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viernes, 28 de septiembre de 2012

'Acción: parados', en FronteraD

"Acción: parados", artículo publicado el 13 de septiembre dentro de la sección "Pantallas" de Frontera D.
Una de las alegrías que me ha proporcionado el mes de septiembre ha sido la aparición de mi primer artículo en FronteraD, una estupenda revista digital que tengo la suerte de conocer desde sus inicios y que de la mano de un fantástico equipo de profesionales, entre los que se integra Alfonso Armada, sin cuya generosa intervención esta participación no hubiera sido posible, se ha convertido en una verdadera referencia dentro del periodismo digital en España.

Puedes leer el artículo entero aquí.



lunes, 9 de julio de 2012

¡Iniesta se casa!


A las 16:55 horas del lunes 9 de julio de 2012, mientras se conocía que el gobierno pensaba incumplir su promesa de no subir el IVA (bueno, esto se sospechaba, solo se desconocía cuán pronto la medida se iba a adoptar)y se anunciaban también a cuatro columnas otras iniciativas encaminadas a yugular un poco más a los funcionarios -cosas todas éstas, como se sabe, muy adecuadas para incentivar el crecimiento económico-; mientras los digitales se hacían eco de cosas como la ejecución de una mujer "adúltera" en la liberada Afganistán; seguían saliendo a la luz datos sobre el pucherazo en las elecciones mexicanas; así como nuevas informaciones (confusas muchas, adulteradas otras, desinformadas la mayoría) acerca de la situación en Siria, la principal noticia en el periódico español más importante era la boda del futbolista Andrés Iniesta. En concreto, la primera, la segunda y la séptima información más leídas por parte de los habituales de este medio de centroizquierda.

No es que los medios generalistas -como algunos podrían fácilmente pensar- hablen de este tipo de cosas en detrimento del resto. No es que los grandes grupos multimedia estén empeñados en idiotizar al personal siguiendo una estrategia global al servicio de los poderes fácticos... No, dejemos eso para otra ocasión, para cuando sea necesario llegar a tal nivel de profundidad -por cerca que se encuentre de la superficie. No, no es eso. Es que pudiendo leer cualquiera de los otros asuntos, que incluso aparecen de forma más destacada, los lectores de un periódico que será lo que se quiera pero no precisamente el máximo exponente del amarillismo -aunque hoy en día nadie esté libre de caer en estas tentaciones- prefieren no simplemente saber si Andrés Iniesta se ha casado o no. Para esto serviría con leer el titular con un mínimo de atención. Tampoco con conocer cómo iban vestidos los novios: la imagen de la portada ya es suficientemente ilustrativa al respecto. Sino conocer los detalles en profundidad del enlace, 'clicar' en las imágenes de los invitados, saber qué han comido, dónde y por qué.

Me ahorraré la moralina. Al fin y al cabo, uno vive en este mundo. Una boda puede ser una gran noticia. Se casa un príncipe y se monta la marimorena. Bueno, normal. Un torero, una duquesa, la hija de un presidente de gobierno, Paquirrín, el propio Higgs celebrando sus bodas de oro, todo eso lo entiendo. Pero, joder, ¡Iniesta! Puedo soportar un minuto de información televisiva sobre este asunto, bueno, cuarenta segundos. Me gusta el fútbol y aunque del Real Madrid, Iniesta me cae bien. No parece una mala persona y además debemos compartir parecido factor de protección solar. Y luego está Sudáfrica. ¡Iniesta de mi vida! Pero, dicho esto, sin afán de querer situarme en ninguna poltrona: ¿tres de diez en elpaís.com? Un poco exagerado, ¿no creen? De acuerdo en que estamos hartos de la cruda realidad pero cuando Julien Benda hablaba de la necesidad de rehuir del pensamiento del día buscando los caminos de la especulación abstracta, yendo a los fundamentos mismos de las cosas, creo que no se refería a esto.

No sé si la noticia de un meteorito dirigiéndose directamente sobre la Tierra tendría una repercusión mayor. Hablo de su impacto...mediatico, claro.

martes, 19 de enero de 2010

Juan Luis Cebrián: El pianista en el burdel

Que cada año se publiquen unos 60.000 títulos en España mientras los índices de lectura no nos dejan demasiado bien parados si nos comparamos con muchos de los países de nuestro entorno, es un dato que bien debería movernos a una reflexión. Que de esos miles de ejemplares sólo una ínfima parte llegue hasta los escaparates de las librerías y que de éstos no necesariamente los mejores se coloquen entre los más vendidos, es otra circunstancia que merecería un análisis no menos detallado. Que, mientras con frecuencia un puñado de obras menores concentran la atención de los lectores, verdaderas obras maestras puedan no ser nunca descubiertas por el gran público, incluso permanezcan por siempre –incapaces de penetrar en el círculo de hierro que traza la industria cultural- en el fondo de un cajón, es un pensamiento que tiene mucho de descorazonador.
Así, es justo asumir de inicio que el que un servidor dedique una fracción de su tiempo y un portal de literatura de su espacio a reseñar un título de una de esas escasas personas que en España no necesitan de publicidad extra para promocionar un libro, puede resultar un sinsentido. Muy pocos autores, como Juan Luis Cebrián, disponen de todo un grupo multimedia detrás para hacer de caja de resonancia, por no hablar de que el juicio que sobre la obra en cuestión aquí se emita difícilmente podrá influenciar en modo alguno sobre la repercusión que ésta alcance. Si éste fuese negativo, no serviría para destrozar una reputación (tampoco, para mi desgracia, ni yo soy Sartre ni él, posiblemente por suerte, el Mauriac al que el francés zarandeó (“Dios no es un artista; Mauriac tampoco”) con una demoledora crítica en la NRF); y si todo lo contrario, solo serviría para sumarse al coro de los aduladores a los que la mera enunciación de marcas como Santillana, Alfaguara, El País, Ser, Cuatro, etc, bastaría para borrar de su teclado cualquier combinación de palabras dirigidas a poner en solfa la solvencia ensayística de uno de los mayores gurús de la comunicación “global” en español.

Sin embargo, y al margen de otras consideraciones, lo que tenga que decir el que fuera fundador y primer director de El País y actual consejero delegado del grupo Prisa, sobre el estado del periodismo en la actualidad, tema central de El pianista en el burdel, debe interesar a todos aquellos que piensen, contra Chesterton, que este oficio consiste en algo más que en decir que ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo, no digamos a quienes, como en mi caso, nos ganamos mal que bien la vida en estos menesteres. Todo, a pesar de que quienes se acerquen a esta obra publicada por Galaxia-Gutenberg con la intención de escudriñar algún turbio secreto, acariciar alguna revelación trascendental o siquiera un pecadillo venial, no podrán salir más decepcionados de su lectura. De las controvertidas relaciones entre Cebrián (y todo su grupo) con el expresidente José María Aznar –que constituyen la parte más áspera del volumen- ya teníamos sobrada información (a Aznar lo define, por cierto, de un modo un poco deslucido para alguien que escribe novelas y ocupa un sillón en la RAE, como “el hombrecillo del bigote, con cara a lo Chaplin y alma de inquisidor” o “matarife de la libertad de expresión”), y no cabe decir nada diferente respecto de su evocación de los años de profesión bajo la Dictadura, junto a la narración del papel de la prensa durante la Transición, el capítulo más autobiográfico del libro y probablemente el que más pueda llamar la atención a un joven estudiante de periodismo nacido ya en democracia (aun cuando, terriblemente, algunas de las prácticas de los censores de la época no disten tanto de las que hoy aplican, a despecho del artículo 20 de la Constitución –ése que preside en punto de cruz sus despachos-, algunos directores de periódicos.
Lo que Cebrián consuma a lo largo de esta compilación de ensayos–en la línea de las Cartas a un joven poeta de Rilke, las Cartas a un joven novelista de Vargas Llosa o las propias Cartas a un joven periodista del autor de La agonía del dragón- es una lección, a menudo abstracta y con frecuencia cimentada sobre terrenos profusamente hollados-, sobre el oficio periodístico, que parecería dirigida a quienes se encuentran a punto de encaminar sus pasos hacia esta profesión y que por momentos se asemeja a aquellos libros que se les entregaban a los alumnos de último curso de bachillerato antes de elegir carrera.
El primer ensayo del libro está imbuido de este espíritu. La no demasiado original elección del “mito Watergate” no hace sino reforzar este esfuerzo divulgativo por enarbolar los grandes principios del periodismo (veracidad, independencia, libertad de expresión) haciéndolos reposar sobre un caso emblemático de nuestra época, conocido por todos pero al mismo tiempo impermeable al paso del tiempo, incluso se diría que revalorizado con los años de acuerdo al surco zigzagueante que la prensa, de un tiempo a esta parte, merced a las crecientes “presiones, manipulaciones y chantajes” debe sortear.

Porque si bien es cierto que El pianista en el burdel (título que, como es de sobra conocido, alude al célebre adagio periodístico) redunda en lugares comunes y clichés, está atravesado, y aquí reside su principal interés, por la sombra de una crisis que si bien no es nueva (sino que es consustancial a su propia génesis, como el propio autor se encargará de recordar) parece haber arreciado en los últimos años, tal vez porque ahora como en el siglo XVII, los ciudadanos siguen prefiriendo “la imaginación a la verdad a fin de que ésta no la disturbe demasiado”.

Las siempre agónicas relaciones entre la prensa y el poder instituido ocupan buena parte de las reflexiones que Cebrián nos brinda sobre el oficio, y en este sentido, aun cuando con frecuencia el autor se encarga de subrayar los principios éticos que deben servir de pórtico a todo aquel que ejerza la tarea de informar, cierto nihilismo invade la obra, como si a pesar de que resulta propio del periodismo el verse sometido a las andanadas de los políticos de turno, en tiempo reciente los medios hubieran entregado definitivamente la cuchara resignándose demasiadas veces a nadar “en las babas de la adulación”.

En este sentido, más allá de la autocrítica, no faltan las ásperas catilinarias contra el poder político, ni contra los gobiernos presuntamente democráticos que –resucitando el espíritu de los imprimátur de los antiguos periódicos- se encargan de premiar a sus amigos y castigar a los enemigos a su antojo a la hora de repartir el espectro radioeléctrico. Una revelación que debe de haberle dejado patidifuso.

Porque al fin y al cabo, Cebrián no oculta que junto a la administración de una propiedad pública (el derecho a la información) los directores de periódicos deben velar por otros intereses, esto es, “la continuidad de la empresa, los puestos de trabajo, la pervivencia misma de la tribuna que dirige”. Y los anuncios (a más concesiones, más anuncios y más influencia, no lo olvidemos), que las empresas e instituciones, sean públicas o privadas, insertan en función de la capacidad del contenido para atraer consumidores, “son fundamentales para financiar los medios de comunicación”, hasta el punto de que lejos de ser un “enemigo del sistema”, se convierten en su “aliado”. Acabáramos.

La profesión periodística, del mismo modo que –apunta Cebrián- “tiene a la vez un origen canalla y un pedigrí regio, características que la han acompañado durante toda su historia”, parece moverse entre la defensa de las libertades frente a los abusos de los que mandan y, en el extremo opuesto, la arbitrariedad y el desdén hacia los derechos de los ciudadanos. Sin embargo, “las cosas últimamente no han hecho sino empeorar”. Y así, junto a la extensa lista de amenazas que el autor de Francomoribundia se encarga de repasar, y entre las que figuran la abundancia de información (que no redunda automáticamente en “una mejor información”); la dificultad de discernir la línea que separa la propaganda del deber de informar; la invasión de la vida privada que no sólo la llamada prensa rosa perpetra; el empeño de algunos de “gobernar desde las páginas de los periódicos”; la degradación del concepto de periodismo como género literario particular análogo al ensayo, la novela o la obra de pensamiento, y por lo tanto su encanallamiento; la transformación de la información en mero ocio y entretenimiento; o que la rentabilidad de las empresas de comunicación termine solapando todo lo demás al grito de “todo vale”; aparece otro escollo que es de nuevo cuño: la avalancha digital, el cambio de paradigma de la información que internet ha propiciado y de manera específica, lo que Cebrián llama “los confidenciales” y que explica como “esa infinita pléyade de boletines en red que mezclan realidad y mentira, difamación y elogio, con una arbitrariedad impune”.
En este punto descubrimos cómo Cebrián va de pionero pero trasunta un miedo reverencial a los nuevos medios digitales, a los que observa con un indisimulado paternalismo y a los que parece querer exorcizar adhiriéndoles una etiqueta que, suponemos, el consejero delegado de Prisa no le colocaría a elpais.es (que no parece un “vertedero de estupideces e inmundicias”). No sabemos si aquí se erige en celoso defensor de las esencias del oficio, si la nostalgia por un pasado glorioso (esa época dorada (sic) que terminó con la concesión de las primeras emisoras privadas de televisión) le empaña la mirada o si es a través de la visión del que, al fin y al cabo, hace tiempo que colgó la pluma de periodista para erguir la calculadora del vendedor de diarios, por quien se pronuncia. El caso es que, a pesar de sostener en más de una ocasión que la cuestión fundamental no reside en el soporte de la información, sino en la información misma, incluso de cantar las alabanzas de lo que supone la convergencia entre textos, vídeo y audio dentro de un mercado global sin fronteras geográficas ni temporales, Cebrián se mueve con enorme incomodidad entre tanta ‘modernura’ y termina cayendo él mismo en aquello que pretende denunciar, mezclando lo serio con lo grotesco y, lo que es más preocupante, dejando pasar de largo una evidencia: que parte del mejor periodismo se hace ya hoy a través de plataformas digitales.

Informar con rigor, con objetividad, sin descuidar los intereses empresariales, poniendo coto a las intromisiones del poder político pero valiéndose de este mismo poder para aspirar a lograr o para consolidar una posición de liderazgo, y ser capaz a la vez de tomar partido ante los hechos que se le presentan, de dejar de lado la neutralidad y pronunciarse sin ambages sobre las grandes cuestiones de la actualidad, incluso a costa de poner en peligro esos mismos intereses… Esta conflictividad de valores que se da en las empresas periodísticas entre su supuesta razón de ser y la necesidad de generar riqueza es la que atraviesa la obra y nos da cuenta, por otra parte, del conflicto que padece el empresario/periodista. Lo que nos hace recordar aquél célebre caso, convertido en triste paradigma del carácter camaleónico de la prensa según qué circunstancias, que nos ilustra acerca de cómo fueron evolucionando los titulares de un periódico francés durante los días del destierro de Napoleón y su posterior retorno a París:

“El Monstruo se escapó de su destierro”.“El Tigre se ha mostrado en el terreno.
Las tropas avanzan para detener por todos lados su progreso”. “El Tirano está
ahora en Lyon. Cunde el temor en las calles por su aparición”. “El Usurpador
está a 60 horas de marcha de la capital”. “Bonaparte avanza con marcha forzada”.
“Napoleón llegará a los muros de París mañana”. “El Emperador está en
Fontainebleau”. “Su Majestad El Emperador hizo su entrada pública y llegó a las
Tullerias. Nada puede exceder la alegría universal ¡Viva el Imperio!”

Evidentemente, no queremos sugerir que éste sea un patrón recurrente ni que podamos aplicarlo a quien nos ocupa –por mucho que haya quien malintencionadamente juzgue como mágica la transformación de Cebrián de “periodista del Régimen” a “adalid de las libertades”- pero sus, por otra parte, razonables críticas, nos hacen cuestionarnos la legitimidad de los motivos que encierran. ¿O no es cierto que la propia empresa de la que el fundador de El País es consejero-delegado viene librando en los últimos años una descarnada lucha con el Gobierno por el control de la influencia mediática? ¿Podemos tener la certidumbre de que las penetrantes críticas a cierta política oficial de medios obedecen únicamente al deseo de denunciar una injusticia, la erosión de la libre competencia, o estamos llamados a pensar con no menos base que tal denuncia no refleja por encima de todo una airada defensa de los propios intereses en tiempos de especiales dificultades económicas?

El romanticismo de Cebrián se acaba con la Transición, la bohemia del oficio termina sepultada cuando los censores oficiales del régimen ceden el testigo a la plural dictadura del mercado. Y si bien la influencia de los periódicos, tal y como los hemos conocido, “toca a su fin” (el propio Napoleón, por seguir con el personaje, afirmaba temer más a tres diarios que a mil bayonetas) no es menos cierto que el papel de las grandes empresas en cuya estructura se integran, sigue siendo decisivo para el transitar de nuestras sociedades democráticas. La devoción y el negocio vuelven a imbricarse en este punto y terminan de configurar un ideario en el que lo local y lo global (lo “glocal”, como lo acuñara Roland Robertson) se funden en aras de la propia supervivencia. El castellano, como idioma que une a cuatrocientos millones de personas en el mundo, se convierte así en una extraordinaria oportunidad para afrontar la dispersión de la era digital y los escasos márgenes económicos con los que trabaja el nuevo periodismo. La concentración se convierte en una verdadera necesidad. El paso de “independiente” a “global” de la cabecera de El País está más que justificado.

En el fondo, doscientas páginas después sigue en pie una constatación, que los burdeles siguen siendo más respetables que las propias redacciones de los diarios. O que hay formas más dignas de prostituirse que otras. A este triste certificado hay que sumar el hecho de que terminamos obteniendo razones más que convincentes para poner en cuarentena las palabras de Sami Naïr, director de la colección, en su prólogo. Allí donde dice, refiriéndose al autor: “Pero lo que no se puede discutir, porque es indiscutible, es que será siempre una gran voz libre de la España democrática”. Dejémoslo en “gran voz”; lo de “libre” es harina de otro costal. Que nadie se rasgue las vestiduras. No podría ser de otra forma.
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Publicado en literaturas.com

martes, 11 de agosto de 2009

"Bajo coste"

Inteligente artículo publicado hoy en el diario El País sobre esta sociedad de "bajo coste" rarita, rarita que nos hemos montado. Para que les salga más barato, lo reproduzco a continuación. A los de PRISA sé que no les importa. Con la publicidad tan buena que les hago sólo con mencionarlos. Y con enlace y tó. Si es que un par de veces más y los saco de la crisis. Bueno, que lo disfruten:

Estamos creando una sociedad low cost o de bajo coste, a imagen y semejanza de esas aerolíneas que te llevan al Polo Norte, ida y vuelta, por diez eurillos, botella de agua no incluida y con derecho a un solo pipí en todo el trayecto. Muchos creen que ese modus operandi, rácano pero práctico, se está trasladando al ámbito productivo, es decir, que la paga de los curritos y su capacidad para llenar el carrito del híper también se está volviendo low cost a marchas forzadas.

Yo voy más allá. Creo que el bajo coste se está enraizando en nuestras costumbres como una hiedra pegajosa y urticaria. En realidad, esto viene de antiguo, justo cuando Burger King abrió en Madrid su primer restaurante, allá por 1975. Muchos se quedaban entonces estupefactos: los fugaces comensales, después de zamparse la hamburguesa, limpiaban y recogían sus bandejas, sin rechistar y sin que nadie se lo ordenara. Les hablo de la España en la que no había papeleras en los bares y las barras eran verdaderas cochiqueras porque estaba hasta mal visto no arrojar al suelo colillas, huitos y cabezas de gambas.

Ese virus Whopper disfrazado de civismo se propagó, y ahora amenaza a la razón de ser de nuestras vidas: el consumismo. El que paga ya no manda; al contrario, curra. Repostamos gasolina, nos pesamos la fruta en el súper, depositamos la basura en veintisiete cubos de colores, montamos los muebles del Ikea, nos autoinstalamos el ADSL... ¡Y encima pagamos por todo ello! Pronto, las funerarias repartirán cartelitos por los hospitales que digan: "Por favor, momentos antes de morirse, métase en el féretro, y cierre delicadamente la tapa". ¡Cómo diablos no va a haber cada vez más mileuristas si el personal está dispuesto a ejercer de camarero, frutero y técnico-instalador por la cara!

La protesta también se ha vuelto low cost. Lo de tirar adoquines no se lleva. Ya puede estar la cola del INEM a reventar o las cuentas públicas en barrena, que la calle sólo se pone en pie para denunciar que el presidente de su fútbolclub es un chorizo. En estos tiempos de política ciberlight, el colmo de lo reivindicativo es ir a un concierto y corear "eo eo eo" cuando el rockstar, generalmente cincuentón y multimillonario, jalea consignas manidas de paz, amor y verde que te quiero verde. La peña sale encantada con su inconformismo popero. Y eso que les han cobrado 80 eurazos por la entrada.

Pero si hasta la Coca-Cola va a sacar un refresco low cost, unos polvitos a los que se añade agua y saben a jarabe. Lo va a llamar Menos es más. No les digo más.


martes, 28 de abril de 2009

Culito con culito


Por fin la prensa española se eleva a la altura a la que este país, por tradición, historia y méritos propios se merece.

La visita del presidente de la República francesa en viaje oficial a Madrid no podía menos que ser desentrañada desde un punto de vista crítico, riguroso, profundo. Qué si la lucha antiterrorista, qué si la entrada de España en el G-20 (bueno, entonces sería G-21 o R-29 o quién sabe), qué de la cooperación hispano-francesa en materia económica para combatir la crisis mundial.

Ese pestiño (y quien dice pestiño dice croissant) es indigno de un país como el nuestro y de medios que, como los dirigidos por el inefable Jaume Roures, esa mente preclara capaz de emitir por La Sexta cuatro partidos de Primera en directo ¡a la vez! (aquí me levanto para hacer la ola), o por los herederos del gran Jesús Polanco, con el ex-Independiente de la mañana a la cabeza, han convertido el análisis político (llámenles trasnochados a esta buena gente) en una verdadera seña de identidad.

Seamos serios. Lo más destacado de la visita de Sarkozy, viene colgado del brazo de Sarkozy. Y vaya cómo se cuelga... Ay ya ya ya yay. Si la Bruni se encuentra con nuestra Letizia, el acontecimiento adquiere connotaciones que van de lo histórico a lo crucial para el devenir de Occidente. Pero esto lo puede apreciar cualquiera y la tarea del buen observador consiste en ir más allá, más hondo, más abajo en realidad. Uy yu yu yu yuy.

No, nada más lejos de la intención de los dos periódicos más significativos y significados de la prensa española de izquierdas que insinuar que España y Francia van de culo. Esto sería quedarse en lo superficial. Muy otro es el mensaje que nos quieren lanzar Público y El País, y que podría resumirse así: ¡Vaya par de jacas! ¡Kíííííííííííiáaaaaaaaa! (jadeos irreproducibles).

No esperábamos menos de aquellos que han hecho de la igualdad, la justicia social y el progreso su principal bandera. De todo corazón, gracias.

A la izquierda las reales posaderas de Doña Letizia Ortiz, a la derecha el culo de la primera dama de Francia, de riguroso morado

miércoles, 18 de febrero de 2009

Saber de todo



por Rodera
[visto en adn.es]

lunes, 16 de febrero de 2009

Periodistas en la uvi

En un post reciente al hilo de los actos de protesta protagonizados este pasado fin de semana en Madrid por diferentes colectivos de periodistas, ante la precariedad de la profesión en estos tiempos de crisis, Juan Varela volvía a reflexionar sobre las causas del fin de la era de la prensa, entre las que menciona:

-la disminución de la importancia del papel social y político de los medios.

-la sobreabundancia y redundancia de medios en la era de la saturación informativa.

-una saturación que ha llegado a las fuentes del negocio (pago y publicidad) para reducir el valor de los productos periodísticos y el precio que anunciantes y público están dispuestos a pagar por la información.

-el inmovilismo, la falta de innovación, I+D y riesgo en una gran mayoría de los medios, acentuada por la burocratización del periodismo.

-y la apropiación del periodismo por intereses ajenos a sus principales valores democráticos y sociales.

El análisis no merece mayor comentario. Pero, ¿cómo pueden enfocar los medios el peligro de extinción que sobrevuela sobre muchos de ellos? Señala el propio Varela en otro momento del interesante artículo:

“Si no se entiende que el problema fundamental del periodismo y los medios de comunicación es su necesidad de reinventar su oferta, sus valores, su función social, su negocio y su distribución en un nuevo espacio público donde el acceso masivo y multiplataforma a los contenidos fragmenta los públicos y requiere la aplicación de nuevos criterios y filtros para llegar a la información de calidad y a los contenidos de interés para cada nicho o segmento, entonces no hay nada que hacer.”

Hay que apremiar, por tanto, la llegada en sus propias palabras de “Una reinvención del periodismo y los medios basada en más libertad, más función crítica (y autocrítica), menos redundancia y una necesaria reestructuración del mercado y la oferta.”

O lo que es lo mismo, coger esta profesión y darle la vuelta hasta que no la conozca ni la madre que la parió o, dicho de otra forma y por poner ejemplos claros, diseñar medios que, como intenta hacer soitu en España, han apostado por darle al lector mayor protagonismo, aunque no la batuta; apostar por la información diferenciada aprovechando los propios recursos más el valor añadido que le pueden aportar sus colaboradores, ya sea escribiendo, opinando o seleccionando; armonizar contenido con diseño y usabilidad; compartir información, incluso permitiendo que los usuarios se “lleven” esas herramientas hacia sus propias webs o bitácoras; y mantener el pulso de los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, esto es, lo que pasa en la calle (Mairena dixit) sin por ello caer en la trivialidad ni lo populachero.

Riesgo, innovación, y al mismo tiempo respeto por lo mejor de la tradición –independientemente del soporte- deberían ser la guía y no limitarse a solicitar una tutela por parte de las diferentes administraciones -que antes que tarde se cobrarán el favor. La pregunta es si, a pesar de la crisis de cierto modelo, éste que utópicamente acabamos de dibujar tiene futuro –y por lo tanto su modelo de negocio es rentable- o se trata también de una vieja aspiración que tarde o temprano se dará de bruces con la realidad de un oficio gobernado por los 'randolfjeres' de turno.

[leer artículo completo aquí]

viernes, 6 de febrero de 2009

El humor, una cosa muy seria

Del mismo modo que en tiempos de decadencia, el Arte suele dar algunos de sus más valiosos frutos, en época de crisis económica, el humor puede ser un adecuado antídoto para olvidarnos de las pequeñas penurias y los grandes dramas del día a día, de tanta mala leche, incompetencia e hipocresía.

Para demostrar lo primero no habría más que echar un vistazo a la producción que la España que cabalga entre los siglos XVI y XVII ofreció al mundo. Que en lapso tan breve pisaran la tierra ingenios de la talla de Lope de Vega, Cervantes, Quevedo, Góngora, Calderón de la Barca o Velázquez, no puede ser una casualidad, aunque quizá fuese excesivo atrapar este hecho como argumento de autoridad para demostrar que no hay nada como el declive de un imperio para que éste, en su desgarro, engendre obras propias, más que de hombres, de titanes.

En lo que respecta a la segunda máxima, es indiscutible que el que ríe (sobre todo si además canta) su mal espanta. En Cádiz lo certifican cada año por estas fechas desplegando todo el talento que esta tierra es capaz de mostrar cuando hay que hacer frente a las contingencias del día a día. La buena coplilla, como el buen monólogo, o el buen poema, es un ejercicio de sutileza que basa su eficacia en el saber ver más ampliamente o más hondo que el común de los mortales, aquellos que pasan por la superficie de las cosas sin pararse en la maravilla que éstas encierran.

No digo con esto que haya que buscar siempre la excelencia ni la genialidad (aunque no pasa nada por pretenderla de vez en cuando) sino, como mínimo, currárselo. Y peor aún que la broma pesada es el chiste fácil. A un servidor le gustan cada vez más las noticias absurdas de periódicos como los que, especialmente en los últimos tiempos, han aflorado en internet -aunque la tradición, sobre todo, en el mundo anglosajón, viene de antiguo. Leer cosas como “Un concurso de incendios calcina un pueblo de Valencia. De nada sirvieron los tres extintores”; o “El iPhone no se venderá a la gente de pueblo. La pantalla táctil no fue diseñada para dedos rudos”, produce desde luego una satisfacción superior al goce que experimentamos al leer en los sitios “serios” abstrusos o deprimentes, respectivamente, titulares como “El PSOE descarta citar a Rajoy en la comisión sobre la red de espías” o “Las empresas y familias en suspensión de pagos se triplican en 2008 hasta las 2.902”. Normal.

Además, este tipo de medios tienen la ventaja de que desde el principio sabes que lo que cuentan es mentira. Esta limpieza es de agradecer dentro del actual circo mediático, en el que con frecuencia has de sortear a dos leones hambrientos, pasar por un alambre colgado haciendo mortales, colaborar como ayudante del lanzador de cuchillos dipsómano y evitar a un Ángel Cristo hasta arriba de anfetas antes de llegar a descubrir la presunta verdad que determinado titular encierra.

Dice Amos Oz que a los fanáticos lo que les falta es humor. Estoy convencido de que el padre del surrealismo literario André Breton -que compiló una indispensable antología del humor negro- habría suscrito la afirmación del escritor israelí. Pero habría que añadir: manteniendo despierto el sentido crítico. Pues, bien sabemos que aquel hijo bastardo del humor, el de estirpe facilona, no comprometido, carcajeante, marrullero que puebla amplias superficies de nuestras pantallas y se enseñorea por calles, plazas, bares y oficinas sirve de escudo al poder y, mientras nos embota los sentidos y nos envuelve con su promesa de risa fácil, nos impide ver la realidad detrás de la chacota.

Es el humor de los bufones, que entretiene mientras dura, que siempre es menos de lo que desearíamos, presto a dejarnos abandonados a nuestra suerte al instante.

Con cara de chiste malo, deshabitado el alma y el bolsillo igual de pelao.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Opinar

Con más frecuencia de lo que uno quisiera, resulta complicado ponerse a opinar sobre las cosas que pasan a nuestro alrededor. Que vemos u oímos. Que, como testigos o protagonistas, vivimos. Esta amplia casa de millones de habitaciones, de sótanos llenos de cacharros olvidados o desconocidos, baños suntuosos o inmundos, y áticos con portentosas y también aterradoras vistas, puede llegar a oprimirnos. Creo que a esto lo llaman agorafobia. En esos momentos un simple vistazo a las noticias que nos llegan de ahí afuera nos nubla los sentidos y, aturdidos y sobrepasados, nos dejamos invadir, pese a las resistencias iniciales, por el dulce ensueño de la melancolía.

Porque, qué decir ante el abrumador clamor que nos llega del exterior. Cuando Atenas, cuna de nuestra civilización, es arrasada por una masa enardecida; cuando la India ha ardido y la tensión con su vecino Pakistán vuelve a crecer; cuando en Irak y Afganistán la gente sigue saltando en pedazos sin que nadie pueda explicarnos por qué; cuando África continúa desangrándose a golpe de machete y virus y América Latina ha dejado de ser la eterna promesa para convertirse en vieja ilusión; cuando un cuarto mundo de desheredados se ha instalado de por vida en el primero, qué decir. A cuento de qué se atreve uno a elevar la voz entre el vocerío existente. Para qué.
Si Jean Paul Sartre -y era Sartre- llegó a encontrar carente de todo significado escribir La náusea mientras un niño moría de hambre en el mundo; si Adorno -y era Adorno- decretó la inutilidad y el absurdo de la poesía después de Auschwitz; si Kafka -y era Kafka, demonios- nos mostró antes que ellos los contornos del Abismo, su sin salida; por qué cede uno a la vanidad de salir a escena, por reducido que sea el auditorio, y se permite el lujo de dejar por escrito sus impresiones sobre lo que pasa, a qué dejar este rastro apenas perceptible a través de una tierra mil veces arada.

Para aportar qué. ¿Una opinión? ¿De qué habría de servir nuestra indignación o, valga la presunción, nuestro preclaro análisis cuando ya sabemos que todos creemos tener razón?

Cuentan que Paul Váléry en cierta ocasión sondeó a Einstein en estos o parecidos términos: “Cuando tiene una idea original, ¿qué hace?, ¿la anota en un cuaderno o en una hoja suelta? A lo que Einstein respondió: “Cuando tengo una idea original, no se me olvida”. Decía que en toda su vida habría tenido una o dos. Y era Einstein.

Lo que me lleva a pensar que quizá fuera mucho más pertinente recogerse. Reconcentrarse. Mirar hacia adentro. En el sentido de más hondo. No me refiero a limitarse a buscar dentro de uno, pues puede que nos lleváramos la sorpresa de que allí no hay nada. Sino, dejar que las cosas vayan creciendo, definiéndose, cuajando. Primero vivir, después filosofar.

Sólo que..., ¿no será quizá mañana demasiado tarde? La vida suele ser tan inoportuna... Y quién le dice a nadie que lo que ayer pensó (y escribió) en un rapto de ardor juvenil no fuese más acertado que lo que hoy considera como inamovible verdad. ¿No fue entonces para uno igualmente cierto?

Al fin y al cabo, puede que no tengamos nada demasiado interesante que decir, pero nos construimos escribiendo, conversando con ese otro real o imaginario. Aunque sea de cosas en apariencia lejanas y ajenas. Aunque sea para terminar siendo como los demás. Sí, puede que por eso lo hagamos. No para enseñar nada, ni convencer a nadie, ni siquiera para transformar el mundo. Sino para alimentar nuestros fantasmas en la ilusión de que un buen día se sacien y nos dejen tranquilos. Y nos volvamos impasibles. Y quién sabe si felices.

Sabios.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

ELECCIONES USA 2008: soitu.es también rinde honores a Obama


La nueva interfaz del portal de actualidad soitu.es ha sustituido este 5 de noviembre su tradicional fondo blanco por otro negro en homenaje al senador de Illinois, ganador en las elecciones presidenciales norteamericanas.

Barack Obama será el 44º presidente de los Estados Unidos y el primero de raza negra, y con tal motivo los de Gumersindo Lafuente han elaborado para esta jornada una cobertura informativa sencillamente espectacular. Me quito el sombrero, amigos.

viernes, 31 de octubre de 2008

Cuando callar es un deber

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Crisis y medios

Leo en la bitácora de Francis Pisani en soitu que de los 133 millones de bloggers que hay en el mundo sólo 1.5 son activos, esto es, únicamente un 1,1% actualiza al menos una vez por semana. Casi me siento culpable, pues en los últimos meses no he tenido precisamente una ratio muy superior. El trabajo, cierto agotamiento y unas merecidas (os lo aseguro) vacaciones (no sé exactamente por qué orden) me han impedido cumplir con lo que las más de las veces es un placer y de vez en cuando una auto-exigencia. A ese puñado de pacientes héroes que se pasean de vez en cuando por aquí, mis disculpas.

Está visto que la crisis económica mundial no termina de abrirse sobre nuestras cabezas. Al contrario, la incertidumbre -los economistas hablan de "volatilidad", palabra de resonancias poéticas que aplicada al dinero da bastante más miedo-, la incertidumbre, digo, se extiende como una sombra siniestra, como las que avanzan por el adoquinado de una película expresionista.

La crisis está acelerando a su vez, la revolución de los medios, quienes sí o sí han debido tomar conciencia no sólo de que estamos en un mundo nuevo, con nuevas reglas para la profesión periodística, sino de que igual que se acabó el petróleo barato, las empresas de comunicación tradicionales están obligadas a transformarse de arriba abajo, adaptándose a las posibilidades y necesidades de las sociedades avanzadas actuales, si no quieren ser barridas. El fenómeno no es tampoco nuevo (¿desde Hearst hasta ahora ha habido algún momento de "tranquilidad"?), pero la comunicación escrita no había experimentado un cambio tan profundo desde Gutenberg.

Juan Varela, responsable de periodistas 21 y voz autorizadísima en todo lo que tiene ver con la relación medios-tecnología, preparó para un foro celebrado recientemente en Argentina una ponencia en la que ofrecía algunas claves del futuro digital de la prensa, desgranando "los modelos de negocio posible y las necesidades de contenidos, profesionales y tecnológicas". Aunque lo que reproducimos no deja de ser un esquema, me parece sumamente útil como herramienta para un debate sobre el estado de la cuestión.

Digitalizar la prensa local
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P.S: Si alguien duda todavía de cómo la crisis se está cebando sobre la prensa escrita en los grandes diarios de nuestro país, el siguiente párrafo, extraído de un post más reciente del propio Juan Varela, les arrojará algo más de luz (o de oscuridad, según se mire): "Bajas incentivadas en El País. Recorte drástico de colaboraciones en El Mundo con un ajuste duro de personal en Unedisa en ciernes. La mitad de la redacción de La Gaceta afectada por la regulación de empleo. Zeta comienza su ajuste a la espera de un futuro tras su frustrada venta. Ajustes y recortes generales en la prensa regional y local".

Un solo dato nos da la medida del desastre: la media de la pérdida de publicidad en prensa durante los primeros seis meses fue de un 16,2%.

lunes, 28 de julio de 2008

El espíritu del medio

“Es curioso que el periodismo haya tenido tan mala prensa”. Así empezó el poeta y articulista malagueño Manuel Alcántara su intervención durante la inauguración la pasada semana de los Cursos de verano de la Universidad de Málaga en su sede de Vélez-Málaga. Como se encargó de demostrar a lo largo de su intervención de apenas media hora –pues es el primer mandamiento del oficio “no aburrir ni a Dios sobre todas las cosas”- esta profesión casi canallesca (él mismo ha recordado en ocasiones aquel célebre adagio: “no le digas a mi madre que soy periodista, mejor dile que soy pianista en un burdel”) no ha gozado nunca de una extendida buena reputación. Así, Alcántara recordó a Chesterton, cuando afirmaba que el periodismo consistía en decir que Lord John estaba muerto a gente que no sabía que Lord John estaba vivo; o a Oscar Wilde, para el que la literatura se diferenciaba del periodismo en que la literatura no se lee y el periodismo es ilegible”.

Quizá ha contribuido a esta mala imagen del periodismo en nuestra época, ya antes de que la prensa rosa se extendiera como un virus (porque el amarillismo ha ido siempre asociado a la prensa, antes incluso de William Randolph Hearst) el carácter acomodaticio de gran parte de quienes se han dedicado a esta profesión. Esto es algo que generalmente intenta ser esquivado cuando entre periodistas se hace autocrítica. En realidad de “auto” no tiene nada y se termina siempre descalificando a los demás, a los “medios afines”, a los “de la cuerda de”, “a los amigos”, etc., obviando que estos mismos permiten ser considerados por algunos como “unos de los nuestros”.

Después de 50 años de profesión y de 18.000 columnas (sí, no es una errata) a las espaldas; de haber obtenido los más prestigiosos galardones periodísticos (Mariano de Cavia, Luca de Tena y González Ruano) y literarios (Premio Nacional de Poesía por ‘Ciudad de entonces’); de ser nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de la ciudad que lo vio nacer; y de haberse doctorado también en la Escuela de la Vida a lo largo de ochenta años de viajes, lecturas y escritos, Manuel Alcántara, el último gran estilista de una generación de columnistas nacidos antes de la guerra civil, puede permitirse afirmar sin tapujos que “hay que adecuarse al espíritu del periódico” y que quien piense que se puede decir lo que uno quiera y ser totalmente libre es un “ingenuo” (lo dice, claro, quien tuvo que trabajar en diarios como ‘Arriba’ o ‘Ya’).

Y como prueba del tradicional carácter acomodaticio o flexible, si lo prefieren de la prensa, puso como ejemplo un célebre episodio acontecido hace dos siglos, en concreto, a principios de marzo de 1815, mientras Napoleón abandonaba la isla de Elba. Con este motivo el diario oficial, ‘Monitor’, había anunciado en su portada: “El antropófago ha salido de su escondite”. En días sucesivos en el mismo periódico titularon: “El ogro de Córcega ha desembarcado en la isla”; “El Tigre ha llegado a Gap”. “El monstruo ha dormido en Grenoble”; “El tirano ha atravesado Lyon”; “El usurpador está a sesenta leguas de la capital”; “Bonaparte avanza a pasos agigantados pero no entrará en París”; “Napoleón estará mañana entre nuestros bastiones”; “El Emperador ha llegado a Fointanebleau”; "S.M. Imperial entró ayer en el palacio de la Tullerías, en medio de sus fieles súbditos”.

Al columnista de Vocento lo que realmente le inquieta del periodismo actual no es esta adaptación a lo que la Dirección en cada momento considere oportuno (aunque aclara que desde que escribe en Vocento nunca le han tocado una coma, pese a que lo habría entendido) sino la “desfachatez” y la “desvergüenza” que observa en algunos profesionales a la hora de contar los hechos practicando el insulto desde la primera línea.

Pero, no se equivoquen, pese a la aparente mansedumbre que destilan sus palabras, bajo su voz aún firme nacida de la experiencia y atravesada por la sabia ironía de quien ha hecho de la humildad una bandera, el Alcántara que podemos leer a diario, no ha renunciado a no casarse con nadie excepto con la verdad.. Lo ha hecho casi sin ruido. Sin elevar una palabra más que la otra, únicamente aplicando inteligencia, humor y sensibilidad a cuanto ha tocado. Por eso cuando cita a Vargas Llosa afirmando que “el periodismo es el mayor garante de la libertad”, su rostro se ilumina. Porque también ha habido periodismo con buena prensa y porque, como Gerardo Diego, él también piensa que “un periodista es un salvador de instantes y un cantor de lo cotidiano” y que puesto que hay que dejarse la vida en algún sitio, por qué no habría de hacerlo a razón de trescientas palabras por día, corriendo esos cien metros lisos de la columna que a unos se le hacen extremadamente cortos y a otros infinitamente largos.

Los hay que ganan en las distancias cortas. Alcántara es uno de ellos, uno de esos seres honestos que hace tiempo que descubieron que peor aún que engañar a los demás era hacer lo propio consigo mismos.

[artículo recomendado por soitu]

martes, 17 de junio de 2008

Fallo "público"

miércoles, 14 de mayo de 2008

All about Telma

Todo lo que quisiera decir -o al menos la esencia de lo que opino- sobre el juicio de Telma Ortiz Rocasolano contra la prensa del corazón, lo ha expresado ya Manuel Alcántara en su columna de este miércoles:

"La fama, que es la prima de pueblo de la gloria, trae estas cosas. Los que en las esquelas se llaman «y demás parientes», adquieren una notoriedad inmerecida y mucha gente desea saber algo de sus vidas y milagros, sobre todo de sus vidas, ya que lo milagroso es que se hayan hecho célebres estas criaturas de nulo relieve social. Habría que establecer un tratado de límites. Algo que impidiera agobiar a la gente que se hizo conocida y a la vez nos permitiera a nosotros seguir teniendo el gusto de no conocerla."

sábado, 3 de mayo de 2008

Otra de portadas repetidas



Decía Ignacio Escolar, director de Público, a propósito de la decisión tomada por el diario de llevar a su portada el lanzamiento de un videojuego que “siempre es discutible cuál es la noticia más importante del día: por eso no es habitual que todos los diarios del planeta coincidan en su portada, algo que sólo pasa los días históricos”. Nosotros ya insinuamos que tal afirmación (no en cuanto al carácter problemático de la elección sino en lo tocante al hecho mismo de que los diarios no terminen coincidiendo frecuentemente en sus portadas) sí que podía resultar "discutible". Y la terca realidad nos ha dado un ejemplo reciente que extraigo del impresicindible blog 'maquetadores'. La noticia del día, en este caso correspodiente a las ediciones del 30 de abril de los cuatro rotativos observados -entre los que se encuentra el propio Público-, estaba clara. El Barça perdía su última oportunidad por seguir luchando por ganar un título esta temporada. Pero, ¿era necesario coincidir tanto? Ustedes mismos.

Última imagen

Bajo el título 'Última imagen', la sección española de Reporteros sin Fronteras ha lanzado esta impactante campaña para conmemorar el Día internacional de la libertad de prensa, que se celebra este 3 de mayo.
Los creativos de Saatchi&Saatchi se han inspirado en las últimas imágenes captadas por Will, muerto por disparos de los antidisturbios mientras filmaba una manifestación en el estado mexicano de Oaxaca en octubre de 2006, para crear una campaña que trata de recrear lo que pudo haber sido la última mirada del reportero y que homenajea a otros compañeros fallecidos mientras desempeñaban su trabajo. Se trata, además del propio Brad Will, de profesionales como Ricardo Ortega, caído en Puerto Príncipe en 2004, Juantxu Rodríguez, muerto en Ciudad de Panamá en 1989, y Jordi Pujol i Puente, que perdió la vida en Sarajevo en 1992.
El mensaje trata de despertar nuestras conciencias ante los riesgos que muchos profesionales del periodismo afrontan en diferentes lugares del mundo, que carecen de nada cualquier cosa parecida a la libertad de expresión y acerca de la inseguridad general de un mundo en el que la violencia se enseñorea convirtiendo en diana a todo aquel que disienta o simplemente esté dispuesto a contar lo que está pasando. Sólo en el año 2007, 87 periodistas fueron asesinados

viernes, 2 de mayo de 2008

El 2 de mayo en portada dos siglos después




jueves, 1 de mayo de 2008

Diferenciarse o morir

Diferenciarse o morir. En Público tienen claro desde el principio que si quieren encontrar su hueco en el saturado mapa de la prensa española, competir con los diarios generalistas ya consolidados y con las masivas tiradas de los gratuitos, tienen que echarle imaginación a la cosa y apostar por fórmulas más heterodoxas de las que estamos acostumbrados. Si para lograrlo tienen que poner en portada el lanzamiento de un videojuego -por el que dicen, no han cobrado- pues se hace y punto.

De momento, los resultados del EGM del primer trimestre del año invitan al optimismo, señal de que la fórmula puede que no sea tan descabellada. Los responsables del rotativo de Mediapro son conscientes de las dificultades del proyecto. Dirigirse al sector más joven de la sociedad española y, por lo tanto, al más integrado dentro de la nueva sociedad de la información, y al más 'pelao' en términos económicos, supone competir también en atención con la prensa digital y la blogosfera, ámbitos que van camino de convertirse, más que en un complemento, en una verdadera alternativa a la prensa tradicional. ¿Para qué gastarse 50c o 1€ en un tocho de papel que me va a contar cosas que ya sé y que encima ocupa espacio, cuando tengo a un click todo un arsenal de informaciones, imágenes, vídeos, enlaces, comentarios, perfectamente actualizados?

La prensa escrita está pues obligada a ofrecer algo más que el puro placer fetichista de dejarse en la lengua el sabor a papel y los dedos manchados de tinta. Ahora bien, si esto pasa por llevar a primera plana noticias que según el periodismo tradicional no habrían pasado de ser apertura de sección -y no entramos a valorar aquí si aún persisten determinados prejuicios sobre el mundo del videojuego en concreto- es otra cuestión. Ignacio Escolar, director de Público justificaba en estos términos (en un post titulado "¿Se puede hablar de videojuegos en la portada de un diario?") la decisión de elegir este tema para su portada y no cualquier otro:

"Lo más relevante, lo más comentado, fue la salida de Zaplana de la política activa, pero la noticia había sucedido por la mañana y hoy, casi 24 horas después, cuando la gente llega a los kioscos, ya no iba a sorprender a nadie. En días así, en Público preferimos apostar por un tema diferente, que no esté en la agenda de los demás. ¿Es una noticia el lanzamiento de un videojuego? No, se lanzan videojuegos todos los días. Pero el GTA no es uno más: es, sin duda, uno de los grandes lanzamientos del año. Y, sobre todo, también es una buena percha para hablar de un tema mucho más importante: cómo el videojuego vende ya tanto como el cine y la música juntos, a pesar de que en los medios, cuando se habla de ellos, hay quien piensa que sólo puede ser porque han pagado."

El factor sorpresa ha sido, pues, el elemento decisivo. Pero Escolar aporta otros argumentos para justificar la elección: Así, afirma que: "siempre es discutible cuál es la noticia más importante del día [en esto estamos de acuerdo]: por eso no es habitual que todos los diarios del planeta coincidan en su portada [aquí no tanto], algo que sólo pasa los días históricos. [es decir, doscientas veces al año]"
En cualquier caso, parece que este tipo de opciones serán cada vez más frecuentes en la prensa diaria de nuestro país. A El Mundo le ha dado en los últimos tiempos por llevar viñetas a su primera página. La Razón hace tiempo que decidió "sorprender" a sus lectores con portadas "espectaculares", y qué decir de El Periódico, capaz de llevar a su primera plana tanto dibujos de cómic como temas más propios ética y estéticamente de la prensa deportiva.



P.S.: Dando por buena la elección de la salida del GTA4 como apertura -y concediéndoles que les creemos cuando dicen que no han cobrado por hacerlo-, sí tenemos que objetar a Público -aunque tampoco sea infrecuente en otros medios- el que de las otras cuatro informaciones que llevan a portada, una sea el dato obtenido en el EGM (promo) y otra, la segunda en jerarquía de la página, una autopromoción de su edición del fin de semana.

jueves, 17 de abril de 2008

Una portada poco ortodoxa

Portada exclusiva dibujada por Milo Manara para EL PERIÓDICO con motivo del Salón del Cómic que hoy comienza en Barcelona.

 
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