajes. En el fondo, los motivos de ayer siguen siendo los mismos del presente. Aumentar el busto de una modelo o mejorar el aspecto de un dictador no dejan de ser formas similares de hacerle creer a la masa que vivimos en el mejor de los mundos posibles, de que aunque sus vidas pueden resultar tristes y deprimidas, siguen existiendo mujeres con necesidad de usar una talla 100 de sujetador y gallegos bajitos y oscuros capaces de echarle la pata encima al mismísimo regente del Imperio de los Mil Años. El encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya, catalogado durante mucho tiempo como un verdadero enigma histórico, habida cuenta de la distancia que media entre lo que los gerifaltes del Régimen contaron y lo que realmente puedo haber pasado, nos dejó dos fotografías: la real, y por lo tanto, la que no pudimos ver, nos muestra a un Franco envarado, casi robótico, al que Hitler –que no iba precisamente para pívot- le saca una cabeza y que luce en el pecho la Cruz del Águila alemana; la que distribuyó la propaganda, en la que Franco aparece ya con la Medalla Militar Individual sustituyendo a la insignia germana, nos ofrece sin embargo, una visión idealizada del dictador español, más seguro y confiado, sonriente, ejerciendo su dominio sobre una escena en la que un Hitler recortado le cede todo el protagonismo.
El mandato de George W. Bush al frente del Estado más poderoso del mundo está tocando a su fin. El exgobernador de Texas lo sabe y está haciendo todo lo posible por no pasar a la historia como el pistolero paleto y bravucón que muchos piensan que es. De momento, no está teniendo demasiada suerte. Sus tímidos intentos por poner algo de orden en Oriente Medio, última mano que había jugado para maquillar su pésima imagen, están chocando con la realidad de una región con odios demasiado arraigados como para poder ser dejados a un lado con actuaciones tomadas a destiempo.
La situación en Irak no es ahora mismo la peor de las posibles aunque dista mucho de ser idílica, y el mero hecho de plantearse una retirada masiva de tropas parece impensable. En Afganistán, la situación es casi peor, no viéndose una salida al largo túnel de un país que hace décadas que –entre otras cosas merced a los desastrosos efectos provocados por la ingerencia norteamericana- vive entre cascotes. Y qué decir, respecto a Irán. Las políticas llevadas a cabo por la Administración Bush no han tenido los resultados deseados y el clima de tensión permanente no tiene visos de cambiar.
En definitiva. El mundo con Bush es mucho menos seguro que antes de él (y bastante más sucio, dicho sea de paso), lo que no quiere decir que algún día a alguien no se le ocurra proponerlo para Premio Nobel de la Paz, que cosas más raras se han visto.
Además, al contrario que algunos de sus predecesores, Bush no puede minimizar su nefasto balance en política internacional mirando los resultados que ha cosechado dentro de su propio país. No se trata de sacar a colación la gestión del ‘Katrina’ ni otros hechos puntuales que pudieran evidenciar cómo este presidente ha gestionado los asuntos domésticos. La negativa ola económica que atraviesa el planeta y que, según algunos economistas, él no ha sabido tampoco ni mucho menos afrontar, tiene sumido al país en la zozobra. Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial pero ha visto mermados sus superpoderes no sólo por la irrupción de los nuevos gigantes asiáticos, sino por los propios europeos que como nuevos ricos hemos ido a los ‘states’ a pavonearnos con nuestro ‘hay que ver qué barato está tó en Nueva York y en Madrid no hay quien pueda’.
En conclusión, que ante tan magro balance, no nos queda otra que aplaudir la iniciativa que han tomado un grupo de ciudadanos de San Francisco que, adelantándose al inminente abandono de GWB de la Casa Blanca (será en enero de 2009) han propuesto que una planta de aguas residuales lleve su nombre, para lo que pretenden que el tema sea sometido a votación en las elecciones de noviembre.
"Es importante recordar a nuestros dirigentes en el contexto histórico adecuado”, ha expresado con cierta ironía, me da a mí la impresión, un miembro del llamado Comité Presidencial Conmemorativo de San Francisco, Brian McConnell.
De momento, este grupo ha presentado 12.000 firmas con la petición ante el Departamento de Elecciones de San Francisco con la intención de que la planta ‘Oceanside Water’ sea renombrada como ‘George W. Bush’.
Según McConnell la función de una planta de tratamiento de aguas “consiste en arreglar el desorden”, por lo que según él, “se trata de un tributo que encaja perfectamente”.
De momento, los republicanos no se han mostrado muy favorables. Como son conservadores, desean conservar el actual nombre. Pero a buen seguro que si nos dejaran votar a los demás el referéndum tendría un incontestable resultado positivo. ¿O quizá no? Ahora que lo pienso, ¿no fue éste el mismo presidente que resultó elegido justo después de haber mentido al mundo con la existencia de las inexistentes armas de destrucción masiva?
Cosas veredes…
El otro día, un anónimo lector de este blog, me ponía verde a propósito de un post que publiqué sobre Carlos Ruiz Zafón. Ustedes recordarán el episodio. El escritor barcelonés había tildado de mediocre y no sé cuantas cosas más la literatura hecha en España –como él vive en Miami no está incluido (lo mismo le debe de pasar a Alejandro Sanz, al que todo el mundo considera como un cantante norteamericano)-, bueno, que me voy por las ramas, Zafón se despachó a gusto (para salir más tarde desmintiendo al pérfido redactor que había sacado, cómo no, sus palabras de contexto). Un servidor, mucho más modestamente –las 30 ó 40 visitas diarias que recibe este blog no se pueden comparar con el millón de ejemplares de la primera edición de su último libro- le dedicó también unas palabras al autor de La sombra del viento. Nada del otro mundo, algo del tipo “joder, no se puede ir así por la vida, tío” o “pues no se cree éste que es el puto Shakespeare”… Un poco mejor construido, pero más o menos así en el fondo.
Posiblemente haya perdido a aquel lector enojado conmigo por criticar a un autor al que no he leído y con cuya obra, por cierto, no me meto. Directamente, porque no puedo. Pero, mientras las lágrimas surcan mis mejillas dejando huellas indelebles en mi rostro azotado por el levante meridional, he dado con alguien a quien también se le podría endosar el calificativo de “snob” que me atribuyó el amigo.
Este artículo que firma María José Hernández Lloreda critica, a mi juicio, con acierto, el actual relativismo cultural del que se valen algunos para intentar desmontar tus argumentos entonando el clásico: “bueno, esa es tu opinión”, algo que en el ámbito concreto de la literatura no sólo está bastante extendido sino que está ocasionando graves perjuicios, al permitir la creación de un canon hecho exclusivamente –con el apoyo, por supuesto, de las grandes editoriales- por el gran público o, ahora que estamos en fechas, por el lector de playa, sujeto que se alimenta exclusivamente de los top ten de los mostradores de grandes superficies y que se piensa que es tó cool porque regala libros de muchas páginas en vez de corbatas o pañuelos de dudoso gusto.
El artículo tiene por título “Pues a mí me gusta”, y aun no coincidiendo con algunos de los autores que incluye en su lista negra –y sí gustándome mucho el fútbol-, coincido en el fondo del asunto, de ahí que recomiende su lectura íntegra. A continuación, extraigo un fragmento, por si alguien quiere ir abriendo boca. Ah, y si no están de acuerdo con lo que la autora suscribe, firmen al menos sus críticas. Que eso de anónimo está bien para el Lazarillo. Pero para poco más.
“Yo tengo un problema cuando hablo de literatura con los demás: tengo tan poca inteligencia social que me empeño en decir lo que pienso. Y eso tiene un efecto muy negativo en el que lo escucha, que siempre percibe que hay cierto aire de superioridad en el tipo de afirmaciones que hago. Nada más lejos de mi intención. Sin embargo, yo escucho constantemente este mismo tipo de aseveraciones de sus labios sin que sientan el más mínimo remordimiento cuando las expresan.
Voy a explicarme un poco más.
Si uno dice que Almudena Grandes, Kent Follett, Ruiz Zafón, Paul Auster, Juan José Millás, Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte, Vicente Gallego, Benjamín Prado, Carlos Marzal… y así hasta el infinito, no son literatura o, por no entrar en discusiones conceptuales, son literatura mala, siempre me espetan con lo mismo: “es tu opinión” y “a mí me gustan”. Por una parte, es obvio que uno siempre habla desde su opinión y no veo necesidad en hacerlo expreso cada vez que uno expone su pensamiento. Por otra parte, no tengo nada que decir a eso de “a mí me gustan”, ahí nunca hay nada que decir, cada uno disfruta con lo que quiere o puede y no seré yo quien haga ningún juicio de valor al respecto. Pero siempre insisto, no es que me gusten o no me gusten, es que no son buenos y de ello no tengo la menor duda. Y no sólo no tengo yo la menor duda, sino que todos los que siempre han sido para mí referentes en literatura tampoco la tienen. Curiosa coincidencia. Pero sólo hay que esperar el momento adecuado para poner a cualquiera frente a su propia argumentación.
Voy a poner un ejemplo que puede servir para ilustrar mi indignación. De fútbol no tengo ni idea y salvo si alguien mete un gol o el portero hace una parada espectacular, no soy capaz de ver nada. Me resulta totalmente imposible saber quién es el organizador del juego y cómo lo hace, el centro del campo es un concepto tan abstruso como el éter… Si estoy con alguien que entiende de fútbol mis comentarios bien podrían ser de este tipo: “qué bien están jugando”, a lo que te contestan, “qué dices, si no están haciendo nada”, “ya pero han marcado 3 goles”, “sí pero no lo están haciendo bien”, “pues a mí me está gustando”. Por supuesto, se dirigirían a mí con el mismo aire de superioridad que me achacan y no habría forma humana de que, desde mi ignorancia del fútbol, les logre convencer de que yo tengo el mismo derecho a opinar de fútbol que ellos. Es más, nadie pondría muchas objeciones en la expresión: “que entiende de fútbol”.
Pero es cierto que no puedo negar que hay una diferencia importante, que la gente cuando se siente ofendida por este tipo de comentarios no lo hace por capricho. La literatura está marcada socialmente como un signo de nivel cultural y el fútbol no (de momento). Por eso yo puedo pasar sin ningún problema por una inculta en materia de deporte sin que ello suponga el menor problema, pero a la gente no le gusta pasar por inculto en materia literaria en nuestra sociedad.”
Lo publica el diario británico The Sun: Isabel II de Inglaterra se ha convertido en propietaria de un establecimiento de la cadena McDonald's en las proximidades de su castillo de Windsor.El diario, que ilustra la información como aquí aparece (no perderse el detalle de la etiqueta que aparece pegada en la camiseta, en la que puede leerse el diminutivo de su nombre, Liz- ha informado que el Crown Estate, que reúne los bienes raíces de la Corona, ha invertido 92 millones de libras en un complejo comercial en la localidad de Slough, al que pertenece el McDonald's.
De este modo, desde sus propios apartamentos reales, la Soberana puede ver la hamburguesería al otro lado del Támesis, y relamerse con esas especialidades que a buen seguro harán que su colesterol se suba a los pinchos de la corona.
En McDonald´s están la mar de orgullosos: “Estamos encantados de que nos haya elegido en vez de Burger King", dijo un representante de la empresa, quien agregó que el único problema es que la entrada para que los automovilistas puedan recoger sus hamburguesas sin salir del coche es demasiado estrecha para el Rolls-Royce de la Soberana. Humor inglés que se dice.
“No hay nada que la gente no pueda ingeniárselas para elogiar, reprobar o encontrar una justificación acorde con sus inclinaciones, prejuicios y creencias”.
Molière.