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martes, 22 de noviembre de 2011

Curso acelerado sobre el sistema financiero



Antes de que el sistema financiero se colapsara (sic) y de que tuviéramos que refundar el capitalismo (resic), Rodrigo Cortés (el de la estupenda Buried) nos daba de forma premonitoria unas lecciones básicas sobre los bancos. No previó que solo meses más tarde inauguraríamos una nueva era en la que si algo salía mal, ahí estarían de nuevo los arruinados prestatarios para, a través de sus gobiernos (de sus "representantes democráticamente elegidos"), cubrir además las pérdidas. No falla, tarde o temprano, el oro, el interés y la propiedad.

jueves, 22 de octubre de 2009

El Roto (22 de octubre de 2009)

viernes, 24 de abril de 2009

La culpa de todo

Al final va a resultar que la culpa de que el sistema económico haya hecho catacrack es de los trabajadores, o lo que más eufemísticamente se denomina como el sistema laboral, pero por la base. Insolidarios como pocos, los asalariados y sus representantes no están dispuestos a aceptar que les rebajen la cantidad que deberían percibir en caso de despido, se muestran recelosos a la hora de afrontar las regulaciones de empleo que acometen las empresas y, en definitiva, se obcecan con sus caprichos y fruslerías de progres pijos -aunque la mitad de ellos vote al PP- en frenar el despegue económico del país.

Desde luego, la actitud de los sindicatos exigiendo subidas salariales para los funcionarios mientras el IPC se desploma, no es precisamente un ejemplo de solidaridad a la hora de afrontar el problema. Pero, no me negarán tampoco que bancos y empresarios (los grandes en concreto) han hecho bastante poco por asumir parte de su culpa en este entuerto y que resulta bastante más fácil apelar a la solidaridad mientras se conduce un Audi A-8 camino del chalecito en la costa, que cuando se cobran 900 euros mensuales y tu jefe ya te ha dicho nada subliminalmente que va a haber que recortar el presupuesto.

Glup.

No se ha cansado de decir Rajoy desde que se desató el ruido y la furia, que el problema del Gobierno español era que no había sabido diagnosticar el problema. No le faltaba razón al galleguito feliz. Pero, esta ceguera no es exclusiva del presidente español, ni de la clase política en su conjunto. Todavía a nivel macroeconómico se sigue especulando sobre las causas y autoría intelectual del actual caos financiero. La última moda es echarle la culpa a los llamados ‘quants’, esos físicos teóricos y matemáticos pasados al mundo de la economía, y a su funesta influencia sobre el orden mundial.

Los ‘quants’ pensaban que la estructura de los sistemas financieros no era muy distinta a la física que controla un sólido o un gas. Así, se dedicaron a aplicar sus conocimientos desarrollando modelos destinados, por ejemplo, a transformar productos contaminados de hipotecas basura en otros aparentemente limpios. Estos productos, considerados por algunos como verdaderas “armas financieras de destrucción masiva”, terminaron colocados en el mercado con las sabidas consecuencias. El sistema se había intoxicado hasta el punto de que incluso dos ilustres defensores de las teorías “científicas”, los premios Nobel Robert Merton y Myron Acholes, hicieron bueno aquello de llevar en el pecado la penitencia al ver cómo su fondo de inversión colapsaba el pasado año. Vaya por Dios.

Eso de aplicar el método científico a los fenómenos sociales no es nuevo. Hace más de un siglo, Comte contribuyó a fundar lo que en un inicio se llamó “física social”, y otro eminente sociólogo, Emile Durkheim, analizó desde esta perspectiva algunos de los hechos sociales fundamentales de su tiempo. Creía que en toda sociedad se da una solidaridad básica, que en las modernas se funda en la división del trabajo, en la complementación para la obtención de los medios de subsistencia.

Las redes que teje el dinero suelen amortiguar la pérdida de solidaridad que en momentos como los actuales se produce. Pero no siempre. Ahí tienen a David Kellerman, director financiero de la empresa hipotecaria Freddie Mac, intervenida por el Gobierno estadounidense, y al que la policía ha encontrado muerto esta semana, posiblemente debido a un suicidio.

¿Le pudo la presión social? ¿Se sintió un fracasado? ¿Acaso culpable?

Puede que la Ciencia no lo explique todo. Y el comportamiento de los hombres menos que cualquier otra cosa. A lo mejor, qué se yo, Kierkegaard, Dostoievski o Freud sigan siéndonos más útiles para desentrañar la madeja humana que todos los 'quants' y sus parientes (vivos y muertos) juntos.

[artículo recomendado por soitu]

jueves, 29 de enero de 2009

Renovarse y morir

Uno, la verdad, no es que se pare mucho a mirar las ofertas de empleo de los periódicos. Señal inequívoca de que aún tiene trabajo. Y síntoma también de que uno no pertenece a uno de esos gremios que encabezan la lista de los más demandados por las empresas en nuestro país, ya saben, ingenieros informáticos, programadores java …, y todo eso. Los que nos dedicamos a la comunicación, a quienes formamos parte de eso que se da en llamar los mass media, nos hemos resignado -pese a nuestro forzoso pero también a veces desproporcionado exhibicionismo-, a asumir cierta invisibilidad. E igual que un cobrador del frac no iría a pedirle trabajo a una antigua víctima, ni siquiera como cobrador del frac (algún día hablaremos de este noble oficio), tampoco a ningún redactor, fotógrafo o articulista literario (sic) se le ocurriría echarle un vistazo al papel salmón para mejorar sus condiciones laborales, no digamos para romper su estacionalidad de baja intensidad, vamos, para abandonar el paro. O al menos, eso es lo que me han contado.

Sin embargo, basta echarle estos días un vistazo a este tipo de anuncios para descubrir que no sólo los que formamos parte de este circo (“no le digas a mi madre que soy periodista, mejor dile que soy pianista en un burdel”) perderíamos el tiempo acudiendo a los económicos dominicales, sino que últimamente, pocos son los aceptados extramuros del INEM.

Ahora, en vez de encontrar empleo, lo que se lleva es ampliar nuestra formación. Engordar el CV, aunque no sepas ni qué significan estas siglas. Porque el futuro nos espera, porque hay que inyectarle liquidez a nuestro porvenir, porque no hay nada contra la crisis como gastarse 10.000 euros en un megamáster del universo.

Como si en vez de estudiar la forma de pagar la hipoteca el mes que viene, hubiésemos llegado a la conclusión, qué diablos, de que bien vale pasarse una temporada ahí formándote, a tu ritmo, currándonos el mañana.

Como si tuviéramos 10.000 euros. Como si hubiese un mañana.

La lista de cursos, jornadas, seminarios, posgraduados y másteres, sobre todo másteres, es infinita. Qué importa que manejes dos o tres idiomas, que sepas informática a nivel medio, que tengas carné de conducir y vehículo propio (aunque sea prestado), qué importa que te hayas pasado veinte años, sí, veinte por término medio, metido en un aula, escuchando a “maestros” que rara vez te advirtieron de que estabas viviendo una ficción que, una vez finalizada, te situaría, ante un mundo, el laboral, que poco o nada tenía que ver con la comedia que tan meticulosamente habían escenificado tantas personas adultas –de ésas que engrosan las listas de población activa- perfectamente conscientes de que tarde o temprano “eso” pasaría.

Le puedes preguntar a tus padres cuánto dinero invirtieron en ti durante ese tiempo, y divertirte especulando cuántos años necesitarás para amortizarlo, siempre, claro, que tengas trabajo. Pero, nada de eso te evitará sentir el vértigo de enfrentarte diariamente a un abismo que tú tampoco, en tu candidez, quisiste o supiste ver.

El caso es que ahora estás sin trabajo, o a punto de perderlo, o cuando menos rezando para que una de las cinco balas que a final de año serán disparadas sobre la masa innominada de trabajadores no termine incrustada en tu sien cuando eche a rodar la recámara.

Debería haber aprendido árabe, que decían que tiene mucho futuro, al menos fuera de Israel, piensas. O a esquilar, que ahora en Soria o por ahí se dan de hostias por que vaya alguien a despelucar ovejas.

Vamos, que sientes que has vuelto al principio. Y todo, porque no das el perfil. Porque no hay perfil que valga a menos que tengas un don fuera de lo normal dándole a una raqueta o inventando tendencias mundiales; o unos padres ricos que te permitan afrontar tu segunda doble-titulación o un cuarto máster, el de Roma, creo que es.

Con este panorama. ¿Saben cuál sería el acto verdaderamente revolucionario? Matricularnos todos en Filología clásica. Ahora, antes de que llegue doña Bolonia. Y que se joda el mundo.

viernes, 2 de enero de 2009

Mundo '08 visto e interrogado

Tres imágenes, a modo de metáfora, para describir el año. Y varias preguntas con la misma respuesta.

En la primera foto vemos una sofisticada construcción diseñada para reproducir, nada menos, las condiciones que existían en los orígenes del Universo, alrededor de la cual brindan alborozados un grupo de científicos. En la segunda instantánea, una niña de rostro angelical canta mientras el mundo aguarda la inauguración de unos nuevos juegos olímpicos, la gran fiesta del deporte, la paz y la concordia. En la tercera, vemos el rostro de otro niño, en este caso de grandes ojos y tez aceitunada mirando a la cámara fijamente, con delectación. Son imágenes que hablan de progreso, racionalidad y futuro; también de inocencia, de ilusión o de esperanza. Solo que en el primer caso, el cacharro en cuestión (conocido por sus siglas LHC) se escacharró a los diez días de su pomposa y grotesca (por el circo mediático de que se rodeó) inauguración, y no volverá a funcionar al menos hasta mediados de 2009; en el segundo, la niña no cantaba, sólo ponía la cara mientras la propietaria de la voz (si es que se puede poseer algo en un Estado de partido único) se escondía tras el telón, ocultando al público sus dientes torcidos -todo sin alma caritativa que lo levantara dejando el embeleco al descubierto, como en un buen musical- y, contraviniendo el efecto perseguido, recordándonos que detrás del boato y la mercadotecnia, la dictadura comunista china se basa en un gran engaño; por último, en la tercera instantánea, si nos fijamos bien, observamos que del rostro aparentemente inexpresivo del bello muchacho, emana un ligero temblor fruto de una inquietud interna. Al abrir el plano vemos que el chaval, de apenas seis o siete años, va uniformado al modo de los guerrilleros de Hamas y se encuentra en medio de una multitud que clama venganza.

AHORA, LAS PREGUNTAS

Así las cosas, cabe preguntarse en retrospectiva: ¿ha hecho el 2008 al mundo más equilibrado? Si inquirimos por el terreno económico, es difícil no caer en el cinismo, cuando no en el sarcasmo. El año de la crisis, como ya se le bautizó cuando la recesión sólo había asomado las orejas, ha servido para dejar nuestras vergüenzas al aire y para lanzarnos un inequívoco aviso: nadie está libre de los vaivenes del mercado en un mundo desregulado. Todas las bondades del liberalismo han sido puestas en cuarentena y, tras la histeria intervencionista del otoño, se espera a que la riada pase y se nos permita escrutar los daños. Casi todos dan por sentado que hará falta todo 2009 para reponer el mobiliario dañado y hacer una poliza de seguro global más fiable.

¿Ha servido este año entonces para crear un mundo más solidario? Si atendemos a fenómenos como la política china en Tíbet; los constantes flujos migratorios y el crecimiento del número de refugiados en diferentes puntos del planeta; la intervención rusa en Georgia; el recrudecimiento del conflicto larvado en Congo; la división en el seno de la UE a la hora de afrontar reformas estructurales; o el alarmante encarecimiento de productos de primera necesidad, como los cereales, en buena parte de los países subdesarrollados, resultaría muy audaz contestar afirmativamente.

¿Y más seguro? Pese a que las libertades civiles están siendo constantemente restringidas, incluso en el llamado Primer Mundo -en buena parte gracias a los buenos servicios que ofrecen a las agencias de inteligencia y a las grandes corporaciones, las nuevas tecnologías-, no puede decirse que el ciudadano de a pie camine por la vida con despreocupación. El miedo sigue demostrando ser un negocio muy lucrativo, y pese a la proliferación de cámaras, escáneres, muros y fronteras, el terrorismo internacional sigue campando a sus anchas y golpeando severamente a países como India (como se demostró en noviembre pasado), Afganistán, Pakistán o Iraq. La guerra contra el terror liberada por el nefasto presidente, hijo de nefasto presidente, George W. Bush, ha vuelto a demostrar su ineficacia. Un zapato rozando la sien del tejano inmortalizará para siempre la sangrienta, cínica y escabrosa burla que supuso su mandato para la humanidad.

¿No ha servido entonces el 2008 para construir un mundo mejor? Difícil aceptarlo. Políticamente, el planeta parece aún más inestable. Con la salvedad de los Balcanes, donde la independencia de Kosovo finalmente no ha venido acompañada del temido derramamiento de sangre, otras regiones no han corrido la misma suerte. Y por si no fueran pocas nuestras cuitas, el final del año ha visto encenderse de nuevo el polvorín en Tierra Santa. Una vez más, la bravuconería de Hamas ha sido la excusa para que se desate la furia del Dios vengador israelí. Socialmente, las mismas fuerzas contrapuestas chocan aquí y allá en cuestión de Derechos Humanos. Y no menos importante: el mundo ha desaprovechado una nueva oportunidad para afrontar el dramático deterioro de nuestro hábitat. Pasado el efecto Al Gore, queda la realidad de nuestra sistemática devastación.

Así las cosas, ¿podemos aún ser optimistas para el futuro? Difícil acertar con el pronóstico. Desde luego, trabajo no le va a faltar a la gran esperanza negra del milenio, Barack Obama, al que se le agota el contrato como encantador de serpientes. Su reto a partir del 20 de enero no será menor: intentar cambiar el mundo. Y a ser posible, para mejor.

Y quién no podría desearlo. A quién no le gustaría quedarse de este 2008 con la imagen de Ingrid Betancourt portando un mensaje de esperanza a uno de los países más castigados de Latinoamérica. Sólo que, no sabemos cómo, al final los monstruos se terminan colando en nuestros sueños. Vienen de Amstetten, o se apellidan Madoff, o esperan volver a reencarnarse al cambiar de almanaque.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Chinocracia

[Foto: Reuters]

¿Es posible mantener por tiempo indefinido un pueblo sometido, negándole derechos civiles básicos, como la libertad de expresión, mientras la mayoría de naciones “avanzadas”, algunas desde hace siglos, otras más recientemente aunque de forma decidida, han apostado por establecer sistemas democráticos? ¿Podría una crisis económica acelerar la instauración de esas instituciones propias de un Estado de derecho en ese mismo país?

Sí, estamos hablando de China. Y de preguntas de no fácil respuesta. En un principio, pese a que es un hecho demostrado que el crecimiento económico favorece -aunque no garantiza, caso de los países del Golfo- la llegada de la democracia, a la primera cuestión podríamos haber contestado afirmativamente hasta hace no mucho. Puede que por influjo de las tesis clásicas que tipifican el despotismo de tipo oriental entre las distintas formas de gobierno que son o han sido -aunque no olvidemos que Japón ya quebró la norma, no sin resistencias, tras la II Guerra Mundial- y gracias también a la acogida por parte de China de un régimen de socialismo de mercado -que, al combinar el crecimiento económico con la negación de derechos a una sociedad civil amordazada y sometida a los designios del Partido, sacaba al país del carril por el que habían circulado las naciones europeas al otro lado del Telón de acero-, habíamos tendido a considerar que la democracia en el país más poblado del mundo no encontraría, al menos a corto o medio plazo, suelo fértil. Menos aún, cuando la legitimación del régimen por la comunidad internacional tras los JJ.OO de Pekín había sellado en apariencia cualquier fisura.

A distancia y para alguien con no demasiados escrúpulos, era el régimen “perfecto”.

Pero, de pronto, se crean las condiciones para que responder a la segunda cuestión arriba planteada suponga un ejercicio que trascienda el mero juego especulativo. La crisis mundial ya ha llegado a China, y la que creíamos sumisa y dócil población, la misma que ha soportado durante décadas la explotación, purgas masivas, infanticidios, y devastaciones medioambientales ha empezado a asomar la cabeza, al menos todo lo que le permite la feroz censura que se encuentra instalada en el sistema y que convierte todo acto de disensión en un desafío al régimen, en una traición.

Y la punta del iceberg se ha hecho visible hasta desde aquellos países que han preferido siempre dar la espalda a los ciudadanos chinos, cambiándose de lado la mala conciencia cada vez que les empezaba a pesar un poco.

“Trabajadores despedidos, taxistas enfrentados a sus empresas, ciudadanos expropiados.” Así describe un corresponsal de El País, los efectos de la protesta social. Y, de pronto, descubrimos que no es Nido de Pájaro todo lo que reluce, ni son sólo los pobres tibetanos cuya bandera -pobrecitos- enarbola una decadente izquierda europea los que padecen, sino que en la China Popular, el pueblo ha empezado a abandonar su estado de duermela.No es la tiranía lo que les escuece. Llevan milenios soportando vivir bajo un sistema cuasi-feudal. Lo que les produce hartazgo y una rabia cada vez más descontrolada es dejar de pronto de ganar los yuanes que habían empezado a llenar sus carteras.

No es de extrañar que las autoridades llamen a mantener la cabeza fría y a ser conscientes “de la necesidad de salvaguardar la estabilidad”. Cegados por la claridad de la evidencia, han comprendido que el libre mercado, el mismo que ha permitido crecimientos sostenidos anuales superiores al 10%, provoca que algunos se acostumbren “a lo bueno”, y se vuelvan contra el aprendiz de brujo en cuanto la fortuna se les vuelve adversa.

¿Se han preguntado qué pasaría si 1.300 millones de chinos se pusieran en huelga a la vez?

¿Puede la democracia ser la respuesta a ese salto?

jueves, 13 de noviembre de 2008

Profecías de ayer y hoy

Ahora resulta que Pérez Reverte es Nostradamus por haber escrito hace diez años que tarde o temprano nos íbamos a pegar un batacazo cuyas consecuencias terminaríamos asumiendo los ciudadanos corrientes mientras que los verdaderos responsables (banqueros, especuladores, agentes inmobiliarios…), se irían de rositas. Su artículo, “Los amos del mundo” está causando furor (ojalá lo hubiera hecho cuando lo escribió y nos habríamos evitado todos estos disgustos). Y soy el primero en sumarme al carro de los que piensan que es extraordinariamente lúcido. Pero se puede considerar profético aquello que se anticipa a lo venidero siendo esto imprevisible. Pero, cuando el fenómeno en cuestión no hace sino escenificar una eterna repetición de lo mismo, sólo podemos decir que más que adivino, quien así argumenta, a la par que inteligente, conoce la historia.

Y ahora que se aproxima el célebre cónclave que, convocado por Bush, pretende refundar el capitalismo –esto no se lo cree nadie- traigo a colación un pasaje que, aunque de una extraordinaria actualidad, fue elaborado antes incluso que el artículo del escritor de Alatriste, lo que nos revela cuán cansina puede llegar a ser la historia humana. Dejo para el final la solución sobre la autoría del mismo:

“…los que dictan las normas del intercambio de bienes humanos han fracasado por su propia obstinación y su propia incompetencia, y han reconocido su fracaso, y han dimitido. Las prácticas de cambistas sin escrúpulos se juzgan en el tribunal de la opinión pública, rechazadas por los corazones y la razón de los hombres.

Es cierto que lo han intentado. Pero sus esfuerzos se han forjado en el molde de una tradición desfasada. Ante la imposibilidad de afrontar los créditos, no han hecho más que recurrir a nuevos préstamos. Despojados del señuelo de las ganancias con el cual inducían a la gente a seguir su falso liderazgo, han recurrido a exhortaciones suplicando con lágrimas en los ojos que les fuera devuelta la confianza. Sólo conocen las reglas de una generación de egoístas. No tienen amplitud de miras, y cuando no hay amplitud de miras, la gente se arruina.

Sí, los cambistas han huido de sus tronos del templo de nuestra civilización. Ahora debemos restituir a ese templo las antiguas verdades. La medida de esa restitución radica en el grado en que apliquemos valores sociales, más nobles que los meros beneficios monetarios.
La felicidad no está en la mera posesión del dinero, está en el disfrute de los logros, en la emoción de los esfuerzos creativos. El estímulo moral del trabajo no debe ser olvidado en la loca búsqueda de beneficios fugaces. Estos días aciagos, amigos míos, compensarán nuestras desventuras si nos enseñan que nuestro verdadero destino no es que nos cuiden, sino cuidar de nosotros mismos, cuidar de nuestro prójimo.


Reconocer la falsedad de la abundancia material como patrón del éxito va de la mano con el abandono de la falsa creencia de la que los cargos públicos y las altas posiciones políticas se deben valorar sólo mediante los patrones de sus posiciones privilegiadas y sus beneficios personales. Y se tiene que poner fin a las conductas bancarias y comerciales que con demasiada frecuencia han hecho del deber sagrado una fechoría cruel y egoísta. No es de extrañar que la confianza languidezca, pues sólo puede prosperar con la honradez, el honor, la sacralidad de las obligaciones, la protección digna y el trabajo desinteresado. Sin esto es imposible vivir…”.


Este paisaje después de la batalla podría ser el que pintara Zapatero –suponiendo que en su gabinete hubiera gente con talento suficiente para discurrir de este modo- en la próxima reunión del G-20, o el propio Obama durante su investidura en enero próximo. Pero no, hay que remontarse hasta el 4 de marzo de 1933 para escucharlo en la voz de Franklin D. Roosevelt durante la toma de posesión de su cargo como presidente de los Estados Unidos. En aquel memorable discurso, el demócrata expuso los puntos fundamentales del ‘New Deal’ en tiempos de profunda recesión para la economía norteamericana tras el crack del ’29.

Entonces también liquidamos (y refundimos) el capitalismo.

domingo, 26 de octubre de 2008

Críticos

Entre las siete acepciones que el DRAE otorga a la palabra “crisis” nos hemos habituado a considerar exclusivamente las dos últimas, las que aluden a situaciones complicadas y dificultosas, cuando no directamente de carestía. El resto de ellas tienen más que ver con el momento decisivo de un proceso, sea una enfermedad, un negocio o un juicio. El momento crítico es el punto de no retorno, a partir del cual eso dejará de ser lo mismo. Este sentido de la palabra “crisis” encuentra también su lugar en el debate actual en torno al sistema económico que vemos hundirse bajo nuestros pies pero, si queremos llegar hasta el final, no podemos observar nuestra realidad desde un punto de vista estrictamente economicista. No habremos aprendido nada de esta crisis si no nos damos cuenta de que, más que un cambio de estructura, lo que necesitamos es una revolución de nuestras conciencias que empiece por el desvelamiento de que no podemos renunciar a mantener nuestra capacidad crítica despierta.
Es difícil sustraerse a la corriente mediática, sobre todo cuando la realidad nos toca nuestro órgano vital más sensible. ¿El corazón? No, hombre, el bolsillo. Pero, pensar que la crisis económica es la única noticia digna de atención en nuestro tiempo, es una trampa. Nuestras conversaciones pueden estar atestadas de referencias a la situación financiera general o a los números rojos que figuran en nuestras cartillas, podemos seguir con una mezcla de expectación, congoja e incomprensión las diferentes informaciones que nos hablan de caídas bursátiles, de inyecciones de liquidez, de incremento en el número de parados, pero sólo hay que echarle un vistazo a los periódicos para darnos cuenta de que, aunque en lugar menos destacado, no dejan de sucederse a nuestro alrededor acontecimientos, fenómenos y descubrimientos de trascendencia no menos marcada.

¿Cómo no sentirnos conmovidos por el exilio forzoso de miles de gitanos dentro de la civilizada Europa en una imagen que nos retrotrae a los periodos más siniestros de nuestra reciente historia? ¿Cómo podemos permanecer impasibles mientras el desarrollo científico permite que unos padres puedan tener un hijo pre-programado para sanar a su aún desconocido hermano? ¿Cómo olvidar, sin salir de nuestro país, que tenemos un sistema judicial aquejado de una profunda ceguera ante la incapacidad de los distintos gobiernos para dotarlo de unos medios dignos, al mismo tiempo que las instituciones del Estado escenifican un verdadero esperpento en nombre de las víctimas de la represión franquista?

Un europeo de la Edad Media podía transitar por la vida casi como un vegetal. Con una esperanza de vida que en la mayoría de los casos no superaba la veintena, aquel vecino tenía un rol asignado que asumía necesariamente. El siervo, el religioso, el señor sabían qué se esperaba de ellos y lo llevaban a término sin resistencias de ningún tipo. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. De vez en cuando, una plaga, una guerra o una herejía perturbaban el natural discurrir de los días y sus noches. Pero esos golpes dados al tablero también formaban parte del Plan.

Las revoluciones (o crisis) culturales (el Humanismo), religiosas (Lutero), políticas (Maquiavelo) y científicas (Galileo) lo trastornaron todo, pero aún pasarían siglos hasta que estas explosiones subterráneas llegasen a la superficie, afectando al común de los mortales.

Los europeos de hoy somos el resultado de toda esta evolución y, pese a la vigencia de la religión, hemos desarrollado, incluso los más bovinos, cierta perspectiva crítica a la que no podemos renunciar. Los tiempos de servidumbre voluntaria han quedado atrás. Lo vemos con el nacimiento del homo-economicus, del super-consumidor de nuestras sociedades capitalistas y lo constatamos en su capacidad para elegir entre marcas, productos y versiones, que van desde el tipo de salsa que acompañará a los macarrones, al político que nos representará como alcalde, pasando por cuál será la espiritualidad con la que nos identifiquemos. Porque, en el gran Mercado actual tan pronto elegimos el color de nuestro coche como el Dios al que adoramos. Incluso podemos elegir ir andando y renunciar al Creador. Puede que sea políticamente incorrecto pero, ¿cuándo en otro momento de nuestra historia, tantos pudieron elegir tanto?

Nos pueden engañar. Pero, no podemos permitirnos engañarnos a nosotros mismos.

lunes, 20 de octubre de 2008

Tiempos Interesantes (III)

“Ojalá vivas en tiempos interesantes” . Maldición chino-pratchetteana

Mi peluquera no tiene ninguna duda acerca de que el culpable de la actual crisis es Zapatero. Es más, sostiene que mientras que éste no se vaya no saldremos del pozo en el que estamos metidos.

Esto no lo dice mi peluquera de ahora. Allá por el mes de mayo ya vaticinaba que la cosa se iba a poner seria. Zapatero, maldita sea, sólo hacía unas semanas que había sido reelegido y la mujer que me corta las puntas me advertía de que tendríamos cuatro largos años por delante para reconocer nuestro error. Con lo fácil que hubiera sido votar a Mariano.

Yo le digo a mi peluquera -que, no lo olvidemos, maneja unas tijeras muy afiladas- que igual con Rajoy estaríamos más o menos igual. De pronto, ella detiene sus manos, que pendían sobre mi cabeza ejecutando esa danza moderna de cortar pero sin cortar el cabello a velocidad de vértigo (por capas), y se queda pensativa. Me clava sus ojos en los míos a través del espejo, lo que se dice haciendo una pared. Una sombra cruza mi mente. Pero, finalmente -en realidad todo pasa en centésimas de segundo-, da su brazo a torcer: “Bueno, a lo mejor”. Se le nota que no lo dice plenamente convencida. Posiblemente solo tenga miedo a perder un cliente. No está la cosa pa tontás por un rollo de política (en la mesa siempre fue de mal gusto hablar de ella). Definitivamente, no está convencida. En el fondo, piensa, hay que ser muy necio para pensar que Zapatero no tiene la culpa.

Pero, ¿y si la tiene?

Puede que ZP se esconda detrás de las hipotecas basura, de la crisis inmobiliaria y de los fondos tóxicos esos. Incluso, puede que todo no sea más que una conspiración urdida por la fundación Ideas -el lobby que se supone que algún día presidirá Caldera, ahora es que están todavía diseñando el logo- para poner en jaque al sistema y demostrar que es necesaria más que nunca encontrar una nueva vía hacia el socialismo.

De acuerdo, Zapatero no es el responsable. Pero, ¿qué ha hecho para impedirlo? Si quieren, tómense unos minutos mientras lo piensan. A mí, a bote pronto, no se me ocurre gran cosa, aunque puede que haya alguien -aparte de Leire Pajín, digo- a quien el cheque de los 2.500 por niño; los 400€ esos que dicen que iban a dar; y determinadas subidas del salario mínimo y las pensiones (lo justo para que el IPC no devore a algunos) le parezcan medidas revolucionarias. Pero, ¿y estructuralmente?

Nada. ¿Por qué?

Se me ocurren algunas respuestas. Porque no es popular; porque mientras la cosa va bien a nadie le gusta escuchar a los agoreros; porque si la socialdemocracia está en retroceso hay que abrazarse al libre y canalla juego del mercado; porque si los que mandan en el mundo dicen que hay que entrar en la OTAN -como bien sabe Felipe González- hay que hacerlo. Y así, si hay que abrazar la moneda única, se abraza. Si hay que estrellarse, se estrella uno. Como los demás. Lo único que no puede hacerse es salirse del rebaño, a riesgo de que el pastor te parta la quijada con su honda. Porque, si dentro del “círculo de influencia” -como decía Robert de Niro en una comedia reciente- se está con la soga al cuello, fuera de él, directamente no hay cuello.

Esto, si me apuran, lo sabe hasta mi peluquera. Sin haber escuchado nunca hablar de Stiglitz; incluso creyendo que Karl Marx no era un filósofo, sino el hermano mudo.

ver Tiempos interesantes (I)
ver Tiempos interesantes (II)

sábado, 4 de octubre de 2008

Tiempos interesantes (I)

“Ojalá vivas en tiempos interesantes” . Maldición chino-pratchetteana

El día que muchos esperaban ha llegado. De momento, sólo es oficioso. Pero, mientras los estados se dedican a rescatar bancos y a nacionalizar inmobiliarias, ya hay quien se apresta a decretar el fin del capitalismo.

Hace sólo veinte años, la caída del muro de Berlín y la desintegración del sistema soviético habían servido para anunciar el comienzo de una nueva era. El entonces padre del actual presidente de EE.UU, proclamaba que un “nuevo orden” se imponía a escala mundial y que América sería su centinela. El fin de la Historia -como pomposa y confusamente lo llamó Fukuyama- había llegado. Pero el sueño duró poco. Sólo una década después, los atentados del 11-S ponían en entredicho la hegemonía de la primera potencia mundial. El despertar de China, el auge de la Unión Europea, el renacimiento de Rusia, se convertían además en pruebas de que, a diferencia de lo que habíamos creído, el final de la guerra fría no había consagrado la preeminencia de un Imperio -por poderosos que fueran los yankis- sino conformado un escenario verdaderamente multipolar y, por lo tanto, plagado de tensiones.

Pero, mientras las fricciones entre países iban agudizándose y asistíamos atónitos a un encrespamiento de las diferencias por motivos religiosos, sobrevivía, sin embargo, una fe inquebrantable en las virtudes del sistema, independientemente de si se abrazaba el credo democrático. Tras la crisis financiera de los años 97-98, las ex-colonias (ahora “dragones”) del sureste asiático habían resurgido con fuerza al tiempo que China abrazaba el capitalismo sin complejos. Los niveles de pobreza en el mundo se mantenían estables -esto es, altísimos-, pero Occidente asistía embelesado a su propio crecimiento. Había que remontarse hasta los años posteriores a la II Guerra mundial para observar un clima tan favorable.

Se desató la locura.

Comprar, comprar, comprar. Endeudarse, endeudarse, endeudarse. La facilidad para obtener dinero era pasmosa. Nadie pensaba que un día se pudiera agotar. Ni que la caja estaría vacía, pues nunca había guardado nada. Era humo especulativo. Un humo grueso, oscuro, que nos había cegado. Y de repente, los bancos empiezan a pedir socorro. O nos salváis o nos hundimos todos, gritan a voz en cuello, y cosas de la vida, ahí van los Estados, o sea, todos nosotros, a rescatar a quienes no habrían movido un dedo ni para curarnos un arañazo.
Comienzan las lamentaciones.

Los despreocupados ciudadanos de ayer no entienden nada. Se sienten decepcionados. En Nueva York se anima a los agentes bursátiles a que salten por las ventanas como en el crack del 29. Sólo que esta vez no saltan. Los grandes ejecutivos, que sí habían previsto el batacazo, se aseguran indemnizaciones millonarias. Y quién quiere suicidarse con 40 millones de dólares en el bolsillo.

Despertamos del sueño. Toda la vida trabajando para esto. En nuestro afán de “superación” no nos ha importado que tres quintas partes del planeta haya vivido todo este tiempo en la miseria. Su enfermedad es crónica, pero es su problema. Que mientras nos las veíamos felices hayamos convertido el planeta, nuestra casa, en una olla exprés.

Despertamos y lloramos. Nos sentimos insignificantes, ridículos. Nos han estafado y no sabemos por qué, aunque de vez en cuando una sombra cruza nuestra percepción. La sospecha de que también en parte somos responsables. Pero, pasará. Levantar el acta de defunción del capitalismo puede ser catártico, pero irreal. Si no aprendimos de las ocho o nueves grandes crisis anteriores ¿por qué tendríamos que hacerlo ahora?

martes, 30 de septiembre de 2008

Rufianes sin fronteras

En sólo unos días, muchos observadores y analistas se han lanzado a decretar la muerte del capitalismo. Asombroso. Si hace menos de dos décadas había quien se atrevía a declarar el fin de la Historia, proclamando a su paso el reinado absoluto del libre mercado que representaban los Estados Unidos, la actual crisis del sistema financiero –que ha motivado el intervencionismo de numerosos estados- ha abierto la veda del cuestionamiento del statu quo imperante.

A falta de alternativas plausibles –toda vez que el socialismo ya ha sido suficientemente desacreditado- y mientras cruzamos los dedos para que el castillo de naipes que hemos levantado no se desmorone sobre nuestras cabezas, igual no está de más preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí. Ya sé que resulta fácil ser profeta del pasado pero, quién sabe, puede que a fuerza de escribir un millón de veces en el encerado “la hemos cagado”, podamos aprender algo para el futuro.

Dado que el diagnóstico parece fácil (desregulación, codicia, especulación, batacazo), merece la pena detenerse en aquellas miradas que, rebosantes de mala leche a raudales, puedan servirnos, si no para proporcionarnos consuelo, sí al menos para dar rienda suelta a nuestra bilis contenida. En este sentido el artículo publicado este pasado lunes por José María Izquierdo en El País (‘Un hatajo de rufianes y la jodida mariposa’), reúne todos los ingredientes. Cuenta la historia de José K., un ciudadano corriente que “Ha soportado con dificultad el progresivo e imparable avance mundial de tanto y tanto dirigente político ultraliberal, feroces enemigos de la presencia del Estado en la vida económica, encarnizados defensores de que sean los mercados quienes regulen la actividad financiera”. A K. le reconcome comprobar cómo el Estado arroja un salvavidas a los causantes de la crisis –al tiempo que los grandes directivos perciben indemnizaciones millonarias-, mientras Paco García Pérez, carpintero y primo segundo de su vecina, se ha quedado sin su empleo en Vallecas.

Y hace la siguiente lectura:

“A saber: sufrimos los efectos de los actos de rapiña de una pandilla de sinvergüenzas y rufianes que han llevado a sus empresas a la ruina y han puesto en jaque a todo el sistema financiero mundial mientras se embolsaban más y más millones de dólares con ejercicios tan delictivos como multiplicar los papelillos de hipotecas imposibles -papel del Monopoly- y venderlas por todo el mundo. Es lo más parecido a un delito reconocible por todos: hacer billetes falsos e intentar pasarlos como buenos en casinos y prostíbulos. Pero Fuld [presidente de Lehman Brothers] y los demás eran mucho más finos que los patanes de la mafia y solo les vendían recortes de periódicos a bancos de medio mundo a precio de angulas. Era el timo de la estampita con marchamo de producto financiero para entendidos. Ya saben: no cuentes a mi madre que soy consejero delegado de un banco de Wall Street; dile que soy pianista en un burdel. Y a todo esto, ya casi grita José K., con la vena de siempre en la frente, tenemos a la jodida mariposa revoloteando a nuestro alrededor y tocando los mismísimos con su efecto, y dejando en la calle al primo segundo de su vecina.

Con todo, lo que más le indigna es con qué facilidad presidentes y secretarios del Tesoro han encontrado ahora cerca de un millón de millones en las arcas del Estado, cuando jamás hallaban unas pesetillas para mejorar las becas, para dar casa a los damnificados por el Katrina, para atender a los homeless o para cargarse de un plumazo con el insulto de socialista cualquier proyecto de universalizar la atención sanitaria. Y eso que no quiere entrar José K. en las desigualdades mundiales y la miseria en el Tercer Mundo, para el que las mismas instituciones nunca, nunca, encontraban el dinero para la ayuda. No se le mueve un pelo de la barba a José K. para mantener vivo, en estas circunstancias y porque cree en ello, su ya conocido discurso del elogio del panfleto y la reivindicación de la demagogia.”


Y como no hay nada mejor para hablar de cosas serias que el humor, os recomiendo también que le echéis un vistazo a este vídeo. Aclarará cualquier tipo de interrogante que aún pudieráis tener sobre las causas de la crisis (echando de paso unas risas). Dura unos 8' y lo he cazado en netoraton. Quién dijo que el humor inglés no tiene gracia.

lunes, 4 de agosto de 2008

Reflexiones profanas sobre la crisis económica

Es cierto, como se han encargado de recordarnos algunos optimistas antropológicos -generalmente cercanos ideológicamente a los actuales gobernantes- que a los españoles les interesan más cosas que la economía. Pero resulta complicado hacerle entender al vecino que la eutanasia o el voto para los extranjeros son grandes prioridades –siempre que no tenga a algún familiar en dicha situación o él mismo sea extranjero- cuando uno se acaba de quedar sin trabajo, llegar a final de mes empieza a ser misión imposible o ha tenido que echar mano de esos ahorrillos que tenía guardados “para la universidad de los niños”. Sin juicios morales, así somos. Y que conste que no pretendo hacer demagogia, sólo constatar un hecho huyendo además de esa falsa ecuación según la cual sólo critica al Gobierno quien ideológicamente se le opone, y entre sus defensores no pueden encontrarse sino un puñado de ‘sociatas’ que, para más INRI, no tienen dificultades económicas.

Para hablar de economía “seriamente” –que formas más divertidas tampoco faltan, como saben en soitu-, no es imprescindible ser un experto, puede incluso que ayude ser un lego en la materia, habida cuenta de los continuos fallos en las previsiones que sobre la actual situación han arrojado los economistas. Vamos, que si la economía es una ciencia humana, vale con usar cartera y tener algo de memoria para hacer una breve radiografía sobre algunos de los aspectos que más están dando que hablar de la actual “crisis” en nuestro país. Empezando por la propia palabreja.

La falsa polémica en torno a la definición de la situación por la que atravesaba la economía española parte de la ingenuidad de un ejecutivo que pensaba que alterando el nombre de las cosas (Crisis? What crisis?) podría hacer cambiar la realidad. No llamar “crisis” a la crisis escudándose en que técnicamente si la tomamos como sinónimo de recesión, aún no se ha producido un decrecimiento continuado de la actividad económica durante dos o más trimestres consecutivos, fue primero una táctica electoral y más tarde –lo creo sinceramente- una manera de no alarmar a la sociedad frenando aún más la inversión por parte de las empresas y el consumo de los ciudadanos. ”Si infundes mucho pesimismo, si no dices nada positivo, es peor” le dijo por lo bajinis a Zapatero el presidente del Círculo de Economía de Barcelona, José Manuel Lara.

La imprevisión del Gobierno fue creer que realmente este modo de actuar podría suavizar las rugosidades de una rápida desaceleración que antes que tarde terminaría cobrando forma.

Sin embargo, quienes acusan al Gobierno de no acertar en el diagnóstico se equivocan y lo saben. Porque son los mismos que acusan a Zapatero y sus ministros de haber mentido a los ciudadanos ocultando la realidad. ¿Qué realidad? ¿La de la crisis? Entonces sabían cuál era la realidad, sólo que trataban de enmascararla. Vamos, que habían acertado en el diagnóstico, algo para lo que dicho sea de paso, no hacía falta haber ganado el Nobel de Economía.

La subida de los precios del petróleo, la crisis de las hipotecas en Estados Unidos, el aumento galopante de la inflación (alguien ha matado a alguien…), venían algo más que anunciando la llegada de una crisis de proporciones planetarias, que se dejaría sentir muy especialmente en el crecimiento de los países más ricos y en la situación de las clases mas bajas en los países emergentes. Esto a nivel mundial. En casa, la construcción, el gran motor durante los años de bonanza, ya dio síntomas a lo largo del año 2007 de que empezaba a ralentizarse, lo que sumado al repunte de la inflación no hacían presagiar nada bueno para este ejercicio. Por no decir que parecía impensable un crecimiento en niveles superiores al 3% de forma indefinida mientras la eurozona crecía a un ritmo netamente inferior.

Afirmar que el Gobierno no se ha enterado carece de toda lógica, ya no sólo porque un niño de primaria pudiera ver venir a distancia lo que se avecinaba sino, entre otras cosas, porque son precisamente los gobiernos quienes antes disponen de este tipo de informaciones sobre la evolución de la economía.

Así las cosas, debemos conformarnos con afirmar que lo que se ha hecho es una labor de maquillaje de la realidad, si es que no se ha falseado directamente la misma. Uno de los casos más flagrantes sería la aseveración de que estamos mejor preparados que cualquier otro país de nuestro entorno para afrontar la actual coyuntura. Un truco barato. A no ser que consideremos como de nuestro entorno a naciones como Sudán o Bolivia (algún funcionario del Ministerio de Economía podría decir que la primera está en África, continente que está apenas a 14 kilómetros de la península y que con la segunda mantenemos estrechos lazos históricos y lingüísticos), pues eso, salvo que apliquemos semejante criterio, no encontramos evidencias que avalen esta afirmación. Sólo hay que echarle un ojo a nuestra galopante deuda exterior, a la manera en la que el superávit se ha volatilizado o cómo países como Alemania son capaces de hacer frente a las dificultades para darse cuenta de que estaremos en la Champions League, pero jugando la liga previa.

Aunque no siempre el Gobierno ha falseado la realidad. En este sentido, me gustaría dejar claro una cosa. La política de Vivienda del primer Gobierno de Zapatero ha sido cualquier cosa menos brillante, pero acusar al actual ejecutivo –como de hecho se comenta en la calle- de ser el causante del frenazo en la construcción o de, en otra dirección, no haber advertido de que esto pudiera suceder sólo deja a las claras la mala memoria de buena parte de la ciudadanía cuando llegan las vacas flacas (como si al tiempo que el bolsillo se les aliviase el seso). Antes y durante su estancia en el poder, los socialistas no se cansaron de anunciar que tarde o temprano la pompa explotaría, que es lo que realmente ha sucedido. ¿Culpa del Gobierno? No. Se les puede acusar de no haber creado políticas activas más eficaces para el alquiler o la compra, de no haber liberalizado suelo, incluso de haber caído a veces en lo ridículo -como con los famosos pisos de 30 m2, etc. Pero al César lo que es del César. Y al Mercado lo que es del Mercado.

Y llegamos al delicado asunto de las medidas para paliar los efectos de la crisis. Reconozco que este es un tema ante el que, por mi ignorancia en la materia, me veo superado (y no me consuela pensar que a los directivos del Banco Central Europeo o de la Reserva Federal les pasa lo mismo).

Aún así, me permito esbozar unas reflexiones intentando simplemente apelar al sentido común. Ni decir tiene que la ayuda de los cuatrocientos euros es de una ineptitud asombrosa, claramente electoralista y, que como experiencias similares han demostrado en otros países, no servirá para aumentar el consumo, sino el ahorro.

La promesa de mantener las medidas sociales, a pesar de su lógica socialdemócrata, me produce también cierta inquietud. Frente a las políticas de ajuste, el Gobierno ha anunciado –veremos si puede cumplirlo- un aumento en el gasto social, lo que si bien podría por un lado lanzar un mensaje de tranquilidad a las personas más expuestas ante la actual situación, podría al mismo tiempo retrasar la recuperación económica. Si esto fuera así, la receta podría agravar la enfermedad en vez de aliviarla.

Frente a la actitud zigzagueante y nada tranquilizadora del Gobierno, ¿qué ha opuesto el Partido Popular? Pocas soluciones, muchas acusaciones, y recetas desconcertantes. Entre las cosas que más me han sorprendido de la labor opositora de Rajoy una vez que consiguió salir airoso de su congreso, ha sido el hecho de promulgar un claro intervencionismo económico que casa mal en teoría con la supuesta esencia liberal de la formación. Para el PP español se deben tomar medidas –que no se especifican- bien para frenar la crisis, o bien para acelerar el tiempo de reacción. Lejos de pensar que el mercado se regula por sí solo, como afirma la teoría clásica, apelan a un vago keynesianismo no reconocido explícitamente que aspira a que la economía pueda funcionar a pleno rendimiento lo antes posible si se aplican una serie de medidas correctoras que no terminan de concretar. Todo lo cual me lleva a pensar –y reconozco que es desolador- que gestionase quien gestionase la crisis estaríamos más o menos igual, y que sólo variaría el sentido en el que se dirigen las críticas y las imprecaciones.

A la actual situación se suman en nuestro país las reivindicaciones de algunas autonomías, como Cataluña, que no vienen más que a pedir su parte. La que le prometieron en el nuevo estatuto y que, como los fondos para la Ley de Dependencia, esperan también poder concretarse. Si en cualquier tiempo es difícil apelar a la solidaridad entre territorios, ahora que el calor aprieta y que se han hecho públicas las por otra parte previsibles balanzas fiscales de las distintas comunidades aún menos cabe esperarla.

Por cierto, como nota final, me reafirmo en algo que siempre he pensado. Zapatero tiene una flor y no es la rosa que luce en la solapa en los mítines. Y del mismo modo que ganó un congreso en el que no contaba para nadie; se encontró con un atentado a las puertas de unas elecciones en las que parecía destinado a perder; y revalidó su mandato antes de que empezaran a salir los peores datos económicos; se va a encontrar ahora con que la economía española empezará a levantar el vuelo en la segunda parte de la legislatura, es decir, mientras pone su mirada 'cincunceja' en las generales 2012. Vamos, ni en sus mejores sueños.

[artículo recomendado por soitu]

domingo, 20 de julio de 2008

China: no es un juego

Los Juegos olímpicos siempre se nos han vendido como la gran cita mundial de la concordia. Lo que une el Deporte, que no lo separe el hombre. Pero la realidad suele demostrar que más allá de la ilusión que despierta entre profesionales y espectadores de todo el mundo, se trata de un evento en el que las lecturas políticas resultan determinantes (véanse los sucesivos vetos de Moscú ‘80 y LA’84) y en el que la inocencia no campea precisamente por sus pagos (¿o no, Ben Johnson?)No digo que la intención no sea loable, pero al igual que los Reyes son los padres, esto es un negocio, amigos.

Desde que Pekín fue designada como sede de la convocatoria del año 2008, muchos apuntaron a que ésta podía ser una oportunidad única para la confirmación de China como una potencia de primer orden. La Beijing actual se ha transformado de un modo brutal convirtiéndose en el símbolo del nuevo gigante asiático. Para bien y para mal. Y digo esto porque la metamorfosis que algunos soñaron no se ha producido ni tan siquiera levemente y la China que lucha por integrarse en el selecto club de los países más avanzados del planeta, no se ha movido un ápice merced a la cita olímpica, en los fundamentos de tipo político y social establecidos por el régimen que gobierna el país desde hace décadas. Las tímidas presiones diplomáticas que ejerció Occidente tras las revueltas en Tíbet se quedaron en nada, diluyéndose junto al resto de demandas que en especial las organizaciones humanitarias vienen haciendo desde hace tiempo. Por no hablar del costo medioambiental que los Juegos supondrán y sobre el que el resto de timoratos líderes mundiales tampoco ha dicho nada.

Al contrario de lo que el más elemental sentido común pudiera dictar, cuando se habla de la imagen que China pretende lanzar al mundo, no se tienen en cuenta factores como el respeto por los derechos humanos o un cambio de tendencia hacia una progresiva democratización del país. Todo se reduce a las idílicas telepromociones con la Gran Muralla al fondo, a los fuegos artificiales y al urbanismo que representa el nuevo Estadio olímpico de simbólico nombre: el Nido de Pájaro.
Porque efectivamente, China, y esta es la prueba más palpable de cuanto venimos diciendo, no necesita siquiera hacer ningún brindis al sol. Porque quienes no temen a China la necesitan, de ahí que hayan descubierto que amenazar con no acudir a la inauguración de los Juegos (uuuuh, qué miedo) es el mayor acto de sabotaje que están dispuestos a poner sobre la mesa.

Cuando a finales de los años 70 China decidió abandonar la rígida planificación estatal de la economía iniciando una apertura hacia un sistema de libre mercado (claramente proteccionista, claro), algunos expertos vaticinaron el principio del fin de la dictadura comunista. Tras desplomarse como un castillo de naipes el bloque soviético, todo parecía indicar que el país asiático muy pronto terminaría soltándose el corsé ideológico. Pero no. Hoy China representa un caso único que combina un crecimiento económico sostenido a un ritmo netamente superior al de las principales democracias capitalistas al tiempo que mantiene un férreo sistema centralizado de partido único que ahoga cualquier disidencia (donde no podría expresar esto mismo sin temor a represalias).

Y lo que es peor, el resto de potencias mundiales (hasta las más supuestamente liberales) lo han aceptado. Sin más. Peor es cabreallo.

martes, 1 de julio de 2008

La reina de las hamburguesas

Lo publica el diario británico The Sun: Isabel II de Inglaterra se ha convertido en propietaria de un establecimiento de la cadena McDonald's en las proximidades de su castillo de Windsor.

El diario, que ilustra la información como aquí aparece (no perderse el detalle de la etiqueta que aparece pegada en la camiseta, en la que puede leerse el diminutivo de su nombre, Liz- ha informado que el Crown Estate, que reúne los bienes raíces de la Corona, ha invertido 92 millones de libras en un complejo comercial en la localidad de Slough, al que pertenece el McDonald's.

De este modo, desde sus propios apartamentos reales, la Soberana puede ver la hamburguesería al otro lado del Támesis, y relamerse con esas especialidades que a buen seguro harán que su colesterol se suba a los pinchos de la corona.

En McDonald´s están la mar de orgullosos: “Estamos encantados de que nos haya elegido en vez de Burger King", dijo un representante de la empresa, quien agregó que el único problema es que la entrada para que los automovilistas puedan recoger sus hamburguesas sin salir del coche es demasiado estrecha para el Rolls-Royce de la Soberana. Humor inglés que se dice.

sábado, 26 de abril de 2008

Pan y libros


Esta semana, coincidiendo con la celebración del Día del Libro, se abrían en Fuente Vaqueros, pueblo natal Federico García Lorca, las puertas de una biblioteca con la que se ha querido rendir homenaje al gran escritor granadino. Como destacó en la inauguración la presidenta de la Fundación García Lorca -y sobrina del creador de 'Romancero Gitano'- Laura García-Lorca de los Ríos, “se ha querido plasmar el espíritu que inspiró la creación de la primera biblioteca por el poeta, en septiembre de 1931”. La alusión era obligada. No en vano, fue durante aquel acto, cuando Federico pronunció su célebre “Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros”, un encendido canto al libro -“sin disputa, la mayor obra de la humanidad”-, y a su papel de instrumento para la liberación de los pueblos.

El inicio del discurso resulta paradigmático del espíritu -republicano en su acepción más ideológica- que caracterizó a algunos de los grandes personajes de su generación:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales, que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano, porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.”

Lorca fue un decidido impulsor de la cultura y, en particular, de la literatura, como vehículo de progreso. Iniciativas como “La Barraca” o las “Misiones Pedagógicas” dejan constancia de esta visión del mundo de la que hombres como él, o mujeres como la misma María Zambrano, hicieron gala, pero algunos párrafos de este discurso merecerían estar enmarcados en el despacho de cualquier político, y en especial de aquellos que –ahora que vienen las vacas flacas- pueden caer en la falacia de pensar que, cuando las cuentas no cuadran, hay que empezar recortando gasto por la cultura al demagógico canto de “antes arreglar aceras que....”

Algunas de las sociedades más avanzadas de nuestro tiempo hace mucho que se convencieron de la necesidad de alimentar a la vez cuerpo y espíritu. Islandia, por ejemplo, el país en el que proporcionalmente más libros se escriben del mundo, suele encabezar los índices de las naciones con mayor calidad de vida, es decir de desarrollo económico y social. Estos países no han esperado a ser ricos para empezar a ir al teatro, acudir a la librería o tocar el piano. Han crecido en paralelo, fomentando la educación, la innovación y la cultura, comprendiendo que la correlación se escribe así: ser cultos para ser ricos (en sentido pleno). Y no al revés.

Al niño que se muere de hambre hay que llevarle pan y libros, y después pan y más libros, libros, libros. Libros que les ayuden a hacer pan, el mejor, el más competitivo, y también a través de los que puedan tener acceso a su realidad, para comprenderla, interpretarla, enriquecerla.
Lo contrario, nunca mejor dicho, es pan para hoy y hambre para mañana. Apostar por las aceras del presente, en vez de por las autopistas del porvenir.

[Artículo recomendado por soitu]

jueves, 17 de abril de 2008

Quiebras en cadena


Hace algunos días aludía aquí a un reportaje publicado en The New York Times en el que bajo el sonoro cintillo “América en venta” se exponían las ventajas e inconvenientes de la implantación de grandes empresas extranjeras en Estados Unidos. Ni que decir tiene que la preocupación por el estado de la economía mundial llega a ser alarmante. Las noticias de instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional no son nada halagüeñas y la tormenta global parece que sólo acaba de empezar. En Estados Unidos hace muchos meses que vienen padeciendo una desaceleración que amenaza con convertirse en auténtica recesión, cuando no, God nos libre, en una verdadera depresión. Lo que los profanos llamamos una crisis del carajo. El alza de los precios y la grave situación financiera que arrastra el país se están dejando notar ya en el consumo. Las consecuencias: el cierre de empresas y el aumento del desempleo. Así, como suena.

Esta misma semana, el rotativo neoyorquino publicaba un artículo firmado por Michael Barbaro ("Retailing Chains Caught in a Wave of Bankruptcies") en el que se ponían de manifiesto las consecuencias de las crisis sobre un buen número de cadenas de minoristas. Los datos son realmente lacrimógenos. Miles de tiendas están cerrando a lo largo y ancho del país a causa de la espectacular bajada en el consumo y la reducción de los mercados de crédito. Una misma palabra resuena en cada esquina: bancarrota.

El gasto en alimentación y en gasolina se ha disparado, lo que ha desviado el consumo de otro tipo de bienes, como muebles, ropa y electrónica, actividades que se han vuelto realmente vulnerables.

Así, hasta ocho cadenas de tamaño medio –desde la especialista en muebles, Levitz, hasta el vendedor de electrónica Sharper Image- han presentado en los últimos tiempos una solicitud de declaración de quiebra debido al aumento de la deuda y la caída de las ventas.

La avalancha no se ha parado aquí. Y empresas más grandes, como Linens ‘n Things, minorista de muebles con 500 tiendas en 47 estados, ha anunciado que esta misma semana puede declararse en bancarrota.

Otro ejemplo lo encontramos en la firma Bombay, una cadena con 360 tiendas, considerada como un éxito fulgurante en su sector después de que sus ventas se elevaran de 393 millones de dólares en 1999 a 596 millones en 2003, que en septiembre de 2007 y después de 33 años de existencia, tuvo también que quebrar. La empresa, que una vez empleó a 3.608 personas, cuenta ahora con 20 empleados.

Pero, además, en contraste con recesiones anteriores –como señala The NY Times-, las posibilidades de salvación son en este caso menores. Los cambios en la ley de bancarrota federal de 2005 limitan considerablemente los plazos para permitir a las empresas reestructurar sus negocios, ofreciéndolos menos margen.

Es el caso de Fortunoff, una cadena de joyerías y de tiendas de decoración del Noreste. La empresa asumió 90 millones de dólares en préstamos para ayudar a mejorar sus 23 tiendas, usando la mercancía como fianza. Pero a principios de 2008, como el mercado del hogar se resintió, las ganancias de la cadena cayeron, con el agravante de que su fianza había perdido valor y la cantidad que podían tomar prestado disminuyó. ¿El resultado? Una crisis de liquidez que les obligó en febrero pasado a declararse en bancarrota y la posterior compra por la firma Lord & Taylor.

A los que resisten no les queda más remedio que frenar su expansión, cuando no directamente colgar el cartel de cerrado en muchas tiendas. Así, por ejemplo, Foot Locker, cerrará 140 tiendas; Ann Taylor hará lo propio con 117; y el joyero Zales bajará definitivamente la persiana en 100.

En el último año las ventas en tiendas al por menor cayeron al menos un 0.5 por ciento, el peor resultado en 13 años. De este modo, y según el Consejo Internacional de Centros comerciales, 5.770 tiendas cerrarán en 2008, un 5 por ciento más que en 2007.

Además, como los minoristas trabajan con una amplia red de proveedores, sus quiebras hacen que toda la economía se resienta, extendiendo la crisis. Una crisis en cadena que tambalea a la primera economía mundial y que amenaza con tumbar también al resto del planeta. La bola ha tomado la cuesta abajo y es difícil prever qué tamaño alcanzará y cuando parará.

martes, 15 de abril de 2008

100 millones


El encarecimiento de los alimentos a nivel global podría acentuar las condiciones de pobreza de unas 100 millones de personas. Ésta es una de las conclusiones extraídas de las reuniones que tanto el Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional mantuvieron este pasado fin de semana para discutir la inflación en los precios de los alimentos y de la energía, así como la crisis crediticia que afecta a los mercados financieros globales.

A pesar de que este tipo de alarmas se han convertido en habituales, la que nos ocupa reviste unos tintes aún más dramáticos. Según indicó el director del Banco Mundial, Robert Zoellick: “No podemos esperar con esta situación, por lo que debemos poner el dinero donde está nuestra boca para que podamos llevar alimentos a personas hambrientas. Es así de crudo”.
Pero, ¿qué ha desencadenado esta situación?

Al parecer el impacto de los biocombustibles sobre el encarecimiento de los alimentos fue una de las cuestiones abordadas, ya que los economistas del BM consideran que pueden haber contribuido al alza en los precios de los alimentos.

El dato viene avalado además por algunos informes de la Organización de Naciones Unidas, que indican que la oferta alimentaria de varias materias primas se ha reducido, toda vez que países como Brasil y Estados Unidos han dedicado vastas áreas de tierra arable para la cosecha de rubros que sirvan para generar combustibles, como etanol. El portavoz especial de Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, Jean Ziegler, ha llegado en este sentido a afirmar que la producción masiva de biocombustibles es un "delito contra la humanidad".
Es el reverso oscuro de las presuntamente políticas “verdes”.

Desde luego, no es éste el único motivo. Los precios de los alimentos se han disparado también por el incremento en la demanda, la súbida del petróleo y por los climas pobres de algunos países, hasta el punto de que materias como el trigo, el arroz o el maíz han llevado a un alza en la totalidad de los precios de los alimentos del 83% en los últimos tres años, según cifras del BM.
Esta dramática situación, cuyos efectos se están dejando notar en todo el mundo, pero cuyas consecuencias resultan devastadoras en las zonas más sensibles del planeta, ha provocado ya protestas en Egipto, Costa de Marfil, Etiopía, Filipinas, Indonesia, o Haití, país este último donde las manifestaciones han tumbado el gobierno, dejando cinco muertos.

De momento, la propuesta de Zoellick de emprender un plan de acción para impulsar una producción agrícola a largo plazo, contó con el apoyo del comité de ministros de economía y desarrollo del BM, aunque queda por resolver cómo se concretarán estas medidas.
Están en juego nada menos que el futuro, no de cien millones de personas (la población de Lituania, Irlanda, Finlandia, Eslovaquia, Dinamarca, Bulgaria, Austria, Suecia, Hungría, Chequia, Bélgica, Grecia y Portugal, juntas) que viviendo en la opulencia se vuelvan pobres, sino de millones de pobres que pueden caer en la extrema miseria, cuando no sencillamente en muchos casos dejar de existir.

martes, 8 de abril de 2008

América en venta

Desde que hace unos meses empezaran los anuncios, primero, y las evidencias, después, de que la economía española se desaceleraba, hemos podido oír en multitud de ocasiones cómo los analistas achacaban a la situación de la economía en la primera potencia mundial buena parte de los males que llegaban a nuestro país. El dicho “Cuando Estados Unidos estornuda, el mundo se resfría” en sus múltiples versiones ha corrido de tertulia en tertulia, de editorial en editorial, esgrimido como argumento irrefutable de que todo lo que estaba pasando no era más que una reacción en cadena cuya chispa inicial se encontraba al otro lado del Atlántico.

La subida de determinadas materias primas o al encarecimiento del crudo, de forma general, así como la crisis de los créditos hipotecarios o la depreciación del dólar frente al euro en los 'states', como fenómenos locales de impacto global, parecen, según las mismas fuentes, ser el origen de todos nuestros males.

Para los más legos en cuestiones de macroeconomía, la enumeración de estos factores, así como las medidas que una semana sí y otra también anuncian la Reserva Federal o el Banco Central Europeo en torno al precio del dinero (sic), nos dejan fríos ante la evidencia de que nuestro recién estrenado puesto –según PIB- como octava potencia mundial choca en la práctica con un el galopante aumento de la inflación y del desempleo, y por lo tanto con una brusca ralentización de nuestro crecimiento de dramáticas consecuencias para muchas familias.

Pero, bien por servirnos para acudir al origen de parte de nuestros problemas, bien por poder decir aquello de que “mal de muchos, consuelo de tontos”, resulta de enorme interés darse un paseo, aunque éste sea virtual, por Estados Unidos y observar algunas de las vetas de este escenario globalizado, y de su repercusión concreta sobre los habitantes de un país-continente diverso y contradictorio, acostumbrado para bien y para mal a ser dibujado en la distancia con el trazo grueso de nuestros prejuicios.

En un magnífico reportaje para 'The New York Times' publicado el pasado fin de semana (“America for Sale: 2 Outcomes When Foreigners Buy Factories”), Peter S. Goodman analizaba los efectos opuestos que la inversión extranjera había provocado en dos pequeñas ciudades del Estado de Michigan, situadas la una de otra, a una distancia inferior a los cien kilómetros.
La primera, llamada Holland, vio cómo hace cuatro años una fábrica local se estancaba y empezaba a despedir trabajadores hasta que la alemana Siemens decidió comprarla. En la actualidad la fábrica exporta equipos de tratamiento de aguas residuales a Asia y Oriente Medio y emplea el doble de trabajadores que en el momento de ser incorporada al gigante industrial.

En 2006, aproximadamente 60 millas al noreste, una multinacional sueca que había sido la fábrica de refrigeradores más grande del país, Electrolux, cerraba un complejo que se extendía a lo largo del Flat River en Greenville. Pese a que la gobernadora demócrata del Estado había prometido convencer a la empresa para quedarse montando un paquete de más de 120 millones de dólares en créditos estatales y locales y ofreciendo la construcción de una nueva planta, la empresa decidió desoír las demandas de sus hasta entonces vecinos y envió su producción a México, eliminando 2,700 empleos en una ciudad de 8,000 personas. “Ellos dijeron, -recuerda la mandataria-: “no hay nada que usted puede hacer para compensar el hecho que somos capaces de pagar 1.57 dólares por hora en México.”

En un caso, las consecuencias de la inversión extranjera fomentaron la creación de nuevos empleos, y la llegada de capital fresco para financiar la extensión y los vínculos con los mercados alrededor del globo. Sin embargo, en el caso de Greenville, la presencia de una gran empresa con fábricas en el mundo entero cumplió la amenaza que supone el universal fenómeno de la deslocalización.

Todo en un mismo estado, el de Michigan, en el que más de 200,000 residentes trabajaron para las filiales de empresas extranjeras desde 2005, según datos del Gobierno, una cantidad en cualquier caso insuficiente para recuperar aún a un territorio que ha deshecho 300,000 empleos en fábricas desde el año 2000.

Como recuerda el articulista de The NY Times “varios factores han propulsado la oleada de dinero extranjero que alcanza los Estados Unidos. La debilidad del dólar contra el yen japonés y divisas europeas convierte a las empresas americanas en baratas para muchos extranjeros. Los Estados Unidos siguen siendo el mercado mundial más grande, y la compra de una empresa americana es el camino más rápido para entrar. Y tras la crisis de las hipotecas, las empresas americanas encuentran el crédito escaso, haciendo que muchos estén dispuestos de vender el activo para levantar el dinero efectivo.”

A partir de aquí los datos son tan elocuentes como impensables sólo hace unos años. En 2006, las filiales de empresas extranjeras reinvirtieron 65.4 mil millones de dólares que ellos ganaron en los Estados Unidos, según un estudio del profesor de Economía en Dartmouth, Matthew J. Slaughter para la Organización para la Inversión Internacional, una firma de Washington financiada por empresas extranjeras. Además, éstas pagaron más de 335 mil millones en salarios, con una compensación media anual de 66,042 dólares, casi un tercio más alto que el trabajo medio del sector privado. En total, se estima que más de cinco millones de americanos trabajan para las filiales domésticas de empresas extranjeras.

Esto explica el milagro “Siemens” en Holland, por qué los beneficios se han triplicado en tan sólo cuatro años y cómo la fuerza obrera ha crecido de 105 a 237 trabajadores. “Antes, la gente no veía cuándo iba a cobrar su siguiente salario”, afirma Jeff Whipple, un supervisor de la fábrica que ha trabajado en la planta desde 1995. “La moral definitivamente ha mejorado. La gente –dice Greg Costner, padre de dos hijos, que fue contratado como constructor de máquinas en febrero después de haber sido despedido de sus dos empleos anteriores- ve la ventaja de tener a un padre fuerte detrás de ellos.” Mr. Costner, de 46 años, dice que él ahora gana aproximadamente un tercio menos que en uno de sus trabajos anteriores, donde él pasó una docena de años. Pero, “un sueldo es un sueldo”.

Pero, cuando el benefactor se marcha nos encontramos con la otra cara de la moneda. Es lo que ocurrió en Greenville, donde Electrolux arrasó su planta vieja, dejando “un pedazo calvo de grava”. Allí, como retrata Goodman, “hasta la aspiración modesta parece más allá del alcance de muchos. Durante décadas, la fábrica de frigoríficos dio a miles de personas – la mayoría con sólo un diploma de instituto - una vida de clase media”. Ahora, ciudadanos como Huck Huckleberry, dueño del restaurante del mismo nombre situado en la Avenida Central hace frente a la época de vacas flacas encogiendo su personal de 32 a 12 empleados desde la marcha de la multinacional sueca.

Aún así el carácter pragmático del norteamericano sale relucir a través de las palabras del alcalde de Greenville, George Bosanic, quien a pesar del doloroso recuerdo que ha dejado Electrolux no ve el momento de que llegue más capital extranjero. “Sabemos que esto es una economía global y las empresas van a venir e ir”-argumenta.

Y es que tiene claro que lo fundamental es saber adaptarse a las oportunidades que se vayan presentando en el cada día más volátil sistema económico mundial, un sistema que en Estados Unidos, su principal impulsor y beneficiario durante décadas, también se está cobrando sus víctimas.
 
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