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lunes, 2 de julio de 2012

Ante el dolor de los demás

Imagen de la versión cinematográfica de La carretera de Cormac McCarthy

Siempre surge el mismo dilema. Qué hacer frente al horror. ¿Debemos mirar para otro lado? No, claro, esto es moralmente inaceptable. ¿Entonces? ¿Hay que retratarlo, fotocopiarlo y más tarde repartirlo? ¿No es esto regodearse en el dolor? ¿No es obsceno? ¿No nos insensibiliza logrando lo contrario de lo que se pretende? ¿No es, pues, también éticamente reprobable?

Compleja cuestión que dejo apenas insinuada, aunque reconozco que cada vez más me inclino por la siguiente clase de respuestas (provenientes, además, en los dos casos, de personas que si bien en apariencia pudieran moverse por territorios alejados entre sí, han vivido muy de cerca grandes dramas humanos). La primera es de Susan Sontag y se encuentra en un librito al que vuelvo esporádicamente titulado Ante el dolor de los demás. Dice así:

La designación de un infierno nada nos dice, desde luego, sobre cómo sacar a la gente de ese infierno, cómo mitigar sus llamas. Con todo, parece un bien en sí mismo reconocer, haber ampliado nuestra noción de cuánto sufrimiento a causa de la perversidad humana hay en un mundo compartido con los demás. La persona que está perennemente sorprendida por la existencia de la depravación, que se muestra desilusionada (incluso incrédula) cuando se le presentan pruebas de lo que unos seres humanos son capaces de infligir a otros –en el sentido de crueldades horripilantes y directas-, no ha alcanzado la madurez moral o psicológica.

A partir de determinada edad nadie tiene derecho a semejante ingenuidad y superficialidad, a este grado de ignorancia o amnesia.

En la actualidad un enorme archivo de imágenes hace más difícil mantener este género de defecto moral. Debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan. Aunque solo se trate de muestras y no consigan apenas abarcar la mayor parte de la realidad a que se refieren, cumplen no obstante una función esencial. Las imágenes dicen: Esto es lo que los seres humanos se atreven a hacer, y quizá se ofrezcan a hacer, con entusiasmo, convencidos de que están en lo justo. No lo olvides.

Por su parte, Arturo Pérez Reverte, dedica su último artículo en XL Semanal a este enjundioso asunto sobre el que reflexionaba yo esta mañana después de haber visto algunas imágenes de animales heridos y achicharrados a causa de los primeros grandes incendios del verano en España. No desconozco que el cartagenero no estaba pensando en este tipo de "drama" al escribir su texto, incluso que servidor podría parecerle una especie de papanatas por apoyarse en sus experiencias y conclusiones para tratar de explicar qué sentía al ver a un grupo de ciervos y ardillas (no niños, ni mujeres embarazadas o ancianos) expuestas a un inexplicable y atroz apocalipsis. Pero, creo que esta circunstancia ni cambia la cuestión de fondo ni empaña la posible validez de los razonamientos esgrimidos. El artículo, que recomiendo vivamente, puede leerse íntegramente aquí. A modo de aperitivo destaco uno de los pasajes que más me han impresionado.

Por eso me da tanta risa torcida cuando al correo del lector de tal o cual periódico acude la peña con quejas. Si aquella foto debió publicarse entera o cortada, en primera o en páginas interiores. Si a la niña de catorce años violada y degollada deberían haberle tapado ustedes la cara para cumplir con las leyes de protección a la tierna infancia. Si la imagen de esa mujer destripada no lleva pie de foto con crítica explícita a la violencia machista.Si difundir la imagen de treinta cuerpos amontonados junto a una pared acribillada de impactos de bala supone una falta de respeto al dolor de sus familias. Y es que no se han enterado de nada, rediós. Esos menguados olvidan que la función de las imágenes de guerra atroces es precisamente ésa. Sacudir, atormentar, herir la sensibilidad del lector, del espectador, lo más que se pueda. Decirle: mira, gilipollas, esto es real. Así muere la gente cuando la matan.

En cualquier caso, está claro, que tenía razón Nietzsche cuando afirmaba que "hemos de parir continuamente nuestros pensamientos desde el fondo de nuestros dolores". Lo malo es que duele tanto...

miércoles, 30 de noviembre de 2011

De no ser Alejandro habría deseado ser Diógenes

Cuentan que Diógenes divisó un día a una mujer prosternada ante los dioses de una manera inconveniente. Queriendo arrancarla a la superstición, se acercó a ella y le dijo: "¿No temes, hija mía, que un dios venga a colocarse por azar detrás de ti –pues todo está lleno con su presencia-, en cuyo caso tu postura será inadecuada?"

viernes, 30 de julio de 2010

Romain Gary, el europeo

Sólo por haber tenido el privilegio de ganar el Goncourt en dos ocasiones a Romain Gary le cabría el honor de ser recordado como uno de los nombres indispensables de la literatura francesa, que es como decir europea, del siglo XX. Sobre todo, cuando el más acreditado galardón de las letras galas únicamente puede ser concedido una vez a un mismo autor. Comment est-ce possible? Pues, obteniéndolo una vez con tu nombre “real” y otra bajo seudónimo, esto es, dotando de vida al heterónomo hasta el punto de convertirlo en un ilustre de Francia. Ahí es nada.

Aunque el caso es sobradamente conocido, merece la pena recordarlo por lo que de revelador tiene acerca de la personalidad de un autor y de cómo su obra supo recoger la multiplicidad de un alma atravesada por un espíritu esencialmente turbulento e irónico. A principios de la década del setenta del pasado siglo Gary era ya una gloria viva del país al que había llegado cuando era solo un adolescente proveniente de su Lituania natal, y al que había servido ejemplarmente durante y después de la II Guerra Mundial. No hay que hacer volar demasiado la imaginación para hacerse una idea de cuán pesada puede ser en ocasiones esta carga. Ahí tenemos el ejemplo de Sartre para corroborarlo. Además, pese a la buena recepción que su obra seguía generando más de una década después de haber ganado su “primer” Goncourt con Las raíces del cielo, la nueva crítica lo miraba con cierta condescendencia (como el mismo Sartre sintió que lo consideraban los artífices de Mayo del 68). Cualquier otro habría aceptado la situación sin oponer resistencia, agazapándose bajo la aureola largamente cultivada, no dándose por enterado, pero nuestro escritor, que ya había coqueteado anteriormente con la ocultación que suponía la escritura bajo seudónimo, decidió emprender una carrera paralela mientras mantenía el ‘sello Gary’ escribiendo novelas “reconocibles”. “Quería ser espectador de mi segunda vida. Fue como volver a nacer. Todo me fue dado de nuevo”. Nacía así Émile Ajar, un enigmático novelista que sorprendió a la escena literaria francesa con su primera obra, Gros-Câlin (un título que le valió a su autor los calificativos de “nuevo y rompedor”), y que se consagraba un año después, en 1975, cuando con La vie devant soi, le era concedido el “segundo” Goncourt. Hasta ese momento, el secreto pudo mantenerse a duras penas a recaudo (el propio Gary tuvo que responder a diferentes medios sobre la aparición de ese “nuevo” fenómeno literario y hasta leer, imaginamos con una mezcla de burla e indignación, críticas que apuntaban al antisemitismo de Ajar, ¡siendo él judío!), pero la irrupción del premio más sonado de las letras francesas quebró el frágil equilibrio sobre el que se había cimentado la existencia del personaje. Aún así, Gary no renunció a la broma y urdió un plan para que la verdad no saliera a la luz. De este modo, firmó un contrato con un primo suyo, también escritor, Paul Pavlowitch, a cambio de cederle el 40% de los derechos de autor de los títulos para que éste pusiera voz y rostro a Ajar. Dicho y hecho, el primo hizo su papel a la perfección hasta la muerte de Gary, tiempo en el que Ajar/Gary/Paulowitch publicó dos novelas más (Pseudo y L´ angoisse du roi Salomon) que compartieron estantería con el resto de la producción que el “auténtico” fue poniendo a la venta durante aquellos años. Cuentan que mientras por la mañana dictaba a su secretaria como Ajar por la tarde hacía lo propio como Gary.

Tras quitarse la vida en 1980 la revelación no tardaría en llegar. El escritor había acordado previamente con Gallimard la publicación póstuma de su Vie et mort de Émile Ajar, aunque fue su primo (que merecería, por cierto, un artículo aparte) quien destapó en L´homme que l´on croyait, el monumental engaño. Cuando dos días más tarde de salir el libro acudió al programa “Apostrophes” de la televisión francesa para dar sus explicaciones, Paulowitch recordó las palabras que Romain había utilizado para referirse a los críticos literarios burlados: “¡Bravo Paul! Émile Ajar ha puesto en su sitio a todos esos charlatanes de mierda!”

Claro está que haber regatea
do a la crítica –tantas veces arbitraria- no fue el mayor mérito de Gary. Éste es un elemento casi anecdótico. Importa más cómo fue capaz de mantener a raya su “neurosis” sin padecer el síndrome de Pessoa, aquel que al escritor portugués le hacía presentarse aquí y allá encarnando a sus propios heterónomos llevando al extremo un juego que le obligaba en ocasiones (su amante Ophelia lo sufrió en sus carnes), a abandonar el terreno literario para consustanciarse en la vida “real”. En perspectiva resulta sencillo desvelar al mentiroso, encontrar paralelismos entre las obras de Gary y Ajar que nos permitan asegurar que el segundo ya estaba allí mucho antes, en los mismos inicios de la carrera del otro. El análisis textual es un terreno abonado para este tipo de analogías, pero lo que nos interesa ahora es establecer cómo esta capacidad para mezclar diversos planos, para confundir al lector creando diferentes capas de realidad, ficción, imaginación y sueño, es rastreable en su obra precisamente en un tiempo en el que Gary prepara su salto a Ajar y da forma a la personalidad de su heterónimo más ilustre.

Todo está ya en Europa, en la historia del encuentro del embajador de Francia en Roma, Jean Danthès con la bellísima Erika. ¿O habría que decir mejor reencuentro? Al fin y al cabo, ¿no es Erika la hija de la despechada Malwina von Leyden, la misma con la que el diplomático -al comienzo de su carrera en el Quai D´Orsay-, viviera una apasionada y escandalosa relación de amor veinticinco años atrás?

En el otoño de su vida, el protagonista se enamorará de la joven virtuosa, a través de la cual la antaño “devoradora de hombres”, aquella que frecuentaba a Cagliostro o Goldoni, a Saint Simon o Rouseau, a Diderot o María Antonieta, intentará ahora desde su silla de ruedas saciar su sed de venganza rompiendo el corazón de aquel ambicioso y cultivado rufián -así ve ella al ex amante- que una vez la traicionó.
“Por un lado –dirá el propio Gary- la cínica bruja y puta Malwina von Leyden, y por el otro la hija de ésta, la bella y pura Erika.” Pero en el fondo, pese a la dualidad, y suponiendo que ambas o tan solo una de las dos existan (“que no sean el fantasma de un hombre cultísimo”), sabemos que las dos no son sino las dos caras de una y misma moneda: Europa.

¿Cómo saber si Erika y Malwina, si el enigmático Barón y el propio Danthès son reales cuando ni siquiera tenemos la certeza de que exista Europa, ese “cuento de hadas”? Cuando las fronteras lógicas se difuminan, la alienación se enseñorea de todo el espacio emborronado. No es solo que los personajes padezcan un desdoblamiento de la personalidad que envuelve al lector a lo largo de todo el libro sino que ese artefacto literario que se desenrolla en un presente permanentemente asaltado por un pasado que emerge desde la niebla, termina por ar
rastrar a todos los personajes a un espacio alegórico poblado de fantasmas demasiado reales para ser considerados simples trucos de ilusionista (pese a ser consciente el autor de su condición de mago incapaz de transformar la realidad de las cosas).

La “esquizofrénica separación que se da entre la cultura y la realidad”, nos advierte Gary, es el eje principal de una novela preñada de dicotomías (vigilia y sueño, civilización y barbarie, realidad y ficción, teoría y praxis, razón y emoción, Utopía e Historia, cordura y locura, amor y perversión, mismidad y alteridad, Malwina y Erika…) que difícilmente pueden ser entendidas como parejas de opuestos irreconciliables y en donde lo de menos parece ser el plot. Esto no implica que en Europa no haya un hilo narrativo que seguir. Pese a que las ramificaciones, las repeticiones, los déjà vu se multiplican incesantemente, la pericia del novelista hace posible que entre tanta abstracción, mientras las piezas (recreando la emblemática partida entre Alekhine y Capablanca) se mueven por el tablero mítico que representa Europa, podamos mantener la atención en el despliegue de unos personajes, que pese a que se dibujan y difuminan a un ritmo vertiginoso, resultan reconocibles o, quizá sería más apropiado decir, reconstruibles.

Personajes dotados, p
or tanto, de una escurridiza verosimilitud, imágenes fieles en su deformidad de una Europa que se alza como gran protagonista, seres fantasmagóricos atravesados íntimamente por un pegajoso sentimiento de culpa. El Holocausto, las purgas estalinistas, las torturas del colonialismo francés en Argelia, son el trágico reflejo del fracaso de la Cultura (de Europa) por fundir la estética de los inmortales del Arte (reservada a los happy few, las almas bellas, la pequeña elite “que cabría en un palco de La Scala”) con una ética aplicable al común de los mortales. En la conciencia de la inutilidad de las obras maestras, retiradas en su “gueto dorado”, vuelve a resonar -cabe menos imaginar a dos escritores, casi dos coetáneos (murieron en el mismo año) a la vez tan brillantes y tan opuestos- la desesperada pregunta de Sartre: ¿para qué sirve un libro mientras un niño muere de hambre?

Este lamento desgarrado provi
ene de un hombre (Danthès en la ficción, Gary en la realidad) que asiste a la expansión de “los mercados, de las sociedades anónimas y de las cuotas”. Todo lo contrario al ideal de Belleza que desde la Edad Media alumbró el sueño europeo, un sueño deshecho a base de desmitificaciones por una lógica implacable, expresión del espíritu de contables y tenderos, de aquella lumpenburguesía “de las neveras y de los barecitos agradables donde va uno a zampar dejando el coche aparcado en la acera” que, entronizando al dios Confort, excluye por defecto “el genio futuro del hombre”.

La fiesta había terminado. Ni siquiera Europa puede salvarse por el estilo en una época en la que “las cortesanas se habían convertido en putas, los aventureros, en truhanes el mundillo galante, en submundo”. Tocqueville lo expresó magníficamente en su radiografía de la joven nación americana. Gary/Danthès se convierte en su heredero cuando observa con resignación cómo la “avalancha humana” y los “apretujones democráticos” han erradicado la “distinción de espíritu”, la “nobleza de comportamiento” de lo que ahora dan en llamar Mercado Común.

Observador privilegiado de su siglo, Gary inyecta en Danthès esa dosis de descreimiento teñido de melancolía al que él mismo no fue ajeno. Como el Zweig que cuenta en Memorias de un europeo cómo ve sumirse su mundo en la oscuridad, este judío que perdió a su padre en Auschwitz mientras combatía con las fuerzas aéreas francesas libres, este europeo de Vilnius, bohemio y plurilingüe, que sirvió a Francia como diplomático en medio mundo, vuelca en Europa muchas de sus frustraciones personales, reflejo a la postre del desengaño de una generación de intelectuales que, desde los despachos o las barricadas, la oficialidad o la clandestinidad, aún creyeron que era posible consumar el sueño ilustrado.

No resulta casual así que su primera obra, aquella que escribió entre batalla y batalla, mientras dejaba caer las bombas que podían matar en su cama a un Rilke, un Hölderlin o un Goethe (qué pensamiento más desolado) llevara por título Éducation européenne, ni que ésta estuviera dedicada a Robert Colcanap, un joven piloto que murió en suelo inglés al mando de su nave cuando se negó a tomar tierra sobre un campo de fútbol en el que se jugaba un partido. Pocos autores contemporáneos han sentido una obsesión mayor por Europa, por su esencia, por su existencia, por su historia e inescrutable porvenir. Podríamos decir de Europa como San Agustín del Tiempo, que se sabe lo que es hasta que se pregunta precisamente: qué es. “Europa –nos dice Zygmunt Bauman- no es algo que se descubre; Europa es una misión: algo que se hace, se crea se construye”. No es muy arriesgado pensar que Gary estaría de acuerdo con este aserto. Por eso asume en esta novela el reto que planteará el filósofo. Son hombres como él los que han interiorizado que “hace falta mucha inventiva, determinación y esfuerzo para llevar a cabo (…) un trabajo que nunca termina, un reto aún por superar en su totalidad, una posibilidad siempre pendiente”.

La dicotomía entre un mundo falso, elevado, imaginario pero auténtico, el de la Cultura (el de Europa), y otro real, el de la sociedad, egoísta y mezquino, no puede acabar, como le dice el psiquiatra a Danthès, más que en “bodas de sangre”. La única receta, para salir airoso sería abandonarse un poco al hedonismo, aplicarse una capa de cinismo, considerar la cultura como un “picnic”, donde uno “hace acopio de oxígeno” que luego te permite “soportar todas las pestilencias”, en definitiva dejarse atrapar por esa red burguesa de la que, no puede dejar de sentirse parte aquel que después de pedir la transformación del mundo en un papel, se retira al lujo de sus habitaciones en la embajada.

La angustia resulta pues, inevitable. George Steiner ha dedicado cientos de páginas a reflexionar sobre esta contradicción paralizante: “¿qué derecho tiene el mandarín a imponer la “alta” cultura? ¿Qué licencia posee el pedagogo o el así llamado intelectual para introducir por la fuerza sus prioridades esotéricas y sus valores en las gargantas de lo que Shakespeare llamaba “el gran público” (…) Sobre todo cuando en lo más profundo de su atormentado corazón, sabe que los logros artísticos e intelectuales no parecen volver más humanos a los hombres y a la sociedad, más aptos para la justicia y la piedad. Cuando intuye que las humanidades no humanizan, que las ciencias, incluso la filosofía, pueden estar al servicio de la peor de las políticas”.

Al fin y al cabo, como le escribió Einstein a Freud a comienzos de los años 30: ¿no probaba la experiencia “que es más bien la llamada ‘intelectualidad’ la más proclive a esas sugestiones colectivas” que configuraron las grandes pesadillas totalitarias del siglo XX que sirven de telón de fondo al propio Gary? ¿No son los políticos también, la élite dirigente a la que pertenece el diplomático (cuya casta había denunciado en Las raíces del cielo), esos expertos “fraudulentos” y “mediocres” en cuyas manos hemos depositado nuestro destino -como afirmara Stanislaw Lem (otro judío europeo) en Provocación- quienes más flaco servicio le están haciendo a la “idea” de Europa?

¿Tendremos, por lo tanto, que buscar una consolación en un irracional deseo, como el que profesa Steiner de que en medio de nuestra brutalidad como especie, sean los santos, los matemáticos, los compositores, los poetas, los pintores, los lógicos o los epistemólogos -esos “grandes charlatanes”, dirá Gary- quienes salven a la humanidad?” ¿Habremos de dar como válida la posibilidad “de que el surgimiento, en nuestro medio mamífero de Platón, de Gauss o de Mozart justifique, redima a la especie que ideó y realizó Auschwitz”? En parte sí, aunque Gary, por medio de Danthès, aún será capaz de dar una vuelta de tuerca y alcanzar una salvífica síntesis: “La gran paradoja de la revolución cultural es que nació precisamente de la cultura intemporal, la de los museos, las sinfonías y los poemas: Mao o Marcuse, la voz que exigía que el mundo cambiase seguía siendo la de Giotto… Danthès sentía que su valor, sus certezas, regresaban. Es la cultura la que, en la belleza abstracta de Mallarmé, lucha hoy contra la miseria; es la que, en Rembrandt, en Vermeer, en Cervantes, hace que aquellos a los que no les falta nada consideren la situación de las masas hambrientas del tercer mundo incompatible con la obra de Rembrandt, de Vermeer, de Cervantes… La cultura es un cambio de las obras por el progreso social, que ella exige y al que accede: consigue que los monstruos sociales de Balzac pierdan su sociedad, igual que las vírgenes del Renacimiento perdieron a su Dios sin que se les haya dejado de adorar. La cultura es una lucha contra todo lo que hace del arte un lujo y de la belleza una alienación y una provocación: es el nacimiento de la ética a partir de la estética… La cultura es lo que saca las obras de arte de su alienación al combatir las realidades sociales indignas de las obras maestras”.

La cultura, aún como trampa, o como juego exquisito, bien pudiera ser así ese “salvavidas contra el vacío” del que hablaba Steiner. Al final, puede que como para Robinson, la cuenta de los gozos del homo europaeus intellectualis (aquél “desgraciado pensante” que, en palabras de Valéry, “entona el canto de su desespero”) sea superior a la de las miserias. Danthès podrá sonreír tras recordar el reproche de su hijo Marc, joven del Mayo francés cuando éste le echa en cara: “Te deseo éxito, pero dudo que lo obtengas. La cultura te borrará, te irá desdibujando poco a poco… De ti solo quedarán unas exquisitas hojas secas entre las páginas de un libro…”

Europa como Relato. “Un hombre que ya no era un hombre” sentado en un banco sosteniendo “una antología de poemas de Hölderlin, que lamentaba no poder leer, porque sabía que no existía y por consiguiente no podía leer”. La sonrisa de Gary, al fin y al cabo un seudónimo de Roman Kacew, pariendo a Ajar. O del corrosivo Ajar tras ver cómo después del suicidio de su creador, él seguiría existiendo. Tal vez porque, como Pessoa vio aparecer ante sí, desde sí mismo, a su maestro Alberto Caeiro, él vio nacer y morir en mitad de un mundo en ruinas a su discípulo Romain Gary, el europeo.

viernes, 8 de enero de 2010

Camus: un homenaje sartreano

Había de ser quien más furibundamente lo había atacado, el que terminara haciéndole su mayor epitafio. “Llamo escándalo al accidente que mató a Camus”, escribía Jean-Paul Satre días después de que todo se hubiese "absurdamente" consumado -"No conozco nada mas idiota que morir en un accidente de auto", había dicho Camus en referencia a la muy reciente perdida de Fausto Coppi-, aquel 4 de enero de 1960.

Atrás quedaba, como un mal sueño, enterrado entre el dolor y la culpa, el escándalo de su público distanciamiento cuando, ocho años antes, el argelino inauguraba con la publicación de El hombre rebelde, con permiso de Husserl y Heidegger, la más agria y desasosegante polémica intelectual del siglo XX.

El detonante, de sobra conocido, fue la implacable denuncia que Camus efectuaba de los campos de concentración en la URSS, que venía a considerar como una consecuencia lógica e inevitable del marxismo que había nutrido el pensamiento y la praxis revolucionarios. Sartre, tras fracasar en su empeño de emprender una tercera vía entre los dos bloques antagónicos que se disputaban la hegemonía mundial (capitalismo y socialismo), había terminado asumiendo, con matices, las tesis de los comunistas, de ahí que el ensayo de su amigo, que no admitía posibilismos de ningún tipo y que fue ampliamente elogiado por la prensa conservadora, fuera considerado como una bofetada en pleno rostro.

Pero, más allá de las irreconciliabes discrepancias de fondo, la secuencia de los hechos terminó provocando una separación a la que solo la muerte del autor de El extranjero, pondría fin.

A Camus le enfureció que Sartre delegara en un joven marxista, Francis Jeanson, la labor de refutar sus postulados en Les Temps Modernes y su airada respuesta al director de la publicación, terminó provocando la intervención del parisino. “Querido Camus: Nuestra amistad no ha sido fácil, pero la echaré de menos”. Así comenzaba Sartre un escrito plagado de ataques personales en el que vapuleaba a su viejo amigo. La furia, teñida de decepción pero no por ello menos inclemente, del autor de El ser y la nada zanjaría la disputa y haría imposible la reconciliación. Sartre se burló del argelino, ridiculizó sus orígenes modestos, con paternal suficiencia le tildó de frívolo, lo alineó en el bando de los reaccionarios y, lo que era más cruel, trató de desacreditar su competencia filosófica acusando su pensamiento de vago y trivial, cimentado en lecturas de segunda mano, carente de rigor y profundidad.

Ni asomo del reconocimiento recíproco, de los elogios, las colaboraciones, la complicidad, las fraternales francachelas de los buenos tiempos. Camus fue “probablemente el último buen amigo” le diría Sartre a Michel Contat. Pero un resentimiento larvado se había ido fraguando en el alma de los dos grandes hombres. Al principio, en forma de minúsculas diferencias, más tarde incluso a través de algún lío de faldas.

Hasta que estalló. (Salen. Silencio).

Sin embargo, ninguno de los dos podría romper el vínculo. Mientras Camus “se paseaba por la casa como un toro herido”, Sartre no le quitaba ojo. Era incapaz, como reconocía en su homenaje póstumo, de evitar “pensar en él, sentir su mirada fija sobre la página del libro o del diario que él leía, y preguntarme “¿Qué dirá de esto? ¿Qué dirá de esto, ahora?”

Loando “la existencia del hecho moral, contra los maquiavélicos, contra el becerro de oro del realismo”, ¿contra sí mismo?, Sartre reconocía su derrota. Se liberaba así de la pesada carga que había arrostrado y preparaba de paso su coartada para el gran juicio de la Historia.
Decididamente, era mejor tener razón con Camus...
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Acceder a polémica completa aquí.

viernes, 25 de abril de 2008

María Zambrano vuelve a casa

Mucho ha cambiado la calle Federico Macías de Vélez-Málaga, más conocida como calle Mendrugo, desde que hace ahora justamente un siglo una niña, de nombre María -llamada sin saberlo a convertirse en una de las pensadoras más reconocidas y profundas del siglo XX- abandonara con tan sólo cuatro años el primer hogar dando inicio a una vida de continuos viajes y peregrinaciones por medio mundo. No regresaría jamás.

En la actualidad, la calle Mendrugo luce un aspecto renovado tras las recientes obras de asfaltado acometidas. De ahí que, pese a la demora en el tiempo, no haya sido éste un mal momento para que la ciudad que la vio nacer y que, a fin de cuentas, la sacó del olvido, decida ponerle una placa de homenaje en la fachada del edificio en el que un día se levantó la casa de la autora de ‘Claros del bosque’.

Ni que decir tiene que el actual inmueble, dividido en dos viviendas, en poco se parece a aquel en que vivió la que sería discípula de Ortega y Gasset o Zubiri. Aunque, eso sí, la puerta de la cancela pertenece al edificio original, y aún se puede contemplar la marca que quedó cuando decidieron quitar la aldaba en forma de mano de mujer para enviársela a la hija de Don Blas y Doña Araceli a Madrid. Un gesto sentimental. Decía que su sonido le había acompañado siempre.

Pero, no es lo único de su casa veleña que quedó almacenado en la memoria de María. El profesor Juan Fernando Ortega, director y alma de la Fundación radicada en Vélez-Málaga, describía hace algunos años en un artículo publicado en la revista ‘La pluma y el tiempo’, titulado “El reencuentro de María Zambrano con su tierra”, el increíble nivel de precisión con el que la premio Cervantes de 1988 rememoraba estos primeros años de su infancia.

Cuenta Ortega que la filósofa “recordaba el arco que daba desde su calle paso a la plaza donde estaba situada la plaza del Carmen y el bar cantante de la próxima esquina donde a la noche, acompañado de la guitarra, desgranaba su cante hondo Juan Breva.” Pero, como apunta este estudioso, lo que más evocaba era “el patio de su casa, empedrado de pequeñas chinas, donde su padre la elevaba para que pudiera acariciar los limones del limonero que había junto al pozo, y el olor a jazmín y dama de noche en las noches de verano...”

Zambrano reivindicó siempre su herencia andaluza. No en vano perteneció a la estirpe de Séneca. Y, pese a la distancia geográfica, quiso reservar un lugar destacado a Vélez en su alma.
Así lo dejó grabado en un discurso enviado a sus paisanos cuando ya anciana, consumía desde la capital madrileña sus últimos y nostálgicos años de vida:
“Pueblo mío, Vélez-Málaga, estás en mi corazón y yo estoy dentro del tuyo. Que Dios nos bendiga, nos acoja.”
Un sentimiento que puede ser comprendido dentro de la cita zambraniana que reproduce la placa: “La pasión central de la vida es el amor”.

V Congreso Internacional

La actuación emprendida en la fachada de la casa natal de María Zambrano se inscribe dentro de los actos que desde el pasado martes se vienen celebrando en Vélez-Málaga coincidiendo con la celebración del V Congreso Internacional sobre su vida y obra, que como viene siendo habitual también, viene a coincidir con la fecha del nacimiento de la filósofa, un 22 de abril de 1904. De “rosa”, ha calificado el organizador, el profesor Juan Fernando Ortega, este prestigioso encuentro, parafraseando un comentario reciente de Berlusconi aludiendo al nuevo Gobierno de Zapatero, toda vez que la presencia de la mujer en estas jornadas supera a la de los hombres.

Pero, más allá de este hecho anecdótico, durante esta semana de conferencias y comunicaciones en torno a la obra de la autora de ‘El sueño creador’ –que se clausuran en la tarde de este viernes 25 de abril-, se pretende impulsar la proyección internacional de Zambrano, especialmente en aquellos lugares en los que como Estados Unidos se la conoce poco.

El tema elegido para este quinto congreso no puede resultar en este sentido más adecuado. Bajo el nombre “Europa, sueño y verdad” -que juega con el título de un célebre ciclo de conferencias de la pensadora-, se quiere poner énfasis en el carácter “pionero” -en palabras de Ortega- de Zambrano a la hora de analizar, ya desde la década del 40’ del pasado siglo, la realidad del mundo occidental.

viernes, 1 de febrero de 2008

Aquí hay Escohotado

Pese a lo que algunos sostienen –y el fenecido “tomate” nos ha dado argumentos más que suficientes para descreer- en la televisión casi siempre hay algo que ver, algo que nos enseñe, nos entretenga, nos ayude a evadirnos, o que por el contrario nos rebele. Es verdad que casi siempre es mejor hacer cualquier otra cosa que ver la televisión. Pero soy de los que no desaconseja un consumo moderado de la tele como actividad (o pasividad) suplementaria. Vivir sin televisión es posible. Como se puede vivir sin tráfico o sin guardar cola. Pero, al precio de renunciar a muchas más cosas que a los simples fenómenos mencionados.
El caso es que hace algunos días Jesús Quintero llevó a su programa al filósofo Antonio Escohotado. Pillé la entrevista al final. Lástima, me dije. Pues Escohotado es uno de esos tipos a los que da gusto ver y escuchar. Incluso cuando, como en una ocasión anterior, Quintero lo sentó al lado de uno de los Matamoros (como si un erudito defensor de la liberalización de las drogas y un drogadicto a secas fuesen equiparables), siempre se saca algo de él. Si además lo has leído descubres –lo cual tampoco es habitual- que existe una continuidad entre lo que escribe y lo que dice, vamos, que no se da una desarmonía entre la “imagen” que de él te formas al leerlo y la imagen, catódica, que recibes a través de la pantalla. Y esto se percibe especialmente en cierta actitud ante la vida, ante el conocimiento y ante los demás verdaderamente infrecuente.
Porque Escohotado, célebre por ser un ferviente apologeta de las drogas, es uno de esos cabrones irredentos que pululan dentro de esta sociedad de integración forzosa, polémico antes que polemista, un tipo educadamente incómodo que ha demostrado que se puede dejar de creer en la utopía sin volverse sencillamente un facha. ¿Llamaré humildad a esta dominante de su temperamento o simplemente inteligencia? Suelo recordar que una de mis profesoras solía establecer una analogía entre la bonhomía de las personas con sus dotes intelectuales. Ser buena gente era ser inteligente y viceversa. Todo lo contrario al latiguillo popular: “de tan bueno es tonto”. En el caso de Escohotado se unen el buen humor, con la lucidez y el asombro de manera imbricada. En sus libros se dan con frecuencia estos “raptos” ante el hecho de conocer y que configuran una filosofía del desvelamiento que se filtra incluso en sus textos más académicos. En su Génesis y evolución del análisis científico –título que desde luego no despierta una voracidad lectora- observamos este amor a medias reverencial, a medias íntimo por quienes le han precedido en esa ardua tarea del filosofar. Los ejemplos son abundantes. De Sócrates dice: “Hasta el último momento se comporta provocadoramente, rebosando amor propio y dignidad”; a la doctrina de las ideas de Platón la define como “sencilla, nítida y profunda”, una “intuición que marca la mayoría de edad de la filosofía”; de Spinoza afirma: “este pensador es quizá el temperamento más gentil de cuantos ha producido la filosofía”; a la Berlín de tiempos de Kant la describe como “lo único hasta hoy comparable con la vieja Atenas”…

Por eso siento haberme perdido la entrevista. Pero, lamento más que haya quien vea en Escohotado –tampoco de la televisión se puede esperar que obre milagros- al viejo y excéntrico 'drogota', al librepensador 'demodé' con pinta de intelectual del 68. Aunque sospecho que a él le importe un rábano lo que piensen de él. Ahí están su vida y su obra. Para hacer su mejor defensa.

¿Dónde queda "el tomate" al lado de todo esto?
 
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