![]() |
| "Acción: parados", artículo publicado el 13 de septiembre dentro de la sección "Pantallas" de Frontera D. |
Puedes leer el artículo entero aquí.
![]() |
| "Acción: parados", artículo publicado el 13 de septiembre dentro de la sección "Pantallas" de Frontera D. |
Existen conciertos especiales, que convierten a la palabra “memorable” en algo más que un lugar común. Cualquier asiduo a los espectáculos musicales, sean del género que sean, lo sabe. Esta sensación no depende exclusivamente de la calidad del artista, aunque sin ésta huelga decir que no se alcanzará ese grado de satisfacción plena que de vez en cuando puede llegar a embargarnos, elevándonos varios metros por encima del nivel del suelo. Tampoco existe una relación directa entre el grado de expectación con el que abordamos la cita y el resultado final (solo los fans que llegan al límite de la estupidización son capaces de alabar a su ídolo incluso cuando éste fracasa estrepitosamente: The Beatles se dieron cuenta de esto justo en el preciso instante en el que tomaban conciencia de que su vida como grupo de directo había finalizado y de que, por lo tanto, su tiempo como banda tampoco podría extenderse a partir de aquel descubrimiento mucho más). Suele suceder así –en los festivales ocurre todo el tiempo, o al menos ocurría cuando un servidor acudía a ellos– que grupos sobre los que en principio no tenemos depositadas grandes esperanzas o que no nos interesaban en principio demasiado nos hacen pasar un rato estupendo. Recuerdo haber vivido esto viendo a gente tan diferente entre sí como Rancid, Amaral, El bicho, Carlinhos Brown o los divertidísimos Terrorvision, con los que me topé por casualidad dos veces y de los que nunca más supe. Por el contrario, ocurre igualmente que grupos que nos chiflaban, por los que estábamos dispuestos a pagar varias veces el precio de la entrada, nos dejan perplejos y desengañados por completo. Se me viene a la cabeza un bastante soporífero concierto de mis amados Sonic Youth u otro, también ya en tiempos de Maricastaña, patético bolo –y ya estoy siendo bastante generoso- de The Jesus and Mary Chain por el que les eché a la cruz a los hasta entonces para mí respetadísimos escoceses.
El entorno, el estado de ánimo, el momento vital y la compañía –no hablo de otro tipo de factores ni ingestas porque uno es un señor mayor que ni cuando podía fue capaz de arruinar totalmente su reputación y que, por lo tanto, no descarta convertirse algún día en un anciano honorable-, resultan, por supuesto, elementos fundamentales para que mientras abandonamos el recinto tengamos la sensación de que hemos visto un concierto seis estrellas: uno de aquellos que alcanzan el sobresaliente por lo musical y obtienen la matrícula por ese resto de intangibles que sirven para subir la nota. Su permanencia en su el recuerdo, anticipada por ese delicioso insomnio que te invade a la hora de dormir mientras rememoras lo que has vivido unas horas antes es la prueba de que has vivido ese “momento perfecto” del que renegaban los personajes de La náusea de Sartre y que sabes que nunca llegará si vas predispuesto a encontrarlo. Desde el muchacho de 18 años que soñaba con escribir para Rockdelux –esa frustración latente explicaría ahora este furor grafómano–, hasta este hombre adulto de hoy ha pasado media vida. Literalmente media. Y en esta segunda parte que ahora concluye –al cabo de la cual confío en estar empezando otra segunda equivalente al menos a la duración de las dos anteriores juntas-, aparte de haber conocido lo que se siente al temer morir aplastado cuatro o cinco veces –la más brutal e inesperada en un concierto de Héroes del Silencio– he alcanzado ese estado de plenitud al que me refería arriba en unas cuantas, tampoco demasiadas, ocasiones. La última, bueno, la penúltima ya, después de ver hace algunos veranos en la playa de El peñón de El cuervo –digo en la playa de nuevo literalmente, pues tumbados en la arena nos encontrábamos mirando al mar- a Michael Nyman acompañado por la Orquesta de Rabat. Un improvisado ensayo de Smashing Pumpkins convertido en minishow para unos pocos afortunados que pasábamos por allí camino del súper en una soleada mañana de Festimad de hace muchos años, una memorable actuación de la ya fallecida Abbey Lincoln en el Teatro Cervantes de Málaga, uno de aquellos reencuentros entre Calamaro y Ariel Roth en la plaza de toros de Murcia o un concierto de Teresa Salgueiro, la exvocalista de Madredeus, cantando por lo Piaf –o versionando ese enorme “hit” popular que es “Malagueña salerosa” – en unas pistas polideportivas al aire libre de un pueblo perdido, forman parte de esta pequeña antología de milagros.
Con el tiempo he ido reduciendo el número de mis asistencias a conciertos y a la vez que éstas se hacían más esporádicas, me he ido volviendo cada vez más selectivo. En definitiva, como a la hora de elegir un libro o una película, suelo tirar a acertar, lo que si no garantiza el éxito al menos minimiza el riesgo de error. Así, pensar en que vas a disfrutar con un buen espectáculo al ser convocado por Ara Malikian, no solo no resulta nada descabellado sino que huele a apuesta segura, de ésas que las casas del ramo pagarían a 1, 1 a 1. No solo es uno de los mejores y más personales violinistas del mundo, sino una estrella de la música clásica con la virtud de parecer un tipo cercano, familiar, alguien con quien no solo piensas que te encantaría tomarte un par de copas sino con el que llegas a creer que no sería una locura que esto pudiera llegar a suceder de verdad. Un antidivo en un mundo refinado –estirado con frecuencia, presa fácil del esnobismo- al que, por si fuera poco, llevas escuchando muchos años, prácticamente desde que ambos erais unos niños.
Poder ver a Malikian en concierto por primera vez es, por lo tanto, un regalo. Que esto suceda en tu pueblo, a cinco minutos de tu casa y gratis, un lujo que rompe las leyes aristotélicas de la verosimilitud. Por eso, cuando llegas a la puerta del lugar en el que se va a celebrar, un palacete renacentista enclavado en el corazón de la ciudad de 30.000 habitantes que te vio nacer –y de la que tantas veces has íntimamente renegado por cosas que no vienen a cuento ahora–, y descubres que una hora antes de que comience la función la cola para entrar es ya más que notable, piensas que no podía ser tan bueno, que habías soñado por encima de tus posibilidades, que lo mejor que podías haber hecho era ir a una de esas manifestaciones por las que miles de personas están luchando por sus derechos, que son también los tuyos. Tres horas después dirás “Ja”, pero en ese momento te sientes un imbécil egoísta recién duchado, perfumado y con los náuticos de las grandes ocasiones puestos –sí, ésos que te producen rozaduras en los talones- que se va a quedar sin ver a ese tipo de pelo alborotado cuyas interpretaciones de Bach llevas escuchando en ‘spotify’ sin parar durante las últimas semanas. La tensión se percibe además en el ambiente. Todo el mundo sopesa, utilizando los dedos incluso –nada de apps– si le va a dar para coger sitio una vez que se abran las puertas. Pronto, como si esto fuera un episodio de ‘Ciudad K’ las trifulcas se suceden y yo personalmente mismo abronco a una familia que pretende ganar posiciones de un modo indigno. Por suerte –había medido mal mis fuerzas y no solo me superaban en número sino en peso y altura- pese a las reticencias iniciales de los interpelados la razón impera y la civilización gana a la barbarie su primera batalla de la noche. Es un buen presagio porque al entrar descubrimos que sí, que había sitio y que nuestros cálculos iniciales –unas sesenta localidades- se quedaban muy lejos de las en torno a 150 personas, casi todas sentadas, que al final disfrutaremos del concierto de clausura del XXI Festival de Guitarra Ciudad de Vélez-Málaga, cita anual a la que, por cierto, ejem, asisto por primera vez.
El público es variopinto aunque en su mayoría todos nos conocemos las caras. Pese a encontrarnos a cuatro kilómetros de la playa, de la Costa del Sol -aunque en su versión menos “desarrollada”, la oriental, integrada en la comarca de la Axarquía-, Vélez cede a Torre del Mar o Benajarafe, pueblos que forman parte del mismo municipio, todo el protagonismo turístico y así, la mayoría de los presentes son personas del entorno cultural local más algunos jóvenes con inquietudes, padres de familia con sus hijos del Conservatorio y jubilados a los que el festival les da la oportunidad de disfrutar de un espectáculo gratuito al fresco. Porque, ése es otro de los atractivos fundamentales del marco elegido, el que el techo del patio porticado cuadrangular que nos acoge sea un cielo que, antes de que la noche lo pinte de negro, luce un bellísimo azul compacto y puro. Un azul Picasso por el que cruzan incesantemente las golondrinas que anidan en las torres de las iglesias cercanas.
El lugar, el cielo, la ligerísima brisa, la seguridad de rozar el milagro nos llenan de euforia. Ahora, por fin, estamos dispuestos y no vemos el momento de que descienda la intensidad de las luces y ocurra lo que tenga que ocurrir. Así, transcurridos los diez minutos de cortesía, Ara Malikian aparece. Bueno, y junto a él, el que para nosotros hasta ese momento solo era un personaje secundario pero que, conforme la noche avance y nuestra ignorancia sea sustituida por el conocimiento directo, terminará convirtiéndose en otro principal de excepción. Hablo del guitarrista Juan Francisco Padilla, uno de los colaboradores habituales del músico libanés de origen armenio, un tipo multipremiado y multiinvitado que además ha conseguido colocar algunas de sus grabaciones entre las más vendidas del género en nuestro país.
Como dos estrellas del rock pero sin ínfulas entran en escena, sonrientes, incluso con aparente timidez. En ese momento, por primera vez, empezamos a tomar conciencia de lo que estamos a punto de presenciar y cuando Malikian empieza a arrancar notas a su violín para interpretar una pequeña introducción marca de la casa que enlaza con la danza “La vida breve” de Manuel de Falla, los primeros aplausos se confunden con una especie de felicidad contagiosa. Sí, me digo mientras observo alrededor, esa misma cara de pánfilo es la que yo debo de estar poniendo ahora mismo. A los tres minutos la comunión sería perfecta si no fuera porque en la fila que nos precede tres personas de edad provecta se encargan de recordarnos con sus comentarios del tipo “qué pelos lleva ése”, o “ofú, ¿son cómicos o qué?”, que afuera nos sigue aguardando un mundo lleno de miseria moral, incivismo y mala educación. Pero, en esos momentos todo eso carece de importancia y, por si la tuviera, ya me encargo yo de corresponder a mis vecinos apoyando mi brazo en sus vetustas y lacadas cabezas para tomar fotos del concierto en los momentos “muertos”. Quiero decir, en los momentos en que Ara -ya así en confianza- y Padilla se encargan de amenizarnos el tránsito entre pieza y pieza con anotaciones al margen, chascarrillos, explicaciones varias o incluso teorías disparatadas acerca de los motivos que llevaron, por ejemplo, a Sarasate a llamar “Playera” a una de sus obras y si tiene algo que ver con eso que en el norte llaman “playera” y en el sur “chancla” y que sirve para andar por la playa. El violinista se muestra más locuaz y aprovecha los momentos en que su compañero afina la guitarra –para Malikian los guitarristas se pasan más tiempo afinando que tocando, a lo que el otro responde, guasón, que ellos por lo menos ya vienen afinados desde casa- para establecer un diálogo abierto con el público. En un momento dado llega a amenazar: “como estamos tan a gusto con vosotros, vamos a seguir un rato más. Vosotros, sin compromiso, podéis iros, entrar, salir, a vuestra bola”. Estos interludios “cómicos” –según definición de la señora anteriormente citada- nos confirman que estamos ante no solo dos músicos colosales sino delante de dos tipos espléndidos que vuelven a corroborar, por si a alguien se le olvidaba, que el sentido del humor es rasgo inequívoco de la inteligencia y de que la humildad -salvo muy pocas y deshonrosas excepciones- va siempre de la mano del genio.
Estos toques, sin embargo, sirven para que el evento crezca adquiriendo los contornos de lo entrañable, pero la evaluación alcanza por sí sola el rasgo de brillante por la ejecución de un programa que encuentra en la interpretación de 6 canciones populares de Falla su eje vertebrador, el meollo en torno al que se articulan piezas también de Albéniz, Gismonti (para algunos el Mozart del siglo XXI), Villa Lobos, Kreisler y Pablo Sarasate. Es un programa fresco, de sabor andaluz, de ambiente mediterráneo, pero que por supuesto excede con mucho estos márgenes, un programa arreglado además especialmente por los protagonistas –aprovechando que los autores ya estaban muertos y no se lo podían impedir, según cuenta un Malikian tan didáctico como divertido, como si en realidad tuviera enfrente a los niños del programa de La 2 a los que se dirige semanalmente: esto es, olvidando que nosotros sabemos bastante menos que sus pequeños pupilos-, para que la guitarra, en fin, halle su espacio, un protagonismo que no llega a ser eclipsado por el violín, aunque resulte inevitable que el foco recaiga sobre él y que los momentos de mayor vuelo coincidan con aquellos en que los ojos se clavan sobre esa figura morena, desgreñada menuda y atlética de una de las estrellas del sello Warner Music. Durante hora y media, con alguna variación, con alguna improvisación, con alguna aportación inesperada -como la del director del festival, verdadero padre y alma de la criatura, el guitarrista Javier García Moreno, que es invitado a compartir unos minutos en escena aunque para ello tenga que ir a buscar a un despacho su instrumento y pedir unas gafas prestadas al alcalde– se cumple el guión preestablecido y cuando ya pensamos que hemos recibido mucho más de lo que nos merecíamos, llega otra sorpresa impagable, un regalo abrumador. Un tercer componente se une al dúo con su guitarra y un milagro dentro de un milagro aflora. Después de que Malikian y Padilla hagan su prólogo de rigor, de que Malikian se meta, como él mismo advierte, “en un jardín” con un canto a superar fronteras, a romper muros artificiales en música (y en el arte y la vida en general), se aprestan a desgranar su versión del tema “Paranoid android” de Radiohead. Así, como suena. En ese instante, estoy a punto de saltar por encima de las cabezas de quienes me preceden –qué horró, Paco, qué horró, vámono- para darles un abrazo a los músicos. Lo haría si no me encontrara clavado a una silla asistiendo atónito y estremecido al espectáculo. Sé que podría despertar. Solo de ese modo aquello tendría sentido. Pero no, es real. Lo sé cuando observo a mi acompañante y descubro que Malikian y compañía me han procurado otra satisfacción. La bella joven que está sentada a mi derecha odia a Radiohead, en realidad cada año que pasa su estima por el pop-rock británico baja un peldaño mientras suben dos su devoción por The Beatles y The Stone Roses. Es así. Pero, ahora, solo puede agachar la cabeza, metafóricamente hablando, claro, porque se encuentra también a mi vera en un punto indeterminado del espacio mientras el OK Computer alcanza insospechados niveles de sublimidad.
Lo sé. En las líneas, páginas más bien, anteriores, he gastado todos los calificativos y ahora me encuentro con el problema añadido de que aún faltaba algo. ¿Conocen esa sensación de pedir para sí, sin pronunciar palabra, un deseo muy fuerte, muy fuerte, y de que al final se cumpla? Pues eso es lo que sucedió. Durante la misma mañana del jueves había estado escuchando su interpretación de una de los temas que más me ha impactado –sé sobradamente que a muchos les ha sucedido algo similar– en los últimos años. Sí, quería oírle tocar una de esas piezas a la que siempre estás deseando regresar, que grabarías como un sinfín en un cd para el coche. Y el deseo de escuchar en vivo de uno de los temas principales de la película Deseando amar (In the Mood for Love) de Wong Kar-Wai, el célebre “Yumeji´s theme” de Shigeru Umebayashi –esa hipnótica composición convertida ya en clásico contemporáneo que, después de haber sido motivo de gozo para cinéfilos de todo el mundo, ha servido incluso de inspiración para poetas y almas sensibles de toda laya–, al final se cumplió. La pieza, como recordara el propio Malikian, extendió su popularidad también gracias a un anuncio de coches. Parecía desconocer, sin embargo, nuestro buen amigo de que fue el hecho de que un lamentable programa televisivo la escogiera como sintonía lo determinante para que llegara en nuestro país a los oídos de otras muchas personas que, por lo menos, eso que se llevan. En cualquier caso, no podía caber una despedida mejor. Y así se encargó de ratificarlo con una interpretación soberbia desarrollada esta vez de pie y mientras recorría en cámara lenta los escasos cuatro metros de pasillo que separaban las dos zonas del angosto patio, y así como antes no existía prácticamente separación entre intérpretes y público, ahora el artista se mezclaba totalmente con un auditorio desarmado. Lo que una gran sala, un teatro o un auditorio no pueden conseguir, aquel edificio por lo general consagrado a menesteres municipales –aunque con un hueco reservado en la planta superior para proteger y difundir el pequeño patrimonio en lo personal, inmenso en lo intelectual de la veleña María Zambrano– lo lograba con creces y cuando el arco osciló por última vez el centenar largo de personas congregadas allí lanzó a la media noche un enorme aplauso.
Me ahorraré los detalles acerca de lo sucedido en los minutos inmediatamente posteriores, después de las ovaciones, vítores y discursos de rigor. Solo reseñaré aquí cóm
o algunos de los niños, músicos infantes, que trataban de acercarse a Ara Malikian acabado el concierto para que les autografiara su violín –lo que no les resultaría a la postre difícil-, descubrieron con pasmo –y sonrojo, todo sea dicho– cómo algún (y alguna) adulto/a podía abrirse camino a través de siete hileras de sillas de plástico, cual raudo agrogodzilla posmoderno para hacerse una foto y pedirle un autógrafo a aquel que ha sabido amalgamar como pocos las músicas del Medio Oriente, las centroeuropeas o las mediterráneas con lo mejor de la tradición clásica. Y todo, sin necesidad de peine.
Mientras volvíamos en coche camino a casa, arrobados aún por el espectáculo reciente, con las últimas notas zumbando aún en nuestros oídos, mi acompañante no pudo evitar confesar en un innecesario arranque de sinceridad: “Con quince años yo habría tenido una foto de Ara Malikian en mi cuarto”. Yo, claro, no respondí nada. Solo pensé: “Ya, con quince años”, y sin dudarlo pisé el acelerador para, ya que todo estaba cerrado a esas horas, al menos prepararle una sabrosa cena. Trucos del hombre actual cuando ni es violinista ni tiene pinta de bohemio mediterráneo, sino todo lo contrario, más bien de plomo teutón. Eso sí, brindamos por Ara y por las cosas buenas de la vida, como lo bonito que sería que todo el mundo tuviera derecho a vivir una experiencia así, derecho a sentirse como nos sentíamos nosotros entonces, al menos por una vez en la vida.
Será que últimamente salgo poco o quizá, simplemente, que de un tiempo a esta parte todo me maravilla, como si fuera visto de una nueva forma, con una nueva intensidad. En el INEM (o SAE, SPEE o como sea, INRI podría valer también) no es difícil que surjan pequeñas anécdotas que a poco que nos lo propusiéramos podrían convertirse en verdaderas historias. Basta con sentarse y ver y escuchar para avizorar profundos mundos detrás que cada cara larga, de cada palabra destemplada. Esto de hoy es diferente. Es casi farsesco, En apariencia intrascendente, pero totalmente real.
Mientras aguardo a que aparezca mi nombre en la pantalla, llega una pareja y se sienta a mi lado. Él es un hombre fortachón, rubio y con el pelo a cepillo, con pinta de experimentado portero de discoteca o ex agente del KGB. Ella, muy guapa, aparenta ser su pareja, o igual es su hermana, o a lo mejor trabaja para él… Esto es la Costa del Sol y cualquier cosa es posible: a lo mejor es las tres cosas a la vez. Yo estoy leyendo mi Chéjov de Letras Universales de Cátedra. Acabo de terminar ‘Las tres hermanas’ que me ha encantado y que no conocía y empiezo ‘El jardín de los cerezos’, que ya apenas recuerdo. Entonces, los escucho hablar. Sí, me digo: eso es ruso. Decido lanzar el anzuelo. Elevo un poco la portada del libro haciendo el título visible. Pasado medio minuto, alcanzo mi propósito. ¡Han picado! Él le dice algo a ella. Ella mi mira. Después, ríen. Él vuelve a mirar la portada. Comentan algo. Más risas. Yo aún dudo. Igual es otra cosa. Pero no. Cazo en el aire “Chejova”. No hay duda. Cuando él vuelve a girarse hacia mí yo intervengo. Le digo mostrando el ejemplar: éste es uno de los vuestros. Él me pregunta si sé ruso. Niego con la cabeza, creo que añado: ojalá. A continuación pongo el libro sobre una pequeña mesa que compartimos y dejo que lea la portada, donde aparecen los títulos escritos en cirílico como saliendo de un samovar. Él se los lee a ella en voz alta. Ella asiente con ingenuidad. Él, pese a su aparente rudeza, también muestra algo parecido a ternura o nostalgia, o así me lo parece a mí. Y ahí termina todo. Se olvidan de mí. O eso creo. Igual comentan la insólita escena que supone ver a este español barbudo y reseco en un rincón perdido del sur de Europa, leyendo a miles de kilómetros de su patria y aunque sea en castellano, a uno de los maestros de una literatura, la suya, que igual detestaban cuando les obligaban a estudiarla en el colegio. Si es que tuvieron algo parecido. O cualquiera sabe.
Cuando termino mis gestiones, ellos siguen ahí, esperando. Pienso en que podría regalarles el libro, decirles: “tomad, para que mejoréis vuestros español”. Sé que sería grandioso y estoy a punto de hacerlo, lo juro. Pero, al final me retraigo. ¿Será ese irracional apego a los libros? ¿Será timidez? ¿Será mi exacerbado sentimiento del ridículo? En cualquier caso, me niego a terminar ese capítulo ahí. Cuando estoy en la misma puerta, me giro y les pregunto: cómo se dice “adiós” en ruso. Ellos responden al mismo tiempo con una palabra que yo intento repetir a continuación sin éxito. Reímos. Entonces, yo simplemente digo “adiós” y salgo.
Por la calle abajo pienso en qué extraño es todo y de manera más concreta en qué pensaría el ruso si supiera que ahora mismo, desde hace un par de semanas, estoy escribiendo una historia en la que aparece un ruso con pinta de portero de discoteca, cuyo nombre es Boris. Tentado he estado de preguntarle su nombre, pero no habría podido soportar que se llamara Boris también. Entonces, ya sabría que su acompañante es en realidad rumana, que se hace llamar Katia y que es la prostituta más deseada de la zona. Entonces habría sabido que mi historia ya estaba escrita y que, aunque no muy bien, podría haber terminado peor.

Quería ser Gabilondo porque representaba para mí toda la pureza de un oficio que ya por entonces barruntaba no había de ser fácil, que te obligaba a mantener un inestable equilibrio entre diversos poderes que no siempre se presentaban de forma clara, fuerzas oscuras y malévolas que atentaban contra la neutralidad, la independencia, la imparcialidad o como queramos llamarlo de aquel que estaba llamado a contar las cosas únicamente tal y como son, ni siquiera como deberían ser. Huelga decir que en aquel tiempo soñaba con ser periodista, no sólo eso, sino periodista de la Sociedad Española de Radiodifusión, salir de mi casa cada día, radicada no importa dónde, encaminando mis pasos, eso era lo importante, hacia el mágico número 32 de la Gran Vía madrileña.
Por aquel tiempo Gabilondo era la más rutilante estrella en el firmamento de la radio y su luz cegaba ya a astros como Antonio Herrero o Luis del Olmo, voces imprescindibles de mi infancia. ‘Hoy por hoy’ se había convertido en la sintonía matinal de un país que había apostado por ser europeo, abierto y avanzado sin perder por tal motivo ese aire de cierta circunspección que acompaña a aquel cuyos pasos hollan una tierra tan largamente castigada y que seguía sumida en el trauma de sus infaustos episodios recientes. Y Gabilondo, ese donostiarra enamorado de Sevilla y de la música clásica, de voz profunda, enérgica y pausada, representaba como nadie el espíritu de los nuevos tiempos.
Su biografía personal, le confería además, sin él perseguirlo, un aura de legitimidad que lo convertían en un guía natural para millones de personas, pues por mucho que él se refiriera a la radio como una “segunda voz” la gente habría pagado por escucharlo solo a él en primer término. Seducido por el personaje, yo leía sobre él todo lo que me caía en las manos. A través de entrevistas, artículos y perfiles más o menos desarrollados (incluyendo aquella biografía, Ciudadano en Gran Vía, que devoré con fruición) supe así de su vida y sus obras. Descubrí que era de familia numerosa, que había perdido a su primera esposa en trágicas circunstancias, que había sido un testigo privilegiado de la Transición, que a pesar de su temprana vocación periodística se había puesto frente al micro casi sin pretenderlo.
Uno de los momentos álgidos de esta relación de admiración que sostuve durante años se produjo cierto día en el que mandé un e-mail al programa dentro de una sección dedicada a la participación de los oyentes. Creo recordar que el motivo era la celebración del 75º aniversario de la radio. Pues bien, Gabilondo no sólo leyó íntegro mi escrito, una pequeña reflexión sobre la importancia del medio sonoro en nuestras vidas, sino que añadió al final: “Siento lo mismo, joven colega”.
Yo daba por entonces mis primeros pasos en la comunicación iniciando un camino azaroso que no sabía adónde debía llevarme o si me llevaría a algún sitio. Lo hacía además en la emisora local de la SER en Vélez-Málaga, y las palabras del maestro refrendado mi opinión –que yo profería en calidad de recién llegado a la profesión, aunque por entonces no cobrara un duro por el trabajo- representaban algo así como la confirmación de que mi esfuerzo no era en vano, de que aunque me había visto obligado a desviarme por algún tiempo de mi primera vocación, aún estaba a tiempo de reconducir mis pasos y lograr mi sueño. Ser Iñaki Gabilondo.
Todavía habría de pasar un tiempo hasta que comprendiera que nunca lo sería. Que si bien alguna vez podría llegar a adulto, ya jamás nacería vasco, ni sería testigo y protagonista de un momento capital de nuestra historia ni, lo que resultaba más amargo, reuniría las condiciones necesarias para unir a millones de personas en torno a mi mesa camilla particular.
Sin embargo, no tardaría demasiado en descubrir que tampoco Gabilondo era Gabilondo, al menos el que yo había pensado que era. Mientras permaneció en la radio fue más fácil seguir manteniendo mi fe en él. Incluso cuando libró su particular cruzada contra Aznar (vale que instado por su contrincante) no dudé en defenderlo ante quien fuera. No había tenido más opción. Al enemigo, ni agua. Es más, su posterior arrepentimiento, al revelar que se había dejado llevar por el calor del momento, no hacían más que engrandecerlo. Pero a partir del nacimiento y de su desembarco en Cuatro, todo empezó a cambiar.
Y eso que aún recuerdo nítidamente cómo Mari Carmen y yo esperamos sentados frente al televisor a que él mismo cortara la cinta de la cadena. Qué felices nos las prometíamos entonces y qué idiota habríamos juzgado a aquel que hubiera osado vaticinar semejante fin para el nuevo canal, nada menos que incorporado por Telecinco al imperio Berlusconi. Cuatro había nacido para redimirnos de tanto “tomate”, “Gran Hermano” y demás zafiedad televisiva. Por fin nacía un medio verdaderamente progresista, amante de la cultura, valedor de un periodismo que apostara de manera decidida por la investigación. Repito, qué lejos estaban en nuestra mente los Fama, Manolos y demás productos que no tardarían en arrasar con nuestras desmedidas expectativas.
Por eso le perdonamos a Iñaki que dejara su programa en la radio y lo pusiera en manos, ay, me voy a callar. Por eso no quisimos prestarle atención a aquellos titubeos ante la cámara de los primeros meses que nos hacían mirarnos consternados a veces, ante el espectáculo de ver al pez fuera del agua y a punto de morir asfixiado. A la postre, las frases que utilizábamos eran del tipo “Esto es un telediario de verdad”, “Eso es, más análisis y menos sucesos”, “Espera, cenamos después del informativo” y cosas por el estilo. Si la ministra de Fomento hacía de reportera, micro en ristre, para darnos la última hora no pasaba nada; si al poco tiempo había que “agilizar” el espacio, acortando las entrevistas, no importaba; a fin de cuentas la audiencia es la audiencia y es la que nos da de comer (sic), y solo por escuchar esos editoriales en prime time y por asistir esporádicamente a esos especiales de análisis electoral merecía la pena todo lo demás.
Pero, entonces llegó aquel ‘pillado’, sí, el de la entrevista a Zapatero. Vale, ya sabíamos que Cuatro había sido un regalo del Gobierno, anterior a aquel otro regalo que le hizo a Mediapro y, demonios, no éramos tan idiotas para ignorar lo que el PSOE y PRISA se debían mutuamente. Hasta Iñaki, pensábamos aunque no lo decíamos, debía de estar enterado. Pero, el que se pusiera en evidencia de manera tan clara, chirriante y obscena resultó definitivo. Gabilondo siendo cogido asesorando al presidente en su campaña después de una entrevista era demasiado. A cualquier otro se lo habría perdonado. A él no. En ese momento no supe si me molestó más la inmoralidad o la torpeza pero el caso es que dejé de verlo. Después de más de veinte años siguiéndolo me desprendí de un magisterio que ya no necesitaba. Y lo más extraño de todo, es que lo hice sin dolor.
Por aquella época mi aventura en el mundo de la comunicación no atravesaba por su mejor momento. En la SER no pude hacer carrera y entré en una de esas empresas multimedia que afloraron en muchas ciudades medias y pueblos con pretensiones de nuestro país en los primeros años de la década favorecidas por la bonanza económica general. El desarrollo tecnológico (que abarataba tremendamente los costes), sumado al creciente interés por los partidos políticos en el ámbito de la comunicación local (donde podían jugar a sentirse importantes haciendo como que influían en una opinión pública bastante menos estúpida de lo que ellos se figuraban), propiciaron el crecimiento de grupos liderados en su mayoría por mercenarios que podían aspirar a aglutinar radio, televisión y prensa escrita, siempre que dispusieran de un buen respaldo oficial.
Hoy, muchos de aquellos emprendedores subvencionados duermen el sueño de los justos o son acuciados por las deudas, amparados por un sistema legal garantista hasta la grosería para aquellos que se lo pueden permitir. El caso es que ahí me vi, sin comerlo, ni beberlo, asumiendo cada vez mayores responsabilidades, que ni había pedido ni deseaba, distanciándome a cada paso de todo aquello que había sido un día mi ideal, al socaire de los vientos partidistas de turno, a años luz de cualquier forma de periodismo conocida, siendo víctima y cómplice de una situación inimaginable para mí sólo hacía unos años antes y que no podría describir sin sonrojo. En definitiva, ahí me vi, a mi minúscula escala, dándole la mano a Zapatero y haciéndole el caldo gordo. Fíjate tú por dónde, me decía, sí que tenía algo que ver con Iñaki.
Reconozco que este pensamiento, que hasta hace poco no me ha abandonado, no es justo en absoluto, que nacía del resentimiento hacia una profesión que puede ser tremendamente ingrata pero capaz también de proporcionar impagables momentos. El rencor, fruto de la decepción que produce el quedarse con el dorado entre los dedos, hacia aquel que había idolatrado se mezclaba con mi propia penitencia personal. Me sentía estafado por los demás pero, especialmente, burlado por una parte de mí mismo, por la mano derecha que había pretendido que nada supiera lo que estaba haciendo la izquierda, todo para no reconocer que había sido un iluso pretendiendo que la vida era un cuento y que podría sentirme mejor diciéndome a mí mismo que todo era una porquería, es más, que mi ventaja respecto a Gabilondo y lo que me convertía no sólo en mejor persona sino incluso en un periodista menos perjudicial para la salud pública es que yo era un mentiroso de mucha menor enjundia.
Y entre estos pensamientos estuve consumiéndome hasta hace unos meses. Hasta que abandoné los medios. Solo entonces pude volver a Gabilondo sin sentir vergüenza propia ni ajena. De algún modo, lo había perdonado (y me había perdonado), sabiendo ya, claro, que nada volvería a ser lo mismo, o al menos no más parecido de lo que resulta un adolescente respecto a un hombre de 34 años. Reconciliado de nuevo con su forma serena de ejercer el oficio, volví a él intermitentemente en las noches de CNN+ casi para decirle adiós. El tiempo suficiente para poder anticipar lo que este país lo va a echar de menos cuando se retire y nos deje en manos únicamente de sus peores versiones, de aquéllos que en su corrupción sin mácula convierten en algo casi naïf sus indisimuladas afinidades, de quienes jamás dudan ni preguntan ni, probablemente, sientan nunca la necesidad de reconocer las propias equivocaciones, quién sabe si sentados bajo una luz tenue con la novena de Beethoven sonando en la bandeja del CD.
“No hay nada que la gente no pueda ingeniárselas para elogiar, reprobar o encontrar una justificación acorde con sus inclinaciones, prejuicios y creencias”.
Molière.