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viernes, 20 de agosto de 2010

Los ecos del grito de Trotsky


En la tarde del martes 20 de agosto de 1940, la sentencia de muerte contra Trotsky dictada por Stalin era cumplida cuando un enigmático agente comunista, el español Ramón Mercader golpeaba con un piolet en el cráneo al héroe de la Revolución de Octubre.

Mercader, alias Jacson, alias Mornard, cumplió veinte años de condena en México por el asesinato del creador del Ejército Rojo. Durante todo aquel tiempo mantuvo que había nacido en Teherán, hijo de un diplomático belga y que su crimen obedecía a que era un trotskista desilusionado.

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(Este artículo está dedicado a todos los traidores auténticos de la historia. A los grandes y pequeños; a los vocacionales y advenedizos; a los que disfrutaron con sus malas artes y a los que nunca pudieron desprenderse de su mala conciencia; pero muy especialmente, a los que no lo fueron, sencillamente porque no tuvieron la oportunidad)

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Dos décadas después de la caída del “telón de acero” y de la subsiguiente desmembración de la URSS, los crímenes del estalinismo se asemejan a una especie de crepitación lejana. Los infames procesos de Moscú, las purgas masivas, el Gulag pueden parecerle a millones de jóvenes crecidos en democracia fenómenos remotos y extemporáneos felizmente sepultados en la noche de los tiempos. Pero, la misma pervivencia de regímenes comunistas en el mundo, como los de Cuba o Corea del Norte, y las consecuencias que para la historia de las ideas políticas, en el plano teórico, y para la configuración de nuestras modernas sociedades, desde una perspectiva más cercana, se derivan de aquel tiempo, convierten en perfectamente vívidos y actuales sucesos como el que ahora alcanza su septuagésimo aniversario. Observado a distancia y a pesar de que aún la URSS ejerciera una enorme influencia durante las décadas posteriores, acrecentada por su participación en la II Guerra Mundial y como resultado de ésta la partición del mundo en dos bloques antagónicos, el atroz asesinato de Trotsky a cargo del comunista español Ramón Mercader supone de algún modo el canto del cisne del terremoto que en 1917 llenó de esperanza a millones de trabajadores en todo el mundo. El espectáculo de la Revolución devorándose a sí misma, como ha descrito algún crítico el brutal asesinato de Trotsky, fue una operación largamente preparada que llegó a término en Coyoacán (México DF) cuando el viejo revolucionario expelía un grito de rabia y de dolor que aún sigue conmoviéndonos.

Persecución y destierro
En enero de 1928 los peores presagios se cumplían para Lev Davidovich Bronstein. Tan sólo cuatro años después de la desaparición de Lenin, su compañero y líder de la Revolución de Octubre, la campaña de acoso orquestada por Stalin y su camarilla contra el creador del Ejército Rojo tomaba un rumbo irreversible al hacerse efectivo su destierro. Se le acusaba, nada menos, que de “sostener campañas contrarrevolucionarias consistentes en la organización de un partido clandestino hostil a los Soviets” que pretendía “provocar un alzamiento antisoviético y a preparar un movimiento armado contra el Poder de los Soviets”. A pesar de lo dureza de los cargos, sería lo más amable que desde el Kremlin se lanzaría a partir de entonces contra un hombre de casi cincuenta años que, tras haberse convertido en una de las principales figuras de la toma del poder por los bolcheviques, había pasado a encarnar de la noche a la mañana el papel de gran traidor del proyecto soviético.

Como las de tantos otros en aquella época –escribiría poco después en su autobiografía, durante ese “entreacto” de Constantinopla, “una etapa imprevista aunque nada casual”-, la cárcel, el destierro y la emigración fueron las universidades de este revolucionario nacido en 1879 en un rincón de la Rusia meridional y que llegaría a ser conocido mundialmente por el falso nombre con el que él mismo se rebautizaría (en alusión a uno de sus carceleros de Odesa) cuando huyó por primera vez -dejando atrás a su primera mujer y a los dos hijos que tuvo con ésta-, de su confinamiento en Siberia.

Se han vertido ríos de tinta para intentar explicar cómo le fue movida la silla al a todas luces heredero de Lenin y, por más que nos detenemos a atender las fundadas razones que lo justifican, cuesta trabajo aún, casi un siglo después, comprender cómo el azar pero especialmente la ilimitada capacidad de intriga de un hombre por el que siempre había sentido más que aprensión o desprecio, indiferencia, Iosiv Stalin, no sólo consiguió alejarlo del poder sino directamente arrojarlo a encarnar la figura de moderno judío errante, perseguido y ‘malvenido’ en todos sitios, con la que tantas veces se le ha caracterizado. Lo que no habían conseguido el zarismo, dos revoluciones (la primera de ellas, la de 1905, fallida) los campos de concentración, o una sangrienta guerra civil, lo ejecutarían sus antiguos correligionarios, hasta el punto de que su expulsión de la URSS, efectiva a comienzos de 1929, tras pasar un año recluido cerca de la frontera china, no sería sino el cumplimiento del primer plazo de una condena que no podía ser otra que la capital.

El “rebelde por excelencia”, como lo definió su biógrafo Isaac Deutscher, pronto descubrió que por mucho que huyera jamás escaparía de los agentes de Stalin. La obsesión del georgiano por Trotsky venía de los tiempos en los que la Revolución triunfante había convertido a la estrella del presidente del Soviet de Petrogrado en un faro que iluminaba las aspiraciones de millones de trabajadores dentro y fuera de Rusia. Es fácil imaginar para alguien tan ambicioso y taimado, cuán repugnante habría de resultarle la presencia de aquel que, nacido en el mismo año, tan opuesto resultaba por sus orígenes, formación y naturaleza. Oscuro, tosco y pragmático, uno; brillante, culto y apasionado, el otro, Trotsky unía a su condición de afilado polemista, retórico y orador brillante, de teórico aventajado del posmarxismo, su condición de hombre de acción con una fe inquebrantable en el triunfo de la causa del proletariado. Mientras Trotsky se convertía en una figura fundamental de la Revolución, Stalin representó un papel insignificante, como demuestra el hecho de que John Reed apenas lo mencionara en su crónica del ascenso del nuevo régimen en lo que constituyó, según palabras de Lenin, “la versión más fiel de los acontecimientos” (lo que explica que el libro fuera retirado de las bibliotecas de la URSS durante los años 30 y prohibida su reedición en vida del dictador). Además, y no menos importante, Stalin era consciente de que a todo lo anterior había que sumarle su privilegiada relación con Lenin quien, a pesar de las agrias discusiones que mantuvieron al cabo de los años, no disimulaba su admiración por Pero (La Pluma), seudónimo con el que firmaba sus publicaciones en Iskra, la revista marxista editada en Londres a principios de siglo y en la que junto al mismo Lenin escribían Plejànov o Màrtov.

Puede decirse que en este caso la paranoia homicida de Stalin, que le llevó a cometer los más execrables crímenes y que lo convirtieron en el mayor asesino de la historia, estaba más que justificada. El ex Comisario de Guerra, aquel que aparecía retratado innumerables veces junto a Lenin (ya se encargaría él, como se aprecia en la imagen, de ir “borrándolo” de las fotos), el incansable y tozudo revolucionario que había enervado a las masas en el Circo Moderno de San Petersburgo durante los días que estremecieron al mundo, y que se había atrevido a cuestionar abiertamente los métodos de la nueva dirección tras la desaparición del amado líder, debía ser eliminado.

Stalin encontró además en Trotsky la excusa perfecta para llevar a cabo sus purgas internas. El “perro rabioso” como pronto lo llamaron sus detractores (en contraposición al bello título de “el hombre que amaba a los perros”, que le consagra Leonardo Padura en la novela histórica en la que cuenta su periplo vital) sería trasformado en el falso enemigo a través del que crear un cordón sanitario más allá del cual estarían justificadas las más abyectas persecuciones, la construcción, en definitiva, de un estado policial convertido en máquina depuradora de elementos presuntamente antisociales. Orwell, que sufrió en carne propia durante la guerra civil española la infame persecución comunista del POUM, partido marxista revolucionario en el que militaba, se inspiraría años más tarde en Trotsky a la hora de dibujar el personaje de Emmanuel Goldstein de 1984. El Enemigo del Pueblo, como se le llama en la novela al personaje, comparte con el real rasgos físicos y origen judío, pero es en la sarcástica institución de los Dos Minutos de Odio de la ficción donde más claramente se advierte el nivel de delirio persecutorio que alcanzó en la URSS el demonizado trotskismo.

Las divergencias entre Lenin y Trotsky pasaron a ser, pues, convenientemente manipuladas, la historia falseada y la profesión de fe antitrotskista se convirtió en salvoconducto para subir peldaños dentro de la cúpula administrativa estalinista. No resulta exagerado afirmar que si Trotsky no hubiera existido Stalin habría tenido que inventarlo.

Ramón Mercader
Mientras Trotsky continuaba su penoso peregrinar por medio mundo como un apestado, viendo cómo uno a uno sus familiares más próximos iban siendo detenidos, deportados, asesinados, conducidos al suicidio, el plan definitivo para su liquidación se iba poniendo en marcha.

El asesinato de Trotsky fue una telaraña pacientemente urdida y resuelta a golpe de piolet por un joven militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña, hijo Pau Mercader Marina, un respetable señor burgués del barrio barcelonés de Sant Gervasi y de María Eustasia de la Caridad del Río Hernández, una activista de familia acomodada medio cubana que terminaría enamorándose de un personaje que tendría también una gran influencia sobre Ramón: Nahum Nikolaievich Eitingon, alias Kotov, espía al servicio de la temible OGPU (más tarde NKVD) y a la sazón encargado, previo mandato de Beria y Sudoplatov, de preparar la elaboración del plan operativo de eliminación del “perro rabioso”.

Trotsky y su mujer, Natalia Sedova, habían llegado a México en el Ruth, vapor petrolero empleado ex profeso para el traslado del matrimonio desde Noruega, donde habían vivido los últimos meses, cumpliendo así la petición de asilo que el pintor Diego Rivera y el líder de los trotskistas mexicanos, Octavio Fernández, habían cursado al presidente Lázaro Cárdenas. Sería precisamente en el país americano, aunque no en su primera residencia, la Casa Azul, domicilio del propio Rivera y de su mujer, la también pintora Frida Kahlo, donde se ejecutara la sentencia.
Tres años y medio tuvieron que pasar aún para que un Trotsky avejentado aunque aún pleno de energías, que seguía canalizando en su inútil lucha de poner en claro los excesos de Stalin, conociera a su asesino.

Ramón Mercader, joven apuesto, culto, e intachable comunista había luchado a favor de la República en el frente del Ebro, donde recibió un balazo que le dejaría una cicatriz en el antebrazo izquierdo (su madre resultaría herida en Bujaraloz recibiendo once descargas de metralla que pusieron en riesgo su vida), y había ascendido a comandante del Quinto Regimiento a las órdenes de Líster, participando en la defensa de Madrid, antes de ser invitado a participar en su gran cita con la historia: la operación más importante del estalinismo. Su elección no fue ni mucho menos casual. Pocos como él podían igualarlo en arrojo, astucia y fe revolucionaria. Pero la operación no era ni mucho menos sencilla. A pesar de que Stalin había destinado medios ilimitados a la misión, Trotsky era casi inaccesible. Tras abandonar la Casa Azul después de romper con Diego Rivera por razones ideológicas y personales (la breve pero tempestuosa relación erótica que mantuvieron Trotsky y Frida no contribuiría a mejorar el ambiente reinante en el hogar de los Rivera), el desterrado se trasladó junto a su séquito a unas cuantas cuadras de su anterior domicilio, a la avenida Viena de Coyoacán. Su aislamiento, sus altos muros, su proximidad con un río, la fuerte seguridad convertían a la casa casi en inexpugnable. Había que encontrar una llave proporcionada a semejante cerradura y ésta se encarnó en la figura de una desmadejada criatura llamada Sylvia Ageloff.

Fue Ruby Weil, secretaria de Louis Budenz, director del Daily Worker, periódico del Partido Comunista de Estados Unidos, la que presentó a la joven trotskista a Mercader. El encuentro tuvo lugar en el bar del Hotel Ritz, a donde casualmente había acudido aquel hombre atractivo y encantador, fotógrafo ocasional de la sección deportiva de Ce Soir, que hacía pasarse por hijo de un diplomático belga ya fallecido y heredero de una gran fortuna. El nombre por el que se hacía pasar era Jacques Mornard. Hermana del correo de Trotsky en Estados Unidos, Ageloff, pecosa, canija, miope, de voz chillona y celosa en extremo (como Mercader pudo pronto comprobar), sintió un flechazo casi instantáneo por aquel caballero refinado y ¡apolítico! que la colmó de atenciones desde el primer encuentro.

A partir de ahí, el plan consistía en introducirse en la casa de Trotsky y en cuestión de minutos llegar hasta sus dependencias, burlando toda la seguridad y acabar con su vida. Esto solo se podía hacer teniendo un conocimiento minucioso del recinto, de las guardias, de las costumbres del lugar. Ésta era la misión de Mercader y prueba de la dificultad de la empresa el hecho de que una primera operación fallase. La suerte se había aliado en un primer momento con él. Coincidiendo con una visita de su “novia” a los Trotsky, madame Yankovitch, secretaria de Lev Davidovich enfermó y el revolucionario le pidió a su joven seguidora, hijo de rusos blancos y por lo tanto conocedora del idioma, que le ayudara a pasar a máquina lo grabado en el dictáfono. Esta circunstancia obligó a Sylvia a acudir con regularidad a la residencia de la avenida Viena y Mercader no desaprovecharía esta circunstancia imprevista. Primero se limitaba a acompañar a su novia a la casa, esperándola en el coche junto a la puerta. Poco a poco, gracias a su encanto natural y a sus numerosos gestos de cortesía, fue granjeándose la confianza de los secretarios y de los guardaespaldas del protegido, hasta que por fin se ganó el derecho a traspasar el umbral del edificio y conocer más en detalle el “objetivo”. Con toda esta información y tras corromper a uno de los secretarios, Robert Sheldon Harte, que custodiaba la entrada, Mercader dejó el paso libre en la madrugada del 24 de mayo de 1940 a la veintena de hombres comandados por el pintor comunista David Alfaro Siqueiros que intentó sin éxito, abriéndose paso con ráfagas de ametralladora, liquidar al odiado líder de la contrarrevolución.

El clima de hostilidad por la presencia del “barbas de chivo” –como popularmente se le conocía en el país- era creciente en México. Las manifestaciones, tanto de extremistas de derecha como de izquierda se sucedían. Además, el fracaso de la intentona había puesto en grandes aprietos a Eitingon frente a sus superiores directos en la inteligencia soviética. No se podía fallar de nuevo y, además, había que alcanzar el objetivo pronto. Stalin lo exigía.

Mercader, que había entrado en el país bajo la identidad de un ingeniero en minas canadiense llamado Frank Jacson –brigadista caído en la Guerra Civil española-, era, no obstante, algo así como un as en la manga. Era el único con un acceso directo a Trotsky y sabría encontrar la oportunidad de estar a solas con el fundador del Ejército Rojo en la redacción de un artículo en defensa del trotskismo que él mismo escribiría (en realidad lo preparó Eitingon) y le daría a corregir al revolucionario. El texto estaba tan plagado, conscientemente, de inexactitudes e ingenuidades que sería necesaria su reescritura, lo que le daría a Mornard/Jacson/Mercader la oportunidad de concertar, tres días después, un segundo encuentro en privado. El definitivo. Al parecer, Trotsky no confiaba demasiado en aquel hombre. Demasiados interrogantes se cernían sobre su persona, desde su verdadera identidad hasta su extraño comportamiento, continuando por su súbita adscripción ideológica. Pero, desoyendo las palabras de su propia esposa, no ahuyentó a aquel enigmático individuo y quiso desafiar o, quizá mejor -quién sabe si, cansando de esconderse, de luchar en vano-, afrontar resignadamente su propio destino.

A pesar del calor, Mercader no se desprendió ni del sombrero ni de la gabardina que Eitingon le entregó con un puñal cosido en el forro y una pistola, para caso de necesidad. Pues sería bien otra la arma que pasadas las 5 de la tarde del 20 de agosto de 1940 le asestaría el golpe finalmente mortal a su víctima. Mientras éste leía reclinado sobre el escritorio de su despacho las cuartillas mecanografiadas, Mercader se colocó a su espalda y, cerrando los ojos, descargó el piolet con todas sus fuerzas sobre el cráneo de Trotsky. El grito, compuesto de dos terribles aullidos, inundó en unos segundos toda la casa, pero contra lo previsto, la víctima no murió en el acto (no lo haría, tras entrar en coma, hasta el día siguiente) sino que aún tuvo tiempo para arrojarse contra su asesino, morderle una mano, e impedir que éste le rematara. Paralizado por el horror de aquel crimen, por la sangre que manaba de la cabeza del viejo, Mercader no intentó siquiera huir del despacho (su madre y Eitingon lo esperaban con un coche a unos metros de allí) y antes de que tuviera tiempo de reaccionar los guardias se le habían echado encima, golpeándolo.

¿Intercambio de papeles?
Durante los veinte años de presidio que siguieron a su arresto, Ramón Mercader jamás dejó de afirmar que él era un belga nacido en Teherán, hijo de diplomático. Cuando lo detuvieron llevaba una extensa carta escrita en francés en la que se declaraba un seguidor de Trotsky al que, entre otras invenciones, habían propuesto viajar a Rusia con el fin de asesinar a Stalin (junto a la acusación de colaborar con una potencia extranjera, la razón más manida durante los “procesos” soviéticos), motivo por el cual había decidido sacrificarse “quitando de en medio a un jefe del movimiento obrero que no hace más que perjudicarlo”. Ramón Pavlovich López, como oficialmente se le conocería tras su llegada a la URSS en 1960, donde sería condecorado con la Orden de Lenin y nombrado Héroe de la Unión Soviética, terminaría sus días en Cuba sin ver cumplido su sueño de vivir sus últimos días en Cataluña, en una España ya sin Franco que se encaminaba hacia la consecución de un régimen de libertades tan alejado de los ideales que le llevaron a convertirse en brazo ejecutor de uno de los dictadores más perversos de la historia. Hasta el fin de sus días se mantendría fiel a su catecismo comunista, considerándose algo así como un objeto de la necesidad histórica de la lucha del proletariado, ante la que cualquier sacrificio estaba justificado, y pese a que con el tiempo fueron públicamente esclarecidas las circunstancias de su crimen, nunca asomaría un dejo de arrepentimiento, de compasión por la víctima. Al menos públicamente, pues cuesta imaginar que, tras la celebración del XX Congreso y del reconocimiento de los crímenes del estalinismo o, ya durante su residencia en Moscú, mientras asistía al fraccionamiento de los comunistas españoles escenificado en la Casa de España, no existiese un profundo desengaño corroyendo su espíritu. O eso nos gustaría creer.

No sabemos si de haber “ganado” Trotsky la batalla por la herencia de Lenin, la Revolución rusa habría tomado otro rumbo. Algunos, como José Ramón Garmabella, que recoge en El grito de Trotsky los pormenores del asesinato, recuerdan los sucesos de Krondstat, la mano de hierro con la que condujo el Ejército Rojo hacia la victoria en aquellos tiempos en los que según Karl Radek “la Revolución cambió por una espada la pluma de su mejor publicista”, para convencernos de que todo no hubiera sido más que un intercambio de papeles. ¿Acaso Trotsky habría aceptado una oposición, dado voz al pueblo, abierto el Partido a la sociedad? ¿Habría dado curso y efectivo cumplimiento a su teoría de la “revolución permanente” o habría cedido a la triunfante tesis acuñada por Bujarin e impuesta por Stalin del “socialismo en un solo país”? ¿Se habría atrevido –podemos seguir preguntándonos- a defender hasta el final, como hizo en Literatura y Revolución (1924) que “los socialistas no podían legislar contra las expresiones culturales que fuesen complejas o incluso hostiles”, es decir, habría defendido la libertad de expresión hasta sus últimas consecuencias o, por el contrario, habría alentado igualmente la persecución, acallado, asesinado o arrastrado al suicidio a parte de la mejor generación de autores rusos del siglo XX? ¿No hubiera, en definitiva, actuado del mismo modo que su odiado Stalin, cercenando todo disidencia, imponiendo una férrea censura, enviando a los elementos subversivos al Gulag?

Enfoques contrafactuales aparte, de lo que no cabe duda es de que el despiadado asesinato de Trotsky sirvió para erigir un monumento al fanatismo y el odio de un siglo tan caro a la inmersión de la razón en pura barbarie. El sórdido espectáculo de la Revolución devorándose a sí misma no sería esta vez un monumento de piedra o bronce como las estatuas que han gustado de erigirse todos los dictadores que son y han sido. Sino uno hecho de ondas sonoras propagadas en forma de grito atravesando el cielo del DF y propagadas a los cuatro vientos por un mundo que había vuelto a sumirse en una cruel matanza planetaria. Un grito que llenaría de pesadillas los sueños de Mercader hasta su muerte y que, setenta años después, con el comunismo acantonado en algunos escasos países y la corrupción enseñoreándose de los territorios que un día sirvieron de suelo a uno de los experimentos políticos más ambiciosos y nefastos de la historia humana, conviene no olvidar. “La venganza de la historia –como escribió el mismo Trotsky- es más poderosa que la venganza del más poderoso Secretario General.” Pero la historia ha demostrado también su capacidad de vengarse de sí misma sumiéndose demasiadas veces en un infamante olvido.

viernes, 19 de febrero de 2010

Cartas a Stalin

Dos creadores ante el abismo de su desaparición material e intelectual. Dos maestros de la literatura rogándole a un dictador el indulto que les permita seguir haciendo lo único que dota de sentido a sus vidas. Bulgákov y Zamiatin. El escritor de la extraordinaria El maestro y Margarita y el forjador de la distopía moderna.

Y frente a ellos, en la inmediata distancia, muñiendo el destino de millones de seres humanos, lósif Visarionovich.

“Al cabo de diez años mis fuerzas se han agotado; no tengo ánimos suficientes para vivir más tiempo acorralado, sabiendo que no puedo publicar, ni representar mis obras en la URSS”, escribe un Bulgákov aquejado de fuertes crisis nerviosas que ha enviado a las llamas su primer borrador de la que será su mayor obra. “Para mí, como para cualquier otro escritor, la privación de la posibilidad de escribir constituye un castigo mortal”, resuena como en un coro la voz de Zamiatin. Tanto el ruso como el ucraniano saben lo que es sufrir el acoso de la NKVD, la inquisitorial persecución de la crítica acrítica (“aquellos ilotas, panegiristas y personas atemorizadas y serviles” (en palabras de Bulgákov), los insultos, el ostracismo, la censura.

Se podría esperar que al verse acorralados, los dos autores adoptarán una actitud más sumisa, se autoinculparán, como harán más tarde durante los procesos de Moscú algunos de los más relevantes personajes de la Revolución, pasarán a escribir obras “comunistas”.

Pero, no.

“Particularmente, nunca he ocultado mi actitud ante el servilismo literario, el vasallaje y la hipocresía, diría Zamiatin. “Soy un ferviente admirador de esa libertad –afirma, como apostillando al anterior, Bulgákov- y creo que, si algún escritor intentara demostrar que la libertad no le es necesaria, se asemejaría a un pez que asegurara públicamente que el agua no le es imprescindible.”

En Cartas a Stalin (Editorial Veintisiete Letras) destacan misivas desperadas, angustiadas, implorantes, cartas capaces de trascender su contingencia histórica para quedar como monumentos a una libertad que se puede pedir, pero no vender.

Todavía Zamiatin tendrá suerte y gracias a la intercesión de Gorki, saldrá de la URSS para no regresar, aunque su obra cumbre, aquella de la que beberían Huxley u Orwell, Nosotros, no se publicará en su país hasta 1988. Solo un año más tarde aparecería por primera vez la versión completa de El maestro y Margarita de Bulgákov, a quien el camarada Stalin no le concedió el anhelado permiso y tuvo que permanecer en el “exilio interior” y, por lo tanto sujeto a innumerables vejaciones hasta su muerte en 1940.

También en la República Socialista había que expulsar a los poetas, a ser posible después de humillarlos, apedrearlos, anularlos. Pero la vida y la obra de estos dos autores (como la de otros integrantes de aquella gran generación a la que pertenecieron Ajmátova, Mandelshtam, Pilniak, Bábel, Platónov o Pasternak) constituye un testimonio trágico pero esperanzador de cómo el arte, entendido como compromiso trascendente, tarde o temprano es capaz de reducir a un tamaño diminuto a quienes, como aquel maníaco georgiano, un día se creyeron Dios y su profeta.

APÉNDICE
LOS PROCESOS DE MOSCÚ

viernes, 29 de enero de 2010

Gratitud

La gratitud no distingue precisamente a nuestra especie. Mostrar un sincero agradecimiento a aquellos que más han contribuido a nuestro desarrollo, a quienes en un momento dado decidieron arrimar su ascua a nuestra sardina sin esperar nada a cambio, resulta infrecuente. Cuando el reconocimiento procede de un gran hombre y va dirigido a otro que juzgamos inferior por su puesto en la escala de prestigio social, el efecto se multiplica y hace que emitamos íntimamente un largo ¡oh! aclamatorio.

En los últimos días la extraordinaria revista malagueña Litoral ha sacado a la luz un bello número que, dedicado a las caligrafías, recoge testimonios escritos en forma de epístola de brillantes cultivadores del arte, las ciencias y las letras. Juan Cruz destacaba esta semana en su blog de entre todo el material recopilado, una carta que el por entonces recientemente laureado con el Nobel de Literatura Albert Camus, le enviaba a su maestro de primaria, el Señor Germain, en la que, con una desarmadora sencillez le agradecía “lo que usted ha sido y sigue siendo para mí”, y le confesaba que “sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.”

Posiblemente esta carta, que merecería aparecer en el frontispicio de cualquier colegio, nos diga mucho más de Camus que todos los sesudos ensayos que sobre su figura se publiquen este año con motivo del 50º aniversario de su muerte y es fácil imaginarse qué extraordinario torrente de emoción traspasaría el cuerpo del viejo profesor al leer el testimonio del honorable discípulo.

Algo parecido debió sentir el maestro de uno de los más grandes hombres de la América Mayúscula cuando a principios de 1824 pudo leer:

“Ud. Maestro mío, cuánto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido Ud. mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo. Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló. Ud. fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa.”

Cómo no suponer que los ojos de Simón Rodríguez se desbordaron de lágrimas, que aquel anciano venerable y universal que Uslar Pietri nos retrató sabiamente en La Isla de Robinsón, al ver de nuevo de puño y letra la grafía de aquel niño llamado Simón que, ya convertido en Libertador, lo invitaba de nuevo al encuentro “de los cuadros, de los colosos, de los tesoros, de los secretos, de los prodigios que encierra y abarca esta soberbia Colombia”, por fuerza debió sentir un estremecimiento profundo.

Qué lección de vida la de estos hombres que mantuvieron viva la llama del recuerdo hacia quienes les iniciaron en la senda de la virtud y del conocimiento. Qué lección de humanidad para una Europa que no se atreve a dar el salto definitivo que la aleje de su condición de eterna promesa para un mundo en ruinas; para una América que doscientos años después de su emancipación formal mantiene las venas abiertas ante el saqueo propio y ajeno y tiene que ver cómo el nombre de quienes con mayor fe creyeron en su porvenir, es paseado por el florido barro de la demagogia.

Nobleza obliga. Gracias.

martes, 8 de diciembre de 2009

Hermesiana. Castelar: Nada hay tan voluntario como la religión

Mucho menos conocido que el célebre “España ha dejado de ser católica” del por aquel entonces Ministro de la Guerra, Manuel Azaña el discurso de Emilio Castelar, último presidente de la I República (de un total de cuatro en apenas un año) supone un hito dentro del debate sobre la separación entre Iglesia y Estado (en fecha tan reciente como 1869) y debe ser considerado como un monumento del laicismo en un tiempo en el que la sociedad española no estaba ni mucho menos madura para encajar un mensaje de este tipo.

Sesenta años después, la cuestión religiosa seguirá levantando ampollas y su gestión por parte de los nuevos gobernantes republicanos alimentará el fuego que terminará propiciando el colosal incendio que fue la Guerra civil. No en vano, los españoles del siglo XX hicieron todo lo posible para no aprender de las lecciones del pasado, olvidando que a la postre una de las dos Españas habría de helarnos el corazón. Castelar, que asistió en primera fila al desplome del sueño republicano ya había anunciado en su hora postrera: “Apenas tenemos patria , entregado casi todo el mediodía a los excesos de la demagogia roja y entregado el norte a los excesos de la demagogia blanca”.

A que les suena...

En fin, hacía tiempo que no recogía aquí uno de esos textos esenciales que uno va recogiendo por el camino y éste posee la doble condición de haber jugado un papel histórico relevante (al menos en la batalla de las ideas de nuestro país) y a la vez estar admirablemente escrito, sin perder de vista de que se trata de un texto pensado para ser leído en voz alta. A Castelar se le ha considerado como el mayor orador de nuestra historia política. El tiempo, claro está (a la vista del nivel actual de nuestro parlamentarismo) no hace sino agigantar su figura.

Reconozco que es algo largo, al menos para lo que se considera razonable en un blog. Pero, ¿quién quiere ser razonable y por qué habríamos nosotros mismos de renagar de nuestras rancias creencias? Resumirlo sería amputar el libre desarrollo de una inteligencia en pleno proceso creador. Y además, cuando la vena apocalíptica se hincha, la integrada solo puede mirar resignada. Que lo disfrutéis. (las negritas son mías).


Discurso sobre la libertad religiosa y la separación entre la Iglesia y el Estado
(12-IV-69)

“Señores Diputados: Inmensa desgracia para mí, pero mayor desgracia todavía para las Cortes, verme forzado por deberes de mi cargo, por deberes de cortesía, a embargar casi todas las tardes, contra mi voluntad, contra mi deseo, la atención de los señores Diputados. Yo espero que las Cortes me perdonarán si tal hago en fuerza de las razones que a ello me obligan; y que no atribuirán de ninguna suerte tanto y tan largo y tan continuado discurso a intemperancia mía en usar de la palabra. Prometo solemnemente no volver a usarla en el debate de la totalidad.

Decía mi ilustre amigo el Sr. Ríos Rosas en la última sesión, con la autoridad que le da su palabra, su talento, su alta elocuencia, su íntegro carácter, decíame que dudaba si tenía derecho a darme consejos. Yo creo que S.S. lo tiene siempre: como orador, lo tiene para dárselos a un principiante; como hombre de Estado, lo tiene para dárselos al que no aspira a este título; como hombre de experiencia, lo tiene para dárselos al que entra por vez primera en este respetado recinto. Yo los recibo, y puedo decir que el día en que el Sr. Ríos Rosas me aconsejó que no tratara a la Iglesia católica con cierta aspereza, yo dudaba si había obrado bien; yo dudaba si había procedido bien, yo dudaba si había sido justo o injusto, si había sido cruel, y sobre todo, si había sido prudente.

¿Qué dije yo, señores, qué dije yo entonces? Yo no ataqué ninguna creencia, yo no ataqué el culto, yo no ataqué el dogma. Yo dije que la Iglesia católica, organizada corno vosotros la organizáis, organizada como un poder del Estado, no puede menos de traernos grandes perturbaciones y grandes conflictos, porque la Iglesia católica con su ideal de autoridad, con su ideal de infalibilidad, con la ambición que tiene de extender estas ideas sobre todos los pueblos, no puede menos de ser en el organismo de los Estados libres causa de una continua perturbación en todas las conciencias, causa de una constante amenaza a todos los derechos.

Si alguna duda pudierais tener, si algún remordimiento pudiera asaltaros, señores, ¿no se ha levantado el Sr. Manterola con la autoridad que le da su ciencia, con la autoridad que le dan sus virtudes, con la autoridad que le da su alta representación en la Iglesia, con la autoridad que le da la altísima representación que tiene en este sitio, no se ha levantado a decirnos en breves, en sencillas, en elocuentísimas palabras, cuál es el criterio de la Iglesia sobre el derecho, sobre la soberanía nacional, sobre la tolerancia o intolerancia religiosa, sobre el porvenir de las naciones? Si en todo su discurso no habéis encontrado lo que yo decía, si no habéis hallado que reprueba el derecho, que reprueba la conciencia moderna, que reprueba la filosofía novísima, yo declaro que no ha dicho nada, yo declaro que todos vosotros tenéis razón y yo condeno mi propio pensamiento. Pero su discurso, absolutamente todo su discurso, no ha sido más que una completa confirmación de mis palabras; cuanto yo decía, lo ha demostrado el Sr. Manterola. Pues qué, ¿no ha dicho que el dogma de la soberanía nacional, expresado en términos tan modestos por la comisión, es inadmisible, puesto que el clero no reconoce más dogma que la soberanía de la Iglesia? ¿Y no os dice esto que después de tantos y tan grandes cataclismos, que después de las guerras de las investiduras, que después de las guerras religiosas, que después del advenimiento de tantos Estados laicos, que después de tantos Concordatos en que la Iglesia ha tenido que aceptar la existencia civil de muchas religiones, aún no ha podido desprenderse de su antiguos criterios, del criterio de Gregorio VIII y de Inocencio III, y aún cree que todos los poderes civiles son una usurpación de su poder soberano?

Señores, nadie como yo ha aplaudido la presencia en este sitio del Sr. Manterola, la presencia en este sitio del ilustre obispo de Jaén, la presencia en este sitio del ilustre cardenal de Santiago. Yo creía, yo creo que esta Cámara no sería la expresión de España si a esta Cámara no hubieran venido los que guardan todavía el sagrado depósito de nuestras antiguas creencias, y los que aún dirigen la moral de nuestras familias. Yo los miro con mucho respeto, yo los considero con gran veneración, por sus talentos, por su edad, por el altísimo ministerio que representan. Consagrado desde edad temprana al cultivo de las ideas abstractas, de las ideas puras, en medio de una sociedad entregada con exceso al culto de la materia, en medio de una sociedad muy aficionada a la letra de cambio, en esta especie de indiferentismo en que ha caído un poco la conciencia olvidada del ideal, admito, sí, admito algo de divino, si es que ha de vivir el mundo incorruptible y ha de conservar el equilibrio, la armonía entre el espíritu y la naturaleza, que es el secreto de su grandeza y de su fuerza.

Pero, señores, digo más: hago una concesión mayor todavía a los señores que se sientan en aquel banco; les hago una concesión que no me duele hacerles, que debo hacerles, porque es verdad. A medida que crece la libertad, se aflojan los lazos materiales: a medida que los lazos materiales se aflojan, se aprietan los lazos morales. Así es necesario para que una sociedad libre pueda vivir, es indispensable que tenga grandes lazos de idea, que reconozca deberes, deberes impuestos, no por la autoridad civil, no por los ejércitos, sino por su propia razón, por su propia conciencia. Por eso, señores, yo no he visto, cuando he ido a los pueblos esclavos, no he visto nunca observada la fiesta del domingo; yo no la he visto observada en España, yo no la he visto observada jamás en París.

El domingo en los pueblos esclavos es una saturnal. En cambio, yo he visto el domingo celebrado con una severidad extraordinaria, con una severidad de costumbres que asombra, en los dos únicos pueblos libres que he visitado en mi larga peregrinación por Europa, en Suiza y en Inglaterra. ¿Y de qué depende? Yo sé de lo que depende: depende de que allí hay lazos de costumbres, lazos de inteligencia, lazos de costumbres y de inteligencia que no existen donde la religión se impone por la fuerza a la voluntad, a la conciencia, por medio de leyes artificiales y mecánicas. Así me decía un príncipe ruso, en Ginebra, que había más libertad en San Petersburgo que en Nueva York; y preguntándole yo por qué, me contestaba: «Por una razón muy sencilla: porque yo soy muy aficionado a la música, y en San Petersburgo puedo tocar el violín en domingo, mientras que no puedo tocarlo en Nueva York». He aquí cómo la separación de la Iglesia y el Estado, cómo la libertad de cultos, cómo la libertad religiosa engendra este gran principio, la aceptación voluntaria de la religión y de la metafísica, o de la moral, que es como la sal de la vida, y conserva sana la conciencia.

Ya sabe el Sr. Manterola lo que San Pablo dijo: «Nihil tam voluntarium quam religio». Nada hay tan voluntario como la religión. El gran Tertuliano, en su carta a Escápula, decía también: «Non est religionis cogere religioneni». No es propio de la religión obligar por fuerza, cohibir para que se ejerza la religión. ¿Y qué ha estado pidiendo durante toda esta tarde el Sr. Manterola?¿Qué ha estado exigiendo durante todo su largo discurso a los señores de la comisión? Ha estado pidiendo, ha estado exigiendo que no se pueda ser español, que no se pueda tener el título de español, que no se puedan ejercer derechos civiles, que no se pueda aspirar a las altas magistraturas políticas del país sino llevando impresa sobre la carne la marca de una religión forzosamente impuesta, no de una religión aceptada por la razón y por la conciencia.

Por consiguiente, el Sr. Manterola, en todo su discurso, no ha hecho más que pedir lo que pedían los antiguos paganos, los cuales no comprendían esta gran idea de la separación de la Iglesia y del Estado; lo que pedían los antiguos paganos, que consistía en que el rey fuera al mismo tiempo papa, o, lo que es igual, que el Pontífice sea al mismo tiempo, en alguna parte y en alguna medida, rey de España.

Y sin embargo, en la conciencia humana ha concluido para siempre el dogma de la protección de las Iglesias por el Estado. El Estado no tiene religión, no la puede tener, no la debe tener. El Estado no confiesa, el Estado no comulga, el Estado no se muere. Yo quisiera que el Sr. Manterola tuviese la bondad de decirme en qué sitio del Valle de Josafat va a estar el día del juicio el alma del Estado que se llama España.

Suponía un gran poeta alemán hallarse allá en el polo. Era una de esas inmensas noches polares en que las auroras de color de rosa se reflejan sobre el hielo. El espectáculo era magnífico, era indescriptible. Hallábase a su lado un misionero, y como una ballena se moviese, le decía el misionero al poeta: «Mirad, ante este grande y extraordinario espectáculo, hasta la ballena se mueve y alaba a Dios». Un poco más lejos hallábase un naturalista, y el alemán le dijo: «Vosotros, los naturalistas, soléis suprimir la acción divina en vuestra ciencia; pues he aquí que este misionero me ha dicho que cuando ese gran espectáculo se ofreció a nuestra vista en el seno de la naturaleza, hasta la ballena se movía y alababa a Dios». El naturalista contestó al poeta alemán: «No es eso; es que hay ciertas ratas azules que se meten en el cuerpo de la ballena, y al fijarse en ciertos puntos del sistema nervioso, la molestan y la obligan a que se conmueva; porque ese animal tan grande y que tiene tantas arrobas de aceite, no tiene, sin embargo, ni un átomo de sentimiento religioso». Pues bien, exactamente lo mismo puede decirse del Estado. Ese animal tan grande no tiene ni siquiera un átomo de sentimiento religioso.

Y si no, ¿en nombre de qué condenaba el señor Manterola, al finalizar su discurso, los grandes errores, los grandes excesos, causa tal vez de su perdición, que en materia religiosa cometieron los revolucionarios franceses? No crea el Sr. Manterola que nosotros estamos aquí para defender los errores de nuestros mismos amigos: como no nos creemos infalibles, no nos creemos impecables, ni depositarios de la verdad absoluta; como no creemos tener las reglas eternas de la moral y del derecho, cuando nuestros amigos se equivocan, condenamos sus equivocaciones, cuando yerran los que nos han precedido en la defensa de la idea republicana, decimos que han errado porque nosotros no tenemos desde hace diez y nueve siglos el espíritu humano amortizado en nuestros altares.

Pues bien, Sres. Diputados: Barnave, que comprendía mejor que otros de los suyos la Revolución francesa, decía: «Pido en nombre de la libertad, pido en nombre de la conciencia, que se revoque el edicto de los reyes, que arrojaba a los jesuitas». La Cámara no quiso acceder, y aquella hubiera sido medida mucho más prudente, más sabia, más progresiva, que la medida de exigir al clero el juramento civil, lo cual trajo tantas complicaciones y tantas desgracias sobre la Revolución francesa. En nombre del principio que el Sr. Manterola ha sostenido esta tarde de que el Estado puede y debe imponer una religión, Enrique VIII pudo en un día cambiar la religión católica por la protestante como Teodosio, por una especie de golpe de Estado semejante al de 18 de Brumario, pudo cambiar en el Senado romano la religión pagana por la religión católica; como la Convención francesa tuvo la debilidad de aceptar por un momento el culto de la diosa razón; como Robespierre proclamó el dogma del Ser supremo, diciendo que todos debían creer en Dios para ser ciudadanos franceses, lo cual era una reacción inmensa, reacción tan grande como la que realizó Napoleón I cuando, después de haber dudado si restauraría el protestantismo o restauraría el catolicismo, se decidió por restaurar el catolicismo, solamente porque era una religión autoritaria, solamente porque hacía esclavos a los hombres, solamente porque hacía del antiguo papa y del nuevo Carlomagno una especie de dioses.

Por consecuencia, el Sr. Manterola no tenía razón, absolutamente ninguna razón, al exigir, en nombre del catolicismo, en nombre del cristianismo, en nombre de una idea moral, en nombre de una idea religiosa, fuerza coercitiva, apoyo coercitivo al Estado. Esto sería un gran retroceso, porque, señores, o creemos en la religión porque así nos lo dicta nuestra conciencia, o no creemos en la religión porque también la conciencia nos lo dicta así. Si creemos en la religión porque nos lo dicta nuestra conciencia, es inútil, completamente inútil, la protección del Estado; si no creemos en la religión porque nuestra conciencia nos lo dicta, en vano es que el Estado nos imponga la creencia; no llegará hasta el fondo de nuestro ser, no llegará al fondo de nuestro espíritu: y como la religión, después de todo, no es tanto una relación social como una relación del hombre con Dios, podréis engañar con la religión impuesta por el Estado a los demás hombres, pero no engañaréis jamás a Dios, a Dios, que escudriña con su mirada el abismo de la conciencia.

Hay en la Historia dos ideas que no se han realizado nunca; hay en la sociedad dos ideas que nunca se han realizado: la idea de una nación, y la idea de una religión para todos. Yo me detengo en este punto, porque me ha admirado mucho la seguridad con que el señor Manterola decía que el catolicismo progresaba en Inglaterra, que el catolicismo progresaba en los Estados Unidos, que el catolicismo progresaba en Oriente. Señores, el catolicismo no progresa en Inglaterra. Lo que allí sucede es que los liberales, esos liberales tenidos siempre por réprobos y herejes en la escuela de S.S., reconocen el derecho que tiene el campesino católico, que tiene el pobre irlandés, a no pagar de su bolsillo una religión en que no cree su conciencia. Esto ha sucedido y sucede en Inglaterra. En cuanto a los Estados Unidos diré que allí hay 34 ó 35 millones de habitantes; de estos 34 ó 35 millones de habitantes, hay 31 millones de protestantes y 4 millones de católicos, si es que llega; y estos 4 millones se cuentan, naturalmente, porque allí hay muchos europeos, y porque aquella nación ha anexionado la Lusiania, Nuevas Tejas, la California, y, en fin, una porción de territorios cuyos habitantes son de origen católico.

Pero, señores, lo que más me maravilla es que el Sr. Manterola dijera que el catolicismo se extiende también por el Oriente. ¡Ah, señores! Haced esta ligera reflexión conmigo: no ha sido posible, lo ha intentado César, lo ha intentado Alejandro, lo ha intentado Carlomagno, lo ha intentado Carlos V, lo ha intentado Napoleón; no ha sido posible constituir una sola nación: la idea de variedad y de autonomía de los pueblos ha vencido a todos los conquistadores; y tampoco ha sido posible crear una sola religión: la idea de la libertad de conciencia ha vencido a los Pontífices.

Cuatro razas fundamentales hay en Europa: la raza latina, la raza germánica, la raza griega y la raza eslava. Pues bien, en la raza latina, su amor a la unidad, su amor a la disciplina y a la organización se ve por el catolicismo: en la raza germánica, su amor a la conciencia y al derecho personal, su amor a la libertad del individuo se ve por el protestantismo: en la raza griega, se nota todavía lo que se notaba en los antiguos tiempos, el predominio de la idea metafísica sobre la idea moral; y en la raza eslava, que está preparando una gran invasión en Europa, según sus sueños, se ve lo que ha sucedido en los imperios autoritarios, lo que sucedió en Asia y en la Roma imperial, una religión autocrática. Por consiguiente, no ha sido posible de ninguna suerte encerrar a todos los pueblos modernos en la idea de la unidad religiosa.

¿Y en Oriente? Señores, yo traeré mañana al Sr. Manterola, a quien después de haber combatido como enemigo abrazaré como hermano, en prueba de que practicamos aquí los principios evangélicos; yo le traeré mañana un libro de la Sociedad oriental de Francia, en que hay un estado del progreso del catolicismo en Oriente, y allí se convencerá S.S. de lo que voy a afirmar. En la historia antigua, en el antiguo Oriente hay dos razas fundamentales: la raza indo-europea y la raza semítica.
La raza indo-europea ha sido la raza pagana que ha creado los ídolos, la raza civil que ha creado la filosofía y el derecho político: la raza semítica es la que crea todas las grandes religiones que todavía son la base de la conciencia moral del género humano: Mahoma, Moisés, Cristo, puede decirse que abrazan completamente toda la esfera religiosa moderna en sus diversas manifestaciones.

Pues bien: ¿cuál es el carácter de la raza indo-europea que ha creado a Grecia, Roma y Germania? El predominio de la idea de particularidad y de individualidad de la idea progresiva sobre la idea de unidad inmóvil. ¿Cuál es el carácter de la raza semítica que ha creado las tres grandes religiones, el mahometismo, el judaísmo y el cristianismo? El predominio de la idea de unidad inmóvil sobre la idea de variedad progresiva. Pues todavía no existe eso en Oriente. Así es que los cristianos de la raza semítica adoran a Dios, y apenas se acuerdan de la segunda y tercera persona de la Santísima Trinidad, mientras que los cristianos de la raza indo-europea adoran a la Virgen y a los santos, y apenas se acuerdan de Dios. ¿Por qué? Porque la metafísica no puede destruir lo que está en el organismo y en las leyes fatales de la Naturaleza.
Señores, entremos ahora en algunas de las particularidades del discurso del Sr. Manterola. Decíanos S.S.: «¿Cuándo han tratado mal, en qué tiempo han tratado mal los católicos y la Iglesia católica a los judíos?». Y al decir esto se dirigía a mí, como reconviniéndome, y añadía: «Esto lo dice el Sr. Castelar, que es catedrático de Historia». Es verdad que lo soy, y lo tengo a mucha honra: y por consiguiente, cuando se trata de historia es una cosa bastante difícil el tratar con un catedrático que tiene ciertas nociones muy frescas, como para mí sería muy difícil el tratar de teología con persona tan altamente caracterizada como el Sr. Manterola. Pues bien, cabalmente en los apuntes de hoy para la explicación de mi cátedra tenía el siguiente: «En la escritura de fundación del monasterio de San Cosme y San Damián, que lleva la fecha de 978, hay un inventario que los frailes hicieron de la manera siguiente: primero ponían «varios objetos»; y luego ponen «50 yeguas», y después «30 moros y 20 moras»: es decir, que ponían sus 50 yeguas antes que sus 30 moros y sus 20 moras esclavas.»

De suerte que para aquellos sacerdotes de la libertad, de la igualdad y de la fecundidad, eran antes sus bestias de carga que sus criados, que sus esclavos, lo mismo, exactamente lo mismo que para los antiguos griegos y para los antiguos romanos.

Señores, sobre esto de la unidad religiosa hay en España una preocupación de la cual me quejo, como me quejaba el otro día de la preocupación monárquica. Nada más fácil que a ojo de buen cubero decir las cosas. España es una nación eminentemente monárquica, y se recoge esa idea y cunde y se repite por todas partes hasta el fin de los siglos. España es una nación intolerante en materias religiosas, y se sigue esto repitiendo, y ya hemos convenido todos en ello.

Pues bien: yo le digo a S.S. que hay épocas, muchas épocas en nuestra historia de la Edad Media en que España no ha sido nunca, absolutamente nunca, una nación tan intolerante como el Sr. Manterola supone. Pues qué, ¿hay, por ventura, en el mundo nada más ilustre, nada más grande, nada más digno de la corona material y moral que lleva, nada que en el país esté tan venerado, como el nombre ilustre del inmortal Fernando III, de Fernando III el Santo? ¿Hay algo? ¿Conoce el Sr. Manterola algún rey que pueda ponerse a su lado? Mientras su hijo conquistaba a Murcia, él conquistaba Sevilla y Córdoba. ¿Y qué hacía, señor Manterola, con los moros vencidos? Les daba el fuero de los jueces, les permitía tener sus mezquitas, les dejaba sus alcaldes propios, les dejaba su propia legislación. Hacía más: cuando era robado un cristiano, al cristiano se devolvía lo mismo que se le robaba; pero cuando era robado un moro, al moro se le devolvía doble. Esto tiene que estudiarlo el Sr. Manterola en las grandes leyes, en los grandes fueros, en esa gran tradición de la legislación mudéjar, tradición que nosotros podríamos aplicar ahora mismo a las religiones de los diversos cultos el día que estableciésemos la libertad religiosa y diéramos la prueba de que, como dijo Madame Stäel, en España lo antiguo es la libertad, lo moderno el despotismo.

Hay, señores, una gran tendencia en la escuela neocatólica a convertir la religión en lo que decían los antiguos; los antiguos decían que la religión sólo servía para amedrentar a los pueblos; por eso decía el patricio romano: Religio id est, metus: la religión quiere decir miedo. Yo podría decir a los que hablan así de la religión aquello que dice la Biblia: «Congnovit bos posesorem suum, et asinus proesepe dominisunt, et Israel non cognovit, et populus meus non intelexii», que quiere decir que el buey conoce su amo, el asno su pesebre, y los neocatólicos no conocen a su Dios.

La intolerancia religiosa comenzó en el siglo XIV, continuó en el siglo XV. Por el predominio que quisieron tomar los reyes sobre la Iglesia, se inauguró, digo, una gran persecución contra los judíos; y cuando esta persecución se inauguró, fue cuando San Vicente Ferrer predicó contra los judíos, atribuyéndolos, una fábula que nos ha citado hoy el Sr. Manterola y que ya el P. Feijóo refutó hace mucho tiempo: la dichosa fábula del niño, que se atribuye a todas las religiones perseguidas, según lo atestigua Tácito y los antiguos historiadores paganos. Se dijo que un niño había sido asesinado y que había sido bebida su sangre, atribuyéndose este hecho a los judíos, y entonces fue citando, después de haber oído a San Vicente Ferrer, degollaron los fanáticos a muchos judíos de Toledo que habían hecho de la judería de la gran ciudad el bazar más hermoso de toda la Europa occidental. Y para esto no ha tenido una sola palabra de condenación, sino antes bien de excusa el Sr. Manterola, en nombre de Aquel que había dicho: «Perdónalos, porque no saben lo que se hacen».

Lo detestaba, ha dicho el Sr. Manterola, y lo detesto: pues entonces debe S.S. detestar toda la historia de la intolerancia religiosa, en que, siquiera sea duro el decirlo, tanta parte, tan principal parte le cabe a la Iglesia. Porque sabe muy bien el Sr. Manterola y esta tarde lo ha indicado, que la Iglesia se defendía de esta gran mancha de sangre, que debía olerle tan mal como le olía aquella célebre sangre a lady Macbeth, diciendo: «Nosotros no matábamos al reo, lo entregábamos al brazo civil». Pues es lo mismo que si el asesino dijera: «Yo no he matado, quien ha matado ha sido el puñal». ¡La Inquisición, señores, la Inquisición era el puñal de la Iglesia!

Pues qué, Sres. Diputados, ¿no está esto completamente averiguado, que la Iglesia perseguía por perseguir? ¿Quiere el Sr. Manterola que yo le cite la Encíclica de Inocencio III, y mañana se la traeré, porque no pensaba yo que hoy se tratase de librar a la Iglesia del dictado de intolerante, en cuya Encíclica se condenaba a eterna esclavitud a los judíos?¿Quiere que le traiga la carta de San Pío V, Papa santo, el cual, escribiendo a Felipe II, le decía: «Que era necesario buscar a toda costa un asesino para matar a Isabel de Inglaterra», con lo cual se prestaría un gran servicio a Dios y al Estado?

Me preguntaba el Sr. Manterola si yo había estado en Roma. Sí, he estado en Roma, he visto sus ruinas, he contemplado sus 300 cúpulas, he asistido a las ceremonias de la Semana Santa, he mirado las grandes Sibilas de Miguel Ángel, que parecen repetir, no ya las bendiciones, sino eternas maldiciones sobre aquella ciudad; he visto la puesta del sol tras la basílica de San Pedro, me he arrobado en el éxtasis que inspiran las artes con su eterna irradiación, he querido encontrar en aquellas cenizas un átomo de fe religiosa, y sólo he encontrado el desengaño y la duda.

Sí, he estado en Roma y he visto lo siguiente, señores Diputados, y aquí podría invocar la autoridad del Sr. Posada Herrera, embajador revolucionario de la nación española, que tantas y tan extraordinarias distinciones ha merecido al Papa, hasta el punto de haberle formado su pintoresca guardia noble. Hay, señores, en Roma un sitio que es lo que se llama sala regia, en cuyo punto está la gran capilla Sixtina Paulina, inmortalizada por Miguel Ángel, y la capilla donde se celebran los misterios del Jueves Santo, donde se pone el monumento, y en el fondo el sitio por donde se entra a las habitaciones particulares de Su Santidad. Pues esta sala se halla pintada, si no me engaño, aunque tengo muy buena memoria, por el célebre historiador de la pintura en Italia, por Vasari, que era un gran historiador, pero un mediano artista. Este grande historiador había pintado aquellos salones a gusto de los Papas, y había pintado, entre otras cosas, la falsa donación de Constantino, porque en la historia eclesiástica hay muchas falsedades, las falsas decretales, el falso voto de Santiago, por el cual hemos estado pagando tantos siglos un tributo que no debíamos, y que si lo pidiéramos ahora a la Iglesia con todos sus intereses no habría en la nación española bastante para pagarnos aquello que indebidamente te hemos dado.

Pues bien, Sres. Diputados; en aquel salón se encuentran varios recuerdos, entre otros, don Fernando el Católico, y esto con mucha justicia; pero hay un fresco en el cual está un emisario del rey de Francia presentándole al Papa la cabeza de Coligny; había un fresco donde están, en medio de ángeles, los verdugos, los asesinos de la noche de San Bartolomé; de suerte que la Iglesia, no solamente acepta aquel crimen, no solamente en la capilla Sixtina ha llamado admirable a la noche de San Bartolomé, sino que después la ha inmortalizado junto a los frescos de Miguel Ángel, arrojando la eterna blasfemia de semejante apoteosis a la faz de la razón, de la justicia y de la historia.

Nos decía el Sr. Manterola: «¿Qué tenéis que decir de la Iglesia, qué tenéis que decir de esa gran institución, cuando ella os ha amamantado a sus pechos, cuando ella ha creado las universidades?». Es verdad, yo no trato nunca, absolutamente nunca, de ser injusto con mis enemigos.

Cuando la Europa entera se descomponía, cuando el feudalismo reinaba, cuando el mundo era un caos, entonces (pues qué, ¿vive tanto tiempo una institución sin servir para algo al progreso?), ciertamente, indudablemente, las teorías de la Iglesia refrenaron a los poderosos, combatieron a los fuertes, levantaron el espíritu de los débiles y extendieron rayos de luz, rayos benéficos, sobre todas las tierras de Europa, porque era el único elemento intelectual y espiritual que había en el caos de la barbarie. Por eso se fundaron las universidades.

Pero ¡ah, Sr. Manterola! ¡Ah, Sres. Diputados! Me dirijo a la Cámara: comparad las universidades que permanecieron fieles, muy fieles, a la idea tradicional después del siglo XVI, con las universidades que se separaron de esta idea en los siglos XVI, XVII y XVIII. Pues qué ¿puede comparar el Sr. Manterola nuestra magnífica universidad de Salamanca, puede compararla hoy con la universidad de Oxford, con la de Cambridge o con la de Heidelberg? No.

¿Por qué aquellas universidades, como el señor Manterola me dice y afirma, son más ilustres, son más grandes, han seguido los progresos del espíritu humano y han engendrado las unas a los grandes filósofos, las otras a los grandes naturalistas? No es porque hayan tenido más razón, más inteligencia que nosotros, sino porque no han tenido sobre su cuello la infame coyunda de la Inquisición, que abrasó hasta el tuétano de nuestros huesos y hasta la savia de nuestra inteligencia.

El Sr. Manterola se levanta y, dice: «¿Qué tenéis que decir de Descartes, de Mallebranche, de Orígenes y de Tertuliano?». Descartes no pudo escribir en Francia, tuvo que escribir en Holanda. ¿Por qué en Francia no pudo escribir? Porque allí había catolicismo y monarquía, en tanto que en Holanda había libertad de conciencia y república. Mallebranche fue casi tachado de panteísta por su idea platónica de los cuerpos y las ideas de Dios. ¿Y por qué me cita el Sr. Manterola a Tertuliano? ¿No sabe que Tertuliano murió en el montanismo? ¿A qué me cita S.S. también a Orígenes? ¿No sabe que Orígenes ha sido rechazado por la Iglesia? ¿Y por qué? ¿Por negar a Dios? No, por negar el dogma del infierno y el dogma del diablo.
Decía el Sr. Manterola: «La filosofía de Hegel ha muerto en Alemania». Este es el error, no de la Iglesia católica, sino de la Iglesia en sus relaciones con la ciencia y la política. Yo hablo de la Iglesia en su aspecto civil, en su aspecto social. De lo relativo al dogma hablo con todo respeto, con el gran respeto que todas las instituciones históricas me merecen; hablo de la Iglesia en su conducta política, en sus relaciones con la ciencia moderna. Pues bien; yo digo una cosa: si la filosofía de Hegel ha muerto en Alemania, Sres. Diputados, ¿sabéis dónde ha ido a refugiarse? Pues ha ido a refugiarse en Italia, donde tiene sus grandes maestros; en Florencia, donde está Ferrari; en Nápoles, donde está Vera. ¿Y sabe S.S. por qué sucede eso? Porque Italia, opresa durante mucho tiempo; la Italia, que ha visto a su Papa oponerse completamente a su unidad e independencia; la Italia, que ha visto arrebatar niños como Mortara, levantar patíbulos como los que se levantaron para Monti y Tognetti, cada día se va separando de la Iglesia y se va echando en brazos de la ciencia y de la razón humana.

Y aquí viene la teoría que el Sr. Manterola no comprende de los derechos ilegislables, por lo cual atacaba con toda cortesía a mi amigo el señor Figueras; y como quiera que mi amigo el Sr. Figueras no puede contestar por estar un poco enfermo de la garganta, debo decir en su nombre al Sr. Manterola que casualmente, si a alguna cosa se puede llamar derechos divinos, es a los derechos fundamentales humanos, ilegislables. ¿Y sabe S.S. por qué? Porque después de todo, si en nombre de la religión decís lo que yo creo, que la música de los mundos, que la mecánica celeste es una de las demostraciones de la existencia de Dios, de que el universo está organizado por una inteligencia superior, suprema; los derechos individuales, las leyes de la naturaleza, las leyes de nuestra organización, las leyes de nuestra voluntad, las leyes de nuestra conciencia, las leyes de nuestro espíritu, son otra mecánica celeste no menos grande, y muestran que la mano de Dios ha tocado a la frente de este pobre ser, humano y lo ha hecho a Dios semejante.

Después de todo, como hay algo que no se puede olvidar, como hay algo en el aire que se respira, en la tierra en que se nace, en el sol que se recibe en la frente, algo de aquellas instituciones en que hemos vivido, el Sr. Manterola, al hablar de las Provincias Vascongadas, al hablar de aquella república con esa emoción extraordinaria que yo he compartido con su señoría, porque yo celebro que allí se conserve esa gran democracia histórica para desmentir a los que creen que nuestra patria no puede llegar a ser una república, y una república federativa; al hablar de aquel árbol cuyas hojas los soldados de la revolución francesa trocaban en escarapelas (buena prueba de que si puede haber disidencias entre los reyes, no puede haberla entre los pueblos), de aquel árbol que, desde Ginebra saludaba Rousseau como el más antiguo testimonio de la libertad en el mundo; al hablarnos de todo esto el Sr. Manterola, se ha conmovido, me ha conmovido a mí, ha conmovido elocuentemente a la Cámara. ¿Y por qué, Sres. Diputados? Porque esta era la única centella de libertad que había en su elocuentísimo discurso. Así decía el Sr. Manterola que era aquella una república modelo, porque se respetaba el domicilio: pues yo le pido al Sr. Manterola que nos ayude a formar la república modelo, la república divina, aquella en que se respete el asilo de Dios, el asilo de la conciencia humana, el verdadero hogar, el eterno domicilio del espíritu.

Decíanos el Sr. Manterola que los judíos no se llevaron nada de España, absolutamente nada, que los judíos lo más que sabían hacer eran babuchas; que los judíos no brillaban en ciencias, no brillaban en artes; que los judíos no nos han quitado nada. Yo, al vuelo, voy a citar unos cuantos nombres europeos de hombres que brillan en el mundo y que hubieran brillado en España sin la expulsión de los judíos.
Espinoza: podréis participar o no de sus ideas, pero no podéis negar que Espinoza es quizá el filósofo más alto de toda la filosofía moderna; pues Espinoza, si no fue engendrado en España, fue engendrado por progenitores españoles, y a causa de la expulsión de los judíos fue parido lejos de España, y la intolerancia nos arrebató esa gloria.

Y sin remontarnos a tiempos remotos, ¿no se gloria hoy la Inglaterra con el ilustre nombre de Disraeli, enemigo nuestro en política, enemigo del gran movimiento moderno; tory, conservador reaccionario, aunque ya quisiera yo que muchos progresistas fueran como los conservadores ingleses? Pues Disraeli es un judío, pero de origen español; Disraely es un gran novelista, un grande orador, un grande hombre de Estado, una gloria que debía reivindicar hoy la nación española.
Pues qué, Sres. Diputados, ¿no os acordáis del nombre más ilustre de Italia, del nombre de Manin? Dije el otro día que Garibaldi era muy grande, pero al fin era un soldado. Manin es un hombre civil, el tipo de los hombres civiles que nosotros hoy tanto necesitamos, y que tendremos, si no estamos destinados a perder la libertad: Manin, solo, aislado, fundó una república bajo las bombas del Austria, proclamó la libertad; sostuvo la independencia de la patria, del arte y de tantas ideas sublimes, y la sostuvo interponiendo su pecho entre el poder del Austria y la indefensa Italia. ¿Y quién era ése hombre cuyas cenizas ha conservado París, y cuyas exequias tomaron las proporciones de una perturbación del orden público en París, porque había necesidad de impedir que fueran sus admiradores, los liberales de todos los países, a inspirarse en aquellos restos sagrados (porque no hay ya fronteras en el mundo, todos los amantes de la libertad se confunden en el derecho), quién era, digo, aquel hombre que hoy descansa, no donde descansan los antiguos Dux, sino en el pórtico de la más ilustre, de la más sublime basílica oriental, de la basílica de San Marcos? ¿Qué era Manin? Descendiente de judíos. ¿Y qué eran esos judíos? Judíos españoles.
De suerte que al quitarnos a los judíos nos habéis quitado infinidad de nombres que hubieran sido una gloria para la patria.

Señores Diputados, yo no sólo fui a Roma, sino que también fui a Liorna y me encontré con que Liorna era una de las más ilustres ciudades de Italia. No es una ciudad artística ciertamente, no es una ciudad científica, pero es una ciudad mercantil e industrial de primer orden. Inmediatamente me dijeron que lo único que había que ver allí era la sinagoga de mármol blanco, en cuyas paredes se leen nombres como García, Rodríguez, Ruiz, etcétera. Al ver esto, acerquéme al guía y le dije: «Nombres de mi lengua, nombres de mi patria»; a lo cual me contestó: «Nosotros todavía enseñamos el hebreo en la hermosa lengua española, todavía tenemos escuelas de español, todavía enseñamos a traducir las primeras páginas de la Biblia en lengua española, porque no hemos olvidado nunca, después de más de tres siglos de injusticia, que allí están, que en aquella tierra están los huesos de nuestros padres» Y había una inscripción y esta inscripción decía que la habían visitado reyes españoles, creo que eran Carlos IV y María Luisa, y habían ido allí y no se habían conmovido y no habían visto los nombres españoles allí esculpidos. Los Médicis, más tolerantes; los Médicis, más filósofos; los Médicis, más previsores y más ilustrados, recogieron lo que el absolutismo de España arrojaba de su seno, y los restos, los residuos de la nación española los aprovecharon para alimentar su gran ciudad, su gran puerto, y el faro que le alumbra arde todavía alimentado por el espíritu de la libertad religiosa.

Señores Diputados: me decía el Sr. Manterola (y ahora me siento) que renunciaba a todas sus creencias, que renunciaba a todas sus ideas si los judíos volvían a juntarse y volvían a levantar el templo de Jerusalén. Pues qué, ¿cree el Sr. Manterola en el dogma terrible de que los hijos son responsables de las culpas de sus padres? ¿Cree el Sr. Manterola que los judíos de hoy son los que mataron a Cristo? Pues yo no lo creo; yo soy más cristiano que todo eso, yo creo en la justicia y en la misericordia divina.

Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí, a pediros que escribáis en vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres.

 
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