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viernes, 13 de julio de 2012

Yo, asesor de Rajoy

La niña de Rajoy dándole unos consejos al oído a Joeseph Goebbels. Bueno, en realidad ella es Helga Goebbels abrazando a su padre, pero la referencia es así como un juego metafórico, no sé si se entiende. Que tampoco estoy llamando nazi a nadie. Bueno, a Goebbels sí, claro.

Si yo fuera asesor de Rajoy, ya saben, uno de esos niños bien con el pelito tirando a largo pero que, pese a no echarse ya nada, nunca se despeinan (supongo que por haber recibido una carga genética de gominas innúmeras), prepararía la siguiente estrategia. Vaya por delante que no es muy original: el día que tengo que aprobar en el Parlamento el paquete de recortes sociales más drástico desde abril del 39 ordenaría a una de mis jóvenes diputadas que desempeñara un papel corto y kamikaze destinado a permanecer en la retina del espectador convirtiéndose en el blanco de todas las furias. Ayer no te conocía, tú, Andrea Fabra, pero procura que no te encuentre en mi camino porque primero te voy a, y luego a, y cuando ya... Entienden, ¿no? En un primer momento, esto es fundamental, casi nadie repararía en el anzuelo, que no sería más que un hilillo de blanca plastilina esperando que el neowoodward de turno (probablemente un becario) reparara en él. Así, con todo milimétricamente preparado con audio y vídeo propios de un verdadero fake, pasadas unas pocas horas -benditas redes sociales- casi no se hablaría de otra cosa y millones de personas cabreadas dirigirían su odio ya no hacia los auténticos responsables de su miseria, sino hacia ese pececillo rubio, lacio, remilgado y odioso: la carnaza perfecta.

El palo y la zanahoria, mireuhsté. Después, esperaría a que la "presión" se convirtiera en "insoportable" y "obligaría" a mi diputada a "dimitir" mandándola a un destino exótico apartada de la primera línea de la política, pero donde -a grandes sacrificios, grandes recompensas- pudiera cobrar bastante más el tiempo suficiente antes de hacerla volver, no sé, para presentarse como alcaldesa de Valencia o así.

El vociferante pueblo tendría entonces su cabeza en la mano y seguiría cabreado, mucho, muchísimo, pero menos. Creería que habría ganado algo. Que puede.

Lo que se dice un primero de Goebbels. Un quinto de Marhuenda, para que nos entendamos.


martes, 29 de noviembre de 2011

Leer antes de votar

viernes, 25 de noviembre de 2011

La burbuja cultural

El Centro Niemeyer de Avilés se ha convertido en el símbolo más emblemático de la explosión de la burbuja cultural

Casi parece una alucinación. Casi fue ayer. No había pueblo grande o modesta pedanía que no aspirase a contar con su propio teatro o auditorio, o al menos con una de esas salas futuristas multiusos dotadas de las más modernas prestaciones y que despertaban el recelo de los operarios municipales cuando se interrogaban acerca de quién demonios sabría hacer funcionar aquello: la mesa de mezclas, el proyector, las luces, los micrófonos, las butacas reclinables, el ordenador, el termostato, joder, si solo tengo dos manos.

Fluía el dinero. Incluso el más redomado mindundi con capacidad para echarse una guitarra al hombro tenía un caché superior al millón de pesetas (siempre números redondos, mejor que sobre a que falte, total, qué era eso en euros). Personajes televisivos, a veces meros secundarios en infumables series de éxito, eran contratados sin medida para hacer pregones en las fiestas patronales. Poco había de importar que hubieran pisado alguna vez el pueblo de cuyo presupuesto municipal habrían de salir sus emolumentos; al fin y al cabo nada resultaba más hospitalario que un cheque a rebosar de ceros que estimulara al invitado a ensalzar las bondades del lugar descubiertas a través de wikipedia, el cariñoso trato recibido por parte de los serviciales concejales, la calidad del almuerzo dispensado en uno de esos nuevos restaurantes locales regentados por uno que una vez estuvo en una conferencia de un discípulo de uno de los nuevos gurús de la cocina periférica, en los que podías probar de todo menos las viandas propias del sitio o al menos algo que se les pareciese).

Las autonomías, por supuesto, eran las que con más vigor le daban al fuelle. Ese parece su sino. Ellas enarbolaban la bandera de esta nueva prosperidad. La organización de diferentes circuitos culturales parecía querer dejar a experimentos pasados como La Barraca –experiencia republicana en la que muchos, teóricamente, se inspiraban- en una rústica experiencia antediluviana. Qué camiones itinerantes ni qué siglo de Oro muerto. Qué teatro aficionado ni qué visión de España cuando podíamos fundar nuestras propias compañías nacionales y hacerle descubrir al democrático público el más deshumanizado arte de vanguardia (ante todo dinamización y transversalidad, señores). En todo caso, por supuesto, antes Shakespeare o Chéjov que Benavente, Galdós, Arniches o Buero. Y en caso de duda, siempre, siempre, siempre Lorca.

No sólo el teatro, ni mucho menos, acaparaba el presupuesto. De hecho, solo ocupaba un capítulo marginal en comparación con otras actividades. Cómo no tener un par de certámenes literarios, una muestra de cine, un festival flamenco, un ciclo de jazz , un salón de cómic y como poco un par de cursos de verano de la Universidad, además, claro, de la programación ordinaria. Eso era lo mínimo para un pueblo medio, de entre dos y cuatro iglesias. Lo de menos era el dinero. Lo había raudales. Los ayuntamientos, las diputaciones, las comunidades tenían las arcas llenas. No daba tiempo a contarlo. Las recalificaciones eran como las minas de oro en la Norteamérica del XIX con la diferencia de que éstas no había que ir a buscarlas, empeñándose en una imprevisible aventura. Estaban ahí los terrenos, al alcance de la mano (cómo no se nos había ocurrido antes) y cada día valían más, sobre todo los mal llamados “protegidos”, ya saben de esos a los que bañaba un riachuelo, o tenían vistas a la sierra o estaban reservados para hospitales, colegios, plantas de reciclaje, equipamientos deportivos... Sí, esos valían más y había que hacerse un poco más de rogar. Solo un poco. Además, luego con un poco de suerte, solo un poco, la promotora de turno tendría el orgullo de ver su banderola (palabra mágica de una época extinta) colgada en el propio teatro y fotografiarse terminada la función (el funcionario o el cargo de confianza de marras también hubo de aprender a utilizar la cámara digital y el photoshop y el correo electrónico) con el artista de turno, quien mientras les firmaba a éste y a medio equipo de Gobierno un autógrafo para las-niñas-pequeñas-que-no-han-podido-venir-porque-se-han-quedado-con-la-madre-ya-me-entiende, no podía quitarse (hay miles de documentos gráficos que lo atestiguan) la cara de estupefacción ante el hecho de que en Quintopinar del Cuernopelao tuvieran pasta para correr con los gastos del show, inflado hasta lo indecible, apoquinando incluso por adelantado.

En definitiva, el Estado Cultural avanzaba como una apisonadora, llevando el conocimiento a unos precios ridículos, cuando no gratis, a cualquier rincón de la piel de toro, del Estado, sin más, como ahora era llamado. Nuevos museos (o centros culturales y/o de interpretación, así se denominaban) abrían sus puertas mientras que los de toda la vida acumulaban interminables colas a sus puertas. La Cultura molaba. Jornadas, seminarios, congresos, festivales, proliferaban por doquier. Por veinte euros podías ponerte al día acerca de cualquier tema (desde Arqueología mágica hasta las últimas tendencias en Librodepilación) y encima recibir una carpeta, un boli, un cuaderno y, con suerte una bolsa o mochilita que no desentonaría en nada con tu atuendo habitual. ¡Incluso querrías ponértela terminado el evento! Por supuesto, el transporte público era gratuito, que para eso los autobuses eran nuevos en espera de que llegara el correspondiente tranvía o metro que tenía media ciudad patas arriba. No problema. Cubiertas las necesidades básicas, la gente reivindicaba su derecho a conocer, a disfrutar, a aprender de un modo hedonista, ecléctico, plural. Pan y libros. La sociedad pos era una realidad y si un peón de albañil podía llevarse a su casa dos mil euros mensuales limpios, por qué no podría tener derecho él, con su piercing, su tatuaje tribal y sus pantalones chorreaos de a cien euros -pensaban los gestores culturales y sus asesores y los auxiliares de estos y los becarios de los anteriores-, a tragarse cuatro horas de la mejor ópera italiana (o de un Wagner más consumición) en el teatro de al lado de su casa.

Pero, entonces llegó la crisis. La inmobiliaria. Qué les voy a contar que no sepan. Bah, se veía venir. Aunque todavía no pasaba nada. La maquinaria perfectamente engrasada no podía detenerse. Los presupuestos estaban aprobados, las despensas aún llenas, casi tanto como las terrazas de bares y cafeterías de los centros comerciales que habían nacido como hongos rutilantes de felicidad sin fin. Para qué preocuparse. Gracias a nuestro florecimiento espiritual éramos ya tan listos como para saber deletrear Lehman Brothers sin que nos preocupara en absoluto lo que allí estaba pasando. A las muy malas nos tendríamos que conformar con comprarnos los tejanos, los jeans, los putos vaqueros de toda la vida, aquí en Europa y no en Nueva York como antes. Jo, vaya, por Esquilo te lo digo. Sin embargo, la cosa era un poco más grave. A pesar de que los grandes tótems de la cultura patria seguían compartiendo gira con el partido todavía hegemónico, ése al que tanto debían (por sus progresistas políticas sociales, quiero decir), un creciente runrún emergía desde alguna cavernosa profundidad. El ojo rojo de Sauron de la crisis ya nos tenía localizados y pasó lo que tenía que pasar.

Nuestra prosperidad no se había cimentado en la investigación y el conocimiento, en alta tecnología, en la exportación o la diversificación industrial, ni siquiera en el sector servicios, mucho menos en la Cultura. Eso habíamos querido creer todos mientras le dábamos a la máquina de hacer pisos. No, no, con el frenazo del ladrillo se paró todo lo demás. El país entero. Y la burbuja cultural no tardaría también en explotar. Las arcas de la Administración se habían quedado vacías. Fallaron las previsiones. Y con la iniciativa privada ya no se podía contar. ¡Si no vendo los pisos cómo te voy a dar tres mil euros para un recital de piano!, decían indignados aquellos desprendidos mecenas de antaño. Lógico. Así las cosas, primero se fueron demorando los pagos, después disminuyeron las contrataciones, pronto se fueron paralizando los nuevos centros previstos y a la vuelta de unos meses se acabó el dinero hasta para imprimir la programación (primero la habían hecho en blanco y negro; ahora la mandarían en pdf, que es más ecológico). Vamos, que en menos que un diputado se garantiza la pensión máxima se pasó en las inauguraciones de reducir las raciones de jamón a poner sólo un vino español algo peleón, y de ahí directamente a dejarle claro al artista invitado que si quería exponer tenía que correr él con los gastos, no ya los del catálogo -por supuesto, qué locura- sino incluso los derivados de la luz de la sala. De la publicidad en medios de comunicación a cargo del erario público ya ni hablar. ¡Ni siquiera en los afines! Con lo que se les debía y viceversa estaban empatados.

Ahora que se habían quedado sin pasta llegaba el turno para los artistas locales. Porca miseria. En definitiva, al tiempo que la calidad se deterioraba, subían los precios. Hace nada podías ver el último espectáculo de, no sé, Els Fulanites por 6 euros, con suerte a lo mejor era hasta su estreno mundial, y ahora te pedían 12 –algo simbólico, algo simbólico- por asistir a la representación de final del curso del Taller de Teatro Municipal, vamos, para ver a tu vecino haciendo el gilipollas.

Habíamos vivido un sueño, una edad áurea del conocimiento. Ciencias y artes nunca antes habían irradiado con más fuerza. Daba la sensación de que había que ser muy lerdo u ocultarse mucho, muy lejos y muy hondo, para no aprender algo. A la salida del metro, en el supermercado, a través del televisor te golpeaban con miles de ofertas culturales a cuál más seductora. Y sin, embargo, ahora que despertamos a la realidad de la fecha, ¿podemos afirmar serenamente que nos hemos vuelto más sabios, sensibles, mejores? ¿Hemos aprovechado los españoles estos años pasados -que quién sabe si volverán- para crecer como pueblo? ¿O se ha llevado la resaca junto a nuestros ahorros todo lo demás, tal vez por la sencilla razón de que no había arraigado en realidad nada? Qué fue entonces lo que ocurrió. ¿Solo un gran paripé, una fiebre pasajera, el virus de una prosperidad mal entendida erradicado por la vacuna de una descomunal crisis económica? ¿Tenemos entonces que cerrar los teatros, erradicar ayudas y subvenciones, condenar a una nueva generación de creadores –por no hablar de los vigentes- al olvido, el exilio, la indigencia? ¿Lo que nos parecía normal ha pasado automáticamente a ser inmoral? ¿De bien de interés general debe pasar ahora la Cultura a ser un artículo de lujo, una excentricidad, una cosa elitista y trasnochada? ¿No hay término medio?

Una especie de fuerza ciega llevó a los españoles en apenas tres décadas a equipararnos con las naciones más avanzadas de Europa. Salíamos del desierto y en solo una generación nos convertimos en una referencia en materias tan disímiles y representativas en el mundo actual como los trasplantes de corazón, el transporte ferroviario o los deportes. A la par, nuestros directores y actores ganaron premios Oscar, nuestros pintores y arquitectos conquistaron el mundo, nuestros museos se convirtieron en referencias planetarias y no hubo campo de las artes en el que un español, de la danza a la escultura, del teatro a la literatura, de la música al audiovisual, no descollara. Hoy, esa misma fuerza ciega amenaza con destruir toda esa labor. Cuando veo a miles de compatriotas, muchos de entre ellos de mi generación, hijos de la Transición, coger las maletas y desparramarse por el mundo a la busca de un futuro no ya mejor sino teóricamente posible, desearía pensar que Ortega se equivocaba cuando decía: “Sobre el fondo anchísimo de la historia universal fuimos los españoles un ademán de coraje. Esta es nuestra grandeza, ésta es toda nuestra miseria”. El coraje, la hazaña, la voluntad son siempre necesarios, y muy especialmente en momentos como los actuales, pero carentes de razón, inteligencia y justicia, solo pueden conducirnos a estos insoportables vaivenes capaces de marcar el futuro de generaciones enteras hipotecando fatalmente el porvenir.

La burbuja cultural ha estallado pero aún estamos a tiempo de coger algunos de los pedazos que cayeron rociados por el suelo y empezar a construir con ellos algo verdaderamente genuino. Al principio parecerá más pequeño que lo que había antes, pero al tiempo descubriremos que lo que habrá perdido en volumen lo habrá ganado en peso.

martes, 22 de noviembre de 2011

Curso acelerado sobre el sistema financiero



Antes de que el sistema financiero se colapsara (sic) y de que tuviéramos que refundar el capitalismo (resic), Rodrigo Cortés (el de la estupenda Buried) nos daba de forma premonitoria unas lecciones básicas sobre los bancos. No previó que solo meses más tarde inauguraríamos una nueva era en la que si algo salía mal, ahí estarían de nuevo los arruinados prestatarios para, a través de sus gobiernos (de sus "representantes democráticamente elegidos"), cubrir además las pérdidas. No falla, tarde o temprano, el oro, el interés y la propiedad.

lunes, 21 de noviembre de 2011

El Progreso según Baudelaire

"¿Hay algo más absurdo que el Progreso, puesto que el hombre, como lo demuestra la vida diaria, es siempre semejante e igual al hombre, es decir, siempre está en estado salvaje? ¡Qué son los peligros del bosque y del campo comparados a los choques y conflictos diarios de la civilización! Aun cuando el hombre arme su trampa en el bulevar o traspase su caza en los bosques desconocidos, ¿no sigue siendo acaso el hombre eterno, es decir, el más perfecto animal de presa?"
CHARLES BAUDELAIRE, Cohetes.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Ideas más o menos

sábado, 21 de mayo de 2011

La primavera española


Sí. No era normal. Ni razonable. Las altas cifras de desempleo y los recortes sociales de los últimos tiempos, la sensación de impunidad de quienes más responsabilidad han tenido en la creación de la reciente crisis y, en definitiva, la ausencia de expectativas para cada vez más amplias capas de la población (en especial para los jóvenes, quienes se enfrentan a una pauperización que amenaza con condenarles a vivir muy por debajo del nivel de unos padres en muchos casos obligados a su vez a hipotecar su vejez para salvar a sus hijos) convertían la falta de movilización ciudadana en un hecho no sólo insólito sino casi obsceno. En un hecho, por otra parte, que habíamos asumido como normal. Aborregada, dormida, sonámbula, apática, resignada y otro puñado de adjetivos de semejante jaez nos servían para describir a una sociedad que parecía haber renunciado de un plumazo al recién conquistado modelo del bienestar. Igual que habíamos aceptado que la deslocalización era un fenómeno “natural”, y que la misma globalización que nos permitía comunicarnos a miles de kilómetros de manera instantánea era la que al mismo tiempo nos lanzaba a una suicida lucha por unos mercados más y más competitivos, más y más codiciosos (invitándonos a participar de la más estremecedora pesadilla de Darwin), más y más “volátiles”, podíamos también asumir con igual bovina aceptación que la “fiesta se había acabado”. Si en las dos últimas décadas Estados Unidos había visto aumentar exponencialmente las diferencias entre las rentas más altas y las más bajas; si ya nadie se acordaba (menos sin sonrojo) de los cacareados Objetivos del Milenio (no digamos ya el 0,7%); si la UE se batía en retirada, frustrada por el fracaso constitucional, avergonzada de seguir siendo aquel “enano político” que hace cuarenta años definió Brandt; si hasta Islandia había hecho catacrack, por qué, era legítimo preguntarse, habríamos de reaccionar nosotros. Un país que parece vivir por y para el fútbol, en el que las voces de un vergonzoso pasado gritan cada vez más alto (y más nítido gracias a la tecnología digital), un país que de dominador (¡miembro de derecho propio de la Champions League!), se había vuelto miserable para, envuelto en sus andrajos (por un montón de grúas inmóviles como cadáveres de animales prehistóricos), ser solo capaz de despreciar lo que ignora (también podríamos haber mirado los muros de la patria mía, etc,.), no estaba llamado a plantar cara a la realidad. Y sin embargo…

Ahora es fácil reconstruir el proceso, hallar causas, indicios, señales. Que si el manifiesto de Hessel, que si Sampedro (¡ay! si le hubiéramos prestado almás atención cuando publicó El mercado y la globalización) que si la reciente lección de dignidad islandesa, que si la revolución árabe, que si lo que quieran esos brillantes profetas del pasado. El caso es que lo normal, lo razonable (lo imposible) está sucediendo. Que miles de personas han despertado, que millones de ojos y oídos están abiertos y aguzados (pienso, y es paradójico, en Nietzsche: "para esta música del porvenir"). Y lo mejor es que, al no haber precedentes, nadie es tampoco capaz de predecir qué dirección puede tomar el movimiento.

Quisiera creer, como le escuché decir este pasado viernes al sociólogo José Félix Tezanos (quien de estas cosas sabe un rato) en una tertulia de televisión, que las repercusiones de cuanto está sucediendo pueden ser mayores que las del propio Mayo del ‘68, aquella cosa "de niños de papá". Esto no es poco decir. Pues si entonces, pidiendo lo imposible (y sacando a millones de personas a la calle, y paralizando un país y exportando la revolución a otros países, y poniendo en jaque al Estado), se consiguió básicamente (pese a la influencia situacionista que se quiera) que los sueldos de los funcionarios subieran (y que De Gaulle arrasara en las elecciones subsiguientes), alguien podría pensar que exigiendo cosas tan razonables (no todas) como las que se escuchan en Sol y plazas similares de toda España, los cambios drásticos no serán viables. Además, el componente lúdico (por mucho que algunos quieran cargar las tintas aplicándole la etiqueta de “ilegal”) del movimiento, su carácter ejemplar (pacífico, plural, integrador), podrían llevar a la confusión a las autoridades, especialmente si los resultados electorales no se ven especialmente afectados (esto es, si no se produce una huida evidente del bipartidismo o un voto de protesta masivo, como todo parece indicar), que podrían tomar por debilidad lo que no sería sino todo lo contrario: el síntoma de una manifiesta madurez democrática. Aunque esto es algo que solo el tiempo dirá.

Por ahora, es momento de disfrutar, de ser no sólo responsables (de lo que han dado muestras sobradas) sino imaginativos (contra lo que escucho frecuentemente, echo de menos algo más de ambición y creatividad, de universalismo y poesía), ansiosamente pacientes. Es momento de exigir a los políticos (patidifusos ante la enmienda a la totalidad que “sus” votantes les han planteado) atención y altura de miras. Al fin y al cabo, no se les pide tanto. Solo un poco de decencia, honradez y ansia de justicia (vamos, los principios que ellos proclaman defender). Frente a quienes siguen enarbolando la “mano invisible” que todo lo da, se han alzando miles de brazos que con mayor o menor coherencia, inteligencia, precisión, vehemencia, razón, exigen equidad ("no somos sistema, el sistema es antinosotros"). Habrá quien los llame “totalitarios”, “utópicos”, “radicales”, “perroflautas”, pero indefectiblemente este tipo de calificativos terminarán volviéndose contra aquel que los proyecta. Se podrá estar o no de acuerdo con algunas de las medidas que las diferentes asambleas están acordando (yo no estoy a favor de nacionalizar determinadas empresas ni veo cómo las propuestas que integran los programas políticos puedan ser vinculantes), pero resulta difícil minimizar un fenómeno de estas proporciones, más aún descalificar lo que no puede ser sino entendido como un profundo y refrescante ejercicio de reflexión democrática.

A principios de semana, El roto se acercaba una vez más al centro de la diana en una de sus viñetas: “Los jóvenes salieron a la calle y súbitamente todos los partidos envejecieron”. Y digo acercarse porque el movimiento terminaría engordando hasta niveles insospechados, sacando también de sus hogares a personas de otras edades que bien, por sentir una comunión de intereses o por franca solidaridad, terminarían engrosando las concentraciones y ampliando las discusiones y debates. En definitiva, era la democracia española la que había entrado en un periodo de irreversible senectud.

Revertir esa situación de parálisis crónica es ahora el objetivo. Y no será fácil. Y no sólo porque a los grandes partidos, esos paquidermos subvencionados que son los pilares sobre los que se asientan las instituciones, no les interesa en absoluto moverse un centímetro (¿por qué reformar una Ley Electoral que puede hacernos perder entre diez y doce diputados?; ¿por qué convertir en independiente un Poder Judicial que podemos controlar?; ¿por qué presentar candidaturas limpias si con las manchadas podemos ganar con mayoría absoluta?; ¿por qué bajarnos lo sueldos, con lo cara que está la vida?; ¿por qué dar participación si esto significa perder cotas de poder?), sino porque da la impresión de que el 15-M es como una flor recién cortada que aún conserva todo su aroma y lozanía pero que a base de ser pasada de mano en mano, de aguantar provocaciones y escupitajos, de dormir a la intemperie, corre el riesgo de acabar marchitándose antes de tiempo.

Confiemos en que este mal augurio no se cumpla y esta aleccionadora rebelión cívica prosiga su curso, por qué no, sirviendo de espoleta más allá de nuestras fronteras. Trabajemos cada cual desde nuestro ámbito para que el inminente terral no se lleve con su endiablado aliento esta verde primavera.

viernes, 20 de agosto de 2010

Los ecos del grito de Trotsky


En la tarde del martes 20 de agosto de 1940, la sentencia de muerte contra Trotsky dictada por Stalin era cumplida cuando un enigmático agente comunista, el español Ramón Mercader golpeaba con un piolet en el cráneo al héroe de la Revolución de Octubre.

Mercader, alias Jacson, alias Mornard, cumplió veinte años de condena en México por el asesinato del creador del Ejército Rojo. Durante todo aquel tiempo mantuvo que había nacido en Teherán, hijo de un diplomático belga y que su crimen obedecía a que era un trotskista desilusionado.

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(Este artículo está dedicado a todos los traidores auténticos de la historia. A los grandes y pequeños; a los vocacionales y advenedizos; a los que disfrutaron con sus malas artes y a los que nunca pudieron desprenderse de su mala conciencia; pero muy especialmente, a los que no lo fueron, sencillamente porque no tuvieron la oportunidad)

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Dos décadas después de la caída del “telón de acero” y de la subsiguiente desmembración de la URSS, los crímenes del estalinismo se asemejan a una especie de crepitación lejana. Los infames procesos de Moscú, las purgas masivas, el Gulag pueden parecerle a millones de jóvenes crecidos en democracia fenómenos remotos y extemporáneos felizmente sepultados en la noche de los tiempos. Pero, la misma pervivencia de regímenes comunistas en el mundo, como los de Cuba o Corea del Norte, y las consecuencias que para la historia de las ideas políticas, en el plano teórico, y para la configuración de nuestras modernas sociedades, desde una perspectiva más cercana, se derivan de aquel tiempo, convierten en perfectamente vívidos y actuales sucesos como el que ahora alcanza su septuagésimo aniversario. Observado a distancia y a pesar de que aún la URSS ejerciera una enorme influencia durante las décadas posteriores, acrecentada por su participación en la II Guerra Mundial y como resultado de ésta la partición del mundo en dos bloques antagónicos, el atroz asesinato de Trotsky a cargo del comunista español Ramón Mercader supone de algún modo el canto del cisne del terremoto que en 1917 llenó de esperanza a millones de trabajadores en todo el mundo. El espectáculo de la Revolución devorándose a sí misma, como ha descrito algún crítico el brutal asesinato de Trotsky, fue una operación largamente preparada que llegó a término en Coyoacán (México DF) cuando el viejo revolucionario expelía un grito de rabia y de dolor que aún sigue conmoviéndonos.

Persecución y destierro
En enero de 1928 los peores presagios se cumplían para Lev Davidovich Bronstein. Tan sólo cuatro años después de la desaparición de Lenin, su compañero y líder de la Revolución de Octubre, la campaña de acoso orquestada por Stalin y su camarilla contra el creador del Ejército Rojo tomaba un rumbo irreversible al hacerse efectivo su destierro. Se le acusaba, nada menos, que de “sostener campañas contrarrevolucionarias consistentes en la organización de un partido clandestino hostil a los Soviets” que pretendía “provocar un alzamiento antisoviético y a preparar un movimiento armado contra el Poder de los Soviets”. A pesar de lo dureza de los cargos, sería lo más amable que desde el Kremlin se lanzaría a partir de entonces contra un hombre de casi cincuenta años que, tras haberse convertido en una de las principales figuras de la toma del poder por los bolcheviques, había pasado a encarnar de la noche a la mañana el papel de gran traidor del proyecto soviético.

Como las de tantos otros en aquella época –escribiría poco después en su autobiografía, durante ese “entreacto” de Constantinopla, “una etapa imprevista aunque nada casual”-, la cárcel, el destierro y la emigración fueron las universidades de este revolucionario nacido en 1879 en un rincón de la Rusia meridional y que llegaría a ser conocido mundialmente por el falso nombre con el que él mismo se rebautizaría (en alusión a uno de sus carceleros de Odesa) cuando huyó por primera vez -dejando atrás a su primera mujer y a los dos hijos que tuvo con ésta-, de su confinamiento en Siberia.

Se han vertido ríos de tinta para intentar explicar cómo le fue movida la silla al a todas luces heredero de Lenin y, por más que nos detenemos a atender las fundadas razones que lo justifican, cuesta trabajo aún, casi un siglo después, comprender cómo el azar pero especialmente la ilimitada capacidad de intriga de un hombre por el que siempre había sentido más que aprensión o desprecio, indiferencia, Iosiv Stalin, no sólo consiguió alejarlo del poder sino directamente arrojarlo a encarnar la figura de moderno judío errante, perseguido y ‘malvenido’ en todos sitios, con la que tantas veces se le ha caracterizado. Lo que no habían conseguido el zarismo, dos revoluciones (la primera de ellas, la de 1905, fallida) los campos de concentración, o una sangrienta guerra civil, lo ejecutarían sus antiguos correligionarios, hasta el punto de que su expulsión de la URSS, efectiva a comienzos de 1929, tras pasar un año recluido cerca de la frontera china, no sería sino el cumplimiento del primer plazo de una condena que no podía ser otra que la capital.

El “rebelde por excelencia”, como lo definió su biógrafo Isaac Deutscher, pronto descubrió que por mucho que huyera jamás escaparía de los agentes de Stalin. La obsesión del georgiano por Trotsky venía de los tiempos en los que la Revolución triunfante había convertido a la estrella del presidente del Soviet de Petrogrado en un faro que iluminaba las aspiraciones de millones de trabajadores dentro y fuera de Rusia. Es fácil imaginar para alguien tan ambicioso y taimado, cuán repugnante habría de resultarle la presencia de aquel que, nacido en el mismo año, tan opuesto resultaba por sus orígenes, formación y naturaleza. Oscuro, tosco y pragmático, uno; brillante, culto y apasionado, el otro, Trotsky unía a su condición de afilado polemista, retórico y orador brillante, de teórico aventajado del posmarxismo, su condición de hombre de acción con una fe inquebrantable en el triunfo de la causa del proletariado. Mientras Trotsky se convertía en una figura fundamental de la Revolución, Stalin representó un papel insignificante, como demuestra el hecho de que John Reed apenas lo mencionara en su crónica del ascenso del nuevo régimen en lo que constituyó, según palabras de Lenin, “la versión más fiel de los acontecimientos” (lo que explica que el libro fuera retirado de las bibliotecas de la URSS durante los años 30 y prohibida su reedición en vida del dictador). Además, y no menos importante, Stalin era consciente de que a todo lo anterior había que sumarle su privilegiada relación con Lenin quien, a pesar de las agrias discusiones que mantuvieron al cabo de los años, no disimulaba su admiración por Pero (La Pluma), seudónimo con el que firmaba sus publicaciones en Iskra, la revista marxista editada en Londres a principios de siglo y en la que junto al mismo Lenin escribían Plejànov o Màrtov.

Puede decirse que en este caso la paranoia homicida de Stalin, que le llevó a cometer los más execrables crímenes y que lo convirtieron en el mayor asesino de la historia, estaba más que justificada. El ex Comisario de Guerra, aquel que aparecía retratado innumerables veces junto a Lenin (ya se encargaría él, como se aprecia en la imagen, de ir “borrándolo” de las fotos), el incansable y tozudo revolucionario que había enervado a las masas en el Circo Moderno de San Petersburgo durante los días que estremecieron al mundo, y que se había atrevido a cuestionar abiertamente los métodos de la nueva dirección tras la desaparición del amado líder, debía ser eliminado.

Stalin encontró además en Trotsky la excusa perfecta para llevar a cabo sus purgas internas. El “perro rabioso” como pronto lo llamaron sus detractores (en contraposición al bello título de “el hombre que amaba a los perros”, que le consagra Leonardo Padura en la novela histórica en la que cuenta su periplo vital) sería trasformado en el falso enemigo a través del que crear un cordón sanitario más allá del cual estarían justificadas las más abyectas persecuciones, la construcción, en definitiva, de un estado policial convertido en máquina depuradora de elementos presuntamente antisociales. Orwell, que sufrió en carne propia durante la guerra civil española la infame persecución comunista del POUM, partido marxista revolucionario en el que militaba, se inspiraría años más tarde en Trotsky a la hora de dibujar el personaje de Emmanuel Goldstein de 1984. El Enemigo del Pueblo, como se le llama en la novela al personaje, comparte con el real rasgos físicos y origen judío, pero es en la sarcástica institución de los Dos Minutos de Odio de la ficción donde más claramente se advierte el nivel de delirio persecutorio que alcanzó en la URSS el demonizado trotskismo.

Las divergencias entre Lenin y Trotsky pasaron a ser, pues, convenientemente manipuladas, la historia falseada y la profesión de fe antitrotskista se convirtió en salvoconducto para subir peldaños dentro de la cúpula administrativa estalinista. No resulta exagerado afirmar que si Trotsky no hubiera existido Stalin habría tenido que inventarlo.

Ramón Mercader
Mientras Trotsky continuaba su penoso peregrinar por medio mundo como un apestado, viendo cómo uno a uno sus familiares más próximos iban siendo detenidos, deportados, asesinados, conducidos al suicidio, el plan definitivo para su liquidación se iba poniendo en marcha.

El asesinato de Trotsky fue una telaraña pacientemente urdida y resuelta a golpe de piolet por un joven militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña, hijo Pau Mercader Marina, un respetable señor burgués del barrio barcelonés de Sant Gervasi y de María Eustasia de la Caridad del Río Hernández, una activista de familia acomodada medio cubana que terminaría enamorándose de un personaje que tendría también una gran influencia sobre Ramón: Nahum Nikolaievich Eitingon, alias Kotov, espía al servicio de la temible OGPU (más tarde NKVD) y a la sazón encargado, previo mandato de Beria y Sudoplatov, de preparar la elaboración del plan operativo de eliminación del “perro rabioso”.

Trotsky y su mujer, Natalia Sedova, habían llegado a México en el Ruth, vapor petrolero empleado ex profeso para el traslado del matrimonio desde Noruega, donde habían vivido los últimos meses, cumpliendo así la petición de asilo que el pintor Diego Rivera y el líder de los trotskistas mexicanos, Octavio Fernández, habían cursado al presidente Lázaro Cárdenas. Sería precisamente en el país americano, aunque no en su primera residencia, la Casa Azul, domicilio del propio Rivera y de su mujer, la también pintora Frida Kahlo, donde se ejecutara la sentencia.
Tres años y medio tuvieron que pasar aún para que un Trotsky avejentado aunque aún pleno de energías, que seguía canalizando en su inútil lucha de poner en claro los excesos de Stalin, conociera a su asesino.

Ramón Mercader, joven apuesto, culto, e intachable comunista había luchado a favor de la República en el frente del Ebro, donde recibió un balazo que le dejaría una cicatriz en el antebrazo izquierdo (su madre resultaría herida en Bujaraloz recibiendo once descargas de metralla que pusieron en riesgo su vida), y había ascendido a comandante del Quinto Regimiento a las órdenes de Líster, participando en la defensa de Madrid, antes de ser invitado a participar en su gran cita con la historia: la operación más importante del estalinismo. Su elección no fue ni mucho menos casual. Pocos como él podían igualarlo en arrojo, astucia y fe revolucionaria. Pero la operación no era ni mucho menos sencilla. A pesar de que Stalin había destinado medios ilimitados a la misión, Trotsky era casi inaccesible. Tras abandonar la Casa Azul después de romper con Diego Rivera por razones ideológicas y personales (la breve pero tempestuosa relación erótica que mantuvieron Trotsky y Frida no contribuiría a mejorar el ambiente reinante en el hogar de los Rivera), el desterrado se trasladó junto a su séquito a unas cuantas cuadras de su anterior domicilio, a la avenida Viena de Coyoacán. Su aislamiento, sus altos muros, su proximidad con un río, la fuerte seguridad convertían a la casa casi en inexpugnable. Había que encontrar una llave proporcionada a semejante cerradura y ésta se encarnó en la figura de una desmadejada criatura llamada Sylvia Ageloff.

Fue Ruby Weil, secretaria de Louis Budenz, director del Daily Worker, periódico del Partido Comunista de Estados Unidos, la que presentó a la joven trotskista a Mercader. El encuentro tuvo lugar en el bar del Hotel Ritz, a donde casualmente había acudido aquel hombre atractivo y encantador, fotógrafo ocasional de la sección deportiva de Ce Soir, que hacía pasarse por hijo de un diplomático belga ya fallecido y heredero de una gran fortuna. El nombre por el que se hacía pasar era Jacques Mornard. Hermana del correo de Trotsky en Estados Unidos, Ageloff, pecosa, canija, miope, de voz chillona y celosa en extremo (como Mercader pudo pronto comprobar), sintió un flechazo casi instantáneo por aquel caballero refinado y ¡apolítico! que la colmó de atenciones desde el primer encuentro.

A partir de ahí, el plan consistía en introducirse en la casa de Trotsky y en cuestión de minutos llegar hasta sus dependencias, burlando toda la seguridad y acabar con su vida. Esto solo se podía hacer teniendo un conocimiento minucioso del recinto, de las guardias, de las costumbres del lugar. Ésta era la misión de Mercader y prueba de la dificultad de la empresa el hecho de que una primera operación fallase. La suerte se había aliado en un primer momento con él. Coincidiendo con una visita de su “novia” a los Trotsky, madame Yankovitch, secretaria de Lev Davidovich enfermó y el revolucionario le pidió a su joven seguidora, hijo de rusos blancos y por lo tanto conocedora del idioma, que le ayudara a pasar a máquina lo grabado en el dictáfono. Esta circunstancia obligó a Sylvia a acudir con regularidad a la residencia de la avenida Viena y Mercader no desaprovecharía esta circunstancia imprevista. Primero se limitaba a acompañar a su novia a la casa, esperándola en el coche junto a la puerta. Poco a poco, gracias a su encanto natural y a sus numerosos gestos de cortesía, fue granjeándose la confianza de los secretarios y de los guardaespaldas del protegido, hasta que por fin se ganó el derecho a traspasar el umbral del edificio y conocer más en detalle el “objetivo”. Con toda esta información y tras corromper a uno de los secretarios, Robert Sheldon Harte, que custodiaba la entrada, Mercader dejó el paso libre en la madrugada del 24 de mayo de 1940 a la veintena de hombres comandados por el pintor comunista David Alfaro Siqueiros que intentó sin éxito, abriéndose paso con ráfagas de ametralladora, liquidar al odiado líder de la contrarrevolución.

El clima de hostilidad por la presencia del “barbas de chivo” –como popularmente se le conocía en el país- era creciente en México. Las manifestaciones, tanto de extremistas de derecha como de izquierda se sucedían. Además, el fracaso de la intentona había puesto en grandes aprietos a Eitingon frente a sus superiores directos en la inteligencia soviética. No se podía fallar de nuevo y, además, había que alcanzar el objetivo pronto. Stalin lo exigía.

Mercader, que había entrado en el país bajo la identidad de un ingeniero en minas canadiense llamado Frank Jacson –brigadista caído en la Guerra Civil española-, era, no obstante, algo así como un as en la manga. Era el único con un acceso directo a Trotsky y sabría encontrar la oportunidad de estar a solas con el fundador del Ejército Rojo en la redacción de un artículo en defensa del trotskismo que él mismo escribiría (en realidad lo preparó Eitingon) y le daría a corregir al revolucionario. El texto estaba tan plagado, conscientemente, de inexactitudes e ingenuidades que sería necesaria su reescritura, lo que le daría a Mornard/Jacson/Mercader la oportunidad de concertar, tres días después, un segundo encuentro en privado. El definitivo. Al parecer, Trotsky no confiaba demasiado en aquel hombre. Demasiados interrogantes se cernían sobre su persona, desde su verdadera identidad hasta su extraño comportamiento, continuando por su súbita adscripción ideológica. Pero, desoyendo las palabras de su propia esposa, no ahuyentó a aquel enigmático individuo y quiso desafiar o, quizá mejor -quién sabe si, cansando de esconderse, de luchar en vano-, afrontar resignadamente su propio destino.

A pesar del calor, Mercader no se desprendió ni del sombrero ni de la gabardina que Eitingon le entregó con un puñal cosido en el forro y una pistola, para caso de necesidad. Pues sería bien otra la arma que pasadas las 5 de la tarde del 20 de agosto de 1940 le asestaría el golpe finalmente mortal a su víctima. Mientras éste leía reclinado sobre el escritorio de su despacho las cuartillas mecanografiadas, Mercader se colocó a su espalda y, cerrando los ojos, descargó el piolet con todas sus fuerzas sobre el cráneo de Trotsky. El grito, compuesto de dos terribles aullidos, inundó en unos segundos toda la casa, pero contra lo previsto, la víctima no murió en el acto (no lo haría, tras entrar en coma, hasta el día siguiente) sino que aún tuvo tiempo para arrojarse contra su asesino, morderle una mano, e impedir que éste le rematara. Paralizado por el horror de aquel crimen, por la sangre que manaba de la cabeza del viejo, Mercader no intentó siquiera huir del despacho (su madre y Eitingon lo esperaban con un coche a unos metros de allí) y antes de que tuviera tiempo de reaccionar los guardias se le habían echado encima, golpeándolo.

¿Intercambio de papeles?
Durante los veinte años de presidio que siguieron a su arresto, Ramón Mercader jamás dejó de afirmar que él era un belga nacido en Teherán, hijo de diplomático. Cuando lo detuvieron llevaba una extensa carta escrita en francés en la que se declaraba un seguidor de Trotsky al que, entre otras invenciones, habían propuesto viajar a Rusia con el fin de asesinar a Stalin (junto a la acusación de colaborar con una potencia extranjera, la razón más manida durante los “procesos” soviéticos), motivo por el cual había decidido sacrificarse “quitando de en medio a un jefe del movimiento obrero que no hace más que perjudicarlo”. Ramón Pavlovich López, como oficialmente se le conocería tras su llegada a la URSS en 1960, donde sería condecorado con la Orden de Lenin y nombrado Héroe de la Unión Soviética, terminaría sus días en Cuba sin ver cumplido su sueño de vivir sus últimos días en Cataluña, en una España ya sin Franco que se encaminaba hacia la consecución de un régimen de libertades tan alejado de los ideales que le llevaron a convertirse en brazo ejecutor de uno de los dictadores más perversos de la historia. Hasta el fin de sus días se mantendría fiel a su catecismo comunista, considerándose algo así como un objeto de la necesidad histórica de la lucha del proletariado, ante la que cualquier sacrificio estaba justificado, y pese a que con el tiempo fueron públicamente esclarecidas las circunstancias de su crimen, nunca asomaría un dejo de arrepentimiento, de compasión por la víctima. Al menos públicamente, pues cuesta imaginar que, tras la celebración del XX Congreso y del reconocimiento de los crímenes del estalinismo o, ya durante su residencia en Moscú, mientras asistía al fraccionamiento de los comunistas españoles escenificado en la Casa de España, no existiese un profundo desengaño corroyendo su espíritu. O eso nos gustaría creer.

No sabemos si de haber “ganado” Trotsky la batalla por la herencia de Lenin, la Revolución rusa habría tomado otro rumbo. Algunos, como José Ramón Garmabella, que recoge en El grito de Trotsky los pormenores del asesinato, recuerdan los sucesos de Krondstat, la mano de hierro con la que condujo el Ejército Rojo hacia la victoria en aquellos tiempos en los que según Karl Radek “la Revolución cambió por una espada la pluma de su mejor publicista”, para convencernos de que todo no hubiera sido más que un intercambio de papeles. ¿Acaso Trotsky habría aceptado una oposición, dado voz al pueblo, abierto el Partido a la sociedad? ¿Habría dado curso y efectivo cumplimiento a su teoría de la “revolución permanente” o habría cedido a la triunfante tesis acuñada por Bujarin e impuesta por Stalin del “socialismo en un solo país”? ¿Se habría atrevido –podemos seguir preguntándonos- a defender hasta el final, como hizo en Literatura y Revolución (1924) que “los socialistas no podían legislar contra las expresiones culturales que fuesen complejas o incluso hostiles”, es decir, habría defendido la libertad de expresión hasta sus últimas consecuencias o, por el contrario, habría alentado igualmente la persecución, acallado, asesinado o arrastrado al suicidio a parte de la mejor generación de autores rusos del siglo XX? ¿No hubiera, en definitiva, actuado del mismo modo que su odiado Stalin, cercenando todo disidencia, imponiendo una férrea censura, enviando a los elementos subversivos al Gulag?

Enfoques contrafactuales aparte, de lo que no cabe duda es de que el despiadado asesinato de Trotsky sirvió para erigir un monumento al fanatismo y el odio de un siglo tan caro a la inmersión de la razón en pura barbarie. El sórdido espectáculo de la Revolución devorándose a sí misma no sería esta vez un monumento de piedra o bronce como las estatuas que han gustado de erigirse todos los dictadores que son y han sido. Sino uno hecho de ondas sonoras propagadas en forma de grito atravesando el cielo del DF y propagadas a los cuatro vientos por un mundo que había vuelto a sumirse en una cruel matanza planetaria. Un grito que llenaría de pesadillas los sueños de Mercader hasta su muerte y que, setenta años después, con el comunismo acantonado en algunos escasos países y la corrupción enseñoreándose de los territorios que un día sirvieron de suelo a uno de los experimentos políticos más ambiciosos y nefastos de la historia humana, conviene no olvidar. “La venganza de la historia –como escribió el mismo Trotsky- es más poderosa que la venganza del más poderoso Secretario General.” Pero la historia ha demostrado también su capacidad de vengarse de sí misma sumiéndose demasiadas veces en un infamante olvido.
 
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