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lunes, 1 de febrero de 2010

Amin Maalouf, El desajuste del mundo

Como muchos de nuestros mejores autores contemporáneos (entre los que podemos incluir a Roberto Bolaño, Le Clézio, Claudio Magris o Murakami, por citar solo a algunos), a Amin Maalouf cabe situarlo dentro de una escuela de “escritores-puente”, hombres de letras que han integrado diferentes culturas y tradiciones, sin renunciar a sus identidades pero cuidando celosamente de no quedar enterrados bajo las mismas, sepultados bajo el peso que las banderas deja sobre aquellos que las asen con demasiada obstinación. Con otro destacado narrador y ensayista de nuestro tiempo, Orhan Pamuk, comparte además el papel de mediador, que no de equidistante observador, entre dos mundos que parecen alejarse a ojos vista pese a que jamás estuvieron tan juntos y revueltos. Los dos frentes de esta guerra ideológica, Occidente y el Islam, ya no están separados como en las guerras de antaño -pese a los muros que aquí y allá proliferan-, por impermeables fronteras, razón de más para que este escritor libanés, al que podríamos poner la etiqueta de “comprometido” si la palabra no resultara ya tan equívoca ni estuviera tan desprestigiada, se lance, con un lenguaje sencillo pero vigoroso, a intentar desentrañar las causas que nos han conducido hasta aquí y a proponernos algunas recetas que puedan paliar los devastadores efectos que el crecimiento del fanatismo, la exclusión o la violencia están acarreando a millones de personas en todo el mundo y que suponen una grave amenaza para la supervivencia de las generaciones futuras.

Nacido en Beirut en 1949 en el seno de una familia de origen cristiano, con solo 22 años Maalouf, continuando la tradición familiar, comenzó a trabajar como periodista, lo que le permitió, en ocasiones en calidad de reportero de guerra, recorrer países como la India, Bangladesh, Argelia, Etiopía, Somalia, Kenia o Yemen.

En 1977, dos años después del comienzo de la guerra civil libanesa, Maalouf abandonó su país y se estableció en Paris, ciudad en la que ha residido desde entonces.

Desde que en 1983 apareciera su primer libro, Las cruzadas vistas por los árabes, su obra ensayística y literaria ha estado marcada, como en todos aquellos autores en los que late una doble identidad -bajo la que subyace en un estrato más profundo un deseo de universalidad-, por un afán de reconciliación entre culturas en el que no encaja ni el simplista concepto de “guerra de civilizaciones” con el que algunos pensadores actuales pretenden atrapar el presente y proyectar un futuro que pareciera escrito de antemano, ni la multiculturalidad a la carta que desde Occidente pretendió adoptarse en aras de una armónica convivencia que inmediatamente se demostraría inviable.

Maalouf, por utilizar una sugerente alegoría que dibuja el propio escritor libanés al final de su último libro, es un alpinista al que los continuos dramas que el mundo ha padecido y padece, no le han apagado el deseo de seguir atacando cumbres. La tentación prometeica no ha perdido un ápice de su impulso, la “aventura humana” le sigue fascinando lo suficiente como para no quedarse cruzado de brazos ante la aniquilación que la acecha.

Porque se trata, claro está de una aventura sumida en la incertidumbre, a la que siempre le sobran o faltan piezas, desencajada, arriesgada, caótica, a la deriva. “Hemos entrado en este siglo nuevo sin brújula”. La frase que abre el libro no puede ser más elocuente acerca de los riesgos que, para el libanés, afrontan nuestras sociedades. En los terrenos intelectual, financiero, climático, geopolítico, ético… Allí donde posemos nuestra mirada podemos percibir la envergadura de un desajuste que amenaza con abocarnos a una regresión capaz de echar por tierra los esfuerzos que generaciones de hombres han invertido en su empeño por edificar un mundo mejor.

El horizonte no puede ser más sombrío. Nuevos peligros “sin parangón en la Historia”, asoman por doquier. Después de que, con la caída del muro de Berlín la supresión de la amenaza de un cataclismo nuclear, consecuencia del fin del enfrentamiento entre los dos bloques antagónicos que protagonizaron la “guerra fría” resultase desactivada, el mundo pareció de golpe ser azotado por un viento cargado de esperanza. Pero las grandes expectativas que se crearon pronto zozobraron ante la realidad de un planeta que solo en apariencia se encaminaba hacia un horizonte de paz y orden.

La victoria de Occidente, según Maalouf, produjo su propia debilitación. Es decir, al imponer su modelo, modificó drásticamente los equilibrios que durante décadas habían conformado la política mundial. Así, su victoria sobre el comunismo, lejos de servir para extender su prosperidad más allá de sus fronteras culturales, únicamente aumentó el recelo en los países del Tercer Mundo. Ésta es una de las tesis principales de El desajuste del mundo. El hecho de que la civilización occidental, pese a crear más valores universales que cualquier otra, se ha mostrado sin embargo incapaz de transmitirlos adecuadamente. Entre el deseo secular de las potencias occidentales de civilizar al mundo o simplemente dominarlo, con demasiada frecuencia dominó esta segunda pulsión. Es decir, al tiempo que enarbolaban los principios más nobles luego se abstenían de implantarlos en los territorios conquistados. Las consecuencias de este desajuste no pueden estar más a la vista. Frente a la intolerancia y a la barbarie del mundo árabe, señala el autor, se alza la arrogancia e insensibilidad de su Némesis occidental, de tal modo que allí donde hipotéticamente los dos mundos han confluido, el resultado no ha podido ser más desolador. El ejemplo lo tenemos en Irak, donde los Estados Unidos y sus aliados ofrecieron la más elocuente muestra de cómo nunca podrá una autoridad imponer su gobernanza sobre el mundo con tal déficit de legitimidad, entendiendo por tal –según Maalouf- aquello “que permite que los pueblos y los individuos acepten, sin excesiva coerción, la autoridad de una institución encarnada en hombres y considerada portadora de valores compartidos”.

Atatürk pudo acabar con la dinastía otomana, abolir el califato, imponer el laicismo, implantar el alfabeto latino, en definitiva, darle la vuelta a Turquía como a un calcetín, porque le había devuelto la dignidad a su pueblo. Otros muchos lo intentarían más tarde, Nasser o Sadam, sin ir más lejos, pero fracasarían. Las derrotas bélicas ante el pequeño y joven Estado Judío de Israel resultarían toda una cura de humildad (y una incesante fuente de rencor) para las naciones árabes del entorno. La errática política poscolonialista de las potencias occidentales solo ensancharía y ahondaría la fractura que separaba al resto del mundo de un enardecido Islam. Maalouf apunta las claves que explican cómo todo lo acontecido en el mundo en las últimas décadas ha contribuido al triunfo de las tesis de los islamistas en el seno de las sociedad árabes: los fracasos de los regímenes nacionalistas árabes que desprestigiaron esta ideología, que empezaron a considerar como una importación de Occidente; la aceleración de la mundialización y la necesidad de abrazar una ideología global “que dejase atrás las identidades locales”; y finalmente la desaparición del bloque soviético, paradójicamente el hecho que decretaba el triunfo global de Occidente (el “fin de la historia”, como se apresuraron a decretar los analistas del momento).

Esta pérdida de referente resultó a la postre funesta para Oriente. Pero, para Occidente en su conjunto también vendría acompañada de no pocas calamidades: “al convertirse en modelo único, el capitalismo perdió un detractor útil y seguramente insustituible, que le criticaba los resultados sociales y le buscaba las cosquillas en lo referente a los derechos de los trabajadores y las desigualdades”. Sin ese “correctivo” el sistema degeneró velozmente. El dinero y la forma de ganarlo se convirtieron en algo “obsceno”.

A quien le pueda llamar la atención esta paradoja quizá le sorprendan no menos otras que Maalouf dibuja en el libro y que chocan con las creencias corrientemente extendidas. Así, los Papas cristianos, por ejemplo, son entrevistos en el libro como un símbolo de Progreso, pues más allá de erigirse en guardianes de la ortodoxia, “contribuyeron a la estabilidad intelectual de las sociedades católicas, incluso su estabilidad a secas”. La existencia centralizadora de una Iglesia, la conformación de un clero es justo de lo que carecieron los califas, quienes se encontraban desvalidos frente a los sultanes, visires y comandantes militares, que campaban por sus respetos, de tal forma que mientras el enorme poder de los papas desembocaba en una merma del espacio religioso en las sociedades católicas, en el anticlerical Islam, la ausencia de una institución eclesiástica fuerte, favoreció que lo religioso termina inundándolo todo.

Entre “victorias engañosas”, legitimidades extraviadas” y “certidumbres imaginarias” se desenvuelve el análisis de Maalouf de las “dos mandíbulas de la barbarie” que aprisionan a nuestras sociedades y que parecen llevarlas a un callejón sin salida. Y si bien es cierto, que en este relato no hay ni buenos ni malos, al final no la culpa, pero sí la mayor parte de la responsabilidad a la hora de encontrar soluciones se la carga a Occidente. Es aquí donde están las ‘llaves’, donde se encuentra el modelo universalmente válido que hay que saber adaptar. Por eso es tan importante recuperar la confianza de los inmigrantes, aquellos que han de servir de “intermediarios elocuentes de sus relaciones con el resto del mundo”. De su integración puede depender el resultado de “la gran batalla de nuestra época”. Ellos son el veneno o el antídoto. El punto de partido es totalmente desventajoso. Sus identidades han sido gravemente dañadas, “enarbolan las señales de su pertenencia original y se comportan a veces como si su residencia adoptiva fuese territorio enemigo”. Esto es especialmente evidente entre los árabes, extranjeros en todos sitios, humillados, vencidos. Desesperados.
La máquina de integrar, dice Maalouf está atascada y no será desde el multiculturalismo, o más concretamente desde el “comunitarismo” y su ampliación en “tribus planetarias” como nos libraremos de los enfrentamientos que se anuncian. Hay que apostar por la otra visión, la pluralista, aquella que presenta a una “humanidad consciente de su destino común” y “unida en torno a los mismos valores esenciales”, pero que sigue desarrollando “las expresiones culturales más diversas”.

Frente a quienes han decidido dejar de luchar, aún a costa de inmolarse y llevarse de paso las vidas de aquellos que se encuentren dentro del radio de su cinturón de explosivos; frente a quienes apuestan por ponerse a cubierto “a la espera de que pase la tormenta”, Maalouf encuentra una tercera vía (un desfiladero, podríamos decir por completar la imagen), la que recorren quienes consideran que hay que “clausurar la Historia tribal de la humanidad, la Historia de las luchas entre naciones, entre Estados, entre comunidades étnicas o religiosas, y también entre civilizaciones”.

Entrar en esta nueva fase supone “volver a inventarlo todo: las solidaridades, las legitimidades, los valores, los puntos de referencia”. Y esta salvación, pasa en primer lugar “por la cultura”, por desarrollar una “vida interior floreciente”, por dar a la enseñanza “el lugar prioritario que le corresponde”.

Las palabras del autor de León el Africano nos suenan a música celestial. Su llamada a un nuevo humanismo, a una solidaridad “que pueda trascender las naciones, las comunidades, las etnias, sin acabar con la plétora de las culturas”, nos solaza. Pero, ¿no será que nos encontramos ante uno de esos “optimistas antropológicos”? ¿Ante otro idealista contumaz? ¿Ante alguien cargado –como él mismo señala- de “buenos deseos”? Puede que algo de esto también exista, pero es fácil convenir con Maalouf en que, llegados a este estado de nuestra evolución, ante los acuciantes retos que la humanidad tiene por delante, y los innumerables peligros (políticos, sociales, medioambientales…) de los que se encuentra sembrado el porvenir, a nuestra especie solo le quedan dos opciones: implosionar o metamorfosearse.

Ni que decir tiene que el libanés ha elegido la segunda. La vía de quienes confían en que la humanidad se dará cuenta de que “en la frágil balsa en que navega, vive una aventura común” y anhelan, por lo tanto, que pueda por fin clausurarse esta “Prehistoria demasiado larga”.

Algunos indicios, escarba el autor que podrían mover a la esperanza. Pero, ¿serán suficientes”. Al fin y al cabo, señala, “El tiempo no es nuestro aliado, es nuestro juez, y ya estamos con un aplazamiento de condena”.
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Publicado en dosdoce

jueves, 31 de diciembre de 2009

Gandhi, Mandela, Haidar...

Navidad en El Aaiún. Haidar ha regresado a su casa e intenta recuperarse de las secuelas provocadas por su última huelga de hambre. Sin embargo el asedio continúa. Denuncia estar bajo arresto domiciliario. “Es nuestra Mandela, nuestra Gandhi”, dice a Reuters Gani Minatu, de 37 años, mientras hace un te en su jaima del campo de refugiados. ¿Pero cuánto hay de cierto en tal afirmación? ¿Es posible tal equiparación o resulta desproporcionada? Veamos.

Gandhi

La “politización del ayuno” se la debemos a Mohandas Gandhi. Concebida al inicio como una forma de mortificación, dentro de la combinación de hinduismo, cristianismo y mahometanismo que configuró su doctrina, la huelga de hambre se convirtió para el líder nacionalista indio en un arma política de primera magnitud, hasta el punto de que la posibilidad de que uno de esos ayunos le condujera a la muerte podía modificar el curso político de todo el subcontinente.


La historia es sobradamente conocida. Descendiente de comerciantes y después de haber transitado por una época de gentleman (vestía a la inglesa e incluso había ayudado a crear el Cuerpo Indio de Ambulancias durante la guerra entre los británicos y los bóers), Gandhi, que por aquel entonces vivía su periplo sudafricano, influenciado por lecturas como la crítica del capitalismo de John Ruskin, comenzó a llevar una vida comunitaria que sentaría las bases de su gran ideal: ver una India independiente organizada en torno a miles de pequeñas aldeas tolstoianas autogestionadas de modo cooperativista.

Inmediatamente, para lograr su objetivo adoptaría los métodos de la resistencia pasiva y la no violencia, base de su concepción de la desobediencia civil, y como líder espiritual y cabeza visible del Partido del Congreso Nacional Indio –puesto que cedería al, a la postre, primer presidente Jawaharlal Nehru- se entregó en cuerpo y alma, a través de la práctica de la no cooperación, a luchar por la emancipación de su país.

Por el camino, Gandhi puso su vida en peligro innumerables veces. Desde la cárcel se enteró de la muerte de su esposa Kasturbhai, también en prisión, y él mismo sería finalmente asesinado, por un miembro de un grupo extremista hindú.

A esas alturas, el país era ya un estado soberano y se había producido, pese a los denodados esfuerzos de Gandhi por evitarlo y en medio de un baño de sangre, la separación de Pakistán. Y pese a todo, medio siglo después sigue vibrando su mensaje, resonando contra el espíritu de los tiempos en nuestra cabeza palabras como las que antes de iniciar su célebre “marcha de la sal” pronunció ante miles de sus seguidores: “Un Satyagrahi [el que abraza la verdad, en sánscrito], esté libre o en prisión, siempre se alza victorioso. Sólo se le vence cuando renuncia a la verdad y a la no violencia, y hace oídos sordos a la voz de su interior”.

Mandela

El Congreso Nacional Africano (CNA) se había inspirado desde sus orígenes en el método de la no violencia de Gandhi (de hecho Mahatma, “gran alma”, se había curtido en Sudáfrica cuando solo era un joven abogado que llegó a estar cuatro veces entre rejas por defender los derechos de los emigrantes indios), pero ante la escasez de resultados –que al contrario solo habían producido una legislación más represiva, como la que prohibía los matrimonios mixtos o institucionalizaba los guetos- decidieron dar un paso más, rozando la fina línea que separa el sabotaje del terrorismo. Sin embargo, Nelson Mandela, líder del movimiento, sabía sobradamente que de desencadenar una guerra civil “la paz racial sería más difícil de lograr que nunca”.


En la Carta de la Libertad, verdadero credo del nacionalismo africano, y a pesar de la crueldad de los afrikaaners en el poder y su dogma de la supremacía blanca, así lo apuntaba: “África del Sur pertenece a todos los que viven en ella, a los blancos y a los negros, y ningún gobierno puede pretender el ejercicio del poder si no lo recibe de la voluntad de todos”.

De ahí que nada tuviera de casual que Mandela sacase a colación este documento programático en su histórica intervención del 20 de abril de 1964 durante el llamado “juicio de Rivonia”, y a resultas del cual el líder sudafricano, en compañía de otros ocho miembros del Alto Mando Nacional del Umkhonto we Sizwe, sería condenado por traición y conspiración.

También el líder africano, como Gandhi antes, como Haidar más tarde, pudo decir que éste -la lucha por la libertad, en su caso la lucha contra la dominación blanca y también contra la dominación negra-, “es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Así, como recogería décadas más tarde en su biografía, siendo ya presidente de Sudáfrica, no le preocupaba salir bien librado del juicio, sino considerarlo como una plataforma extraordinaria para la difusión de sus ideas. Su defensa no era legal. Como primer abogado negro en la historia sudafricana, sabía que en ese terreno su derrota era segura. Su batalla era moral. Y para hacerla efectiva no estaba dispuesto, en contra de las advertencias de su abogado, a recortar una coma de su declaración.

El preso 46664, denominación con la que quisieron enterrarlo en vida sus represores, al estilo de los nazis en los campos de concentración, permaneció 26 años confinado en la prisión de Robben Island. Pero, al final triunfó. Y Nelson Rolihlahla Mandela, Nelson “el alborotador” –como resulta de la traducción de su segundo nombre del xhosa”-, convertido en símbolo de la resistencia de un pueblo que, como tantos otros, tuvo que someterse a la siniestra herida que le imprimieron las aventuras coloniales de las grandes potencias europeas de finales del siglo XIX, pudo, como los berlineses tres meses antes, romper su muro.

Haidar…

Si esto fuera un cuento y no la breve crónica de una epopeya en tres actos, podríamos empezar este último apartado diciendo: muchos años después, a siete mil kilómetros al noroeste de Johannesburgo… Pero, como digo, la situación de Aminetu Haidar y de su pueblo poco tienen en común con cualquier narración infantil, entre otras cosas, porque no sabemos aún el signo que tomará su desenlace, si los saharauis podrán algún días ser felices y comer perdices o, por lo menos, alcanzar la libertad que les permita aspirar a consumar tal sueño.


Tras la apresurada marcha de España, potencia colonizadora del territorio, con la firma de los Acuerdos de Madrid con Marruecos y Mauritania, el Sáhara Occidental entró en una especie de limbo. Oficialmente, se trataba de un territorio no autónomo bajo la supervisión del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, pero de facto su suelo se encuentra ocupado casi en su totalidad por Marruecos, a excepción de la franja que controla la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática, a la que no reconoce la ONU pero sí 46 países del mundo, entre ellos Sudáfrica, por un compromiso personal del líder del CNA Nelson Mandela con el movimiento nacional saharaui en tiempos en el que ambas organizaciones luchaban por la independencia de sus respectivos países.

Evidentemente, los tres casos mencionados presentan grandes diferencias entre sí y resultaría temerario por mi parte intentar equipararlos. Pero también nos permiten establecer notables similitudes.

Por un lado, tanto Gandhi como Mandela o Haidar, son líderes nacionalistas, pero en un sentido bien distinto al que se le suele dar a este calificativo en la actualidad. Su carácter ‘nacional’ entronca con el sentido que la Carta de las Naciones Unidas –y más concretamente la resolución 1514 aprobada años más tarde por el organismo internacional- transfería a los pueblos que luchaban por su autodeterminación, que trataban de este modo de librarse de las cadenas con que les atenazaba su herencia colonial.

Además, las tres figuras se han convertido en símbolo de las respectivas luchas de sus pueblos y, de manera general, de la batalla universal que en todos los tiempos los más débiles han debido librar frente a un poder que los oprimía, negándoles esos derechos que esos mismos se arrogan. En este sentido, su carisma es indiscutible. Tan grande como su fortaleza y convicción, que algunos confunden con terca obstinación.

Sin embargo, a diferencia de los anteriores, la historia de Haidar está aún por escribirse. O mejor dicho, ella misma la está escribiendo agónicamente en estos momentos. Por eso, conviene distanciarse de los hechos y asumir de una vez por todas que la batalla de Haidar, como la de Mandela en su día, no es legal, sino moral. Que su caso revela una injusticia que, además, frente a los dos casos anteriores -que, de algún modo, obedecen a fenómenos que llamaremos “epocales” (en el marco de la descolonización británica, el primero, de la superación del racismo institucionalizado, el segundo)- parece irremediablemente relegada a un callejón sin salida.

La ‘cuestión saharaui’ es un anacronismo -como lo son, por motivos diferentes, el comunismo en Cuba o Corea del norte, o el terrorismo abertzale-, una asignatura pendiente de la que han corrido todas las convocatorias, abandonada a su suerte –o lo que es peor, a Marruecos, convertida en “cuestión de honor”-, dejada fuera de programa.

Su regreso a El Aaiún supone una victoria simbólica. La victoria de la vida y de la diplomacia. Sin embargo, en solo unos días –si no lo ha hecho ya- la cuestión del Sáhara Occidental volverá previsiblemente a situarse fuera de plano, borrada de una agenda en la que vagamente una vez figuró, escrita a lápiz y en un margen. Pero, no importa, o mucho nos equivocamos, o Haidar, como aquellos infatigables luchadores por la libertad de los que hemos hablado, volverá a golpear nuestras conciencias en el momento menos pensado.

Contra la enfermedad del olvido, la medicina de un compromiso inquebrantable.

lunes, 20 de julio de 2009

Bicentenarios

Cabía esperar que la conmemoración del bicentenario de la independencia de las colonias españolas en América terminaría dando salida al resentimiento, largamente acumulado, de parte de la población de un continente que sigue mirando con horror el pasado al que le sometió su antigua metrópoli, y que alcanzó su mayor grado de ignominia con el maltrato sistemático que recibieron por parte de sus nuevos amos los pobladores indígenas de este vasto territorio.

Nada ni nadie podrá reparar ese daño, que es exudado con frecuencia en forma de un indisimulado desdén hacia todo lo que tenga que ver con lo español, convertido en sinónimo de imperialista. Esta venganza, servida en fría bandeja ante las narices del descendiente Borbón de turno es promovida además por las nuevas elites políticas y culturales, especialmente de aquellos países con mayor población indígena, o donde la penetración del “socialismo del siglo XXI” es más intensa.

Asumir este peaje por los pecados pasados es casi normal (aunque tampoco hay que caer en la constante autoflagelación). Más me inquieta que la reivindicación venga acompañada del revisionismo histórico. Así parece estar ocurriendo en Bolivia, donde el presidente Evo Morales ha exaltado que 28 años antes del levantamiento, en 1809, de los criollos encabezados por el paceño Pedro Domingo Murillo, ya los indígenas habían dado un inmenso grito de libertad. Los más radicales consideran incluso a Murillo un traidor por haber contribuido, a las órdenes del Ejército de la Corona, a apagar aquella sublevación de 1781, lo que ha provocado que alguna estatua del antiguo héroe nacional haya sido atacada.

¿Adónde nos lleva todo esto? ¿A la dignificación de un pueblo? ¿O quizá a una recolonización en nuevos términos, pero igualmente excluyente? ¿Corremos el riesgo de que el mismísimo Simón Bolívar, gran símbolo de la nueva América que dice mirar al futuro sin complejos, termine siendo desprendido de su origen aristocrático y transformado en una especie de Tupac Amaru II?

Esto sería olvidar que los San Martín, Artigas, de Paula Santander, O’Higgins o Sucre, entre otros padres de las nuevas naciones, fueron educados en las ideas que germinaron en la Constitución de Cádiz, mostrando por lo tanto una sensibilidad mucho más cercana a la de los "opresores españoles" que a la de sus “hermanos indios”, que seguirían siendo explotados, ya sin la pesada tutela colonial pero con semejante saña, aún durante muchas décadas.

Los ideales liberales y revolucionarios (soberanía nacional, voluntad general, derechos individuales, laissez faire...) que habían cimentado la independencia de las colonias del norte y que en Europa habían eclosionado con la Revolución francesa, resultaron determinantes a la hora de que la clase criolla local decidiese tomar las armas para reclamar “su” tierra. La debilidad de la propia Corona, atenazada por la ocupación napoleónica, y razones de índole económica contribuyeron también decisivamente a que el movimiento de sublevación generalizada terminase provocando el nacimiento de las nuevas repúblicas.

Pero, no se trató ni mucho menos de un enfrentamiento entre clases o razas (aunque Bolívar fuera abolicionista), ni siquiera entre americanos nativos y odiosos extranjeros españoles, sino casi de una guerra civil en la que, como casi siempre, a los siervos de todos los tiempos, más allá de algún episodio aislado, se les reservó un papel meramente secundario.

Intentar dejar atrás una esclavitud física y material para caer en otra nacida de la ignorancia, no parece la mejor fórmula para conseguir una sociedad más equilibrada.

jueves, 9 de julio de 2009

Golpes líquidos

Desde que los hombres forman comunidades políticas, que es casi como decir que desde que el mundo es mundo, el golpe de Estado como forma de subversión del poder establecido ha sido un hecho habitual. Sin embargo, no será hasta el año 1639 -año en que Gabriel Naudé publicó sus Considérations politiques sur les Coups d´Etat-, cuando encontremos la primera vez, según la teoría política, en que la expresión fue utilizada de modo sistemático. En aquel tiempo, los golpes no tenían la mala fama de la que gozan en la actualidad. Para Naudé, podían llegar a ser “acciones audaces y extraordinarias que los príncipes se ven obligados a ejecutar (...), contra el derecho común y sin guardar ningún orden ni forma de justicia, arriesgando el interés de los particulares por el bien general”. Un golpe de Estado representaba algo así como la aplicación técnica de la razón de Estado por parte del gobernante, y convertía a éste en algo así como un salvador de la patria en peligro.

Sin embargo, esta lógica se vería adulterada por la filibustera presunción de que siempre existirá una justificación para actuar por el bien de la nación, generalmente adornada -pese a suponer el paso previo para la implantación de una dictadura- con el corolario de actuar en defensa de la democracia.

La experiencia latinoamericana es en este sentido muy tristemente ilustrativa. Décadas de explotación, ambición, violencia y pobreza han terminado produciendo nefastos e inverosímiles regímenes políticos. Ya no se trata sólo de la figura del caudillo, del cacique, del mítico demiurgo que la literatura, desde Sarmiento o Valle hasta el Trujillo retratado por Vargas Llosa, pasando por Asturias, Uslar Pietri, García Márquez, etc. nos ha legado; tampoco del general o coronel bravucón y desalmado que emergió en los años 70. No. La hibridación que se ha producido en el continente ha provocado mutaciones que son como el reflejo distorsionado en el azogue de esas formas puras con las que nos habíamos familiarizado. Nacía el dictador líquido, aquel que aspiraba a perpetuarse “legalmente” en el poder.

Fujimori, que remendó la Constitución para desempeñar un segundo mandato; Menem, Cardoso, Uribe, y por supuesto, Hugo Chávez -quien, tras fracasar a la hora de intentar hacerse con el poder por las bravas, decidió, como hiciera Hitler, servirse de los cauces democráticos-, ejemplifican esa tentación de permanencia.

Sólo que, cuando creíamos que lo habíamos visto todo, aún nos aguardaba una sorpresa. Esto es, la conversión paulina de un terrateniente representante del tradicional Partido Liberal hondureño en un convencido chavista deudor de las teorías autosucesorias, tan caras al ALBA.

La novedad que supone Zelaya convierte en sumamente complicado calificar el golpe que lo ha echado del poder según las tipologías al uso. Pero, lo peor es que, si bien algo nos dice que la democracia no ha perdido precisamente a un fiel servidor, no sabemos tampoco adónde se conduce el país centroamericano en manos de sus nuevos salvadores.

martes, 5 de mayo de 2009

La política como cosmética

No debe de ser fácil para todo un presidente de la República francesa asumir que da igual lo que diga o haga, que hable del terrorismo o del G-20, de la crisis económica o de la alta tensión. Al final, nadie recordará en poco tiempo qué políticas ha intentado llevar a cabo durante su visita oficial a un país, mientras que el vestuario de su esposa, sus contoneos de casquivana redimida, su sonrisa vitaldent, permanecerán por siempre en la retina de los espectadores.

Es la política en la era de la comunicación, de la globalización, del merchandising, del marketing a escala. Tiempo en el que los gestos son más importantes que las ideas, de máscaras, de fachadas, de entronización de la apariencia.

El rey de España mandando callar a Hugo Chávez; la mujer de Obama pasándole el brazo por la espalda a la reina de Inglaterra; la exmodelo y cantante (sic) italiana hollando las alfombras rojas con sus zapatitos de tacón, recién bajada del avión, en su vestido de domingo, se convierten en momentos estelares de la política, en referencia obligada para millones de personas que engullen sin masticar toda la indigesta manduca que los medios ponen a su alcance.

Nada de particular, por tanto, que haya presidentes que, imbuidos por este espíritu decorativo, reformen gobiernos atendiendo sólo a los aspectos cosméticos de la cuestión, con independencia de la cualificación de los miembros de su ejecutivo, que será en todo caso circunstancial y accesoria, pero en ningún momento un elemento decisivo. ¿Que la economía se hunde? Lo negamos. ¿Que se destruye empleo en caída libre? Miramos para otro lado. Lo importante es que la calle no se altere y meter bajo la alfombra del déficit público todas las pérdidas de un sistema que se desangra.

Zapatero, sin embargo, es lo que podríamos llamar un Max Factor -un maquillador de los maquilladores- de la política pues, pese a su capacidad asombrosa y rompepolígrafos para darle la vuelta a los hechos, se mueve dentro de ciertos parámetros, los que delimita la corrección política, tan del gusto de nuestros líderes de la izquierda.

Otros, y es muy de agradecer, lo hacen sin complejos. Es el caso de don Silvio Berlusconi quien, más allá de algunas debilidades humanas que no se esfuerza en disimular -le gusta el juego, las mujeres, le gusta el vino, no le gustan los inmigrantes, los comunistas ni los medios de comunicación que no le pertenecen- ha decidido darle al electorado lo que a éste realmente le gusta. Y si hasta los periódicos progresistas “serios” españoles llevan a su portada los traseros respectivos de Leticia Ortiz y Carla Bruni como principal argumento informativo del día, ¿por qué habría de parecernos mal, o peor, que el líder del PdL organice un cásting para captar nuevas caras para su formación dirigido a actrices y bailarinas?

¿No es más honesto hacerlo a las claras que elaborar, como hacen los principales partidos españoles, sus listas en función de a quién hay que quitarse de en medio procurándole un buen retiro, allá en Bruselas? Además, ¿qué transmite más frescura y renovación? ¿Jáuregui o una bella exconcursante de Gran Hermano? ¿Mayor Oreja o una conejita de Playboy?

La mujer de Berlusconi, no parece pensar lo mismo y ha vuelto a poner el grito en el cielo con la ocurrencia de su marido. Es más, ha anunciado que se divorcia. Ella, claro, es que lo enamoró gracias a sus estudios sobre la fenomenología de Husserl, a su capacidad para parir frases luminosas como ésta: “La mujer debe ser el ángel moral del hogar”.

Ni siquiera grandes defensoras de la mujer como Carla Bruni o la propia ministra Aído, habrían llegado tan lejos.

martes, 14 de abril de 2009

Historias de Nueva York by Peter Funch



Historias de Babel o de lo que viene a ser lo mismo, de la ciudad de Nueva York a través de la mirada del fotógrafo de origen danés Peter Funch, quien se ha propuesto contarnos cómo es la vida en la Gran Manzana a través de una serie de instantáneas llenas de vida, color y poesía. Poesía de lo cotidiano, claro, en la que los personajes con captados como en una especie de ballet contemporáneo que nos ofrece a la vez un retrato de nuestro a veces extraño, siempre acelerado y por momentos desquiciado tiempo.

Esto es sólo una muestra, si quieres ver más, pincha aquí.

lunes, 2 de marzo de 2009

Vidas paralelas: de 'slumdogs' a héroes nacionales

Hay una escena en Slumdog Millionaire (y no revelo nada que no se sepa desde el inicio) en el que Jamal Malik, el joven nacido en los suburbios de Bombay que acaba de hacerse millonario en un concurso televisivo de preguntas y respuestas, es jaleado en diferentes rincones de todo el país por una multitud enfebrecida que celebra el éxito del que ha pasado a convertirse en la representación viva de la esperanza. El chico analfabeto, una rata más perdida entre las cloacas de una de las megalópolis indias, el mendigo huérfano acostumbrado a danzar con la muerte para mantener su estacionariamente miserable existencia, ha triunfado. De golpe y porrazo se ha convertido en un héroe, en un símbolo, en la encarnación del hasta ayer conocido como “sueño americano”, en cuya onírica existencia ha empezado a creer todo el planeta.Hasta aquí la ficción. Pero el destino -un elemento que se torna central en la película- se muestra trágicamente irónico.

Caramelos, guirnaldas y cientos de fotógrafos se agolpan en Mumbai un jueves de febrero. La expectación es máxima. La euforia se desata. De pronto la ficción se ha vuelto real. Y Jamal Malik deja de ser un personaje creado por Vikas Swarup para que Simon Beaufoy escriba un notable guión con el que Danny Boyle, el de Trainspotting, hará una fantástica película. La muchedumbre lo aclama. Pero, ahora es de verdad. El pequeño regresa junto a sus pequeños compañeros de reparto después de que su película haya triunfado en la última gala de los Óscar. Pese a los esfuerzos de la policía por llevárselos en volandas -la misma policía que en la cinta se emplea a fondo contra todo aquel que carezca de defensa, o hace la vista gorda mientras el enésimo conflicto religioso tiñe de sangre las calles-, y librarlos de la multitud, brillantes guirnaldas cubren en unos instantes los cuellos de los sonrientes menores.
Hay que protegerlos de la realidad.

Ésa en la que el niño que interpreta al hermano del protagonista se aloja en una vivienda sin camas con una lona por tejado; en la que a la pequeña heroína le aguardaría un minúsculo hogar situado junto a una vía férrea, en las mismas calles atiborradas de basura. Un lugar, que es la imagen misma del infierno para un ciudadano común en Europa, en el que las alcantarillas están destapadas y disponer de agua corriente es tan improbable como ganar ‘Quién quiere ser millonario’.

Sin embargo, a estos pequeños les ha tocado el premio gordo. Podrían haber sido otros entre cientos de millones de candidatos en un país que está llamado a convertirse en no demasiado tiempo en el más poblado de la tierra. Pero, gracias a que sólo en EE.UU la peli ha recaudado más de cien millones de dólares -una barbaridad si tenemos en cuenta que se trataba de una producción modesta-, podrán disponer de casas nuevas. De ésas en las que el agua fluye como si fuera cosa de magia y no hay que pagar unas rupias por defecar a cubierto de las miradas ajenas, entre cuatro tablas.

Todavía hay quien ha protestado en la India porque la cinta transmite una imagen irreal del país. Y tienen razón. Porque la película, extraordinaria por momentos, aunque a mi juicio sobrevalorada por la crítica, procura en lo posible endulzar cada uno de los momentos dramáticos con un terrón de optimismo por antídoto. Este bollywoodiense recurso supone sin duda un alivio para el espectador, que bastante tiene con haberse dejado los 7€ de la entrada, y al que una sobredosis de drama podría terminar por proyectarlo de la butaca, rompiéndose los cuernos de la mala conciencia contra el techo de la sala, pero encubre de algún modo la percepción final que sobre la India puede quedar.

El Arte, en todo caso, es libre.

sábado, 17 de enero de 2009

Los míos

Israel Shahak lo cuenta al principio de su Historia judía, religión judía. Corría el año 1965 cuando presenció una escena que lo marcaría de por vida. Un judío ultrarreligioso se negaba a permitir que se usara su teléfono durante el shabat para pedirle una ambulancia a un no judío que se había desmayado en su barrio de Jerusalén. Shahak describe cómo él mismo solicitó una reunión con los miembros del Tribunal Rabínico de Jerusalén, nombrados por el Estado de Israel, para preguntarles si esa conducta era coherente con su interpretación de la religión judía. La respuesta fue rotunda: el judío en cuestión había obrado de forma correcta, incluso virtuosa de acuerdo a leyes talmúdicas de reconocida autoridad. No sólo eso, en el debate que siguió al hecho, tras el revuelo levantado en los medios de comunicación, las propias autoridades religiosas se encargaron de asegurar que otro gallo hubiera cantado si las consecuencias de un acto así hubieran puesto en peligro a judíos, en vez de a simples gentiles.

¿Se trató de un incidente aislado? Las visiones extremistas son frecuentes y el judaísmo no es ajeno a este tipo de ínfulas de pureza. El problema es cuando la religión se convierte en fundamento del derecho de un país. Cuando la Ley procede (presuntamente) de Dios, no de los hombres. Como en el Irán de los ayatolás. Pero, ¿acaso no también en el Estado ‘Judío’ de Israel?
Posiblemente, a muchos les haya pasado desapercibida la denominación que acompaña y, por lo tanto, define al Estado de Israel: su condición de Judío. Pero, seguro que a la mayoría le resultaría indigesta la existencia en la actualidad de una República Católica Francesa o de un Reino Cristiano de Suecia.

Olvidémonos ahora, por un momento, de las especiales circunstancias que posibilitan la creación, en 1948, del Estado de Israel; desprendámonos, un instante, de nuestra mala conciencia, aquella que nos impelió a reparar moralmente a un pueblo mientras conculcábamos el derecho de otro. Preguntémonos entonces si puede llamarse democrático a un país que aprobó una Ley Constitucional que prohíbe la existencia de todo partido que se oponga al principio de un Estado judío (como aprobó la Knesset en 1985) o que piensa, ahora mismo, en impedir que se presenten a unas elecciones todos los partidos árabes, pese a que el 20% de “su” población tiene este origen.

Si a esto le añadimos que buena parte del territorio del país está destinado oficialmente al disfrute exclusivo de los judíos, y que determinados derechos fundamentales le son sistemáticamente sustraídos a los no que no lo son, sólo por no practicar esta confesión o no haber “regresado” o no haberse “convertido”, ¿cómo no pensar que el Estado Judío de Israel, según dicen, el único país democrático de todo Oriente Próximo, no está institucionalizando una forma tan eficaz como deleznable de apartheid?

Pero, al margen del derecho, qué hay de la ética. La misma ONU que ayer inventó el problema y hoy es atacada en Gaza tiene por qué callar. Tampoco los países árabes pueden sentirse precisamente orgullosos. Su torpeza, fanatismo y fanfarronería en esta causa son proverbiales. Mas, ¿cómo definir la actitud del pueblo perseguido cuando se convierte en perseguidor? ¿Cómo caracterizar a aquél que ha respondido al antisemitismo con más racismo y exclusión? ¿Cómo el pueblo cosmopolita por antonomasia ha puesto toda la maquinaria de su flamante Estado a redimir “su” tierra? ¿Cómo, en fin, no se les revienta el alma a aquellos que, habiendo sido anteayer expulsados, encerrados o aniquilados, actúan ahora con semejante saña?

Pienso en Ana Frank, en Primo Levi, en Walter Benjamin o Stefan Zweig. En todos aquellos cuyo dolor me conmovió como si fuera propio. Porque eran de los míos.

Quiero pensar que ellos no habrían estado de acuerdo.

No sé si podría soportar lo contrario.

martes, 16 de diciembre de 2008

Wii zapatillas: el regalo de estas navidades

A un periodista iraquí no le gustó mucho –vaya usted a saber por qué- la presencia de George W. Bush en Irak para “despedirse” del país. Así, en un gesto de desprecio mayúsculo le arrojó los zapatos a la cara.

Gracias a su entrenamiento con “Wii Zapatilla”, Bush consiguió esquivar el envenenado regalo. ¿A qué esperas para pedirle a los Reyes tu pack?

Si lo haces antes de diez días, obtendrás de regalo los calcetines que llevó Esperanza Aguirre en la rueda de prensa posterior a su agitada visita a la India. Gracias a su elastiquillo pasado son ideales como pasamontañas.

[enviado por ladyhildegard; visto en polonio210.es]

Demostración:


viernes, 28 de noviembre de 2008

Chinocracia

[Foto: Reuters]

¿Es posible mantener por tiempo indefinido un pueblo sometido, negándole derechos civiles básicos, como la libertad de expresión, mientras la mayoría de naciones “avanzadas”, algunas desde hace siglos, otras más recientemente aunque de forma decidida, han apostado por establecer sistemas democráticos? ¿Podría una crisis económica acelerar la instauración de esas instituciones propias de un Estado de derecho en ese mismo país?

Sí, estamos hablando de China. Y de preguntas de no fácil respuesta. En un principio, pese a que es un hecho demostrado que el crecimiento económico favorece -aunque no garantiza, caso de los países del Golfo- la llegada de la democracia, a la primera cuestión podríamos haber contestado afirmativamente hasta hace no mucho. Puede que por influjo de las tesis clásicas que tipifican el despotismo de tipo oriental entre las distintas formas de gobierno que son o han sido -aunque no olvidemos que Japón ya quebró la norma, no sin resistencias, tras la II Guerra Mundial- y gracias también a la acogida por parte de China de un régimen de socialismo de mercado -que, al combinar el crecimiento económico con la negación de derechos a una sociedad civil amordazada y sometida a los designios del Partido, sacaba al país del carril por el que habían circulado las naciones europeas al otro lado del Telón de acero-, habíamos tendido a considerar que la democracia en el país más poblado del mundo no encontraría, al menos a corto o medio plazo, suelo fértil. Menos aún, cuando la legitimación del régimen por la comunidad internacional tras los JJ.OO de Pekín había sellado en apariencia cualquier fisura.

A distancia y para alguien con no demasiados escrúpulos, era el régimen “perfecto”.

Pero, de pronto, se crean las condiciones para que responder a la segunda cuestión arriba planteada suponga un ejercicio que trascienda el mero juego especulativo. La crisis mundial ya ha llegado a China, y la que creíamos sumisa y dócil población, la misma que ha soportado durante décadas la explotación, purgas masivas, infanticidios, y devastaciones medioambientales ha empezado a asomar la cabeza, al menos todo lo que le permite la feroz censura que se encuentra instalada en el sistema y que convierte todo acto de disensión en un desafío al régimen, en una traición.

Y la punta del iceberg se ha hecho visible hasta desde aquellos países que han preferido siempre dar la espalda a los ciudadanos chinos, cambiándose de lado la mala conciencia cada vez que les empezaba a pesar un poco.

“Trabajadores despedidos, taxistas enfrentados a sus empresas, ciudadanos expropiados.” Así describe un corresponsal de El País, los efectos de la protesta social. Y, de pronto, descubrimos que no es Nido de Pájaro todo lo que reluce, ni son sólo los pobres tibetanos cuya bandera -pobrecitos- enarbola una decadente izquierda europea los que padecen, sino que en la China Popular, el pueblo ha empezado a abandonar su estado de duermela.No es la tiranía lo que les escuece. Llevan milenios soportando vivir bajo un sistema cuasi-feudal. Lo que les produce hartazgo y una rabia cada vez más descontrolada es dejar de pronto de ganar los yuanes que habían empezado a llenar sus carteras.

No es de extrañar que las autoridades llamen a mantener la cabeza fría y a ser conscientes “de la necesidad de salvaguardar la estabilidad”. Cegados por la claridad de la evidencia, han comprendido que el libre mercado, el mismo que ha permitido crecimientos sostenidos anuales superiores al 10%, provoca que algunos se acostumbren “a lo bueno”, y se vuelvan contra el aprendiz de brujo en cuanto la fortuna se les vuelve adversa.

¿Se han preguntado qué pasaría si 1.300 millones de chinos se pusieran en huelga a la vez?

¿Puede la democracia ser la respuesta a ese salto?

sábado, 15 de noviembre de 2008

Lecciones de sarcasmo

Ni el escepticismo, ni el pesimismo, ni la indiferencia, ni el caos, ni la frustración. Lo que define el sentir de nuestro tiempo es el sarcasmo. La política y el arte se mezclan en dos ejemplos recientes que, creo, resultarán bastante ilustrativos a este respecto. No pienso detenerme en el primero de ellos, pues es conocido por todos y me limitaré a enunciarlo. Me refiero al caso de la famosa cúpula que Barceló ha “pintado” en el Palacio de las Naciones Unidas de Ginebra, cuyo coste total -en plena recesión económica- se ha elevado a la módica cantidad de 20 millones de euros, de los que el gobierno español aporta el 40 por ciento (unos mil trescientos millones de las antiguas pesetas), incluyendo una partida de 500.000 euros pertenecientes a Fondos de Ayuda al Desarrollo, que no servirán, por tanto, para construir pozos ni escuelas ni casas debido a la “contribución de esta obra de arte -cuya calidad no discuto- a la promoción de los derechos humanos y el multilateralismo”. Tela.

El segundo caso me ocupará algo más por cuanto el sarcasmo, en el sentido de “burla sangrienta” que recoge el diccionario, se torna literal. Tiene lugar en Jerusalén, y aquí el artista invitado es el arquitecto Frank Gehry, quien ha sido contratado para construir el museo más caro del mundo (primera ofensa, en una de las ciudades más pobres de Israel), pero aquí viene lo mejor, un museo dedicado a la “tolerancia y la coexistencia”.

En Jerusalén. Esa ciudad en la que las diferentes corrientes del cristianismo se lían a golpes para custodiar el lugar donde se supone que fue sepultado Jesús; allí donde, como dijo el escritor israelí Amos Oz, “nadie escucha jamás”.

Los promotores de la iniciativa afirman que el nuevo centro “tendrá por objeto las tradiciones judías y las relaciones de Israel con los países árabes” (unas relaciones exquisitas, como todo el mundo sabe), y como ejemplo de buena voluntad han decidido -pese a las protestas de algunos gentiles que todavía insisten en vivir en la tierra de Abraham- elevar el edificio sobre el cementerio musulmán más antiguo de la ciudad santa. Todo un detalle.

La tolerante judaización de la zona oeste de Jerusalén es un hecho imparable. Así, los 30.000 metros cuadrados sobre los que se levantará el Museo de la Tolerancia servirán para borrar un nuevo vestigio del pasado árabe de la ciudad. Como relata Juan Miguel Muñoz en un artículo publicado en El País, ya las bellas casas del periodo otomano se encuentran encajonadas por altos edificios, y las murallas de la ciudad vieja, construida en tiempos del sultán Suleimán el Magnífico, y que algunos hemos llegado a “ver” gracias a las descripciones que Lapierre y Collins nos dejaron en su célebre Oh, Jerusalén, resultan casi inapreciables desde muchos puntos.

Es un ejemplo más de cómo el pueblo perseguido por antonomasia, se ha convertido a su vez en perseguidor. Decía Jean Paul Sartre en Reflexiones sobre la cuestión judía -libro escrito antes del final de la II Guerra Mundial- refiriéndose al 'antisemita': “Es un hombre que tiene miedo (…) de sí mismo, de su conciencia, de su libertad, de sus instintos, de sus responsabilidades, de la soledad, del cambio, de la sociedad y del mundo”. Estas mismas palabras podrían hoy definir la identidad de muchos ciudadanos de Israel que hace tiempo agotararon cualquier justificación (ni el trágico pasado ni el incierto presente sirven de coartada), y han terminado encarnando la condición, según expresión acuñada por Israel Shanak, de “judeo-nazis”.

Levantar un Museo a la Tolerancia en un país que fomenta (cito de nuevo a Shanak) “la discriminación entre judíos y no judíos en derecho de residencia, derecho al trabajo y derecho a la igualdad ante la ley”, y que estemos hablando de este acoso en la misma semana en la que se cumplen 70 años de la infame "noche de los cristales rotos", como sarcasmo, no está nada mal.

[artículo recomendado por soitu]

jueves, 2 de octubre de 2008

Pensamiento fósil

El mundo está lleno de iluminados, de personas que pretenden revelarnos una Verdad en medio de este caos de confusión, tinieblas y volatilidad en el que vivimos. Adnan Oktar es uno de estos autoerigidos. En su caso su Verdad trata de desmontar una gran Mentira, la que han concebido Darwin y sus epígonos evolucionistas para convencernos de que las especies no fueron arrojadas al planeta ahí, porque sí, con todos sus complementos ya de serie, sino que se han ido transformando lentamente librando su particular lucha por la vida durante millones de años. Menuda chorrada.

Oktar, toda una celebridad en su Turquía natal, no está dispuesto a dar su brazo a torcer. Como cualquier iluminado, no se mueve en el mundo de lo racional, si siquiera de lo razonable. Sabe que los caminos del Señor son inescrutables pero que al final todos parten o conducen a Él. Así, ha lanzado un órdago a los científicos de todo el mundo. Al primer darwinista que le presente un fósil de la etapa intermedia en el proceso evolucionario le ofrecerá un premio de diez billones de liras turcas (6,2 billones de euros o 7,3 billones de dólares). Una bagatela al lado de lo que supone desmontar uno de los grandes timos de la Historia, comparable a afirmar que la tierra es redonda, que el sol no gira alrededor del planeta azul o que el hombre tiene algo que ver en las causas del calentamiento global.

Para este creacionista musulmán, famoso por haber lanzado a nivel mundial y de manera gratuita un lujoso “Atlas de la Creación”, no existen fósiles que sirvan para apoyar las teorías de Charles Darwin. Vamos, que durante millones de años las formas de los organismos vivos no han evolucionado. En todo caso, hemos asistido a un gran Montaje, una especie de prueba divina que un puñado de ateos sin escrúpulos no han superado. A ellos, no cabe duda, les están reservadas las penas del Infierno.

Quizá todo esto no pasara de ser la excentricidad de un lunático si no viniera acompañada de hechos como los que recientemente acontecieron en Turquía, cuando un tribunal obligó a cerrar el acceso en este país a la web del científico Richard Dawkins a causa una demanda interpuesta por el mismo Oktar – que escribía bajo el pseudónimo de Harun Yahya-, en la que se quejaba de que Dawkins - divulgador científico con numerosas contribuciones a la teoría evolutiva, como “El gen egoísta” o “El fenotipo extendido”- le había insultado al permitir ciertos comentarios realizados en los foros y blogs de su web.

Dawkins, que ya había calificado en su web el “Atlas” de Okar- de “ridículo” y su contenido de “inane”, ha visto así cómo la corte criminal segunda de Estambul ha ordenado a Turk Telekom a bloquear el acceso a su página, no fuera a ser que cualquier internauta distraído terminara intoxicado a causa de las emanaciones de azufre.

No es, sin embargo, la primera vez que algo así sucede. De hecho, Oktar y los suyos consiguieron cerrar el 2007 el acceso a WordPress.com, alegando que los blogs ahí alojados contenían material insultante y algo parecido lograron con Google.

Sobrevuela así la pregunta de si estas sentencias vienen a salvaguardar el derecho al honor de algunos o a cercenar la libertad de expresión de otros, teniendo en cuenta el intenso debate en torno a la religión que la presuntamente laica Turquía está protagonizando en los últimos años. La eterna candidata a entrar en la Unión Europea está gobernada por un partido musulmán moderado y se debate entre quienes apuestan por propiciar un mayor acercamiento a Occidente (como el Premio Nobel Orhan Pahmuk) y quienes intentan convertir al país de setenta millones de habitantes en un nuevo bastión del fundamentalismo islámico. Todo, ante la atenta mirada de los militares, tradicionales vigías –curiosa inversión- de la normalidad laica y democrática del Estado.

Desde luego, noticias como las anteriores no hacen sino acrecentar los recelos de la ya repelosa Europa de cara a una posible integración. Aunque tampoco se trata de sembrar el pánico, o al menos de focalizar el problema en una región concreta. Todos recordaremos el papel que en los últimos tiempos han jugado a la hora de intentar imponer la enseñanza de sus creencias los creacionistas cristianos de Estados Unidos, el país más “libre” del mundo.

Los errores de unos, claro está, no enjuagan los de los otros. Todo lo más nos avisan de las amenazas de involución –nunca mejor dicho- que asoman aquí o allá. El próximo 12 de febrero se cumplen 200 años del nacimiento de Darwin. Su celebración puede ser una buena oportunidad para seguir levantando un muro de razón y conocimiento frente a las abatidas del pensamiento mágico.

Aunque, bien pensado, supongo que tal perspectiva resulta bastante ingenua. Como escribía Amos Oz: “el fanatismo es extremadamente pegajoso, más contagioso que cualquier virus. Se puede contraer fanatismo fácilmente, incluso al intentar vencerlo o combatirlo”.

viernes, 1 de agosto de 2008

El medallero de los DD.HH

En paralelo a las competiciones deportivas que están a punto de comenzar y a la transformación urbanística que está experimentando Pekín, en China se están disputando en paralelo otros juegos que poco tienen de lúdicos. Son los Juegos de los Derechos Humanos en los que compiten asociaciones como Amnistía Internacional, quien está dispuesta a copar el medallero con mensajes tan elocuentes como éste:
China ostenta actualmente el récord mundial de ejecuciones con 1.010 de 1,591 ejecuciones confirmadas en todo el mundo.
[visto en chiquiworld]

Artículo relacionado en A&I: 'China: no es un juego'

domingo, 20 de julio de 2008

China: no es un juego

Los Juegos olímpicos siempre se nos han vendido como la gran cita mundial de la concordia. Lo que une el Deporte, que no lo separe el hombre. Pero la realidad suele demostrar que más allá de la ilusión que despierta entre profesionales y espectadores de todo el mundo, se trata de un evento en el que las lecturas políticas resultan determinantes (véanse los sucesivos vetos de Moscú ‘80 y LA’84) y en el que la inocencia no campea precisamente por sus pagos (¿o no, Ben Johnson?)No digo que la intención no sea loable, pero al igual que los Reyes son los padres, esto es un negocio, amigos.

Desde que Pekín fue designada como sede de la convocatoria del año 2008, muchos apuntaron a que ésta podía ser una oportunidad única para la confirmación de China como una potencia de primer orden. La Beijing actual se ha transformado de un modo brutal convirtiéndose en el símbolo del nuevo gigante asiático. Para bien y para mal. Y digo esto porque la metamorfosis que algunos soñaron no se ha producido ni tan siquiera levemente y la China que lucha por integrarse en el selecto club de los países más avanzados del planeta, no se ha movido un ápice merced a la cita olímpica, en los fundamentos de tipo político y social establecidos por el régimen que gobierna el país desde hace décadas. Las tímidas presiones diplomáticas que ejerció Occidente tras las revueltas en Tíbet se quedaron en nada, diluyéndose junto al resto de demandas que en especial las organizaciones humanitarias vienen haciendo desde hace tiempo. Por no hablar del costo medioambiental que los Juegos supondrán y sobre el que el resto de timoratos líderes mundiales tampoco ha dicho nada.

Al contrario de lo que el más elemental sentido común pudiera dictar, cuando se habla de la imagen que China pretende lanzar al mundo, no se tienen en cuenta factores como el respeto por los derechos humanos o un cambio de tendencia hacia una progresiva democratización del país. Todo se reduce a las idílicas telepromociones con la Gran Muralla al fondo, a los fuegos artificiales y al urbanismo que representa el nuevo Estadio olímpico de simbólico nombre: el Nido de Pájaro.
Porque efectivamente, China, y esta es la prueba más palpable de cuanto venimos diciendo, no necesita siquiera hacer ningún brindis al sol. Porque quienes no temen a China la necesitan, de ahí que hayan descubierto que amenazar con no acudir a la inauguración de los Juegos (uuuuh, qué miedo) es el mayor acto de sabotaje que están dispuestos a poner sobre la mesa.

Cuando a finales de los años 70 China decidió abandonar la rígida planificación estatal de la economía iniciando una apertura hacia un sistema de libre mercado (claramente proteccionista, claro), algunos expertos vaticinaron el principio del fin de la dictadura comunista. Tras desplomarse como un castillo de naipes el bloque soviético, todo parecía indicar que el país asiático muy pronto terminaría soltándose el corsé ideológico. Pero no. Hoy China representa un caso único que combina un crecimiento económico sostenido a un ritmo netamente superior al de las principales democracias capitalistas al tiempo que mantiene un férreo sistema centralizado de partido único que ahoga cualquier disidencia (donde no podría expresar esto mismo sin temor a represalias).

Y lo que es peor, el resto de potencias mundiales (hasta las más supuestamente liberales) lo han aceptado. Sin más. Peor es cabreallo.

viernes, 27 de junio de 2008

6 continentes, 6 viajes, 6 libros

Se puede viajar sin moverse del sitio, sólo atendidos por nuestra imaginación, como Kant recorrió todas las sendas del conocimiento, sin casi salir de su Königsberg natal. Si además, los tiempos no se muestran propicios y el bolsillo se ha quedado tiritando -y no precisamente a causa de las heladas-, puede no ser tan mala idea adentrarse en maravillosos territorios desde una tumbona, o desde una terraza, hurtándole una pizca de frescor al atardecer. Les propongo seis viajes a seis continentes maravillosos contados por seis viajeros escritores, o escritores viajeros. Una vuelta al mundo en 80 días y 80 noches. Y todo por algo más de 100 euros. Un viaje que arranca cómo no en la vieja Europa, o quizá sería mejor decir “la antigua”.

Pocos personajes han ejercido tanta influencia en la cultura occidental como el protagonista de La Odisea. Ulises no es un héroe al uso, un guerrero como Aquiles, Menelao o Áyax, con todos esos atributos físicos y accesorios, que les convierten en el primer antecedente de los modernos personajes de cómic. Ulises es, por encima de todo, un tipo con recursos. No quiere pasar a la historia, sino volver a casa, a Ítaca, donde Penélope -la que esperaba sentada en un banco de la estación en la canción de Serrat- lo espera tejiendo y destejiendo túnicas y sueños. Pero, si algo hace que el poema homérico pueda ser considerado como uno de los textos base de la civilización europea, es su superación del mito. Ulises, el astuto, es ya el hombre que quiere dominar a la naturaleza, que antepone su racionalidad al destino, o fatum -como cuando regresa ileso del Hades-, que está dispuesto a negociar con los propios dioses.

Este dominio de la naturaleza, semilla de lo que más de dos mil años después será la Ilustración, merecerá una revisión crítica por parte de la Escuela de Frankfurt, quien verá en el mito de Odiseo el inicio de todos nuestros males modernos y más concretamente de los horrores cometidos durante la II Guerra mundial. Pero, al margen de este tipo de lecturas, La Odisea es un libro apasionante, una novela de aventuras que se sitúa en la base de lo que un día se dará en llamar la cultura europea.

14 kilómetros separan el sur de España de África, el continente que casi con toda seguridad más fascinación ha despertado entre la moderna literatura viajera. Obligada resulta la lectura de Ébano, del desaparecido Ryszard Kapuscinski, junto a la danesa Karen Blixen, autora del legendario Memorias de África -que llevó con singular maestría Sydney Pollack a la gran pantalla-, una de las personas que mejor nos han trasladado la “experiencia” africana.

En los Ensayos completos, publicados por Losada, Blixen -más conocida como Isak Dinesen- nos ofrece el irregular relato de sus casi 20 años de residencia en el África negra. En este sentido, a pesar de la belleza de la descripción de los paisajes, no se trata de un libro propiamente de viajes, sino de un volumen que aglutina las reflexiones de una aristócrata blanca, dotada de un especial talento para la observación, que quedó prendada por un continente maltratado por la versión menos amable de la “civilización”.

Espontánea e irónica, liviana en ocasiones, otras veces profunda, Blixen nos cuenta al desnudo retazos de su vida en África. “Un gran mundo de poesía se me ha abierto y me ha metido en su seno, aquí, y lo he amado”, le confesó a su madre poco antes de tener que abandonar, enferma y arruinada, la granja de café que regentaba en Kenia, y trasladarse a Europa. Tenía 46 años. Y estaba a punto de convertirse en una escritora muy popular.

Condensar en algo más de cuatrocientas páginas, la esencia de Asia parece algo más que una quimera. Sin embargo, el londinense Colin Thubron, uno de los grandes escritores viajeros de la actualidad, ha aceptado el reto y ha seguido las huellas de los grandes aventureros que le han precedido a través de un viaje a lo largo de la mayor ruta terrestre del mundo. El resultado de recorrer en autocar, coche, carro o camello más de once mil kilómetros tiene por título La sombra de la ruta de la seda (Península), un fantástico libro que nos lleva en sentido inverso al habitual desde China a las montañas del Asia Central, pasando por Afganistán, las llanuras de Irán y el Kurdistán turco.

El propio título nos parece una invitación a entrar en un mundo exótico, en un verdadero territorio de leyenda capaz de retrotraernos a un pasado remoto en el que Occidente y Oriente estaban únicamente unidos a través de este estrecho cordón umbilical que fue la Ruta de la seda. Quien espere algo de todo esto, puede que se sienta defraudado. El título de Thubron no es un relato histórico sobre el pasado esplendor de una civilización milenaria, sino que arriesga a dibujar, sin menoscabo para su magnífica prosa, y haciendo acopio de declaraciones de los habitantes que va encontrando en su camino, la actualidad de un continente diverso y convulso.

El fanatismo religioso, la China de la Revolución Cultural, los nacionalismos y, en definitiva, la dificultad de encajar en el tablero político mundial las barreras étnicas, lingüísticas y religiosas permiten a este autor realizar una visión profunda y por momentos poética de buena parte del inabarcable territorio asiático. Pondrá a trabajar todos sus sentidos.

Australia suele venir asociada en nuestra mente a grandes territorios casi vírgenes, en los que habita una población civilizada y próspera que rinde pleitesía a la reina de Inglaterra, un oasis de paz únicamente alterado por las ocasionales invasiones de conejos. Australia es ese vasto continente con el que sueña el personaje de Javier Bardem en Los lunes del sol mientras observa una mancha de humedad en el techo de su mísera pensión. Pero, los orígenes de este país no fueron precisamente idílicos.

Muchos conocíamos a Robert Hugues por su dedicación a la crítica de arte, actividad por la que es reconocido a nivel mundial gracias en parte a sus colaboraciones con la revista Time, pero, además de esta faceta, el australiano se ha distinguido también por su afición a la historia, que pone de manifiesto en el interesantísimo La costa fatídica (Galaxia Gutenberg) en la que se convierte en cronista del siniestro nacimiento de su país natal.

Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, Inglaterra, la gran potencia de ultramar, se dedicó a fletar un sinfín de barcos repletos de presidiarios rumbo a las remotas costas australianas, convirtiendo la isla en una inmensa cárcel, en la que habitaban miles de convictos. Este episodio histórico sirve a Hugues de excusa para escribir un libro de aventuras -en la línea de London o Stevenson- que analiza la conversión de este vasto escenario desértico y salvaje en una nación gobernada por el imperio de la ley.

Un libro, en definitiva, que cuenta también cómo los poderosos pretenden desembarazarse de los residuos que sus propias sociedades generan mandándolos lo más lejos posible, y de cómo, en alguna ocasión, de las alcantarillas de la barbarie puede emerger la civilización.

Hasta este mismo año había sido imposible enlazar por avión la Antártida. Eso sí, si no eres un científico que desarrollas un proyecto en la zona, no podrás conseguir un billete para recorrer los 3.400 kilómetros que separan Hobart, capital de Tasmania, de la estación de Casey. La Antártida, el sexto continente -o al menos eso es lo que nos decían en el libro de Sociedad del cole-, no parece el destino idóneo para unas vacaciones. Pero, es innegable la fascinación que ha despertado a lo largo de la edad contemporánea.

La conquista del Polo Sur fue la obsesión de un puñado de exploradores de comienzos del siglo XX, y en concreto del noruego Roald Amundsen y el británico Robert Scott, que culminaron en 1912 su trágica carrera para conquistar uno de los últimos parajes vírgenes del planeta. Las expediciones de estos dos hombres han cautivado a generaciones de lectores. De hecho, la obra de Apsley Cherry-Garrard titulada El peor viaje del mundo, publicada en 1922 es considerada por muchos como el mejor libro de viajes jamás escrito. Y esta misma aventura es la que recoge, mucho más recientemente, El último lugar de la Tierra (Península) de Roland Huntford, un libro que relata a través de una rigurosa investigación, las hazañas de estos viajeros suicidas que alcanzaron el Polo Sur con apenas un mes de diferencia, convirtiéndose en héroes de leyenda.

La obra rebosa humanidad. Relata, entre otras cosas, cómo Scott no quiso utilizar perros -a diferencia de su rival- en esta su segunda expedición, sino caballos, para no tener que sacrificar a los primeros.

El 12 de noviembre de 1912, se encontraron los cadáveres de Scott y otros dos miembros de la expedición dentro de una tienda de campaña. Su diario contenía un pasaje que se haría célebre: “me gustaría tener una historia que contar sobre la fortaleza, resistencia y valor de mis compañeros que removería el corazón de todos los ingleses. Estas torpes notas y nuestros cuerpos muertos, contarán la historia.”

Los diarios, los apuntes sueltos, los cuadernos de viaje han sido una fuente inapreciable para comprender la vida de los grandes hombres a lo largo de la historia. Si Scott fue uno de los héroes británicos del siglo XX, América Latina vio encarnarse a su particular Quijote en la figura de un guerrillero asmático, mártir o verdugo, que cabalgó a lomos de una motocicleta -la Poderosa II- para descubrir, con apenas 23 años, la “América mayúscula”. Hablamos de Ernesto Guevara, alias “el Che”.

“No es éste el relato de hazañas impresionantes” -apuntó en lo que años más tarde sería publicado como Notas de viaje este joven médico. Pero sin duda, fue un viaje iniciatico que dejaría una profunda huella en el ánimo de este lector empedernido, y cuyas impresiones no pueden ser atendidas hoy en día sino a la luz de los sucesos que terminaría protagonizando. “Todo lo trascendente de nuestra empresa se nos escapaba en ese momento -diría el Che más tarde-, sólo veíamos el polvo del camino y nosotros sobre la moto devorando kilómetros en la fuga hacia el norte”.

Estas aventuras juveniles de Guevara, acompañado de su amigo Alberto Granados -que serían llevadas magistralmente a la gran pantalla bajo el título Diarios de motocicleta-, están llenas humor y autoironía. Pero, junto a las descripciones, los encuentros, las experiencias -como la que vive en el leprosario- subyace el nacimiento de la conciencia del futuro revolucionario, algo evidente en “Acotación al margen”, página reveladora que trasciende la vivencia personal y que, con indudables ecos de las encendidas soflamas de Simón bolívar, es el reflejo de la sangrienta y trágica historia del continente americano: “Sabía que en el momento en que el gran espíritu rector dé el tajo enorme que divida toda la humanidad en sólo dos fracciones antagónicas, estaré con el pueblo, y sé porque lo veo impreso en la noche que yo, el ecléctico disector de doctrinas y psicoanalista de dogmas, aullando como poseído, asaltaré las barricadas o trincheras, teñiré en sangre mi arma y, loco de furia, degollaré a cuanto vencido caiga entre mis manos...”

Tal vez al errante Guevara, como al viajero en general se le podría aplicar la frase de Montaigne: “A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo, pero ignoro lo que busco”.

[artículo recomendado por soitu]

lunes, 19 de mayo de 2008

"En África, no todo el mundo muere de hambre"

[Visto en chiquiworld]
 
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