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viernes, 21 de noviembre de 2008

"1984"

¿Se imaginan convertir las tapias de algunos de nuestros cementerios en parques temáticos que recreen algunos de los fusilamientos de la época franquista? Paneles en bonitos colores nos podrían aportar los datos históricos; las armas con las que eran ajusticiados los represaliados podrían estar expuestas con sus correspondientes fichas técnicas; también se podrían colocar maquetas en tres dimensiones que nos ayudaran a situar la escena de tan luctuosos acontecimientos; e incluso periódicamente alguna compañía de teatro local podría hacer pequeñas representaciones, eso sí, muy veristas, a los grupos de visitantes que se acercaran al lugar.

Si creen que exagero es porque no se han topado con la siguiente noticia. Ha tenido lugar en Lituania, merced a la iniciativa de un empresario que, imagino, sobrepasado por la actual crisis económica, ha decidido aguzar el ingenio y aprovechar el pasado comunista del país báltico para convertir un búnker en desuso en un parque temático.

Erigido, o mejor dicho, enterrado en las proximidades de Vilnius a principios de los 80’, este “Stalinworld” ocupa 4.000 metros cúbicos y está enterrado a cinco metros bajo tierra. Los promotores del proyecto no han podido elegir un nombre mejor y, a la par que chispa, han demostrado ir sobrados de cultura general, pues han bautizado al lugar con el nombre del célebre libro de George Orwell, 1984.

Por algo menos de 200 euros, los visitantes podrán disfrutar durante algo más de dos horas de una experiencia 100% comunista. Después de deshacerse de todas sus pertenencias capitalistas, deberán colocarse encima un abrigo soviético y una máscara antigás, para a continuación poder recibir una brutal descarga de propaganda, que incluye unas clases rápidas para aprender el himno de la Unión Soviética, la degustación de platos típicos de la época -y no precisamente de ensaladilla rusa- y, aquí viene lo mejor, someterse a un interrogatorio al más puro estilo archipiélago Gulag.

El objetivo que persiguen los padres de la criatura es doble. Por un lado, se pretende dotar al país de un reclamo turístico de primer orden y por el otro -¿no es esto altruismo, oh, Ser Supremo?- se quiere mantener vivo en el recuerdo de muchos el dramático pasado de la ocupación soviética.

Pese a la aparente singularidad del caso, no es la primera vez que una iniciativa así prospera. El holocausto ha sido fuente, si no exactamente de experiencias similares, al menos ha permitido que muchos hayan acariciado la idea de lucrarse -más allá de supuestos o reales fines filantrópicos- a costa de sus víctimas; y la desértica frontera entre México y EE.UU, también ha sido utilizada por algunas empresas como campo de ocio para ejecutivos chorras que han pagado con su visa por ver cómo es la vida de un “espalda mojada” sediento y desesperado.

Eso sí. Por un día.

Vivir pasó de moda. Ahora se lleva tener “experiencias” (afectivas, sexuales, deportivas, políticas...). Desde la que se mete en un programa de televisión con cáncer para saber qué se siente, hasta quien se gasta la paga extra en consoladores, pasando por el que se tatúa hasta el último centímetro cuadrado de piel, todos en definitiva, buscan un “no sé qué” que la vida “normal” no les proporciona.

Qué lástima que a la mayoría no nos dé por experimentar con gramáticas, células o papel milimetrado. Podríamos acabar escribiendo bien o erradicando alguna enfermedad incurable.

Incluso arreglando la economía.

viernes, 13 de junio de 2008

Mujer musulmana busca

La semilla del fundamentalismo arraiga en el fértil suelo de Europa. El económico nos aboca a que las políticas más liberales se alcen en el horizonte como el único maná capaz de darnos el sustento; el social nos lleva a tomar medidas -como en el caso de las adoptadas respecto a la inmigración- que suponen claros retrocesos morales respecto a nuestro antiguo modelo de referencia -al final, incluso la izquierda se arrepentirá de no haber aprobado el ‘neoliberal’ Tratado constitucional de la UE-; y en el plano religioso, tres siglos de descristianización no han conseguido levantar un muro de laicismo que oponer a credos que entran en clara contradicción con los principios inspiradores de la ilustrada Europa del bienestar.

Leo con creciente inquietud un reportaje publicado esta semana en el International Herald Tribune en el que se advierte del crecimiento de la demanda de certificados de virginidad entre las mujeres musulmanas. Cuarenta años después de la liberación sexual que atravesó el mundo occidental, y que encontró en mayo del 68 su más logrado símbolo en el continente, muchas jóvenes musulmanas europeas están dispuestas a pagar entre1.500 y 2.000 € por una himenoplastia.

“En mi cultura -dice una estudiante de 23 años de origen marroquí residente en Montepellier- no ser virgen es ser sucia”. Y añade a continuación: “Ahora mismo, la virginidad es más importante que mi vida”.

Lejos de lo que pudiera parecer en un primer momento, este regreso a las esencias, eso sí, tras haber transgredido sexualmente primero las convenciones del Islam, no obedece, en el caso de muchas mujeres, a un componente de fanatismo religioso -lo que explicaría el furor que genera entre muchas adineradas musulmanas de sobrísimo aspecto exterior la más sensual lencería fina-, sino al temor de no ser aceptadas por el marido o el padre. Ante la posibilidad de que su progenitor pudiera llevarla a un médico para certificar si todavía era virgen después de haber finalizado una relación de ocho años, una joven treintañera macedonia decidió pasar por el quirófano. “No tenía miedo de que me matara -afirma-, pero estaba segura de que me daría una paliza”.

Pero la sublimación de este hecho se produjo hace escasas semanas en una corte de la ciudad de Lille, al declarar un juez como nulo un matrimonio entre dos musulmanes franceses al descubrir el marido que su mujer le había mentido respecto a su virginidad. ¿Cómo evitar que muchas mujeres no pretendan ‘recuperar’ su virgo si quieren contraer matrimonio con un compañero en la fe? Desde luego, el fenómeno no puede considerarse aún como masivo –aunque está tan de actualidad que incluso en Italia se estrena esta semana una película, ‘Women´s Hearts’, que cuenta la historia de una mujer marroquí residente en el país trasalpino que emprende un viaje a Casablanca para operarse- y pese a las presiones existentes, la mujer musulmana ha presentado en los últimos tiempos, especialmente en Occidente, síntomas de apertura. Sin embargo, está por demostrar si esta tendencia es irreversible. Un ejemplo: el mismo cirujano que operó a la joven marroquí del inicio reconoce que tiene colegas en Estados Unidos cuyas pacientes les ofrecen a sus maridos su himeoplastia como regalo de San Valentín.

Alguien podrá pensar que en medio de la que está cayendo, este fenómeno resulta secundario, cuando no anecdótico. Yo comparto la opinión de Juan Pedro Quiñonero cuando afirma: “Hoy, la atormentada emacipación en curso de las mujeres musulmanas reinstala la sexualidad femenina en las fuentes bautismales de una revolución cultural cuyo triunfo o derrota quizá pueda afectar al destino mismo de las civilizaciones”.

[artículo recomendado por soitu]

miércoles, 7 de mayo de 2008

Sarkozy, un año muy "movido"











viernes, 11 de abril de 2008

Bulgaria. Pacto de silencio

Gueorgui Stoev conocía de primera mano los métodos de los grupos mafiosos de su país, Bulgaria. De hecho, antes de ponerse a escribir obras sobre el desarrollo de la delincuencia organizada durante los años de transición después de la caída del régimen comunista, revelando detalles sobre el modo en el que algunas compañías de seguros surgidas a principios de los años noventa obtenían clientes mediante la extorsión, y estableciendo sin ambages conexiones entre la mafia y el poder Ejecutivo -aseguraba por ejemplo que los homicidios por encargo se hacían con el conocimiento del ex ministro del Interior Lyuben Gotsev-, él mismo había sido miembro de una organización de asesinos a sueldo, y aunque afirmaba que él nunca había matado a nadie, conocía perfectamente a las personas que los cometían. Sabía con quién se jugaba los cuartos, del mismo modo que a sus antiguos colegas les inquietaba su incontinencia oral y escrita.

Era la diana humana perfecta.

Es fácil imaginar que Stoev temiera por su vida. Desde la caída del comunismo en Bulgaria, y hasta la fecha de su ingreso en la Unión Europea el 1 de enero de 2007, se cometieron en el país más de 150 asesinatos de políticos y de hombres de negocios por encargo. Y no puede decirse que la situación haya mejorado demasiado en los últimos meses.

Sin ir más lejos, dieciocho horas antes de recibir dos disparos en la cabeza en pleno centro de Sofía, un destacado empresario, director de la compañía privada “Atomenergoremont”, Borislav Gueorguiev, también había sido asesinado. Mismo procedimiento. Mismo número de balas disparadas en el mismo lugar. Mismo resultado: la muerte.

La policía búlgara no tiene sospechosos de los dos asesinatos y descarta de momento conexión alguna entre ambos casos. Aunque, desde luego en el caso de Stoev la autoría “intelectual” del crimen no parece generar demasiadas dudas. Es lo que sucede cuando uno se niega a no suscribir ofertas de ésas que “no podrás rechazar”.

El caso es que pese a la aparente lejanía del fenómeno y de su escasa repercusión fuera de la propia Bulgaria, no podemos perder de vista que estas cosas suceden dentro de las fronteras de la Unión Europea, de ahí que la Comisión se haya lanzado a criticar al Gobierno búlgaro “por no hacer suficientes esfuerzos para erradicar la delincuencia organizada y la corrupción en los altos niveles del poder”.

Bruselas se ha puesto seria y ha amenazado con congelar por esta causa fondos de programas de desarrollo destinados al más beneficiado por este concepto de los socios de la UE.

Y es que no es la primera vez que desde las instituciones europeas se ponen serios -como también lo hicieron en el caso de Rumanía- con las autoridades de este país de unos ocho millones de habitantes en este terreno.

“La corrupción en los niveles actuales amenaza el mercado interior y las políticas de la UE” decía a finales de 2005 en una carta enviada al Gobierno búlgaro al en ese momento comisario europeo responsable de la política de Ampliación, Olli Rehn.

Los más escépticos ante la ampliación hacia el Este puede que obtengan ahora nuevos argumentos para justificar su rechazo a la velocidad con la que la UE ha ido incorporando nuevos socios, en una carrera que aún no ha terminado. Los defensores de esta estrategia pueden argüir, por su parte, que dentro de la Unión y bajo la presión de las instituciones europeas la consolidación de estos países dentro de las democracias avanzadas puede ser mucho más rápida y efectiva.

Pero, independientemente de la postura que adoptemos ya nada le devolverá la vida a Gueorgui Stoev, un tipo valiente, o temerario, según se mire, que le plantó cara al terror a pesar del alto precio que pudiera terminar pagando. A él lo han callado. Pero con su muerte sus asesinos no pueden comprar el silencio de quienes creen en una Europa mejor.

[Artículo recomendado por soitu]

Actualización (23/04/2008)
Purga en el Gobierno búlgaro para calmar a la UE. Destituidos tres ministros por los casos de corrupción.

martes, 18 de diciembre de 2007

Acuerdos "de mínimos"


Fácilmente puede haber sido una de las expresiones de más amplia difusión durante los últimos días. “De mínimos”. Un latiguillo convertido en latigazo para muchos de los que, aunque traspasados por un cómodo escepticismo, teníamos puestas nuestras esperanzas en lo que unos señores bien vestidos y mejor comidos se aprestaban a hacer en dos lugares que queríamos ver convertidos en puntos cardinales de nuestro particular catecismo moderno –lugares en los que creer, por los que seguir creyendo en lo mejor de nuestra especie: Lisboa y Bali. Pero, no pudo ser.

Lisboa

En la capital lusa trató de escenificarse la reconciliación europea. Pocos sitios más apropiados. Lisboa, asomada al mar, tendiendo un inmenso puente azul hacia América, y con el cordón umbilical del mismo color representado por el Tajo –el Tejo de todos los fados- atado a Europa tierra adentro. Lisboa. Tierra de descubridores. De descubrimiento. Tras largos años de zozobra, los políticos europeos querían dar por zanjada la enésima crisis de la Unión antes de que expirara el año del 50º aniversario de su fundación. ¿El resultado? Para algunos, como Timothy Garton Ash, una porquería: “175 páginas de texto, más 86 de los protocolos de acompañamiento, un anexo de 25 páginas que vuelven a numerar los artículos de los tratados existentes, y un "acta final" de 26 páginas que incluye nada menos que 65 "declaraciones" separadas”. O sea, un lío, y lo más alejado posible –nosotros, nietos de Goethe y Kant, herederos de Voltaire y Rousseau, descendientes de Pascal, Montaigne y Spinoza, hijos de Tocqueville y Max Weber, de Stephan Zweig y Walter Benjamin -de constituciones como la de los Estados Unidos. “Resulta doloroso recordar –dice Garton Ash- que hubo un tiempo en el que nuestra Constitución quería ser lo mismo que la estadounidense: una afirmación noble e inequívoca de lo que es nuestra Unión, cómo funciona y qué valores representa, en una prosa enérgica”.

Al final, ni “afirmación noble” ni “prosa enérgica”. Sino un batiburrillo en el que algunos estados afirman que les satisfacen los símbolos (bandera, himno, lema) y otros no; en el que la Carta de Derechos fundamentales será de aplicación legal en todos los Estados miembros, menos en Reino Unido; y que sin duda dista mucho de acercar la Unión Europea a los ciudadanos. Un perímetro de seguridad de 200 metros impidiendo acercarse a personas extrañas a la organización al Monasterio de los Jerónimos representaba la mejor imagen de esto que estamos diciendo.

Esto no quita que el Tratado suponga a su entrada en vigor -suponiendo que lo ratifiquen los 27 Estados miembros en enero de 2009 (Irlanda deberá hacerlo mediante referendo)- dar un pasito adelante en algunos aspectos : elimina el derecho de veto en 40 áreas, entre ellas las políticas de inmigración y cooperación policial y judicial, refuerza la presidencia, que pasa a tener un mandato de dos años y medio y acaba con las rotaciones cada seis meses; e incorpora la figura de un ministro de Exteriores. En definitiva un “acuerdo de mínimos” que algunos dan por bueno y que a la mayoría de los cuatrocientos millones de ciudadanos de los 27 países miembros -¿cuántos de ellos podrían responder a la pregunta de cuántos estados integran la UE?- les trae “al pairo”.


Bali


Pídelo todo para obtener la mitad. Rechaza dar nada para dar la mitad. Pero, ¿qué ocurre si es la principal potencia mundial la que está sentada a la mesa de negociación? Que la máxima se transforma en: “no transijas en nada, hasta el último momento, y cuando veas que todos están en tu contra, ofrece un diezmo. Esto será menos de lo que estarías dispuesto a dar, si no fuera porque eres la primera potencia mundial. Y encima te lo agradecerán.” Estados Unidos se había cerrando en banda durante dos semanas. No sólo no aceptaba fijar plazo alguno para la reducción de sus gases contaminantes sino que parecía dispuesto a abandonar la cumbre de Bali sin ningún compromiso de ningún tipo. De ahí que cuando “in extremis” decidió sumarse a la nueva “hoja de ruta” todos quisieron ver que el gigante había cedido. Pura ilusión. Lo único que Estados Unidos ha aceptado es volver a reunirse dentro de dos años para volver a hablar de lo mismo: de la necesidad de reemplazar el fallido protocolo de Kyoto por otro que realmente plante cara al problema del calentamiento global. O sea, Estados Unidos ha conseguido postergar la resolución de uno de los más urgentes asuntos que ocupan al ser humano en nuestro tiempo y que encima le aplaudan por ello. “Paula Dobriansky (delegada de EE.UU) tomó la palabra y dijo: ‘Aceptamos la proposición porque nosotros hemos venido también aquí con espíritu constructivo’. Fue cuando, por primera vez, se ha oído una ovación a la delegación de EEUU”. Magnífico.

Aunque, ¿se podía esperar otra cosa? La noche antes de este teatral desenlace –¿no decían que los guionistas norteamericanos estaban huelga?-, en un debate en la cadena SER en el que se analizaba la importancia de las decisiones que podían tomarse en este cumbre, un tipo que decía representar a no sé qué grupo conservador de los EE.UU entraba en antena desde Washington para afirmar que eso del cambio climático era “algo no demostrado”, que no se podían tomar decisiones “precipitadas” y que se estaba cayendo en el alarmismo.

A río revuelto, ya se sabe, y desde ámbitos “anti-ecologistas” (sic) se aprovechaba para señalar el colmo del esperpento en torno a la cumbre de Bali: La Cumbre de Bali generará tanto CO2 como 20.000 coches en un año.

Como dice Juan Varela en su blog: “La Tierra tendrá que esperar”.

viernes, 14 de diciembre de 2007

El destino de Kosovo


Imagen del cartel de presentación del documental Kosovo. La última cicatriz de los Balcanes de Juan Antonio Moreno

Las raíces de los conflictos, de los odios enconados, de las luchas políticas y sociales en los Balcanes hay que ir a buscarlas muy lejos, al menos hasta al siglo VI, cuando diferentes tribus eslavas procedentes de las estepas orientales se trasladaron a las tierras que con los siglos recibirían el nombre de Yugoslavia.

Los eslovenos, en el norte, se convirtieron mayoritariamente al catolicismo romano en el siglo VIII; los croatas se hicieron también católicos durante el siglo X y al igual que los eslovenos formaron parte del Imperio de los Habsburgo hasta la I Guerra Mundial; los serbios adoptaron el rito ortodoxo en el siglo IX y, aunque bajo protección rusa nacieron como reino a finales del XIX, permanecieron bajo dominio turco durante casi seiscientos años; los montenegrinos, por su parte, aunque originalmente serbios, como los bosnios, lograron escapar del avance turco y establecerse en una región montañosa como monarquía independiente; a su vez, los bosnios se dividieron entre aquellos musumanes (bosniaks) y los que conservaron su identidad serbia de cristianos ortodoxos (serbo-bosnios); los macedonios fueron conquistados por los otomanos en el siglo X aunque con anterioridad habían formado parte de un imperio con los búlgaros; los albaneses, por fin, pueblo de mayoría musulmana, obtuvieron su independencia del imperio otomano a principios del siglo XX y aunque la mayoría de ellos vive en Albania muchos han estado radicados durante siglos en la región de Kosovo (Serbia).

Un lío tremendo, ¿verdad? Pero, si no tenemos en cuenta la complejidad de los procesos históricos que se han desarrollado en este lugar del globo, no podremos entender mínimamente el proceso de independencia de Kosovo, la cuna cultural y religiosa -dicen los más fervorosos- de la Gran Serbia que empezó a formarse tras la Gran Guerra y que Milosevic intentó conservar a toda costa por medio de la opresión, la guerra, el exterminio, tras la disgregación que se produjo a la muerte de Tito, el líder supremo del país.

Desde el final de la guerra en los Balcanes, la región de Kosovo ha vivido bajo un régimen de protectorado internacional bajo mando de la OTAN. El principal objetivo de las fuerzas desplegadas ha sido el de evitar nuevos brotes de violencia y especialmente proteger a los serbios de las represalias de la población albano-kosovar ante la amenaza de que revirtiera la “limpieza étnica” ensayada por Milosevic.

La herida supurante de Kosovo dista de cerrarse y hoy chipriotas, eslovacos, rumanos y españoles -y rusos, por otros motivos- observan con recelo la irreversible separación de esta provincia. En el aire está la pregunta: ¿Quiénes serán los siguientes? Además, que ésta se haya producido sin que todas las partes de hayan puesto de acuerdo vuelve a poner de relieve la incapacidad de Europa para dirimir conflictos en el corazón mismo de su territorio.

En Serbia los ultranacionalistas no se resignarán fácilmente. De modo que los politicos europeos parecen dispuestos a canjear la independencia a cambio de abrir sus puertas. La UE ofrece a Belgrado acelerar la adhesión si permite a los kosovares independizarse.

Se trata de evitar a toda costa una nueva tragedia. Porque el fantasma del miedo recorre Europa. Pero, de su mano, camina también, débilmente, el de la esperanza. Al fin y al cabo, los pueblos tienen el derecho de ir forjando su propio destino.

jueves, 25 de octubre de 2007

El fantasma de la xenofobia


Un fantasma recorre Europa. Se llama “xenofobia” y quien crea que está libre de él sólo tiene que esperar sentado a que la serpiente rompa el cascarón. Hace mucho que ya no se trata de casos aislados, como los de Le Pen en Francia, o Haider en Austria. La inmigración que de forma masiva está llegando al Viejo continente está conmoviendo los pilares que durante décadas han cimentado las naciones europeas -porque más que un caso europeo, nos hallamos ante fenómenos locales que en mayor o menor medida afectan a la totalidad de estados-, y su impacto sobre la sociedad resulta evidente en la aparición de un discurso político explícitamente xenófobo que está alcanzando notorio éxito en las consultas populares que de un extremo a otro de Europa se vienen efectuando en los últimos tiempos.

La última noticia en esta dirección tenía lugar el pasado fin de semana, al conseguir la Unión Democrática de Centro, partido de extrema derecha y discurso xenófobo dirigido por el multimillonario Christoph Blocher, la victoria en las elecciones parlamentarias en Suiza. El discurso xenófobo de la UDC ha sido clave para atraerse el voto de los partidos tradicionales del centro-derecha y sólo la particular composición del Consejo Federal, que desde 1959 está formado por siete miembros que se reparten los cuatro grupos con representación (PRD, PDC PC y UDC), evitará en principio que el impacto de este ascenso se materialice en políticas más “agresivas”, y por lo tanto contrarias a la ley anti-racismo en vigor.

El discurso de la UDC es paradigmático dentro de lo que hablamos. Valga un ejemplo: sólo dos días antes de celebrarse estos comicios, esta formación publicó en los principales diarios del país un anuncio a toda página en el que atribuía a minorías étnicas -como albaneses y africanos- una explosión de la criminalidad, sin duda el principal filón con el que esta clase de partidos suelen atraerse a sus votantes.

Suiza no es el único caso, pues a pesar de que muchos observadores han aplaudido la derrota de los hermanos Kaczinsky en las elecciones legislativas polacas –donde el triunfo ha correspondido al liberal Donald Tusk de la Plataforma Ciudadana-, no puede perderse de vista que el discurso antieuropeo, homófobo y xenófobo del hasta ahora primer ministro, Jaroslaw Kaczynski ha contado con el respaldo del 32,2 por ciento de los votantes.

Tanto en un lugar como en otro –por no citar otros casos, como el de Rusia, donde el nuevo nacionalismo pretende retrotraer a este país a la época zarista- se evidencia un auge en el rechazo a la inmigración proporcional al aumento de inmigrantes en sus respectivos países y que viene motivado por la profunda crisis de identidad que asola a la Europa blanca y cristiana, y a nuestro irracional miedo al otro, al que es distinto. Sin embargo, en ocasiones, la reacción de quienes denuncian estas actitudes no favorece precisamente la normalización de una situación sumamente compleja. Me explico: Los partidos que basan sus políticas en la vuelta a una identidad en vías de extinción y que se oponen al inevitable mestizaje al que estamos abocados acusando a los inmigrantes de todos nuestros males fijan siempre su atención en la inseguridad que acarrea este fenómeno. ¿Cuál es la reacción ante este argumento? Tachar al contrario de racista, recordar –en el caso español- que nosotros fuimos también emigrantes en otra época y que por lo tanto hay que ser solidarios, y en última instancia dejarse llevar por la corriente al tiempo que se mira para otro lado. Pero, en este caso, tienden a confundir tolerancia con verdadera solidaridad, hasta el punto de resultar insolidarios con quienes no comparten sus postulados. Que la proporción de crímenes cometidos por inmigrantes -en situación irregular en la mayoría de los casos- es muy superior a la de los nacidos en España es algo manifiesto. Y lógico. Y no por dar fe de un hecho se ha de ser necesariamente racista. Que la inmigración, tal y como se está produciendo en toda Europa no sólo acarrea efectos positivos –en términos de natalidad, de desarrollo económico y de enriquecimiento cultural- sino que ha provocado un incremento en el número de delitos es algo que no debería suscitar mayor controversia, aún cuando este último punto sirva de ariete para aquellos que sólo ven en la inmigración un cáncer de nuestra sociedad. La razón debiera prevalecer sobre el sentimiento de hacerle el juego a los malos.

Porque negando el reverso “oscuro” de la inmigración no ayudaremos a crear una sociedad más justa para todos. Más bien al contrario, debe llevarnos a reflexionar acerca de los motivos que lleva a miles de personas a abandonar sus hogares para dar un salto a Europa que, además de desarraigo –y en ocasiones la muerte- en quienes emprenden tal viaje, produce también efectos desestabilizadores para los países de acogida. Y si al reconocer esto, somos considerados por algunos autodenominados“progresistas” como xenófobos, obtendremos la medida del problema al que nos enfrentamos.

Probablemente exista en nuestro país, como en nuestros vecinos, una aversión más o menos extendida entre sus habitantes hacia lo que “nos está viniendo”. Es algo que está en la calle. Y somos concientes de que bajo ese “lo que nos está viniendo” se esconden muy diversos motivos, algunos de los cuales más que producirnos orgullo resultan dignos de oprobio. Pero, reducir esta dimensión al racismo deshumanizado de quien se cree con el derecho de maltratar a una chica de 15 años en el metro por el mero hecho de ser ecuatoriana, es llegar demasiado lejos. Porque, lo que tememos no es al rumano, sino a la banda criminal organizada; no al colombiano, sino a los violentos latin king; no al subsahariano, sino a no poder llevar a nuestros hijos al parque porque los parques están ocupados de desocupados. Porque de lo que aquí no se trata es de proteger ninguna hipotética pureza racial sino de hacer posible nuestra común convivencia. De encontrar espacio para todos. Pero para todos los que estén dispuestos a intentar convivir, o mejor dicho, a integrarse, sean senegales o de Cuenca. Y ahora que parece que estamos ganando el debate a los multiculturalistas –para quienes las fallas de Valencia y la ablación de clítoris merecían similar consideración-, tampoco estaría mal ir ganándole terreno al lenguaje de corrección política que trata de reducirnos a estar a favor o en contra de todo, aún cuando dentro de esos todos que se nos presentan como cerrados la heterogeneidad y la pluralidad con la que tanto se llenan la boca algunos para imponer su pensamiento único, sea la norma.

martes, 16 de octubre de 2007

Días euroescépticos


Hoy me he levantado sin motivo aparente de un euroescepticismo feroz. ¿Tendré un ramalazo 'brit' que desconocía o es simplemente que la política de los hechos consumados está desbancando de su poltrona a este idealismo contumaz que tantos descalabros nos ocasiona a algunos? Porque, ¿a quién le importa Europa? ¿A un puñado de burócratas generosamente pagados, a cuatro politólogos ociosos, a los historiadores que hacen la crónica de sus cien éxitos y sus mil derrotas?

La idea de una Europa “utilitaria” se ha impuesto definitivamente. ¿O es que siempre fue así? ¿No obedece el nacimiento de la Europa contemporánea a mediados del siglo pasado a la necesidad de evitar desajustes que en lo económico pudieran conducirnos a una nueva guerra? Para constatar esta evidencia basta con remitirse a la declaración hecha pública el 9 de mayo de 1950 –esta fecha quedará más tarde como referente para la celebración (sic) del Día de Europa- por Robert Schuman, ministro francés de Exteriores, que de algún modo sienta las bases de la futura institución supranacional europea. “La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas” -dice la comunicación escrita a su vez por Jean Monnet, en la que junto al discurso pacifista se trazan las líneas maestras de una necesaria “solidaridad” económica que debía empezar por una alianza franco-alemana que sellara históricos antagonismos.

Así las cosas, ¿debemos resignarnos en ver a Europa como un antídoto contra la guerra? La experiencia de los Balcanes nos demuestra que su eficacia en este sentido es bastante limitada. ¿Como un conglomerado de intereses económicos que cada uno unilateralmente puede vulnerar? La debilidad política del continente es tan manifiesta que llega en ocasiones al ridículo. ¿O como un espacio de derechos y deberes compartidos fruto de la evolución diversa, compleja, incluso traumática pero convergente en muchos sentidos de los países que la integran?

Volvemos a caer en el idealismo. Pero, me da por pensar, tal vez la etapa de estancamiento actual se deba a que hemos tendido a pensar en Europa desde una perspectiva meramente instrumental, pensando en términos de utilidad, como si aún no nos hubiésemos dado cuenta de que ya estaba ahí antes de que llegáramos para preguntarle con irreverente suficiencia ¿de qué me sirves?

Entre las versiones “románticas” de esa Europa que no cabe aprehenderse en tratados ni textos legales, me quedo con la ingeniosa lectura que plantea George Steiner en La idea de Europa. Para este sabio judío, Europa es ante todo un café en donde se citan, conversan y conspiran los intelectuales. Europa es para Steiner una cartografía diseñada a la altura de los pies del hombre, quienes le otorgan al continente, desprovisto de desiertos o cordilleras impenetrables, su verdadera medida. Europa es, en este sentido, de un extremo a otro, esencialmente “paseable”. Y si se me permite la apreciación, “histórica”, en la medida en que sus calles y plazas -en contraste con las quintas avenidas o calles 42 norteamericanas- llevan el nombre de personajes ilustres. “Hasta un niño europeo -dice Steiner- se inclina bajo el peso del pasado, como tantas veces hace bajo el de la mochila escolar sobrecargada”. Por último, para el lingüista, matemático y filósofo parisino de origen vienés, Europa, que debe lo que es a su doble herencia helénica y judaica, no se comprende sin esa “autoconciencia escatológica” que encarnada en el siglo XX en Auschwitz o el Gulag, mantiene al europeo en estado de permanente alerta ante la posibilidad de su propia destrucción.

Con estos cinco axiomas define Steiner lo específicamente europeo. Con lo que demuestra que Europa -incluida la política-, sólo es posible pensándola y celebrándola “idealmente”.

Europa, me permito apuntar, debe ser una maleta, o mejor, un botiquín que nos acompañe. Nunca una herida supurante. No, otra vez.

 
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