jueves 16 de julio de 2009

Falsos recuerdos


Un nuevo estudio científico ha vuelto a arrojar luz sobre algo que ya sabíamos: que los seres humanos podemos acabar generando falsos recuerdos, esto es, “recordar” como reales cosas que nunca sucedieron o distorsionar hechos que, efectivamente, sí se produjeron, pero que nosotros terminamos edulcorando hasta el punto de terminar aboliendo con nuestra nueva versión la verdad que los originales encerraban.

Puede que a usted también le haya sucedido descubrir que un hecho que había quedado impreso en su memoria, que aún hoy es capaz de percibir con sus sentidos vívidamente, jamás tuvo lugar. Simplemente, se había producido un desajuste en la sustancia blanca en la que se encuentran las fibras nerviosas que conectan las diferentes regiones del cerebro.

Inquietante, ¿verdad?

Sabemos que los sentidos nos engañan, pero la posibilidad de que nuestro disco duro termine alterando los datos que creíamos tener a buen recaudo, nos llena de desconcierto. Una cosa es no poder rememorar algo y otra, muy diferente, es que nuestras percepciones sobre el pasado sean meras ficciones.

Dicen los responsables del estudio, realizado por el Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge y la Universidad de Barcelona, que para generar el recuerdo falso utilizamos información que ya tenemos, pero que parece tan real y creíble que el individuo acaba creyéndoselo. Algo que puede arrojar sombras tremendamente alargadas en según qué ámbitos de la vida, como al afrontar un juicio.

El maestro del suspense, Alfred Hitchcok, que nunca tuvo miedo de asomarse a los abismos de la mente y que se sirvió en sus tramas de todo un abanico de filias, fobias y desarreglos varios (voyeurismo, vértigo, trastorno bipolar, histeria, megalomanía, paranoia...), nos mostró hasta qué punto una serie de sujetos y sujetas es capaz de identificar como culpable de un crimen a un tipo totalmente inocente. Y todo porque el personaje interpretado magistralmente por Henry Fonda guardaba algún parecido con el verdadero criminal.

Así, ¿quién nos dice, por ejemplo, que Felipe González no puede recordar que él siempre defendió a capa y espada la energía nuclear; o que otro ex presidente, en este caso José María Aznar, también podría almacenar el recuerdo de que en verdad su nombre es Fernando y está casado con una tal Isabel, reina de Castilla? Incluso no es improbable que Francisco Camps pudiera albergar también este tipo de recuerdos falsos y pensara que él se pagó de sus bolsillo los famosos trajes (por mucho que olvidara, vaya por Dios, dónde guardó las facturas).

Para Magritte la memoria era un bello y sereno busto clásico del que manaba sangre a la altura de uno de sus ojos. Pocas imágenes evocan con mayor fidelidad su ambigua condición, ésa que hace que olvidemos lo que no nos interesa y a veces recordemos incluso lo que nunca ha sucedido.

jueves 9 de julio de 2009

Golpes líquidos

Desde que los hombres forman comunidades políticas, que es casi como decir que desde que el mundo es mundo, el golpe de Estado como forma de subversión del poder establecido ha sido un hecho habitual. Sin embargo, no será hasta el año 1639 -año en que Gabriel Naudé publicó sus Considérations politiques sur les Coups d´Etat-, cuando encontremos la primera vez, según la teoría política, en que la expresión fue utilizada de modo sistemático. En aquel tiempo, los golpes no tenían la mala fama de la que gozan en la actualidad. Para Naudé, podían llegar a ser “acciones audaces y extraordinarias que los príncipes se ven obligados a ejecutar (...), contra el derecho común y sin guardar ningún orden ni forma de justicia, arriesgando el interés de los particulares por el bien general”. Un golpe de Estado representaba algo así como la aplicación técnica de la razón de Estado por parte del gobernante, y convertía a éste en algo así como un salvador de la patria en peligro.

Sin embargo, esta lógica se vería adulterada por la filibustera presunción de que siempre existirá una justificación para actuar por el bien de la nación, generalmente adornada -pese a suponer el paso previo para la implantación de una dictadura- con el corolario de actuar en defensa de la democracia.

La experiencia latinoamericana es en este sentido muy tristemente ilustrativa. Décadas de explotación, ambición, violencia y pobreza han terminado produciendo nefastos e inverosímiles regímenes políticos. Ya no se trata sólo de la figura del caudillo, del cacique, del mítico demiurgo que la literatura, desde Sarmiento o Valle hasta el Trujillo retratado por Vargas Llosa, pasando por Asturias, Uslar Pietri, García Márquez, etc. nos ha legado; tampoco del general o coronel bravucón y desalmado que emergió en los años 70. No. La hibridación que se ha producido en el continente ha provocado mutaciones que son como el reflejo distorsionado en el azogue de esas formas puras con las que nos habíamos familiarizado. Nacía el dictador líquido, aquel que aspiraba a perpetuarse “legalmente” en el poder.

Fujimori, que remendó la Constitución para desempeñar un segundo mandato; Menem, Cardoso, Uribe, y por supuesto, Hugo Chávez -quien, tras fracasar a la hora de intentar hacerse con el poder por las bravas, decidió, como hiciera Hitler, servirse de los cauces democráticos-, ejemplifican esa tentación de permanencia.

Sólo que, cuando creíamos que lo habíamos visto todo, aún nos aguardaba una sorpresa. Esto es, la conversión paulina de un terrateniente representante del tradicional Partido Liberal hondureño en un convencido chavista deudor de las teorías autosucesorias, tan caras al ALBA.

La novedad que supone Zelaya convierte en sumamente complicado calificar el golpe que lo ha echado del poder según las tipologías al uso. Pero, lo peor es que, si bien algo nos dice que la democracia no ha perdido precisamente a un fiel servidor, no sabemos tampoco adónde se conduce el país centroamericano en manos de sus nuevos salvadores.

lunes 29 de junio de 2009

Elogio (y vituperio) de la lectura

Cuando recibí el ofrecimiento por parte de la Sociedad de Amigos de la Cultura de Vélez-Málaga, de participar en el homenaje que este colectivo pensaba tributarle a la historiadora Mercedes Junquera, catedrática retirada que colabora como responsable del club de lectura de esta asociación, no imaginaba que mi intervención pudiera ser acogida tan favorablemente por el público asistente. Esto me ha animado a subir a este blog el vídeo con la charla. Así, aquellos que ya pudieron oírla pero me pidieron una copia del texto, podrán satisfacer su curiosidad, al tiempo que invito a quienes no tengan otra cosa mejor que hacer a prestarle atención a esta alocución premeditadamente polémica que recrea algunas de mis inquietudes como lector.

viernes 26 de junio de 2009

Demolición

En marzo de 2001, la milicia ultraortodoxa islámica de los talibanes cumplía finalmente su promesa y, dentro de su campaña de destrucción de todo el patrimonio cultural afgano -parte de su más amplio programa de aniquilación de toda manifestación no nacida del odio, el resentimiento o la ignorancia-, volaban las dos estatuas gigantes de Buda talladas en el siglo V en la roca de una montaña de la provincia de Bamiyán, cuando Afganistán era uno de los centros de la civilización budista.

Misiles antiaéreos, tanques y dinamita convertían así una de las manifestaciones artísticas más importantes de la región en polvo, despertando un clamor de indignada admiración y lástima en todo el mundo civilizado.

¿Qué pueden llegar a hacer -se preguntaban en todo el mundo- unos personajes capaces de aniquilar tales obras de arte, representación de uno de los grandes personajes de la historia y símbolo, además, de una de las más significativas religiones del planeta? ¿Qué pueden llegar a hacer?, decían almas bienintencionadas que hasta ahora no habían reparado en la abolición de la condición de ser humano para la mujer, ni en la sistemática supresión de todo lo bello que habían puesto en marcha los talibanes.

La destrucción de estos budas removió, en cualquier caso, muchas conciencias y sirvió para que un régimen de terror fuese puesto al descubierto incluso para aquellos que se habían resistido a mirar a través de las rejillas del burka.

Casi nada, aparte del polvo despedido, relaciona a esta imagen con el reciente derribo del arco de entrada al Paseo de Andalucía de Vélez-Málaga. Ni los políticos veleños son unos fanáticos religiosos -sino un grupo de hombres y mujeres elegidos democráticamente por sus ciudadanos-, ni el citado pórtico tenía valor artístico alguno (en cuyo caso, claro, estaría en óptimas condiciones de conservación, como el resto del patrimonio local) e incluso tiraba más bien para feúcho. Pero, reconozco que algo se me ha removido por dentro al verlo caer hecho añicos de un golpe de excavadora.

Dicen unos que ahora, sin el arco, los ficus centenarios de la entrada lucirán mejor (no deja de tener su aquél este repentino denuedo mediambiental de nuestros próceres); que si el proyecto de reforma era del equipo de gobierno anterior (como si eso hubiera sido alguna vez un obstáculo para paralizar cualquier obra); o que si ahora el paseo estará “integrado” en la ciudad (sic); dicen los otros, confundiendo una vez más interés particular con general, que si los veleños no tienen sangre en las venas por no salir a defender “lo suyo”.

El caso es que entre todos lo mataron y él solo se murió. Cuando apenas amanecía. Pese a la mayoritaria opinión de los vecinos. Por las bravas.

Decía un poeta latino: “El pueblo me silba, pero yo me aplaudo.”

lunes 22 de junio de 2009

'Descomprender'

Pablo Neruda contaba en sus memorias un episodio conmovedor que le había ocurrido al poeta medio andaluz Pedro Garfias cuando, terminada la guerra civil, hubo de marchar al exilio. Relata el chileno de qué modo Garfias fue a parar durante su destierro al castillo de un Lord en Escocia. Abrumado tal vez por el peso de las piedras inmortales y la sensación de profunda soledad que sentía en su improvisada residencia, el poeta se desplazaba cada día a la taberna del condado y, sin hablar con nadie -pues no dominaba el idioma del país sino, adereza Neruda, “apenas un español gitano que yo mismo no le entendía”- se bebía su cerveza seguramente, pienso yo, recreando una y otra vez en su mente el triste destino de su pueblo.

El caso es que, sigue contándonos el autor del Canto general, una noche, cuando todos los parroquianos abandonaban el local, el tabernero le rogó que no se marchara, y así los dos siguieron bebiendo solos en el local, en silencio.

Este ceremonial se repitió a partir de aquel instante cada noche. Sólo que poco a poco, a medida que el tiempo pasaba y su confianza se iba agrandando, el mutismo de los primeros días fue quebrado y cada cual se lanzó a contarle a su compañero el relato de su propia vida. Garfias le hablaba al escocés de mil historias de la guerra de España, mientras éste le escuchaba con el máximo respeto. Y al revés, el poeta andaluz seguía con la misma entrega las batallas del tabernero a pesar de que tampoco entendía ni una palabra de lo que le estaba contando.

Como no podía ser de otra forma, se hicieron amigos y cuando tuvieron que separarse se dieron un abrazo emocionado.

Ninguno de los dos había entendido nada de lo que el otro le decía, pero a pesar de todo, escribía Neruda que le había asegurado Garfias, siempre tenían la imprensión de comprenderse.

Cuento esto porque esta franca comunión de soledades me parece la perfecta antítesis de lo que suele suceder casi siempre. Nuestras vidas discurren sobre el legado común de la lengua, en este caso el español, un potentísimo vehículo de cultura y conocimiento. Sin embargo, a pesar de compartir este patrimonio, nos empeñamos en hacer como que no entendemos a nuestros semejantes. Esto lo vemos cada día en el discurso político a través de la obstinación de líderes de distintos partidos que hacen todo lo posible para descomprender lo que su rival ha querido o podido decir.

Lo hemos comprobado con el reciente caso de los chiringuitos, donde el común deseo de que pudieran seguir abiertos ha degenerado en una lucha a nivel provincial por ver quién quería más a Málaga y los malagueños.

En el fondo, Garfias y su tabernero hablaban idiomas distintos pero una misma lengua. Ésa que no se aprende, que se lleva por dentro.

viernes 12 de junio de 2009

Titadyn

Tal vez los más jóvenes ni siquiera lo sepan. Puede incluso que algunos mayores lo hayan olvidado, suponiendo que alguna vez quisieran enterarse de lo que realmente ocurrió. Corrían los años 90 y España había cerrado una etapa oscura, de subdesarrollo, opresión y enclaustramiento. La transición política se había consumado, el país pisaba firme en Europa, todavía como cola de león, pero picando alto, como dicen que picaba no hace mucho la derecha de Nadal. Pero, aquella España que se había ganado el respeto a nivel mundial gracias a su capacidad para organizar grandes eventos, que demostraba su capacidad para sufrir las crisis económicas como cualquiera, pero para dejarlas también atrás como el que más, se sumía extrañamente en una espesa negrura. De repente, un periódico comenzaba a sacar a la luz documentos en los que se acusaba al gobierno de la nación de haber utilizado los resortes del Estado para combatir al terrorismo con más terror.

Algunos, todavía hoy, justifican tales medios para tal fin. Es lo que se merecían: cabrones... Pero, de lo que no cabía duda es de que los habían pillado.

Un momento, ¿o sí había duda?

Quienes ya tengan una cierta edad y siguieran la actualidad política de aquellos años convulsos, podrán recordar cómo casi ningún medio de comunicación dio crédito a lo que diarios como El Mundo se atrevieron a publicar. Durante mucho tiempo, los informativos de RTVE, dirigidos entonces por ese referente de la imparcialidad llamado María Antonia Iglesias, tuvieron cosas más importantes de las que se ocuparse, y tampoco símbolos del periodismo matinal independiente como El País quisieron darse por enterados. Tales acusaciones, que se elevaban hasta la cabeza del gobierno, no podían sino ocultar un intento de la derecha por desacreditar al partido en el poder. Y si bien es cierto que el escándalo del GAL (sumado a otros muchos) resultaría decisivo para poner a los socialistas en el banquillo (de la oposición y de los juzgados), no lo es menos que el loco empeño de un grupo de periodistas por destapar la verdad resultaría decisivo para que ésta, sucia y maloliente, incómoda e inconveniente, terminara saliendo a flote.

Pasado el tiempo, algunos de aquellos periodistas, con Pedro J. Ramírez a la cabeza, vuelven a la carga asegurando que algo ha fallado y, sobre todo, que alguien ha mentido en la sentencia del 11-M. Acusan, nada menos, a funcionarios públicos de haber contribuido a que los españoles sigamos sin conocer quién mató a 192 personas aquel día, y a la justicia de haber podido condenar a inocentes.

Como entonces, esta vez tampoco les creí. Me parecía imposible que alguien pudiera ocultar pruebas, manipular otras, dejar de comprobar otras tantas, todo con la intención de que la tesis oficial (ETA no usa Goma 2 ECO, luego éste es el explosivo que, sí o sí, se ha usado) quedara indemne. Pero, la publicación de un libro, validado por el Colegio Oficial de Químicos de Madrid, en el que se establece que en los atentados del 11-M el explosivo utilizado por los terroristas no fue de la marca Goma 2 ECO, sino Titadyn (la que suele utilizar ETA); la obsesión casi suicida de ciertos informadores por seguir escarbando en tan sensible materia; el recuerdo de lo sucedido hace más de diez años, han puesto en cuarentena mis ideas sobre el asunto.

Desconozco a qué podría haber obedecido la supuesta manipulación del caso. Y por más vueltas que le doy, ninguna teoría de la conspiración me parece asumible. Solo sé que siento el suelo moverse debajo de mis pies cada vez que abro cierto periódico o escucho determinada emisora. Reconozco que sería más fácil pasar, llamarlos fachas. Como cuando el GAL.

Pero no puedo.

martes 2 de junio de 2009

¿Votamos demasiado?

Después de ver los cara a cara entre López Aguilar y Mayor Oreja, respectivos candidatos de PSOE y PP para las próximas elecciones europeas, he de reconocer que he llegado a una descorazonadora conclusión: votamos demasiadas veces. Tal vez sea porque aún estamos pagando los atrasos de nuestra historia reciente; el caso es que hemos exaltado tanto los altos índices de participación, que hemos llegado a considerar como síntoma de buena salud democrática el mero hecho de acudir en masa a las urnas, con independencia de a qué o a quién dirigimos nuestro voto. Como si que un cenutrio recibiera millones de votos pudiera ser un buen motivo para pintar una imagen halagadora de la ciudadanía, pero resultara inadmisible que pueda haber quien, críticamente, rehúse dar su confianza a ninguno de los candidatos.

El caso es que nuestra democracia somete a tal estrés al votante que no es de extrañar que, de vez en cuando, la participación se resienta. Pienso en ese pobre votante gallego o vasco que hace justo dos años eligió alcalde, hace poco más de uno tuvo que soltar su papeleta para las generales y no hace ni dos meses que hacía lo propio para las autonómicas. Con qué animo se enfrenta ahora a unos nuevos comicios. Especialmente para unos europeos, cuando nadie sabe ni para qué sirven.

Porque si algo han evidenciado estos debates, por llamar de algún modo al patético intercambio de clichés que han compartido los candidatos, ha sido la verdadera ausencia de la realidad sobre la que ahora quieren que nos pronunciemos. ¿Cómo se llamaba? Ah, eso: Europa.

No es que las próximas elecciones se disputen en clave nacional. No es que este partido no se juegue en Europa. Es que España vive desconectada del resto de países con los que comparte leyes, gobernantes y parlamento. Y esto es algo que unas elecciones menos que nada van a intentar cambiar.

A los políticos no les interesa que entendamos lo que es la realidad europea. ¿Qué es la Comisión? ¿Cómo nos afectan las decisiones del Parlamento? ¿Por qué hay tanta opacidad en los órganos comunitarios? ¿Debe tener la UE una política exterior común? Incluso la más simple ¿Quién manda en Europa?, son preguntas que no se abordan ni de pasada. El ciudadano europeo no tiene derecho a saber nada, lo que no impedirá que luego se le acuse de ser un euroescéptico, como si padeciera una enfermedad contagiosa, cuando vote en contra de un críptico tratado o se atreva a cuestionar la “construcción europea”.

Decir que existen izquierdas y derechas y que las primeras son la generosidad personificada mientras que las otras sólo persiguen la rapiña, como hace el PSOE; o afirmar que hoy el socialismo europeo representa la fotografía de la crisis, como si fuera la socialdemocracia la causante de la galopante desregulación bancaria que nos ha hundido en la miseria, tal cual hace el PP, es tratar al votante como si fuera un imbécil y ya empezamos a estar hartos de tanto verbo trivial, gesto ampuloso y gasto superfluo.

Así, se me ocurre que votando una vez cada cuatro años (todo en el mismo día), dejaríamos de derrochar muchas energías inútiles, ahorraríamos enormes sumas de dinero y -esto quizá sea demasiado-, veríamos por fin a nuestros políticos dedicados a trabajar por el bienestar de los ciudadanos en vez de, simplemente, a pelear como perros hambrientos por sus votos, como si en vez de ojos (y un montón de problemas) sólo tuviésemos papeletas.

Porque votar menos, amigas y amigos, no es menos democracia. A veces, puede ser incluso lo contrario.

viernes 29 de mayo de 2009

6 jóvenes, 6 miradas

[Fuente: EL AVANCE. Montaje: Alicia Pérez]

No siepre resulta fácil obtener una visión mínimamente amplia de las nuevas propuestas expresivas que, en este caso, la pintura en nuestra comarca de la Axarquía está fraguando en los talleres de los artistas más recientes.

En este sentido, muestras como la que por estos días puede contemplarse en la galería María Soto de Torre del Mar (Málaga) -valiente empresa que ha sabido convertirse en referencia del arte local- son una buena oportunidad para contemplar qué senderos recorren nuestros artistas en esta época de libertad, eclecticismo e incluso -no es el caso que nos ocupa-, tomadura de pelo.

“Entrelíneas”, expo que recoge hasta el 16 de junio una selección de trabajos de seis jóvenes originarios o formados en la provincia de Málaga, nos permite disfrutar de una heterogénea compilación de obras a cargo de seis artistas (Paula Castelruiz, Alberto Tarsicio, Francisco Villalobos, Javier Rueda, Román Cortés y María Corbalán), que ponen de manifiesto en un mismo lugar, otras tantas concepciones del arte.

Abstracción y realismo, clasicismo y vanguardia, paisajes y retratos, escenas vagamente oníricas y retratos del horror, sin olvidar la sugerente instalación que recibe a quien visita la sala, condensan la propuesta artística de quienes, agrupados en torno un colectivo -la asociación literaria Historias de la calle Kúspide, de la que deberíamos hablar en otra ocasión- desde luego se encuentran muy alejados de representar ningún tipo de grupo o movimiento o, lo que es lo mismo, de dejarse encerrar por los límites concretos y precisos de determinada propuesta estética.

Esto permite de paso alejar el peligro que llevan aparejadas a veces las muestras colectivas, el hecho de que el bosque de propuestas diversas colocadas unas junto a otras nos impida quedarnos con lo que de singular tiene cada uno de los participantes. Así, dentro de esta invitación a que consideremos la obra de cada artista por separado, me van a permitir que me quede con las propuestas, radicalmente alejadas entre ellas, de Alberto Tarsicio y Román Cortés.

Indeciso a la hora de apostar por un estilo concreto, pero heredero del mejor Francisco Hernández realista, el primero; deudor del informalismo y marcado también por su relación con el arte digital, el segundo; estos artistas muestran una autenticidad que es muy de agradecer. En sus manos está el afianzar el potencial que ya demuestran.

[Publicado en EL AVANCE, Vélez-Málaga, núm. 431, del 29 de mayo al 4 de junio]

lunes 25 de mayo de 2009

Tocqueville en Vélez-Málaga

Hace unos meses, con motivo de los actos y fastos que están acompañando la celebración del 30º aniversario de las corporaciones democráticas en España, llegó a mi poder un manifiesto emitido por el Ayuntamiento de Vélez-Málaga, que me produjo una gran sorpresa. En el escrito, de un estilo ceremonioso y oficial, se reconocía el trabajo de todos aquellos que en el páramo patrio de finales de los 70 erigieron de la nada unas instituciones, los ayuntamientos democráticos, sin los que nuestra vida no sería ni parecida a la que es actualmente. Pero, más allá del, por otro lado, previsible mensaje que encerraba el discurso, me sorprendió la alusión final a Tocqueville con la que se ponía el punto y final al texto.

Todavía hoy no consigo explicarme por qué me llamó tanto la atención la referencia. Alexis de Tocqueville, ciertamente, como se insinuaba, fue un enorme valedor de los poderes locales -aunque él apuntaba a la sociedad civil más que a la clase política-, en un tiempo en el que la democracia, desde luego en una forma muy diferente a la que fecunda hoy nuestro suelo, sólo se había asentado en EE.UU e Inglaterra y, de manera intermitente, en Francia. Pero, quizá el hecho de que no descubriera entre los presentes en el acto a nadie que me diera el perfil de haber profundizado en la obra del francés lo suficiente como para insertarlo en el escrito, o el que un concejal comunista fuera el que citaba a uno de los grandes padres del liberalismo -hijo de arístocrata y terrateniente él mismo, y por tanto, a un adversario ideológico- me produjo cierta perplejidad. No olvidemos que Tocqueville, quien por cierto nos abandonó hace ahora 150 años, mantuvo durante décadas una especie de “guerra fría” intelectual con Marx, y que fue en parte gracias a este pulso por lo que su obra cayó en el olvido durante la primera mitad del siglo XX.

Sin embargo, acaso la extrañeza viniera de una inquietud más profunda, naciera del hecho de haber tomado conciencia del modo en que Tocqueville está siendo utilizado por quienes más alejados se encuentran de sus postulados. No me refiero a que él fuera un demócrata mientras que otros, amamantados y amamantándose por el sistema actual, no. Sino que, inevitablemente, la democracia igualitarista contra la que él nos previno está cumpliéndose punto por punto.

Claro que el de Cotentin no se manifestó sobre la paridad en las listas electorales, ni sobre el hecho de que se crearan comités, como los de salud revolucionaria, encargados de comprobar, por ejemplo, si las mujeres reciben igual trato que los hombres (sic) en el trabajo. Tampoco pudo pronunciarse sobre la regulación administrativa de hasta los usos y costumbres más nimios (dónde fumar y cómo, dónde sacar al perro y cómo, dónde tirar la basura y cómo) que habría de recibir una sociedad anestesiada, incapaz de pensar por sí misma. Y, mucho menos, pudo sospechar hasta qué punto la política, desde sus propias instituciones, podría dejarse enrrollar por la bandera de la propaganda.

Sobre esto no dijo nada. Pero lo intuyó. Pocos como él descubrieron tan pronto hasta qué punto la obsesión uniformadora podía poner en peligro las libertades de los ciudadanos y cómo corríamos el riesgo todos de dejarnos arropar por un “poder inmenso y tutelar”, que se ocupará de asegurar nuestro placer y de cuidar nuestro destino. Un poder “que no tiraniza en lo más mínimo”, pero que “apaga, atonta y reduce finalmente a cada nación a no ser más que un rebaño de animales tímidos e industriosos, de los cuales el Gobierno es el pastor.”

Un poder, añado, al que se rinden servilmente izquierdas y derechas en su lucha universal por hacerse con él.

jueves 21 de mayo de 2009

¿Debe disolverse la Iglesia?

Todo colectivo, asociación o grupo humano, sobre todo cuando está constituido legalmente como tal, como un todo orgánico que cumple unas funciones y se atiene a unos fines, y lógicamente a unos medios, debe regirse por una especie de código ético. Lo tienen los partidos políticos, aunque ni decir tiene que con frecuencia se lo saltan. Lo tienen los diferentes grupos profesionales en forma de código deontológico. Los periodistas que dicen “antes la muerte que la fuente”, los médicos que no revelarán tampoco los secretos que encierran sus consultas. Bueno, hasta en la cárcel cuentan que tienen sus propios reglamentos internos, no ya los celadores ni guardias, sino los propios presos, que hacen cumplir con todo el rigor en determinados casos y ante determinados delincuentes.

Así las cosas, por qué no habría la Iglesia católica, una de las instituciones más antiguas y veneradas del mundo, de tener su propio código. Y, por qué no habría de contener éste una cláusula que obligara a su disolución en caso de que sus miembros infringieran determinadas cláusulas.

Ojo, estamos hablando de la Iglesia. Quién más que ella habría de guardar estricta observancia de sus preceptos, dando un ejemplo moral con carácter universal en caso de no estar a la altura de unos propósitos que, recordemos, no son de este mundo, y que por lo tanto suponen la mayor prueba del desapego que mantienen respecto de los asuntos terrenales que habrían de observar sus "asociados".

Hasta la Iglesia ha reconocido en fecha reciente que los tiempos han cambiado y que, si bien es cierto que no han depurado sus responsabilidades de forma plena por las tropelías cometidas en el pasado (detalles como la Inquisición y su sospechoso silencio ante las atrocidades nazis, entre otras delicadezas), ni siquiera hoy podrán negar que pasó la época en que podían escurrir tranquilamente el bulto.

Por eso, el que haya salido a la luz que la cúpula de la Iglesia católica irlandesa conocía el abuso al que fueron sometidos los 35.000 niños que entre los años 50 y los 80 se acogieron a sus instituciones, debería ser un motivo más que suficiente para asumir algunas responsabilidades. No se trata solo de pedir perdón y luego irse a rezar diez avemarías. No basta cuando aparece un informe que documenta un catálogo de iniquidades cometidas contra miles de criaturas inocentes y que incluyen el abuso físico, sexual y emocional por parte de funcionarios eclesiásticos que alentaron dichos comportamientos deleznables y protegieron a sus pedófilos para que no fueran detenidos.

Los detalles que revela el caso son espeluznantes. Son verdaderas pinturas negras más próximas a las torturas de Abu Ghraib que a la vida dentro de unas instituciones que deberían ser un ejemplo ético en este mundo de descreídos.

Con qué autoridad pueda la Iglesia pedir nada, exigir nada, adoctrinar nada, criticar nada, cuando la frase “Dejad que los niños se acerquen a mí” se ha convertido en una fórmula sórdida y monstruosa que nos hace pensar inevitablemente en todas las felonías realizadas al amparo o en nombre de un mensaje que ni ellos mismos creen. Qué banalización del mal es ésta que practican los supuestos salvadores de la humanidad, los garantes de la vida eterna.

No, no basta, con pedir perdón ni rezar tres padresnuestros. Lo mejor que puede hacer la Iglesia Católica es agachar humildemente la cabeza, quitarse los zapatos, echarse al camino, hundirse en el mismo magma del que nació y desaparecer para siempre.

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