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| "Acción: parados", artículo publicado el 13 de septiembre dentro de la sección "Pantallas" de Frontera D. |
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| "Acción: parados", artículo publicado el 13 de septiembre dentro de la sección "Pantallas" de Frontera D. |

Que cada año se publiquen unos 60.000 títulos en España mientras los índices de lectura no nos dejan demasiado bien parados si nos comparamos con muchos de los países de nuestro entorno, es un dato que bien debería movernos a una reflexión. Que de esos miles de ejemplares sólo una ínfima parte llegue hasta los escaparates de las librerías y que de éstos no necesariamente los mejores se coloquen entre los más vendidos, es otra circunstancia que merecería un análisis no menos detallado. Que, mientras con frecuencia un puñado de obras menores concentran la atención de los lectores, verdaderas obras maestras puedan no ser nunca descubiertas por el gran público, incluso permanezcan por siempre –incapaces de penetrar en el círculo de hierro que traza la industria cultural- en el fondo de un cajón, es un pensamiento que tiene mucho de descorazonador. “El Monstruo se escapó de su destierro”.“El Tigre se ha mostrado en el terreno.
Las tropas avanzan para detener por todos lados su progreso”. “El Tirano está
ahora en Lyon. Cunde el temor en las calles por su aparición”. “El Usurpador
está a 60 horas de marcha de la capital”. “Bonaparte avanza con marcha forzada”.
“Napoleón llegará a los muros de París mañana”. “El Emperador está en
Fontainebleau”. “Su Majestad El Emperador hizo su entrada pública y llegó a las
Tullerias. Nada puede exceder la alegría universal ¡Viva el Imperio!”
Estamos creando una sociedad low cost o de bajo coste, a imagen y semejanza de esas aerolíneas que te llevan al Polo Norte, ida y vuelta, por diez eurillos, botella de agua no incluida y con derecho a un solo pipí en todo el trayecto. Muchos creen que ese modus operandi, rácano pero práctico, se está trasladando al ámbito productivo, es decir, que la paga de los curritos y su capacidad para llenar el carrito del híper también se está volviendo low cost a marchas forzadas.Yo voy más allá. Creo que el bajo coste se está enraizando en nuestras costumbres como una hiedra pegajosa y urticaria. En realidad, esto viene de antiguo, justo cuando Burger King abrió en Madrid su primer restaurante, allá por 1975. Muchos se quedaban entonces estupefactos: los fugaces comensales, después de zamparse la hamburguesa, limpiaban y recogían sus bandejas, sin rechistar y sin que nadie se lo ordenara. Les hablo de la España en la que no había papeleras en los bares y las barras eran verdaderas cochiqueras porque estaba hasta mal visto no arrojar al suelo colillas, huitos y cabezas de gambas.
Ese virus Whopper disfrazado de civismo se propagó, y ahora amenaza a la razón de ser de nuestras vidas: el consumismo. El que paga ya no manda; al contrario, curra. Repostamos gasolina, nos pesamos la fruta en el súper, depositamos la basura en veintisiete cubos de colores, montamos los muebles del Ikea, nos autoinstalamos el ADSL... ¡Y encima pagamos por todo ello! Pronto, las funerarias repartirán cartelitos por los hospitales que digan: "Por favor, momentos antes de morirse, métase en el féretro, y cierre delicadamente la tapa". ¡Cómo diablos no va a haber cada vez más mileuristas si el personal está dispuesto a ejercer de camarero, frutero y técnico-instalador por la cara!
La protesta también se ha vuelto low cost. Lo de tirar adoquines no se lleva. Ya puede estar la cola del INEM a reventar o las cuentas públicas en barrena, que la calle sólo se pone en pie para denunciar que el presidente de su fútbolclub es un chorizo. En estos tiempos de política ciberlight, el colmo de lo reivindicativo es ir a un concierto y corear "eo eo eo" cuando el rockstar, generalmente cincuentón y multimillonario, jalea consignas manidas de paz, amor y verde que te quiero verde. La peña sale encantada con su inconformismo popero. Y eso que les han cobrado 80 eurazos por la entrada.
Pero si hasta la Coca-Cola va a sacar un refresco low cost, unos polvitos a los que se añade agua y saben a jarabe. Lo va a llamar Menos es más. No les digo más.

Por fin la prensa española se eleva a la altura a la que este país, por tradición, historia y méritos propios se merece.La visita del presidente de la República francesa en viaje oficial a Madrid no podía menos que ser desentrañada desde un punto de vista crítico, riguroso, profundo. Qué si la lucha antiterrorista, qué si la entrada de España en el G-20 (bueno, entonces sería G-21 o R-29 o quién sabe), qué de la cooperación hispano-francesa en materia económica para combatir la crisis mundial.
Ese pestiño (y quien dice pestiño dice croissant) es indigno de un país como el nuestro y de medios que, como los dirigidos por el inefable Jaume Roures, esa mente preclara capaz de emitir por La Sexta cuatro partidos de Primera en directo ¡a la vez! (aquí me levanto para hacer la ola), o por los herederos del gran Jesús Polanco, con el ex-Independiente de la mañana a la cabeza, han convertido el análisis político (llámenles trasnochados a esta buena gente) en una verdadera seña de identidad.
Seamos serios. Lo más destacado de la visita de Sarkozy, viene colgado del brazo de Sarkozy. Y vaya cómo se cuelga... Ay ya ya ya yay. Si la Bruni se encuentra con nuestra Letizia, el acontecimiento adquiere connotaciones que van de lo histórico a lo crucial para el devenir de Occidente. Pero esto lo puede apreciar cualquiera y la tarea del buen observador consiste en ir más allá, más hondo, más abajo en realidad. Uy yu yu yu yuy.
No, nada más lejos de la intención de los dos periódicos más significativos y significados de la prensa española de izquierdas que insinuar que España y Francia van de culo. Esto sería quedarse en lo superficial. Muy otro es el mensaje que nos quieren lanzar Público y El País, y que podría resumirse así: ¡Vaya par de jacas! ¡Kíííííííííííiáaaaaaaaa! (jadeos irreproducibles).
No esperábamos menos de aquellos que han hecho de la igualdad, la justicia social y el progreso su principal bandera. De todo corazón, gracias.
A la izquierda las reales posaderas de Doña Letizia Ortiz, a la derecha el culo de la primera dama de Francia, de riguroso morado
En un post reciente al hilo de los actos de protesta protagonizados este pasado fin de semana en Madrid por diferentes colectivos de periodistas, ante la precariedad de la profesión en estos tiempos de crisis, Juan Varela volvía a reflexionar sobre las causas del fin de la era de la prensa, entre las que menciona:
-la sobreabundancia y redundancia de medios en la era de la saturación informativa.
-una saturación que ha llegado a las fuentes del negocio (pago y publicidad) para reducir el valor de los productos periodísticos y el precio que anunciantes y público están dispuestos a pagar por la información.
-el inmovilismo, la falta de innovación, I+D y riesgo en una gran mayoría de los medios, acentuada por la burocratización del periodismo.
-y la apropiación del periodismo por intereses ajenos a sus principales valores democráticos y sociales.
[leer artículo completo aquí]
Del mismo modo que en tiempos de decadencia, el Arte suele dar algunos de sus más valiosos frutos, en época de crisis económica, el humor puede ser un adecuado antídoto para olvidarnos de las pequeñas penurias y los grandes dramas del día a día, de tanta mala leche, incompetencia e hipocresía.
Para demostrar lo primero no habría más que echar un vistazo a la producción que la España que cabalga entre los siglos XVI y XVII ofreció al mundo. Que en lapso tan breve pisaran la tierra ingenios de la talla de Lope de Vega, Cervantes, Quevedo, Góngora, Calderón de la Barca o Velázquez, no puede ser una casualidad, aunque quizá fuese excesivo atrapar este hecho como argumento de autoridad para demostrar que no hay nada como el declive de un imperio para que éste, en su desgarro, engendre obras propias, más que de hombres, de titanes.
En lo que respecta a la segunda máxima, es indiscutible que el que ríe (sobre todo si además canta) su mal espanta. En Cádiz lo certifican cada año por estas fechas desplegando todo el talento que esta tierra es capaz de mostrar cuando hay que hacer frente a las contingencias del día a día. La buena coplilla, como el buen monólogo, o el buen poema, es un ejercicio de sutileza que basa su eficacia en el saber ver más ampliamente o más hondo que el común de los mortales, aquellos que pasan por la superficie de las cosas sin pararse en la maravilla que éstas encierran.
No digo con esto que haya que buscar siempre la excelencia ni la genialidad (aunque no pasa nada por pretenderla de vez en cuando) sino, como mínimo, currárselo. Y peor aún que la broma pesada es el chiste fácil. A un servidor le gustan cada vez más las noticias absurdas de periódicos como los que, especialmente en los últimos tiempos, han aflorado en internet -aunque la tradición, sobre todo, en el mundo anglosajón, viene de antiguo. Leer cosas como “Un concurso de incendios calcina un pueblo de Valencia. De nada sirvieron los tres extintores”; o “El iPhone no se venderá a la gente de pueblo. La pantalla táctil no fue diseñada para dedos rudos”, produce desde luego una satisfacción superior al goce que experimentamos al leer en los sitios “serios” abstrusos o deprimentes, respectivamente, titulares como “El PSOE descarta citar a Rajoy en la comisión sobre la red de espías” o “Las empresas y familias en suspensión de pagos se triplican en 2008 hasta las 2.902”. Normal.
Además, este tipo de medios tienen la ventaja de que desde el principio sabes que lo que cuentan es mentira. Esta limpieza es de agradecer dentro del actual circo mediático, en el que con frecuencia has de sortear a dos leones hambrientos, pasar por un alambre colgado haciendo mortales, colaborar como ayudante del lanzador de cuchillos dipsómano y evitar a un Ángel Cristo hasta arriba de anfetas antes de llegar a descubrir la presunta verdad que determinado titular encierra.
Dice Amos Oz que a los fanáticos lo que les falta es humor. Estoy convencido de que el padre del surrealismo literario André Breton -que compiló una indispensable antología del humor negro- habría suscrito la afirmación del escritor israelí. Pero habría que añadir: manteniendo despierto el sentido crítico. Pues, bien sabemos que aquel hijo bastardo del humor, el de estirpe facilona, no comprometido, carcajeante, marrullero que puebla amplias superficies de nuestras pantallas y se enseñorea por calles, plazas, bares y oficinas sirve de escudo al poder y, mientras nos embota los sentidos y nos envuelve con su promesa de risa fácil, nos impide ver la realidad detrás de la chacota.
Es el humor de los bufones, que entretiene mientras dura, que siempre es menos de lo que desearíamos, presto a dejarnos abandonados a nuestra suerte al instante.
Con cara de chiste malo, deshabitado el alma y el bolsillo igual de pelao.
Con más frecuencia de lo que uno quisiera, resulta complicado ponerse a opinar sobre las cosas que pasan a nuestro alrededor. Que vemos u oímos. Que, como testigos o protagonistas, vivimos. Esta amplia casa de millones de habitaciones, de sótanos llenos de cacharros olvidados o desconocidos, baños suntuosos o inmundos, y áticos con portentosas y también aterradoras vistas, puede llegar a oprimirnos. Creo que a esto lo llaman agorafobia. En esos momentos un simple vistazo a las noticias que nos llegan de ahí afuera nos nubla los sentidos y, aturdidos y sobrepasados, nos dejamos invadir, pese a las resistencias iniciales, por el dulce ensueño de la melancolía.
Porque, qué decir ante el abrumador clamor que nos llega del exterior. Cuando Atenas, cuna de nuestra civilización, es arrasada por una masa enardecida; cuando la India ha ardido y la tensión con su vecino Pakistán vuelve a crecer; cuando en Irak y Afganistán la gente sigue saltando en pedazos sin que nadie pueda explicarnos por qué; cuando África continúa desangrándose a golpe de machete y virus y América Latina ha dejado de ser la eterna promesa para convertirse en vieja ilusión; cuando un cuarto mundo de desheredados se ha instalado de por vida en el primero, qué decir. A cuento de qué se atreve uno a elevar la voz entre el vocerío existente. Para qué.
Si Jean Paul Sartre -y era Sartre- llegó a encontrar carente de todo significado escribir La náusea mientras un niño moría de hambre en el mundo; si Adorno -y era Adorno- decretó la inutilidad y el absurdo de la poesía después de Auschwitz; si Kafka -y era Kafka, demonios- nos mostró antes que ellos los contornos del Abismo, su sin salida; por qué cede uno a la vanidad de salir a escena, por reducido que sea el auditorio, y se permite el lujo de dejar por escrito sus impresiones sobre lo que pasa, a qué dejar este rastro apenas perceptible a través de una tierra mil veces arada.
Para aportar qué. ¿Una opinión? ¿De qué habría de servir nuestra indignación o, valga la presunción, nuestro preclaro análisis cuando ya sabemos que todos creemos tener razón?
Cuentan que Paul Váléry en cierta ocasión sondeó a Einstein en estos o parecidos términos: “Cuando tiene una idea original, ¿qué hace?, ¿la anota en un cuaderno o en una hoja suelta? A lo que Einstein respondió: “Cuando tengo una idea original, no se me olvida”. Decía que en toda su vida habría tenido una o dos. Y era Einstein.
Lo que me lleva a pensar que quizá fuera mucho más pertinente recogerse. Reconcentrarse. Mirar hacia adentro. En el sentido de más hondo. No me refiero a limitarse a buscar dentro de uno, pues puede que nos lleváramos la sorpresa de que allí no hay nada. Sino, dejar que las cosas vayan creciendo, definiéndose, cuajando. Primero vivir, después filosofar.
Sólo que..., ¿no será quizá mañana demasiado tarde? La vida suele ser tan inoportuna... Y quién le dice a nadie que lo que ayer pensó (y escribió) en un rapto de ardor juvenil no fuese más acertado que lo que hoy considera como inamovible verdad. ¿No fue entonces para uno igualmente cierto?
Al fin y al cabo, puede que no tengamos nada demasiado interesante que decir, pero nos construimos escribiendo, conversando con ese otro real o imaginario. Aunque sea de cosas en apariencia lejanas y ajenas. Aunque sea para terminar siendo como los demás. Sí, puede que por eso lo hagamos. No para enseñar nada, ni convencer a nadie, ni siquiera para transformar el mundo. Sino para alimentar nuestros fantasmas en la ilusión de que un buen día se sacien y nos dejen tranquilos. Y nos volvamos impasibles. Y quién sabe si felices.
Sabios.

“Es curioso que el periodismo haya tenido tan mala prensa”. Así empezó el poeta y articulista malagueño Manuel Alcántara su intervención durante la inauguración la pasada semana de los Cursos de verano de la Universidad de Málaga en su sede de Vélez-Málaga. Como se encargó de demostrar a lo largo de su intervención de apenas media hora –pues es el primer mandamiento del oficio “no aburrir ni a Dios sobre todas las cosas”- esta profesión casi canallesca (él mismo ha recordado en ocasiones aquel célebre adagio: “no le digas a mi madre que soy periodista, mejor dile que soy pianista en un burdel”) no ha gozado nunca de una extendida buena reputación. Así, Alcántara recordó a Chesterton, cuando afirmaba que el periodismo consistía en decir que Lord John estaba muerto a gente que no sabía que Lord John estaba vivo; o a Oscar Wilde, para el que la literatura se diferenciaba del periodismo en que la literatura no se lee y el periodismo es ilegible”.
Quizá ha contribuido a esta mala imagen del periodismo en nuestra época, ya antes de que la prensa rosa se extendiera como un virus (porque el amarillismo ha ido siempre asociado a la prensa, antes incluso de William Randolph Hearst) el carácter acomodaticio de gran parte de quienes se han dedicado a esta profesión. Esto es algo que generalmente intenta ser esquivado cuando entre periodistas se hace autocrítica. En realidad de “auto” no tiene nada y se termina siempre descalificando a los demás, a los “medios afines”, a los “de la cuerda de”, “a los amigos”, etc., obviando que estos mismos permiten ser considerados por algunos como “unos de los nuestros”.
Después de 50 años de profesión y de 18.000 columnas (sí, no es una errata) a las espaldas; de haber obtenido los más prestigiosos galardones periodísticos (Mariano de Cavia, Luca de Tena y González Ruano) y literarios (Premio Nacional de Poesía por ‘Ciudad de entonces’); de ser nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de la ciudad que lo vio nacer; y de haberse doctorado también en la Escuela de la Vida a lo largo de ochenta años de viajes, lecturas y escritos, Manuel Alcántara, el último gran estilista de una generación de columnistas nacidos antes de la guerra civil, puede permitirse afirmar sin tapujos que “hay que adecuarse al espíritu del periódico” y que quien piense que se puede decir lo que uno quiera y ser totalmente libre es un “ingenuo” (lo dice, claro, quien tuvo que trabajar en diarios como ‘Arriba’ o ‘Ya’).
Y como prueba del tradicional carácter acomodaticio o flexible, si lo prefieren de la prensa, puso como ejemplo un célebre episodio acontecido hace dos siglos, en concreto, a principios de marzo de 1815, mientras Napoleón abandonaba la isla de Elba. Con este motivo el diario oficial, ‘Monitor’, había anunciado en su portada: “El antropófago ha salido de su escondite”. En días sucesivos en el mismo periódico titularon: “El ogro de Córcega ha desembarcado en la isla”; “El Tigre ha llegado a Gap”. “El monstruo ha dormido en Grenoble”; “El tirano ha atravesado Lyon”; “El usurpador está a sesenta leguas de la capital”; “Bonaparte avanza a pasos agigantados pero no entrará en París”; “Napoleón estará mañana entre nuestros bastiones”; “El Emperador ha llegado a Fointanebleau”; "S.M. Imperial entró ayer en el palacio de la Tullerías, en medio de sus fieles súbditos”.
Al columnista de Vocento lo que realmente le inquieta del periodismo actual no es esta adaptación a lo que la Dirección en cada momento considere oportuno (aunque aclara que desde que escribe en Vocento nunca le han tocado una coma, pese a que lo habría entendido) sino la “desfachatez” y la “desvergüenza” que observa en algunos profesionales a la hora de contar los hechos practicando el insulto desde la primera línea.
Pero, no se equivoquen, pese a la aparente mansedumbre que destilan sus palabras, bajo su voz aún firme nacida de la experiencia y atravesada por la sabia ironía de quien ha hecho de la humildad una bandera, el Alcántara que podemos leer a diario, no ha renunciado a no casarse con nadie excepto con la verdad.. Lo ha hecho casi sin ruido. Sin elevar una palabra más que la otra, únicamente aplicando inteligencia, humor y sensibilidad a cuanto ha tocado. Por eso cuando cita a Vargas Llosa afirmando que “el periodismo es el mayor garante de la libertad”, su rostro se ilumina. Porque también ha habido periodismo con buena prensa y porque, como Gerardo Diego, él también piensa que “un periodista es un salvador de instantes y un cantor de lo cotidiano” y que puesto que hay que dejarse la vida en algún sitio, por qué no habría de hacerlo a razón de trescientas palabras por día, corriendo esos cien metros lisos de la columna que a unos se le hacen extremadamente cortos y a otros infinitamente largos.
Los hay que ganan en las distancias cortas. Alcántara es uno de ellos, uno de esos seres honestos que hace tiempo que descubieron que peor aún que engañar a los demás era hacer lo propio consigo mismos.
Todo lo que quisiera decir -o al menos la esencia de lo que opino- sobre el juicio de Telma Ortiz Rocasolano contra la prensa del corazón, lo ha expresado ya Manuel Alcántara en su columna de este miércoles:
"La fama, que es la prima de pueblo de la gloria, trae estas cosas. Los que en las esquelas se llaman «y demás parientes», adquieren una notoriedad inmerecida y mucha gente desea saber algo de sus vidas y milagros, sobre todo de sus vidas, ya que lo milagroso es que se hayan hecho célebres estas criaturas de nulo relieve social. Habría que establecer un tratado de límites. Algo que impidiera agobiar a la gente que se hizo conocida y a la vez nos permitiera a nosotros seguir teniendo el gusto de no conocerla."



Decía Ignacio Escolar, director de Público, a propósito de la decisión tomada por el diario de llevar a su portada el lanzamiento de un videojuego que “siempre es discutible cuál es la noticia más importante del día: por eso no es habitual que todos los diarios del planeta coincidan en su portada, algo que sólo pasa los días históricos”. Nosotros ya insinuamos que tal afirmación (no en cuanto al carácter problemático de la elección sino en lo tocante al hecho mismo de que los diarios no terminen coincidiendo frecuentemente en sus portadas) sí que podía resultar "discutible". Y la terca realidad nos ha dado un ejemplo reciente que extraigo del impresicindible blog 'maquetadores'. La noticia del día, en este caso correspodiente a las ediciones del 30 de abril de los cuatro rotativos observados -entre los que se encuentra el propio Público-, estaba clara. El Barça perdía su última oportunidad por seguir luchando por ganar un título esta temporada. Pero, ¿era necesario coincidir tanto? Ustedes mismos.Bajo el título 'Última imagen', la sección española de Reporteros sin Fronteras ha lanzado esta impactante campaña para conmemorar el Día internacional de la libertad de prensa, que se celebra este 3 de mayo.
Los creativos de Saatchi&Saatchi se han inspirado en las últimas imágenes captadas por Will, muerto por disparos de los antidisturbios mientras filmaba una manifestación en el estado mexicano de Oaxaca en octubre de 2006, para crear una campaña que trata de recrear lo que pudo haber sido la última mirada del reportero y que homenajea a otros compañeros fallecidos mientras desempeñaban su trabajo. Se trata, además del propio Brad Will, de profesionales como Ricardo Ortega, caído en Puerto Príncipe en 2004, Juantxu Rodríguez, muerto en Ciudad de Panamá en 1989, y Jordi Pujol i Puente, que perdió la vida en Sarajevo en 1992.
El mensaje trata de despertar nuestras conciencias ante los riesgos que muchos profesionales del periodismo afrontan en diferentes lugares del mundo, que carecen de nada cualquier cosa parecida a la libertad de expresión y acerca de la inseguridad general de un mundo en el que la violencia se enseñorea convirtiendo en diana a todo aquel que disienta o simplemente esté dispuesto a contar lo que está pasando. Sólo en el año 2007, 87 periodistas fueron asesinados
Diferenciarse o morir. En Público tienen claro desde el principio que si quieren encontrar su hueco en el saturado mapa de la prensa española, competir con los diarios generalistas ya consolidados y con las masivas tiradas de los gratuitos, tienen que echarle imaginación a la cosa y apostar por fórmulas más heterodoxas de las que estamos acostumbrados. Si para lograrlo tienen que poner en portada el lanzamiento de un videojuego -por el que dicen, no han cobrado- pues se hace y punto.
Portada exclusiva dibujada por Milo Manara para EL PERIÓDICO con motivo del Salón del Cómic que hoy comienza en Barcelona.
“No hay nada que la gente no pueda ingeniárselas para elogiar, reprobar o encontrar una justificación acorde con sus inclinaciones, prejuicios y creencias”.
Molière.