lunes, 17 de octubre de 2011

Las mejores frases de Antonio Gasset en 'Días de cine'

La semana pasada el programa ‘Días de cine’ cumplía 20 años, un hito incluso para un espacio producido por la televisión pública. Hito, sí, pues a pesar de la acreditada calidad demostrada con los años, siempre en permanente evolución, que le ha permitido mantener en estos tiempos de fragmentación una audiencia más o menos fiel, parece que ‘Días de cine’ esté condenado a estar permanentemente justificándose. Prueba de ello es el tener que verse sometido al incomprensible hostigamiento del que dan cuenta los continuos recortes al que es sometido el programa (felizmente sin que se resienta el producto) y cuyo ejemplo más visible -algo endémico y que sólo la opción “a la carta” ha venido a paliar- es su ninguneo a la hora de ser colocado en parrilla.

Con todo, ‘Días de cine’ sigue siendo el programa de cine de referencia en nuestro país y no sólo porque a casi todos los demás se los hayan ido cargando con los años. Además de ser visualmente atractivo, e informativamente prolijo es, last but not least, tremendamente útil para sus espectadores, al menos para éste que suscribe y que encuentra en sus reportajes un casi siempre fiable punto de referencia a la hora de seleccionar las películas de mayor interés.
Ajeno tanto a pretenciosas exquisiteces vanguardistas autohinflapagadas, al tiempo que implacable con aquellos que pretenden hacer del arte de masas por antonomasia una simple repetición recaudatoria de lo mismo, la crítica practicada por los redactores del programa –heterodoxa dentro de ciertos parámetros que permiten observar una cierta unidad de fondo- se recrea en las bondades de los filmes a abordar, sin cebarse en los desaciertos que más bien tienden a ser fácilmente localizados, para proceder después a su posterior desactivación, algo a lo que contribuye generosamente el espectador implícito que frecuenta el programa. Aunque, en fin, de todo esto ya se habrá dado cuenta por sí mismo el lector.

El caso es que reivindicaciones y felicitaciones aparte, me parece esta efeméride una buena excusa para sumarme de forma nada original al recuerdo de quien fuera director y mítico presentador del programa, Antonio Gasset Dubois (quien, por cierto, aparece estelarmente en el especial ofrecido con motivo del aniversario
). Decir que se trata de una persona que contribuyó decisivamente en la tarea de fidelizar espectadores (y que provocó también injustas deserciones tras su traumática marcha, como la de éste que más tarde y por pura lógica regresaría a su butaca) no es pasar del lugar común. Tampoco descubro nada al afirmar que su nombre aparece indudablemente ligado (en ocasiones llegando a ensombrecer su labor estrictamente periodística) a una forma muy especial de conducción que ha pasado a la posteridad en forma de frases y momentos impagables que le han valido incluso hacerse merecedor de la etiqueta de “maestro del humor”. Si Hugh Laurie bebió de sus fuentes para construir su personaje de genial médico airado, es algo que probablemente nunca sabremos. Como sea, de entre todo el caudal de frases que se le atribuyen (solo de una parte de las seleccionadas puedo dar fe como auténticas, pues recuerdo habérselas escuchado salir por boca del protagonista) he escogido una cincuentena que presento, por puro entretenimiento personal, en forma de lista. Muchas las conoceréis y activarán en vuestra memoria, como a mí me sucedió, olvidadas conexiones neuronales. Otras quizá os fuesen extrañas, en cuyo caso no me cabe duda de que estaréis encantados de haberlas conocido.

1.- “Durante la pausa publicitaria, rezaré con la esperanza de que ninguno de sus hijos se haya presentado al casting de Operación Triunfo.”

2.- “...Soy consciente que a la hora de emisión de mi programa solo puede ser visto por un puñado de poli toxicómanos insomnes.”

3.- “Para ir al cine con esta cartelera hay que tener coeficiente intelectual negativo.”

4.- “Llega el momento de la publicidad, disfrutad del cine si podéis. Si no, también tenéis la música, la literatura o incluso la historia, a no ser que queráis ser presidente del Gobierno.”

5.- “Les deseo que pasen una buena semana, sea lo que sea lo que hayan decidido hacer, incluso si es de nazareno autoflagelante.”

6.- “Aprovechen la pausa para revisar su agenda de amigos, encontrarán que han malgastado su preciado tiempo y paciencia en conocer a un montón de ineptos, no se corten, cojan un boli y táchenlos.”

7.- “Nunca se fíen de algo que sangra durante cuatro días y no se muere.”

8.- “...Lo mejor del festival de Venecia, mi acompañante, aunque por desgracia esté enamorada de otro.”

9. -“Buenas noches a todos, pero antes de despedirnos, un consejo: no os droguéis, porque la ingesta de estas sustancias puede producir efectos indeseados. Un amigo mío se tomó el otro día cierta pastilla y creyó ver a George Bush leyendo un libro".

10.- “Llegó la pausa. Estupenda para reflexionar sobre el verano y sus posibilidades lúdicas: sorprender a nuestras parejas con un tatuaje, un piercing en zona íntima, o simplemente un tanga de pedrería para hacer el ridículo en alguna piscina municipal. Como podéis comprobar no puedo evitar decir sandeces.

11.- “Tan guapa actriz como mala la película que ha venido a promocionar.”

12.- “Vamos a una pausa publicitaria, que será tan corta como el sueldo del presentador.”

13.- “Servidor se confiesa seguidor de Philip K. Dick, quizás por ello me he convertido en un trastornado.”

14.- “Y ahora, si nos perdonan, vamos a hablar de cine español.”

15.- “Es incuestionable que ‘Kill Bill’ es una virtuosa obra de dirección. Lo que es cuestionable es si es algo más.”

16.- “¿Qué sería de nosotros sin un país inteligente como es Francia?”

17.- Cierto interés despierta la película ‘Thirteen’, ópera prima de la directora Catherine Hardwick. Una adolescente, su madre, sexo, drogas y piercing en la lengua, algo, por cierto, con lo que todavía no he contactado, pero no pierdo la esperanza.

18.- “Llego la hora de la pausa. Espero que puedan contener durante unos minutos los impulsos sexuales de sus parejas... Si no puede ser, no puede ser... En cualquier caso, volveremos después de la publicidad con el sector más casto de la audiencia.”

19.- “Ahora vamos con ‘El señor de los anillos’, película basada en un famosísimo libro... que yo no me he leído. Sin embargo, les diré como anécdota, que algunos de mis amigos tienen, en una estantería totalmente vacía, junto con su foto de sus vacaciones en Calasparra, un ejemplar de ‘El señor de los anillos’.”

20.- “Esto ha sido todo, la próxima semana más. Id pensando en las vacaciones y en el Europeo de fútbol; más adelante Atenas se convertirá en capital mundial de la droga con la presencia de los maravillosos atletas olímpicos.”

21.- “Comenzamos con una película de las llamadas polémicas, que quiere decir que a unos les gusta y a otros no, como todas.”

22.- “Y cómo no, el DVD y sus ofertas, el mejor invento hasta el momento para gozar del cine en la intimidad de hogares, geriátricos o prisiones, lugares donde los humanos consumimos nuestro irreversible devenir.”

23.- “Ben Affleck es a la buena interpretación lo que un pepinillo cocido a la alta cocina.”

24.- “Se estrena estos días la película El último samurai, protagonizada por el ex-marido de Nicole Kidman, único dato destacable de este actor llamado Tom Cruise.”

25.- “Llegó la pausa, alejaros del mando a distancia, cualquier tentación podría conduciros a algún infierno, incluidos espacios electorales.”

26.- “Nos vamos con la esperanza de que ninguno se deje llevar por los fanatismos religiosos, políticos o sexuales: los primeros por no llevar a nada, los segundos porque el objeto de deseo suele ser un idiota de renombre y los últimos por las continuas frustraciones.”

27.- “Sed buenos, y si por lo que fuera no podéis, seguid siendo malos, la diferencia es mínima.”

28.- “Hola, buenas noches. Hoy les hablo desde Torrespaña en Madrid, más conocido como el pirulí, que con su forma fálica es un símbolo de la modernidad de esta ciudad. Como modernas también son las vidrieras de la Catedral de la Almudena y las pinturas del altar de un tal Kiko no sé qué. Por cierto, igual de horribles que algunas películas.”

29.- “Cuando vuelvan de la publicidad me habré desnudado y me tiraré al mar (en Cannes)”. A la vuelta de la publicidad dio su explicación: "Era un patético intento por mantener la audiencia.....”

30.- “Ahora pueden ustedes hacer un montón de cosas aprovechando los interminables minutos de publicidad.”

31.- "Bruce Willis, la persona a la que más he odiado en este mundo; Bruce Willis, ese actor a cuyo club de fans tengo el placer de no pertenecer"

32.- “Llegó la pausa, meditad sobre las vacaciones, compañía, siempre mejor las malas, viajes, con seres queridos mucho mejor, y gastos, la generosidad siempre embellece. Y sobre todo no pertenezcáis nunca a ningún grupo mediático sea del signo que sea.”

33.- “Punto final del programa y como siempre las novedades del DVD. Un regalo magnifico si queréis quedar bien, por ejemplo conmigo este próximo domingo, día de San Antonio.”

34.- “Sed buenos, evitad los tríos amorosos, que aunque tengan su morbo son peligrosos, y bebed mucha agua para el calor.”

35.- “Continuamos con tres estrenos que hemos considerado de interés y de un nivel digno de nuestro programa, tres películas que representan el cine actual. Hay lo que hay y lo demás son sueños deliroides que sólo conducen al autoengaño.”

36.- “Llegó la pausa. Tomaos con filosofía y paciencia las pasiones futbolísticas, sexuales y políticas. Las primeras, porque se trata de un juego; las segundas, porque suelen ser efímeras; y las terceras, las políticas, porque el oscuro objeto del deseo suele ser un mentecato.”

37.- “Comenzamos esta segunda parte hablando de una película de la que me gustaría no hablar. Este es un caso en el que siento un profundo asco y me siento un cobarde por no negarme a hablar de esta cosa. Se trata del último trabajo de Quentin Tarantino, del que soporté los 45 primeros minutos a pesar de la secuencia de arranque, una de las más despreciables de la historia del cine. Un asesinato gratuito y sádico delante de la hija de la víctima. Con esfuerzo soporto que haya en el programa gente que le guste.

38.- “Hasta el próximo programa. No sabemos ni qué día ni a qué hora nos pondrán, de modo que estén atentos.”

39.- “Buenas noches, una semana más ‘Días de cine’ interrumpe vuestra intimidad para informaros sobre esto que algún insensato calificó como arte, pero que hay que reconocer que en algunas ocasiones es maravilloso.

40.- “Seguimos con otros temas, la película ‘Carne viva’ de la directora Jane Campion, un thriller gozosamente sexualón, con la estupenda Meg Ryan a la búsqueda de verdades y algún que otro orgasmo. Temas por cierto nada desagradables.”

41.- “Llegó la pausa, recordad la necesidad de hacer la declaración de la renta y tened en cuenta que casi todo lo que hace feliz no desgrava, pero siempre queda el consuelo de comportarse como buenos ciudadanos. No sigo porque comenzará a crecerme la nariz.”

42.- “Buenas noches, de nuevo en Madrid con sus zanjas, obras y taladradoras ensordecedoras y también hay que reconocerlo, con cosas buenas, como alguna zona todavía del barrio de Salamanca. A continuación la actualidad en esto del cine, tan lleno de obras maestras según escuchamos, pero que nosotros no vemos por ninguna parte. Tras el sumario con los contenidos comenzamos.

43.- “Sé que aguantarán a estas altas horas de la noche el momento de publicidad ya que al regreso tenemos un especial del salón del cine erótico de Barcelona.”

44.- “Quiero aprovechar, como amante de la Fórmula 1, para felicitar al corredor alemán Michael Schumacher por su triunfo en el Gran Premio de San Marino. Da gusto ver en lo más alto del podium a personas ni fatuas, ni engreídas, ni desagradecidas. Espero que continúe la racha.”

45.- “Esto ha sido todo, este fin de semana serán los Oscar, premios por los que no siento el más mínimo interés. Aunque son buenos para descubrir el índice de estupidez de algunos informadores en función del número de veces que utilizan la palabra “glamour". Palabra que por cierto nunca he conocido bien su significado. Por supuesto, interpretaciones tan ridículas y lamentables como la de Charlize Theron y Renée Zellweger serán premiadas, no tengáis ninguna duda.”

46.- “Jeunet es el director de ese engendro, película para algunos (estaban equivocados), ladrillo para otros (estábamos en lo cierto) que fue Amelie.”

47.- “Llega a nuestras pantallas con cierto retraso la película ‘Full frontal’ del director Steven Sorderberg, autor desigual y en ocasiones magnífico. Esta película pertenece al grupo de sus rarezas, pero la verdad es que engancha bastante una vez que hemos renunciado a entenderla en su totalidad.”

48.- “Veamos el reportaje de ‘Mar adentro’ que ha realizado mi compañero y amigo Alberto Bermejo, el único de todo el equipo al que le ha gustado la película.”

49.- “La verdad es que hay días que no sé dónde refugiarme políticamente.”

50.- “Buenas noches en esta nueva edición del programa ‘Días de cine’, un clásico en esta isla de buen gusto que es la 2 de TVE. Como no tengo muchas ganas de hablar pasamos directamente al sumario con los contenidos de esta semana y comenzamos.”

domingo, 9 de octubre de 2011

Hambre (¿y empacho?) de Jobs


Steve Jobs ha muerto. Y desde hace días no consigo escabullirme de esa nube de consternación y desconsuelo que se ha formado en torno a su figura. Los medios de comunicación no dejan de inundarnos con informaciones acerca de su biografía (cómo fue su infancia, qué le inspiraba, por qué se vestía de tal modo, cómo forjó un imperio, lo perdió y lo volvió a conquistar…) mientras que las redes sociales distribuyen miles de comentarios por segundo sobre su persona a lo largo y ancho de todo el mundo civilizado. Veo alrededor a cantidad de gente sensible, culta e inteligente afectada y no puedo evitar preguntarme: ¿por qué yo no me conmuevo? ¿Por qué no siento su pérdida como mía?

¿Me he vuelto insensible? ¿Es por no haber tenido un mac, un iphone, un ipad?

Steve Jobs era un genio en su campo. Dotó de realidad a lo que otros simplemente imaginaron. Cómo negar que su aportación en la evolución del ordenador personal, la creación del ‘mouse’ o aplicaciones como la pantalla táctil (entre las más de 300 patentes que llegó a registrar) han transformado nuestra cotidianeidad. Pero, sobre todo, Jobs fue un genio del marketing. Un tipo capaz de mantener en ascuas a millones de amantes de lo ‘último’, de dejar horas y horas a un montón de japoneses estampados contra un cristal esperando a que abrieran la tienda.

Pero, más allá de una serie de innovaciones tecnológicas deliciosamente empaquetadas, sigo sin descubrir qué nuevos caminos abrió Jobs a la raza humana. A cuántos de sus congéneres salvó de la zozobra. Qué preguntas trascendentales trató de responder. Cuántos audaces interrogantes dejó planteados. No, por mucho que me esfuerzo no veo en él a un Leonardo o un Einstein, puede que ni siquiera a un Edison, en todo caso un Bill Gates con más clase, a un Zuckerberg con más talento, un rey Midas, en definitiva, de los tiempos modernos, un gran héroe post.

Si tuviera una tienda de móviles, supongo que lo admiraría. Si tuviera un blog de tecnología lo admiraría. Si quisiera entrar en la lista Forbes lo admiraría. Incluso si fuera un simple autónomo lo admiraría. Qué demonios, no soy un geek, ni un nerd (y no sé si entiendo aún muy bien qué carajo sea un gadget) y no puedo evitar caer rendido ante lo que un solo hombre ha sido capaz de construir partiendo prácticamente desde cero. Pero, ya está.

Steve Jobs ha muerto y no consigo ver en el inventor, en el mago de las finanzas, en el maestro de la mercadotecnia, en la encarnación del sueño global/americano, en el para algunos verdadero "padre de mi generación", al genio redentor que a cada paso me encuentro reflejado. Mi dolor se dirige al hombre que murió joven después de luchar siete años con la muerte, a aquel de pensar sereno que ofreció una lección de vida en la célebre conferencia de Stanford y que ha dejado huérfanos a tantas millones de personas hambrientas. ¿De qué? Él lo supo.

sábado, 21 de mayo de 2011

La primavera española


Sí. No era normal. Ni razonable. Las altas cifras de desempleo y los recortes sociales de los últimos tiempos, la sensación de impunidad de quienes más responsabilidad han tenido en la creación de la reciente crisis y, en definitiva, la ausencia de expectativas para cada vez más amplias capas de la población (en especial para los jóvenes, quienes se enfrentan a una pauperización que amenaza con condenarles a vivir muy por debajo del nivel de unos padres en muchos casos obligados a su vez a hipotecar su vejez para salvar a sus hijos) convertían la falta de movilización ciudadana en un hecho no sólo insólito sino casi obsceno. En un hecho, por otra parte, que habíamos asumido como normal. Aborregada, dormida, sonámbula, apática, resignada y otro puñado de adjetivos de semejante jaez nos servían para describir a una sociedad que parecía haber renunciado de un plumazo al recién conquistado modelo del bienestar. Igual que habíamos aceptado que la deslocalización era un fenómeno “natural”, y que la misma globalización que nos permitía comunicarnos a miles de kilómetros de manera instantánea era la que al mismo tiempo nos lanzaba a una suicida lucha por unos mercados más y más competitivos, más y más codiciosos (invitándonos a participar de la más estremecedora pesadilla de Darwin), más y más “volátiles”, podíamos también asumir con igual bovina aceptación que la “fiesta se había acabado”. Si en las dos últimas décadas Estados Unidos había visto aumentar exponencialmente las diferencias entre las rentas más altas y las más bajas; si ya nadie se acordaba (menos sin sonrojo) de los cacareados Objetivos del Milenio (no digamos ya el 0,7%); si la UE se batía en retirada, frustrada por el fracaso constitucional, avergonzada de seguir siendo aquel “enano político” que hace cuarenta años definió Brandt; si hasta Islandia había hecho catacrack, por qué, era legítimo preguntarse, habríamos de reaccionar nosotros. Un país que parece vivir por y para el fútbol, en el que las voces de un vergonzoso pasado gritan cada vez más alto (y más nítido gracias a la tecnología digital), un país que de dominador (¡miembro de derecho propio de la Champions League!), se había vuelto miserable para, envuelto en sus andrajos (por un montón de grúas inmóviles como cadáveres de animales prehistóricos), ser solo capaz de despreciar lo que ignora (también podríamos haber mirado los muros de la patria mía, etc,.), no estaba llamado a plantar cara a la realidad. Y sin embargo…

Ahora es fácil reconstruir el proceso, hallar causas, indicios, señales. Que si el manifiesto de Hessel, que si Sampedro (¡ay! si le hubiéramos prestado almás atención cuando publicó El mercado y la globalización) que si la reciente lección de dignidad islandesa, que si la revolución árabe, que si lo que quieran esos brillantes profetas del pasado. El caso es que lo normal, lo razonable (lo imposible) está sucediendo. Que miles de personas han despertado, que millones de ojos y oídos están abiertos y aguzados (pienso, y es paradójico, en Nietzsche: "para esta música del porvenir"). Y lo mejor es que, al no haber precedentes, nadie es tampoco capaz de predecir qué dirección puede tomar el movimiento.

Quisiera creer, como le escuché decir este pasado viernes al sociólogo José Félix Tezanos (quien de estas cosas sabe un rato) en una tertulia de televisión, que las repercusiones de cuanto está sucediendo pueden ser mayores que las del propio Mayo del ‘68, aquella cosa "de niños de papá". Esto no es poco decir. Pues si entonces, pidiendo lo imposible (y sacando a millones de personas a la calle, y paralizando un país y exportando la revolución a otros países, y poniendo en jaque al Estado), se consiguió básicamente (pese a la influencia situacionista que se quiera) que los sueldos de los funcionarios subieran (y que De Gaulle arrasara en las elecciones subsiguientes), alguien podría pensar que exigiendo cosas tan razonables (no todas) como las que se escuchan en Sol y plazas similares de toda España, los cambios drásticos no serán viables. Además, el componente lúdico (por mucho que algunos quieran cargar las tintas aplicándole la etiqueta de “ilegal”) del movimiento, su carácter ejemplar (pacífico, plural, integrador), podrían llevar a la confusión a las autoridades, especialmente si los resultados electorales no se ven especialmente afectados (esto es, si no se produce una huida evidente del bipartidismo o un voto de protesta masivo, como todo parece indicar), que podrían tomar por debilidad lo que no sería sino todo lo contrario: el síntoma de una manifiesta madurez democrática. Aunque esto es algo que solo el tiempo dirá.

Por ahora, es momento de disfrutar, de ser no sólo responsables (de lo que han dado muestras sobradas) sino imaginativos (contra lo que escucho frecuentemente, echo de menos algo más de ambición y creatividad, de universalismo y poesía), ansiosamente pacientes. Es momento de exigir a los políticos (patidifusos ante la enmienda a la totalidad que “sus” votantes les han planteado) atención y altura de miras. Al fin y al cabo, no se les pide tanto. Solo un poco de decencia, honradez y ansia de justicia (vamos, los principios que ellos proclaman defender). Frente a quienes siguen enarbolando la “mano invisible” que todo lo da, se han alzando miles de brazos que con mayor o menor coherencia, inteligencia, precisión, vehemencia, razón, exigen equidad ("no somos sistema, el sistema es antinosotros"). Habrá quien los llame “totalitarios”, “utópicos”, “radicales”, “perroflautas”, pero indefectiblemente este tipo de calificativos terminarán volviéndose contra aquel que los proyecta. Se podrá estar o no de acuerdo con algunas de las medidas que las diferentes asambleas están acordando (yo no estoy a favor de nacionalizar determinadas empresas ni veo cómo las propuestas que integran los programas políticos puedan ser vinculantes), pero resulta difícil minimizar un fenómeno de estas proporciones, más aún descalificar lo que no puede ser sino entendido como un profundo y refrescante ejercicio de reflexión democrática.

A principios de semana, El roto se acercaba una vez más al centro de la diana en una de sus viñetas: “Los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron”. Y digo acercarse porque el movimiento terminaría engordando hasta niveles insospechados, sacando también de sus hogares a personas de otras edades que bien, por sentir una comunión de intereses o por franca solidaridad, terminarían engrosando las concentraciones y ampliando las discusiones y debates. En definitiva, era la democracia española la que había entrado en un periodo de irreversible senectud.

Revertir esa situación de parálisis crónica es ahora el objetivo. Y no será fácil. Y no sólo porque a los grandes partidos, esos paquidermos subvencionados que son los pilares sobre los que se asientan las instituciones, no les interesa en absoluto moverse un centímetro (¿por qué reformar una Ley Electoral que puede hacernos perder entre diez y doce diputados?; ¿por qué convertir en independiente un Poder Judicial que podemos controlar?; ¿por qué presentar candidaturas limpias si con las manchadas podemos ganar con mayoría absoluta?; ¿por qué bajarnos lo sueldos, con lo cara que está la vida?; ¿por qué dar participación si esto significa perder cotas de poder?), sino porque da la impresión de que el 15-M es como una flor recién cortada que aún conserva todo su aroma y lozanía pero que a base de ser pasada de mano en mano, de aguantar provocaciones y escupitajos, de dormir a la intemperie, corre el riesgo de acabar marchitándose antes de tiempo.

Confiemos en que este mal augurio no se cumpla y esta aleccionadora rebelión cívica prosiga su curso, por qué no, sirviendo de espoleta más allá de nuestras fronteras. Trabajemos cada cual desde nuestro ámbito para que el inminente terral no se lleve con su endiablado aliento esta verde primavera.

domingo, 16 de enero de 2011

El rayo y la luciérnaga

Mark Twain: "Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda."

Nunca había sabido nada de una tal Dra. Laura Schlessinger hasta que hace unos meses, tal vez a causa de la bulimia informativa propia del verano en nuestro país (las noticias, al contrario que los osos, hibernan en verano a la espera de asaltarte por la espalda nada más asomar septiembre en lo alto de la loma) me topé en un periódico digital con que se encontraba en el centro de una agria polémica después de haber cometido el desatino de pronunciar ‘the N-word’ (la palabra que empieza por n) no una ni dos ni tres, sino hasta once veces en cinco minutos en su programa de radio.

Mientras aquí el panorama mediático permanecía atento al desembarco masivo del equipo de deportes de la emisora enseña de la izquierda en la otrora bandera radiofónica de la derecha, en los ‘States’ -como solía llamar un amigo mío a la gran superpotencia tal vez por la influencia de haber trabajado de portamaletas en el aeropuerto de Málaga-, la polémica en el mundillo de la comunicación tenía que ver con el arrebato de franqueza de una locutora que empezaba a comprender que sus mejores días como profesional estaban agotándose. Y todo por una palabra enarbolada a destiempo y de forma contumaz, colocada repetidamente como los ladrillos del obrero que no sabe que está levantando el muro que terminará sepultándole.

Pero qué diantres es la ‘N-word’. Pues ni más ni menos que la forma eufemística de designar la palabra “nigger”, fórmula despectiva de llamar a los negros que en español podríamos traducir como negrata, y que en Estados Unidos se ha convertido en uno de los más infamantes términos comprendidos en un diccionario que, todavía, conserva la acepción. Lo que molestaba a la locutora y lo que propició la discusión con una oyente de raza negra que intervino en antena, era que esta palabra fuera frecuentemente utilizada por los negros, especialmente entre los jóvenes, pero que al mismo tiempo resultara ofensiva si era meramente pronunciada, ni siquiera utilizada como insulto, por un blanco. “Tenemos un presidente negro y tenemos más quejas sobre el racismo que nunca. Es hilarante”, dijo quien en aquel momento, fruto de la ingenuidad o de una provocación cuyos márgenes no supo medir, cavó su tumba. Una semana más tarde y tras haber pedido públicamente disculpas, anunciaba en el show de Larry King que, ante las presiones recibidas, abandonaba el espacio.

Parte de mi interés por aquel culebrón veraniego residía en el hecho de que no hacía mucho que había leído La mancha humana de Philip Roth, una crítica a la corrección política del país en tiempos del ‘caso Lewinsky’. En la novela, el personaje principal, Coleman Silk, un honorable profesor universitario de Clásicas, es despeñado por sus compañeros de claustro después de haber realizado un comentario que podía esconder tintes racistas. Aunque, nada más lejos de la realidad. Ante la ausencia continuada de dos alumnos, el profesor Silk comentó irónicamente en clase que tal vez se habían esfumado como “negro humo”, en alusión a un pasaje de Shakespeare. Lo que el venerable catedrático desconocía era que los ausentes eran dos negros y que esta inocente alusión, tras ser convenientemente armada en su contra, le costaría la carrera.

En el fondo del fantástico libro de Roth se encontraba ese mismo ataque a la corrección política (PC) que con base en los Estados Unidos está invadiendo el mundo, incluso aquel que gustamos en definir como “libre”. El caso de la Dra. Schlessinger venía a sumarse al reguero de ejemplos que muestran cómo el respeto hacia determinados grupos puede desembocar en una neurosis colectiva ante la que pocos pueden librarse del calificativo de “racista”, en este caso, de “machista” si nos referimos al modo en el que cierta ideología de género se empeña en taladrar nuestro idioma, de “facha” o “progre”, según se tercie, si de lo que se trata es de sostener tal o cual postura pese a que ésta resulte no solo acorde con los Derechos humanos sino plenamente democrática, constitucional...

Todo esto me ha venido a la cabeza después de que en los últimos días una nueva señal de alarma nos haya llegado desde el “planeta americano”. Quienes estén al corriente de las novedades del mundo del libro posiblemente ya sepan que una editorial estadounidense va a publicar en breve una versión censurada del más célebre título de uno de los orgullos nacionales, Mark Twain, en el que se omite la famosa ‘N-word’. Así es. Ni Las aventuras de Huckleberry Finn, el entrañable título que cuenta la peripecia de un niño que huye de su padre junto a un esclavo negro que ansía la libertad a través de un viaje por el Misisipi, se ha librado del furor protector de los biempensantes de la hora. 219 veces aparecía la palabra ‘nigger’ (negro) y otras 219 veces ha sido sustituida por la palabra ‘slave’ (esclavo). Para el profesor Gribben, responsable de la edición, la palabra no solo era inadecuada para el siglo XXI sino que provocaba una barrera que no podían saltar muchos lectores. Lectores, por lo que se ve, de una hipersensibilidad aflechada a la hora de afrontar su propia historia, pero incapaces de distinguir la diferencia que hay entre “la palabra adecuada y la casi correcta”, esto es, la misma, como dijo el propio Twain, que media “entre un rayo y una luciérnaga”.

Todo lenguaje lleva implícita una interpretación del mundo, decía Alfonso Reyes. De ahí que no sea lo mismo llamar a Orestes el “matador de su madre” que “el vengador de su padre”. Por eso deberíamos ser muy cuidadosos, a menos que estemos dispuestos en el futuro, por qué no, a ver una versión PC de Lo que el viento se llevó en la que se ha borrado por ordenador a la niñera de Scarlett O´Hara, o donde directamente se le ha aclarado el rostro para que parezca blanca (invertir el tono a Rhett Butler igual resulta demasiado, las orejas lo delatarían). Depurar a Faulkner de esa jerga denigrante con la que caracteriza a sus personajes también puede ser una buena idea, por no hablar de la infamia que suponen las negras del piano, que manda bemoles. Y si de lo que se trata es de no herir la sensibilidad del lector, a Bukowski directamente habría que prohibirlo y en Lolita de Nabokov donde dice “nínfula” habría que poner “mujer indubitablemente mayor de edad”.

En definitiva, hay que reinventar el “neolenguaje” de Orwell y readaptarlo al ámbito capitalista. Y esto no por un prurito de hablar mejor, ni por ponerle freno al encanallamiento y pauperización de nuestro léxico, sino porque ante una realidad que nos incomoda es más fácil intentar meterla debajo de la alfombra. Cuando a los parados se les considera demandantes de empleo, por qué no, si hablamos de razas, podríamos pronto acuñar el término ‘nopayo’.

 
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