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miércoles, 1 de agosto de 2012

Borges, "El amenazado"


A propósito de Borges, ese autor frío e intelectual, este poema sospechosamente ausente de sus últimas Obras Completas.

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.

Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado,
pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes:
el ejercicio de las letras,
la vaga erudición
el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad,
las galerías de las bibliotecas
las cosas comunes,
los hábitos
el joven amor de mi madre,
la sombra militar de mis muertos,
la noche intemporal,
el sabor del sueño?

Estar contigo o no estar contigo,
es la medida de mi tiempo.

Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,
ya el hombre se levanta a la voz del ave,
ya se han oscurecido los que miran por la ventana,
pero la sombra no ha traído la paz.

Es, ya lo sé, el amor:
la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria,
el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías,
con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)

El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

miércoles, 18 de julio de 2012

Guerra al doble espacio

Joven autora preparando el envío de originales a doble espacio y por una cara para un concurso de microrrelatos.

Estimados organizadores de certámenes literarios:

¿Por qué? Sí. ¿Por qué? Venga, ya sabéis de lo que estoy hablando. ¿Por qué hay que enviar los originales a doble espacio y por una sola cara? ¿Cuándo se ha visto un libro a doble espacio e impreso por una sola cara? ¿No sería odioso, prácticamente criminal, un libro a doble espacio y por una sola cara? ¿Entonces por qué coño queréis leer a doble espacio y por una sola cara montañas de papel? ¿Es una especie de filtro o algo así? ¿Una forma de aterrorizar a posibles autores con inclinaciones ecologistas? ¿Una manera de eliminar a la literatura que emerge del lumpen-proletariado? Porque, claro, todo el mundo sabe que el gremio de los escritores está compuesto por gente a la que le sobra el dinero y que por menos de cincuenta euros no se permite un viaje a Correos. Porque, ésa es otra. ¿Tienen que ser cinco copias? ¡Cinco! A veces más. Eso hoy en día es ya una primera tirada para una editorial modesta tirando a mediana. Por no hablar de que no existen sobres de esa capacidad. Hay que hacerlos a medida y alquilar, primero a un porteador con carné de manipulador de material pesado, y después a un psicólogo: sí, es lo mínimo después de que el empleado de Correos te haya explicado las modalidades de certificados que existen y las condiciones específicas reservadas para este tipo de concursos.

Ahora en serio, estimados organizadores de certámenes literarios. Nos debéis una explicación. Estas cosas no se hacen así sin más. ¿O es que al primero que preparó unas bases –no sé, las del Premio Gutenberg al mejor incunable del año en Maguncia- lo han ido copiando en cascada todos los demás? Que sepáis que si Kafka hubiera vivido en esta época, se habría puesto bueno de golpe y habría sido un tipo feliz de narices que se disfrazaría de Dora, la exploradora en los cumpleaños de sus sobrinos (ahora que lo pienso: esto resulta bastante estremecedor).

En fin, vosotros sabréis. Yo solo digo que si queda un mínimo de justicia en el mundo, si existe algo parecido a una ley de compensación universal, vuestro infierno será un inframundo compuesto a base de líneas a doble espacio. Doble espacio en los prospectos de los medicamentos, en las cartas de helados, en los tickets de la compra, en los estados de facebook. Terrible, ¿eh? Pues, avisados quedáis. U os enmendáis o abandonad toda esperanza.

(Ahora risas desquiciadas. Jajajajajajaja. Estoy muy loooocooo y vosotros tenéis la cuuuulpaaaaaa maldiiiiiiiiii…. Ah, no: temor a las represalias. Ejem.

viernes, 15 de junio de 2012

CHÉJOV EN EL INEM

Antón Chéjov esperando para renovar su tarjeta de demanda. Como se aprecia en la imagen si se pusiera de pie le sacaría dos cabezas al resto de parados. Es lo que tiene ser un "grande" de las Letras.

Será que últimamente salgo poco o quizá, simplemente, que de un tiempo a esta parte todo me maravilla, como si fuera visto de una nueva forma, con una nueva intensidad. En el INEM (o SAE, SPEE o como sea, INRI podría valer también) no es difícil que surjan pequeñas anécdotas que a poco que nos lo propusiéramos podrían convertirse en verdaderas historias. Basta con sentarse y ver y escuchar para avizorar profundos mundos detrás que cada cara larga, de cada palabra destemplada. Esto de hoy es diferente. Es casi farsesco, En apariencia intrascendente, pero totalmente real.

Mientras aguardo a que aparezca mi nombre en la pantalla, llega una pareja y se sienta a mi lado. Él es un hombre fortachón, rubio y con el pelo a cepillo, con pinta de experimentado portero de discoteca o ex agente del KGB. Ella, muy guapa, aparenta ser su pareja, o igual es su hermana, o a lo mejor trabaja para él… Esto es la Costa del Sol y cualquier cosa es posible: a lo mejor es las tres cosas a la vez. Yo estoy leyendo mi Chéjov de Letras Universales de Cátedra. Acabo de terminar ‘Las tres hermanas’ que me ha encantado y que no conocía y empiezo ‘El jardín de los cerezos’, que ya apenas recuerdo. Entonces, los escucho hablar. Sí, me digo: eso es ruso. Decido lanzar el anzuelo. Elevo un poco la portada del libro haciendo el título visible. Pasado medio minuto, alcanzo mi propósito. ¡Han picado! Él le dice algo a ella. Ella mi mira. Después, ríen. Él vuelve a mirar la portada. Comentan algo. Más risas. Yo aún dudo. Igual es otra cosa. Pero no. Cazo en el aire “Chejova”. No hay duda. Cuando él vuelve a girarse hacia mí yo intervengo. Le digo mostrando el ejemplar: éste es uno de los vuestros. Él me pregunta si sé ruso. Niego con la cabeza, creo que añado: ojalá. A continuación pongo el libro sobre una pequeña mesa que compartimos y dejo que lea la portada, donde aparecen los títulos escritos en cirílico como saliendo de un samovar. Él se los lee a ella en voz alta. Ella asiente con ingenuidad. Él, pese a su aparente rudeza, también muestra algo parecido a ternura o nostalgia, o así me lo parece a mí. Y ahí termina todo. Se olvidan de mí. O eso creo. Igual comentan la insólita escena que supone ver a este español barbudo y reseco en un rincón perdido del sur de Europa, leyendo a miles de kilómetros de su patria y aunque sea en castellano, a uno de los maestros de una literatura, la suya, que igual detestaban cuando les obligaban a estudiarla en el colegio. Si es que tuvieron algo parecido. O cualquiera sabe.

Cuando termino mis gestiones, ellos siguen ahí, esperando. Pienso en que podría regalarles el libro, decirles: “tomad, para que mejoréis vuestros español”. Sé que sería grandioso y estoy a punto de hacerlo, lo juro. Pero, al final me retraigo. ¿Será ese irracional apego a los libros? ¿Será timidez? ¿Será mi exacerbado sentimiento del ridículo? En cualquier caso, me niego a terminar ese capítulo ahí. Cuando estoy en la misma puerta, me giro y les pregunto: cómo se dice “adiós” en ruso. Ellos responden al mismo tiempo con una palabra que yo intento repetir a continuación sin éxito. Reímos. Entonces, yo simplemente digo “adiós” y salgo.

Por la calle abajo pienso en qué extraño es todo y de manera más concreta en qué pensaría el ruso si supiera que ahora mismo, desde hace un par de semanas, estoy escribiendo una historia en la que aparece un ruso con pinta de portero de discoteca, cuyo nombre es Boris. Tentado he estado de preguntarle su nombre, pero no habría podido soportar que se llamara Boris también. Entonces, ya sabría que su acompañante es en realidad rumana, que se hace llamar Katia y que es la prostituta más deseada de la zona. Entonces habría sabido que mi historia ya estaba escrita y que, aunque no muy bien, podría haber terminado peor.

martes, 12 de junio de 2012

Fragmento de 'Las tres hermanas' de Chéjov


"ANDRÉI. ¡Oh! ¿Adónde habrá ido a parar mi pasado, esa época en que yo era un hombre joven, alegre, inteligente, en que la esperanza iluminaba mi presente y mi futuro? ¿Por qué será que, apenas empezamos a vivir, nos volvemos aburridos, grises, ramplones, perezosos, indiferentes, inútiles, desdichados...? Nuestra ciudad existe desde hace doscientos años, tiene cien mil habitantes, pero no hay ni uno sólo que no se parezca a los demás. Ni un solo héroe ni en el pasado ni en el presente, ni un sólo científico, ni un solo artista, ninguna persona de cierta notoriedad que inspire envidia o el ardiente deseo de imitarla. Se limitan a comer, beber, dormir... Luego mueren, y nacen otros que también comen, beben y duermen y, para no reventar de aburrimiento, adoban su existencia con el chismorreo, el vodka, los naipes, los pleitos... Las mujeres engañan a sus maridos y los maridos mienten, fingen que no ven nada ni oyen nada... Los hijos crecen bajo el yugo de una influencia irremediablemente chabacana, la chispa divina se extingue en ellos y se convierten, como sus padres y sus madres, en sórdidos cadáveres parecidos los unos a los otros..."

viernes, 2 de diciembre de 2011

Reflexiones de Ernesto Sabato sobre el oficio de escribir


Tres novelas publicadas con un intervalo de 13 años, tres obras maestras de las letras hispanas del siglo XX, lo convierten en una figura imprescindible de la literatura universal. Aclamado por Camus, quien lo proyecta en Europa tras leer El túnel, némesis de Jorge Luis Borges -del que tantas cosas le separan y a quien le dedicaría, siguen afirman muchos pese a que siempre negó tal extremo, la tercera parte de Sobre héroes y tumbas, su genial y perturbador "Informe para ciegos"-, símbolo de la memoria de los desaparecidos de la sangrienta dictadura militar argentina tras hacerse cargo del informe conocido como "Nunca más", su trayectoria -marcada de forma radical por su doble adhesión cientificista y comunista, experiencias de las que renegaría posteriormente para refugiarse en la literatura- estará plagada de depresivos silencios que alternarán con raros momentos de exaltación creativa.

En esos periodos de lucidez frecuentó el ensayo, género por el que también alcanzó gran popularidad -en ocasiones hasta el punto de ensombrecer su labor de novelista- gracias a un estilo fragmentario en el que los meros esbozos de pensamientos, a modo de trazos de diario o apuntes de lecturas recientes, se intercalan con pequeños ensayos cargados de descubrimientos e iluminaciones. No escasean a lo largo de esta serie de volúmenes -que se inicia con Uno y el universo y que se cierra casi sesenta años más tarde con el autobiográfico España en los diarios de mi vejez-, reflexiones acerca de la literatura y del oficio de escritor. Algunas de las más sabrosas están recogidas en su imprescindible y hoy nada políticamente correcto -por el particular estudio de las relaciones entre hombre y mujer que interpola- Heterodoxia. Tras releerlo en estos días, he querido recoger aquí algunas de estas iluminaciones para uso de pequeños y mayores.

EXPRESIONES DE LAS QUE USTED, JOVEN ESCRITOR, DEBE HUIR COMO DE LA PESTE. La alegría reinaba en su rostro, el dolor estaba pintado en su cara, el rubor coloreaba sus mejillas, su boca era encantadora, respiraba honradez.
La tea de la discordia, la voz del honor, la hidra de la anarquía, el Sol del Progreso, el campo de las conjeturas, el arsenal de las leyes, la balanza de la justicia, la aurora de las libertades, las tinieblas de la ignorancia, la espada de la la Ley, la tiranía de las pasiones, la moderna Babilonia, una verdadera Torre del Babel, la pérfida Albión, el Oso moscovita, el Tío Sam.
Redoblar sus transportes, abrir su corazón, sentir un nudo en la garganta, parársele los pelos de punta, aspirar embelesado, impresionar gratamente, sembrar cizaña.
La madre naturaleza, el rey de los astros, el astro rey, la luna plateada, los pétalos aterciopelados, el vistoso colorido, el jardín engalanado.
El conflicto bélico, el carro de Marte, la nueva tesitura internacional.
Un fino ensayista, un fino poeta, un espíritu ático.
***
PALABRAS. Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas.
***
ESCRIBIR LO NECESARIO. No es que me repugne lo extenso: me repugna lo extendido, que no es lo mismo.
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TEMAS. No se debe elegir el tema de una novela o de un drama: es el tema quien lo elige a uno. No se debe escribir si un tema no acosa, persigue y presiona, a veces durante años, desde las más misteriosas regiones del ser.
***
IDEA FIJA EN EL CREADOR. Los más profundos novelistas y dramaturgos son los que están obsesionados por una sola obsesión -sería exagerado decir idea-. Ya sea el Bien y el Mal, o la Soledad, o el Amor, esa monomanía de debe a la profundidas de la obsesión, y ésta garantiza la profundidad de la creación.
***
EL ARTE COMO FORMA DE CONOCIMIENTO. Lo que podemos conocer de la realidad mediante los esquemas de la razón se parece a lo que podríamos saber de París examinando su plano y su guía de teléfonos, o a lo que un sordo de nacimiento podría imaginar de una sinfonía observando la partitura.
Las regiones más valiosas de la realidad -la más valiosa para el hombre y su existencia- no son aprehendidas por esos esquemas de la lógica y de la ciencia. Querer aprehender el mundo de los sentimientos, de las emociones, de lo vivo, mediante esos esquemas es como querer sacar agua con horquillas.
De las tres facultades del hombre, la ciencia sólo se vale de la inteligencia y con ella ni siquiera podemos cerciorarnos de que existe el mundo exterior. ¿Qué podemos esperar de problemas infinitamente más sutiles? La realidad no está sólo constituida por silicatos o planetas, aunque buena parte de los hombres de ciencia parezcan creerlo. Un amor, un paisaje, una emoción, también pertenecen a la realidad, ¿pero mediante qué conjunto de logaritimos y silogismos pueden ser aprehendidos?
***
LIBERTAD DE LOS PERSONAJES. Los seres reales son libres. Si los personajes de una novela no son también libres, son falsos; y la novela se convierte en un simulacro sin valor.
El autor se siente frente a un personaje como un espectador ineficaz frente a un ser de carne y hueso: puede ver, hasta puede preveer, el acto pero no lo puede evitar. Hay algo irresistible que emana de las profundidades del ser ajeno, de su propia libertad, que ni el espectador ni el autor pueden impedir.
Lo curioso, lo ontológicamente digno de asombro, es que ese personaje es una hipóstasis del propio autor. Es como si una parte de su ser fuese esquizofrénicamente testigo de la otra parte, y testigo ineficaz.
La vida es libertad dentro de una situación, pero la novela es una doble libertad, pues nos permite ensayar (misteriosamente) otros destinos: es a la vez una tentativa de escapar a nuestra finitud -valor ontológico- y una evasión de lo cotidiano -valor psicológico.
***
LA ANSIEDAD DE LOS FIJISTAS. La idea de fijar un idioma nace de la ingenua creencia en su insuperable perfección. Personas ansiosas y maravilladas instan a guardarlo en una vitrina, a cubierto del polvo, alejado del riesgo callejero, del vulgo ignorante, de los escritores bárbaros e irrespetuosos. No satisfechos con el vanidoso sentimiento de poseer la mejor lengua, pretenden además ser sus depositarios absolutos. El resultado es conocido: también ellos terminan por vivir en una vitrina, velando un cadáver embalsamado, mientras el espíritu de la lengua vaga por la ciudad.
El asunto de la vitrina comienza para nosotros en 1492, cuando Nebrija le decía a Isabel que la lengua castellana estaba "ya tanto en la cumbre, que más se pudiera temer el descendimiento della que esperar la subida". Que Nebrija se equivocaba, como fatalmente se equivocan todos los gramáticos, lo demuestra la existencia de algunos considerables escritores posteriores a ese peligroso instante: Cervantes, Quevedo, Góngora, Lope, Rubén Darío, Unamuno, Baroja, Ortega, Sarmiento, Hernández.
Con teleológica candidez, el pobre Nebrija creía que su época constituía algo enorme y especial. Candidez parecida a la de Saint-Pierre, para quien los melones habían sido creados con rajas para facilitar su consumo en familia. Pretendemos que la evolución de millones de años a través de amebas y megaterios se ha realizado para que el Hombre Contemporáneo goce de ciertos privilegios, sin advertir que uno de las irremediables características de ese Hombre es la de estar dejando de ser Contemporáneo a cada minuto que pasa.

martes, 29 de noviembre de 2011

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lunes, 21 de noviembre de 2011

El Progreso según Baudelaire

"¿Hay algo más absurdo que el Progreso, puesto que el hombre, como lo demuestra la vida diaria, es siempre semejante e igual al hombre, es decir, siempre está en estado salvaje? ¡Qué son los peligros del bosque y del campo comparados a los choques y conflictos diarios de la civilización! Aun cuando el hombre arme su trampa en el bulevar o traspase su caza en los bosques desconocidos, ¿no sigue siendo acaso el hombre eterno, es decir, el más perfecto animal de presa?"
CHARLES BAUDELAIRE, Cohetes.

domingo, 16 de enero de 2011

El rayo y la luciérnaga

Mark Twain: "Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda."

Nunca había sabido nada de una tal Dra. Laura Schlessinger hasta que hace unos meses, tal vez a causa de la bulimia informativa propia del verano en nuestro país (las noticias, al contrario que los osos, hibernan en verano a la espera de asaltarte por la espalda nada más asomar septiembre en lo alto de la loma) me topé en un periódico digital con que se encontraba en el centro de una agria polémica después de haber cometido el desatino de pronunciar ‘the N-word’ (la palabra que empieza por n) no una ni dos ni tres, sino hasta once veces en cinco minutos en su programa de radio.

Mientras aquí el panorama mediático permanecía atento al desembarco masivo del equipo de deportes de la emisora enseña de la izquierda en la otrora bandera radiofónica de la derecha, en los ‘States’ -como solía llamar un amigo mío a la gran superpotencia tal vez por la influencia de haber trabajado de portamaletas en el aeropuerto de Málaga-, la polémica en el mundillo de la comunicación tenía que ver con el arrebato de franqueza de una locutora que empezaba a comprender que sus mejores días como profesional estaban agotándose. Y todo por una palabra enarbolada a destiempo y de forma contumaz, colocada repetidamente como los ladrillos del obrero que no sabe que está levantando el muro que terminará sepultándole.

Pero qué diantres es la ‘N-word’. Pues ni más ni menos que la forma eufemística de designar la palabra “nigger”, fórmula despectiva de llamar a los negros que en español podríamos traducir como negrata, y que en Estados Unidos se ha convertido en uno de los más infamantes términos comprendidos en un diccionario que, todavía, conserva la acepción. Lo que molestaba a la locutora y lo que propició la discusión con una oyente de raza negra que intervino en antena, era que esta palabra fuera frecuentemente utilizada por los negros, especialmente entre los jóvenes, pero que al mismo tiempo resultara ofensiva si era meramente pronunciada, ni siquiera utilizada como insulto, por un blanco. “Tenemos un presidente negro y tenemos más quejas sobre el racismo que nunca. Es hilarante”, dijo quien en aquel momento, fruto de la ingenuidad o de una provocación cuyos márgenes no supo medir, cavó su tumba. Una semana más tarde y tras haber pedido públicamente disculpas, anunciaba en el show de Larry King que, ante las presiones recibidas, abandonaba el espacio.

Parte de mi interés por aquel culebrón veraniego residía en el hecho de que no hacía mucho que había leído La mancha humana de Philip Roth, una crítica a la corrección política del país en tiempos del ‘caso Lewinsky’. En la novela, el personaje principal, Coleman Silk, un honorable profesor universitario de Clásicas, es despeñado por sus compañeros de claustro después de haber realizado un comentario que podía esconder tintes racistas. Aunque, nada más lejos de la realidad. Ante la ausencia continuada de dos alumnos, el profesor Silk comentó irónicamente en clase que tal vez se habían esfumado como “negro humo”, en alusión a un pasaje de Shakespeare. Lo que el venerable catedrático desconocía era que los ausentes eran dos negros y que esta inocente alusión, tras ser convenientemente armada en su contra, le costaría la carrera.

En el fondo del fantástico libro de Roth se encontraba ese mismo ataque a la corrección política (PC) que con base en los Estados Unidos está invadiendo el mundo, incluso aquel que gustamos en definir como “libre”. El caso de la Dra. Schlessinger venía a sumarse al reguero de ejemplos que muestran cómo el respeto hacia determinados grupos puede desembocar en una neurosis colectiva ante la que pocos pueden librarse del calificativo de “racista”, en este caso, de “machista” si nos referimos al modo en el que cierta ideología de género se empeña en taladrar nuestro idioma, de “facha” o “progre”, según se tercie, si de lo que se trata es de sostener tal o cual postura pese a que ésta resulte no solo acorde con los Derechos humanos sino plenamente democrática, constitucional...

Todo esto me ha venido a la cabeza después de que en los últimos días una nueva señal de alarma nos haya llegado desde el “planeta americano”. Quienes estén al corriente de las novedades del mundo del libro posiblemente ya sepan que una editorial estadounidense va a publicar en breve una versión censurada del más célebre título de uno de los orgullos nacionales, Mark Twain, en el que se omite la famosa ‘N-word’. Así es. Ni Las aventuras de Huckleberry Finn, el entrañable título que cuenta la peripecia de un niño que huye de su padre junto a un esclavo negro que ansía la libertad a través de un viaje por el Misisipi, se ha librado del furor protector de los biempensantes de la hora. 219 veces aparecía la palabra ‘nigger’ (negro) y otras 219 veces ha sido sustituida por la palabra ‘slave’ (esclavo). Para el profesor Gribben, responsable de la edición, la palabra no solo era inadecuada para el siglo XXI sino que provocaba una barrera que no podían saltar muchos lectores. Lectores, por lo que se ve, de una hipersensibilidad aflechada a la hora de afrontar su propia historia, pero incapaces de distinguir la diferencia que hay entre “la palabra adecuada y la casi correcta”, esto es, la misma, como dijo el propio Twain, que media “entre un rayo y una luciérnaga”.

Todo lenguaje lleva implícita una interpretación del mundo, decía Alfonso Reyes. De ahí que no sea lo mismo llamar a Orestes el “matador de su madre” que “el vengador de su padre”. Por eso deberíamos ser muy cuidadosos, a menos que estemos dispuestos en el futuro, por qué no, a ver una versión PC de Lo que el viento se llevó en la que se ha borrado por ordenador a la niñera de Scarlett O´Hara, o donde directamente se le ha aclarado el rostro para que parezca blanca (invertir el tono a Rhett Butler igual resulta demasiado, las orejas lo delatarían). Depurar a Faulkner de esa jerga denigrante con la que caracteriza a sus personajes también puede ser una buena idea, por no hablar de la infamia que suponen las negras del piano, que manda bemoles. Y si de lo que se trata es de no herir la sensibilidad del lector, a Bukowski directamente habría que prohibirlo y en Lolita de Nabokov donde dice “nínfula” habría que poner “mujer indubitablemente mayor de edad”.

En definitiva, hay que reinventar el “neolenguaje” de Orwell y readaptarlo al ámbito capitalista. Y esto no por un prurito de hablar mejor, ni por ponerle freno al encanallamiento y pauperización de nuestro léxico, sino porque ante una realidad que nos incomoda es más fácil intentar meterla debajo de la alfombra. Cuando a los parados se les considera demandantes de empleo, por qué no, si hablamos de razas, podríamos pronto acuñar el término ‘nopayo’.

 
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