viernes, 20 de agosto de 2010

Los ecos del grito de Trotsky


En la tarde del martes 20 de agosto de 1940, la sentencia de muerte contra Trotsky dictada por Stalin era cumplida cuando un enigmático agente comunista, el español Ramón Mercader golpeaba con un piolet en el cráneo al héroe de la Revolución de Octubre.

Mercader, alias Jacson, alias Mornard, cumplió veinte años de condena en México por el asesinato del creador del Ejército Rojo. Durante todo aquel tiempo mantuvo que había nacido en Teherán, hijo de un diplomático belga y que su crimen obedecía a que era un trotskista desilusionado.

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(Este artículo está dedicado a todos los traidores auténticos de la historia. A los grandes y pequeños; a los vocacionales y advenedizos; a los que disfrutaron con sus malas artes y a los que nunca pudieron desprenderse de su mala conciencia; pero muy especialmente, a los que no lo fueron, sencillamente porque no tuvieron la oportunidad)

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Dos décadas después de la caída del “telón de acero” y de la subsiguiente desmembración de la URSS, los crímenes del estalinismo se asemejan a una especie de crepitación lejana. Los infames procesos de Moscú, las purgas masivas, el Gulag pueden parecerle a millones de jóvenes crecidos en democracia fenómenos remotos y extemporáneos felizmente sepultados en la noche de los tiempos. Pero, la misma pervivencia de regímenes comunistas en el mundo, como los de Cuba o Corea del Norte, y las consecuencias que para la historia de las ideas políticas, en el plano teórico, y para la configuración de nuestras modernas sociedades, desde una perspectiva más cercana, se derivan de aquel tiempo, convierten en perfectamente vívidos y actuales sucesos como el que ahora alcanza su septuagésimo aniversario. Observado a distancia y a pesar de que aún la URSS ejerciera una enorme influencia durante las décadas posteriores, acrecentada por su participación en la II Guerra Mundial y como resultado de ésta la partición del mundo en dos bloques antagónicos, el atroz asesinato de Trotsky a cargo del comunista español Ramón Mercader supone de algún modo el canto del cisne del terremoto que en 1917 llenó de esperanza a millones de trabajadores en todo el mundo. El espectáculo de la Revolución devorándose a sí misma, como ha descrito algún crítico el brutal asesinato de Trotsky, fue una operación largamente preparada que llegó a término en Coyoacán (México DF) cuando el viejo revolucionario expelía un grito de rabia y de dolor que aún sigue conmoviéndonos.

Persecución y destierro
En enero de 1928 los peores presagios se cumplían para Lev Davidovich Bronstein. Tan sólo cuatro años después de la desaparición de Lenin, su compañero y líder de la Revolución de Octubre, la campaña de acoso orquestada por Stalin y su camarilla contra el creador del Ejército Rojo tomaba un rumbo irreversible al hacerse efectivo su destierro. Se le acusaba, nada menos, que de “sostener campañas contrarrevolucionarias consistentes en la organización de un partido clandestino hostil a los Soviets” que pretendía “provocar un alzamiento antisoviético y a preparar un movimiento armado contra el Poder de los Soviets”. A pesar de lo dureza de los cargos, sería lo más amable que desde el Kremlin se lanzaría a partir de entonces contra un hombre de casi cincuenta años que, tras haberse convertido en una de las principales figuras de la toma del poder por los bolcheviques, había pasado a encarnar de la noche a la mañana el papel de gran traidor del proyecto soviético.

Como las de tantos otros en aquella época –escribiría poco después en su autobiografía, durante ese “entreacto” de Constantinopla, “una etapa imprevista aunque nada casual”-, la cárcel, el destierro y la emigración fueron las universidades de este revolucionario nacido en 1879 en un rincón de la Rusia meridional y que llegaría a ser conocido mundialmente por el falso nombre con el que él mismo se rebautizaría (en alusión a uno de sus carceleros de Odesa) cuando huyó por primera vez -dejando atrás a su primera mujer y a los dos hijos que tuvo con ésta-, de su confinamiento en Siberia.

Se han vertido ríos de tinta para intentar explicar cómo le fue movida la silla al a todas luces heredero de Lenin y, por más que nos detenemos a atender las fundadas razones que lo justifican, cuesta trabajo aún, casi un siglo después, comprender cómo el azar pero especialmente la ilimitada capacidad de intriga de un hombre por el que siempre había sentido más que aprensión o desprecio, indiferencia, Iosiv Stalin, no sólo consiguió alejarlo del poder sino directamente arrojarlo a encarnar la figura de moderno judío errante, perseguido y ‘malvenido’ en todos sitios, con la que tantas veces se le ha caracterizado. Lo que no habían conseguido el zarismo, dos revoluciones (la primera de ellas, la de 1905, fallida) los campos de concentración, o una sangrienta guerra civil, lo ejecutarían sus antiguos correligionarios, hasta el punto de que su expulsión de la URSS, efectiva a comienzos de 1929, tras pasar un año recluido cerca de la frontera china, no sería sino el cumplimiento del primer plazo de una condena que no podía ser otra que la capital.

El “rebelde por excelencia”, como lo definió su biógrafo Isaac Deutscher, pronto descubrió que por mucho que huyera jamás escaparía de los agentes de Stalin. La obsesión del georgiano por Trotsky venía de los tiempos en los que la Revolución triunfante había convertido a la estrella del presidente del Soviet de Petrogrado en un faro que iluminaba las aspiraciones de millones de trabajadores dentro y fuera de Rusia. Es fácil imaginar para alguien tan ambicioso y taimado, cuán repugnante habría de resultarle la presencia de aquel que, nacido en el mismo año, tan opuesto resultaba por sus orígenes, formación y naturaleza. Oscuro, tosco y pragmático, uno; brillante, culto y apasionado, el otro, Trotsky unía a su condición de afilado polemista, retórico y orador brillante, de teórico aventajado del posmarxismo, su condición de hombre de acción con una fe inquebrantable en el triunfo de la causa del proletariado. Mientras Trotsky se convertía en una figura fundamental de la Revolución, Stalin representó un papel insignificante, como demuestra el hecho de que John Reed apenas lo mencionara en su crónica del ascenso del nuevo régimen en lo que constituyó, según palabras de Lenin, “la versión más fiel de los acontecimientos” (lo que explica que el libro fuera retirado de las bibliotecas de la URSS durante los años 30 y prohibida su reedición en vida del dictador). Además, y no menos importante, Stalin era consciente de que a todo lo anterior había que sumarle su privilegiada relación con Lenin quien, a pesar de las agrias discusiones que mantuvieron al cabo de los años, no disimulaba su admiración por Pero (La Pluma), seudónimo con el que firmaba sus publicaciones en Iskra, la revista marxista editada en Londres a principios de siglo y en la que junto al mismo Lenin escribían Plejànov o Màrtov.

Puede decirse que en este caso la paranoia homicida de Stalin, que le llevó a cometer los más execrables crímenes y que lo convirtieron en el mayor asesino de la historia, estaba más que justificada. El ex Comisario de Guerra, aquel que aparecía retratado innumerables veces junto a Lenin (ya se encargaría él, como se aprecia en la imagen, de ir “borrándolo” de las fotos), el incansable y tozudo revolucionario que había enervado a las masas en el Circo Moderno de San Petersburgo durante los días que estremecieron al mundo, y que se había atrevido a cuestionar abiertamente los métodos de la nueva dirección tras la desaparición del amado líder, debía ser eliminado.

Stalin encontró además en Trotsky la excusa perfecta para llevar a cabo sus purgas internas. El “perro rabioso” como pronto lo llamaron sus detractores (en contraposición al bello título de “el hombre que amaba a los perros”, que le consagra Leonardo Padura en la novela histórica en la que cuenta su periplo vital) sería trasformado en el falso enemigo a través del que crear un cordón sanitario más allá del cual estarían justificadas las más abyectas persecuciones, la construcción, en definitiva, de un estado policial convertido en máquina depuradora de elementos presuntamente antisociales. Orwell, que sufrió en carne propia durante la guerra civil española la infame persecución comunista del POUM, partido marxista revolucionario en el que militaba, se inspiraría años más tarde en Trotsky a la hora de dibujar el personaje de Emmanuel Goldstein de 1984. El Enemigo del Pueblo, como se le llama en la novela al personaje, comparte con el real rasgos físicos y origen judío, pero es en la sarcástica institución de los Dos Minutos de Odio de la ficción donde más claramente se advierte el nivel de delirio persecutorio que alcanzó en la URSS el demonizado trotskismo.

Las divergencias entre Lenin y Trotsky pasaron a ser, pues, convenientemente manipuladas, la historia falseada y la profesión de fe antitrotskista se convirtió en salvoconducto para subir peldaños dentro de la cúpula administrativa estalinista. No resulta exagerado afirmar que si Trotsky no hubiera existido Stalin habría tenido que inventarlo.

Ramón Mercader
Mientras Trotsky continuaba su penoso peregrinar por medio mundo como un apestado, viendo cómo uno a uno sus familiares más próximos iban siendo detenidos, deportados, asesinados, conducidos al suicidio, el plan definitivo para su liquidación se iba poniendo en marcha.

El asesinato de Trotsky fue una telaraña pacientemente urdida y resuelta a golpe de piolet por un joven militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña, hijo Pau Mercader Marina, un respetable señor burgués del barrio barcelonés de Sant Gervasi y de María Eustasia de la Caridad del Río Hernández, una activista de familia acomodada medio cubana que terminaría enamorándose de un personaje que tendría también una gran influencia sobre Ramón: Nahum Nikolaievich Eitingon, alias Kotov, espía al servicio de la temible OGPU (más tarde NKVD) y a la sazón encargado, previo mandato de Beria y Sudoplatov, de preparar la elaboración del plan operativo de eliminación del “perro rabioso”.

Trotsky y su mujer, Natalia Sedova, habían llegado a México en el Ruth, vapor petrolero empleado ex profeso para el traslado del matrimonio desde Noruega, donde habían vivido los últimos meses, cumpliendo así la petición de asilo que el pintor Diego Rivera y el líder de los trotskistas mexicanos, Octavio Fernández, habían cursado al presidente Lázaro Cárdenas. Sería precisamente en el país americano, aunque no en su primera residencia, la Casa Azul, domicilio del propio Rivera y de su mujer, la también pintora Frida Kahlo, donde se ejecutara la sentencia.
Tres años y medio tuvieron que pasar aún para que un Trotsky avejentado aunque aún pleno de energías, que seguía canalizando en su inútil lucha de poner en claro los excesos de Stalin, conociera a su asesino.

Ramón Mercader, joven apuesto, culto, e intachable comunista había luchado a favor de la República en el frente del Ebro, donde recibió un balazo que le dejaría una cicatriz en el antebrazo izquierdo (su madre resultaría herida en Bujaraloz recibiendo once descargas de metralla que pusieron en riesgo su vida), y había ascendido a comandante del Quinto Regimiento a las órdenes de Líster, participando en la defensa de Madrid, antes de ser invitado a participar en su gran cita con la historia: la operación más importante del estalinismo. Su elección no fue ni mucho menos casual. Pocos como él podían igualarlo en arrojo, astucia y fe revolucionaria. Pero la operación no era ni mucho menos sencilla. A pesar de que Stalin había destinado medios ilimitados a la misión, Trotsky era casi inaccesible. Tras abandonar la Casa Azul después de romper con Diego Rivera por razones ideológicas y personales (la breve pero tempestuosa relación erótica que mantuvieron Trotsky y Frida no contribuiría a mejorar el ambiente reinante en el hogar de los Rivera), el desterrado se trasladó junto a su séquito a unas cuantas cuadras de su anterior domicilio, a la avenida Viena de Coyoacán. Su aislamiento, sus altos muros, su proximidad con un río, la fuerte seguridad convertían a la casa casi en inexpugnable. Había que encontrar una llave proporcionada a semejante cerradura y ésta se encarnó en la figura de una desmadejada criatura llamada Sylvia Ageloff.

Fue Ruby Weil, secretaria de Louis Budenz, director del Daily Worker, periódico del Partido Comunista de Estados Unidos, la que presentó a la joven trotskista a Mercader. El encuentro tuvo lugar en el bar del Hotel Ritz, a donde casualmente había acudido aquel hombre atractivo y encantador, fotógrafo ocasional de la sección deportiva de Ce Soir, que hacía pasarse por hijo de un diplomático belga ya fallecido y heredero de una gran fortuna. El nombre por el que se hacía pasar era Jacques Mornard. Hermana del correo de Trotsky en Estados Unidos, Ageloff, pecosa, canija, miope, de voz chillona y celosa en extremo (como Mercader pudo pronto comprobar), sintió un flechazo casi instantáneo por aquel caballero refinado y ¡apolítico! que la colmó de atenciones desde el primer encuentro.

A partir de ahí, el plan consistía en introducirse en la casa de Trotsky y en cuestión de minutos llegar hasta sus dependencias, burlando toda la seguridad y acabar con su vida. Esto solo se podía hacer teniendo un conocimiento minucioso del recinto, de las guardias, de las costumbres del lugar. Ésta era la misión de Mercader y prueba de la dificultad de la empresa el hecho de que una primera operación fallase. La suerte se había aliado en un primer momento con él. Coincidiendo con una visita de su “novia” a los Trotsky, madame Yankovitch, secretaria de Lev Davidovich enfermó y el revolucionario le pidió a su joven seguidora, hijo de rusos blancos y por lo tanto conocedora del idioma, que le ayudara a pasar a máquina lo grabado en el dictáfono. Esta circunstancia obligó a Sylvia a acudir con regularidad a la residencia de la avenida Viena y Mercader no desaprovecharía esta circunstancia imprevista. Primero se limitaba a acompañar a su novia a la casa, esperándola en el coche junto a la puerta. Poco a poco, gracias a su encanto natural y a sus numerosos gestos de cortesía, fue granjeándose la confianza de los secretarios y de los guardaespaldas del protegido, hasta que por fin se ganó el derecho a traspasar el umbral del edificio y conocer más en detalle el “objetivo”. Con toda esta información y tras corromper a uno de los secretarios, Robert Sheldon Harte, que custodiaba la entrada, Mercader dejó el paso libre en la madrugada del 24 de mayo de 1940 a la veintena de hombres comandados por el pintor comunista David Alfaro Siqueiros que intentó sin éxito, abriéndose paso con ráfagas de ametralladora, liquidar al odiado líder de la contrarrevolución.

El clima de hostilidad por la presencia del “barbas de chivo” –como popularmente se le conocía en el país- era creciente en México. Las manifestaciones, tanto de extremistas de derecha como de izquierda se sucedían. Además, el fracaso de la intentona había puesto en grandes aprietos a Eitingon frente a sus superiores directos en la inteligencia soviética. No se podía fallar de nuevo y, además, había que alcanzar el objetivo pronto. Stalin lo exigía.

Mercader, que había entrado en el país bajo la identidad de un ingeniero en minas canadiense llamado Frank Jacson –brigadista caído en la Guerra Civil española-, era, no obstante, algo así como un as en la manga. Era el único con un acceso directo a Trotsky y sabría encontrar la oportunidad de estar a solas con el fundador del Ejército Rojo en la redacción de un artículo en defensa del trotskismo que él mismo escribiría (en realidad lo preparó Eitingon) y le daría a corregir al revolucionario. El texto estaba tan plagado, conscientemente, de inexactitudes e ingenuidades que sería necesaria su reescritura, lo que le daría a Mornard/Jacson/Mercader la oportunidad de concertar, tres días después, un segundo encuentro en privado. El definitivo. Al parecer, Trotsky no confiaba demasiado en aquel hombre. Demasiados interrogantes se cernían sobre su persona, desde su verdadera identidad hasta su extraño comportamiento, continuando por su súbita adscripción ideológica. Pero, desoyendo las palabras de su propia esposa, no ahuyentó a aquel enigmático individuo y quiso desafiar o, quizá mejor -quién sabe si, cansando de esconderse, de luchar en vano-, afrontar resignadamente su propio destino.

A pesar del calor, Mercader no se desprendió ni del sombrero ni de la gabardina que Eitingon le entregó con un puñal cosido en el forro y una pistola, para caso de necesidad. Pues sería bien otra la arma que pasadas las 5 de la tarde del 20 de agosto de 1940 le asestaría el golpe finalmente mortal a su víctima. Mientras éste leía reclinado sobre el escritorio de su despacho las cuartillas mecanografiadas, Mercader se colocó a su espalda y, cerrando los ojos, descargó el piolet con todas sus fuerzas sobre el cráneo de Trotsky. El grito, compuesto de dos terribles aullidos, inundó en unos segundos toda la casa, pero contra lo previsto, la víctima no murió en el acto (no lo haría, tras entrar en coma, hasta el día siguiente) sino que aún tuvo tiempo para arrojarse contra su asesino, morderle una mano, e impedir que éste le rematara. Paralizado por el horror de aquel crimen, por la sangre que manaba de la cabeza del viejo, Mercader no intentó siquiera huir del despacho (su madre y Eitingon lo esperaban con un coche a unos metros de allí) y antes de que tuviera tiempo de reaccionar los guardias se le habían echado encima, golpeándolo.

¿Intercambio de papeles?
Durante los veinte años de presidio que siguieron a su arresto, Ramón Mercader jamás dejó de afirmar que él era un belga nacido en Teherán, hijo de diplomático. Cuando lo detuvieron llevaba una extensa carta escrita en francés en la que se declaraba un seguidor de Trotsky al que, entre otras invenciones, habían propuesto viajar a Rusia con el fin de asesinar a Stalin (junto a la acusación de colaborar con una potencia extranjera, la razón más manida durante los “procesos” soviéticos), motivo por el cual había decidido sacrificarse “quitando de en medio a un jefe del movimiento obrero que no hace más que perjudicarlo”. Ramón Pavlovich López, como oficialmente se le conocería tras su llegada a la URSS en 1960, donde sería condecorado con la Orden de Lenin y nombrado Héroe de la Unión Soviética, terminaría sus días en Cuba sin ver cumplido su sueño de vivir sus últimos días en Cataluña, en una España ya sin Franco que se encaminaba hacia la consecución de un régimen de libertades tan alejado de los ideales que le llevaron a convertirse en brazo ejecutor de uno de los dictadores más perversos de la historia. Hasta el fin de sus días se mantendría fiel a su catecismo comunista, considerándose algo así como un objeto de la necesidad histórica de la lucha del proletariado, ante la que cualquier sacrificio estaba justificado, y pese a que con el tiempo fueron públicamente esclarecidas las circunstancias de su crimen, nunca asomaría un dejo de arrepentimiento, de compasión por la víctima. Al menos públicamente, pues cuesta imaginar que, tras la celebración del XX Congreso y del reconocimiento de los crímenes del estalinismo o, ya durante su residencia en Moscú, mientras asistía al fraccionamiento de los comunistas españoles escenificado en la Casa de España, no existiese un profundo desengaño corroyendo su espíritu. O eso nos gustaría creer.

No sabemos si de haber “ganado” Trotsky la batalla por la herencia de Lenin, la Revolución rusa habría tomado otro rumbo. Algunos, como José Ramón Garmabella, que recoge en El grito de Trotsky los pormenores del asesinato, recuerdan los sucesos de Krondstat, la mano de hierro con la que condujo el Ejército Rojo hacia la victoria en aquellos tiempos en los que según Karl Radek “la Revolución cambió por una espada la pluma de su mejor publicista”, para convencernos de que todo no hubiera sido más que un intercambio de papeles. ¿Acaso Trotsky habría aceptado una oposición, dado voz al pueblo, abierto el Partido a la sociedad? ¿Habría dado curso y efectivo cumplimiento a su teoría de la “revolución permanente” o habría cedido a la triunfante tesis acuñada por Bujarin e impuesta por Stalin del “socialismo en un solo país”? ¿Se habría atrevido –podemos seguir preguntándonos- a defender hasta el final, como hizo en Literatura y Revolución (1924) que “los socialistas no podían legislar contra las expresiones culturales que fuesen complejas o incluso hostiles”, es decir, habría defendido la libertad de expresión hasta sus últimas consecuencias o, por el contrario, habría alentado igualmente la persecución, acallado, asesinado o arrastrado al suicidio a parte de la mejor generación de autores rusos del siglo XX? ¿No hubiera, en definitiva, actuado del mismo modo que su odiado Stalin, cercenando todo disidencia, imponiendo una férrea censura, enviando a los elementos subversivos al Gulag?

Enfoques contrafactuales aparte, de lo que no cabe duda es de que el despiadado asesinato de Trotsky sirvió para erigir un monumento al fanatismo y el odio de un siglo tan caro a la inmersión de la razón en pura barbarie. El sórdido espectáculo de la Revolución devorándose a sí misma no sería esta vez un monumento de piedra o bronce como las estatuas que han gustado de erigirse todos los dictadores que son y han sido. Sino uno hecho de ondas sonoras propagadas en forma de grito atravesando el cielo del DF y propagadas a los cuatro vientos por un mundo que había vuelto a sumirse en una cruel matanza planetaria. Un grito que llenaría de pesadillas los sueños de Mercader hasta su muerte y que, setenta años después, con el comunismo acantonado en algunos escasos países y la corrupción enseñoreándose de los territorios que un día sirvieron de suelo a uno de los experimentos políticos más ambiciosos y nefastos de la historia humana, conviene no olvidar. “La venganza de la historia –como escribió el mismo Trotsky- es más poderosa que la venganza del más poderoso Secretario General.” Pero la historia ha demostrado también su capacidad de vengarse de sí misma sumiéndose demasiadas veces en un infamante olvido.

viernes, 30 de julio de 2010

Romain Gary, el europeo

Sólo por haber tenido el privilegio de ganar el Goncourt en dos ocasiones a Romain Gary le cabría el honor de ser recordado como uno de los nombres indispensables de la literatura francesa, que es como decir europea, del siglo XX. Sobre todo, cuando el más acreditado galardón de las letras galas únicamente puede ser concedido una vez a un mismo autor. Comment est-ce possible? Pues, obteniéndolo una vez con tu nombre “real” y otra bajo seudónimo, esto es, dotando de vida al heterónomo hasta el punto de convertirlo en un ilustre de Francia. Ahí es nada.

Aunque el caso es sobradamente conocido, merece la pena recordarlo por lo que de revelador tiene acerca de la personalidad de un autor y de cómo su obra supo recoger la multiplicidad de un alma atravesada por un espíritu esencialmente turbulento e irónico. A principios de la década del setenta del pasado siglo Gary era ya una gloria viva del país al que había llegado cuando era solo un adolescente proveniente de su Lituania natal, y al que había servido ejemplarmente durante y después de la II Guerra Mundial. No hay que hacer volar demasiado la imaginación para hacerse una idea de cuán pesada puede ser en ocasiones esta carga. Ahí tenemos el ejemplo de Sartre para corroborarlo. Además, pese a la buena recepción que su obra seguía generando más de una década después de haber ganado su “primer” Goncourt con Las raíces del cielo, la nueva crítica lo miraba con cierta condescendencia (como el mismo Sartre sintió que lo consideraban los artífices de Mayo del 68). Cualquier otro habría aceptado la situación sin oponer resistencia, agazapándose bajo la aureola largamente cultivada, no dándose por enterado, pero nuestro escritor, que ya había coqueteado anteriormente con la ocultación que suponía la escritura bajo seudónimo, decidió emprender una carrera paralela mientras mantenía el ‘sello Gary’ escribiendo novelas “reconocibles”. “Quería ser espectador de mi segunda vida. Fue como volver a nacer. Todo me fue dado de nuevo”. Nacía así Émile Ajar, un enigmático novelista que sorprendió a la escena literaria francesa con su primera obra, Gros-Câlin (un título que le valió a su autor los calificativos de “nuevo y rompedor”), y que se consagraba un año después, en 1975, cuando con La vie devant soi, le era concedido el “segundo” Goncourt. Hasta ese momento, el secreto pudo mantenerse a duras penas a recaudo (el propio Gary tuvo que responder a diferentes medios sobre la aparición de ese “nuevo” fenómeno literario y hasta leer, imaginamos con una mezcla de burla e indignación, críticas que apuntaban al antisemitismo de Ajar, ¡siendo él judío!), pero la irrupción del premio más sonado de las letras francesas quebró el frágil equilibrio sobre el que se había cimentado la existencia del personaje. Aún así, Gary no renunció a la broma y urdió un plan para que la verdad no saliera a la luz. De este modo, firmó un contrato con un primo suyo, también escritor, Paul Pavlowitch, a cambio de cederle el 40% de los derechos de autor de los títulos para que éste pusiera voz y rostro a Ajar. Dicho y hecho, el primo hizo su papel a la perfección hasta la muerte de Gary, tiempo en el que Ajar/Gary/Paulowitch publicó dos novelas más (Pseudo y L´ angoisse du roi Salomon) que compartieron estantería con el resto de la producción que el “auténtico” fue poniendo a la venta durante aquellos años. Cuentan que mientras por la mañana dictaba a su secretaria como Ajar por la tarde hacía lo propio como Gary.

Tras quitarse la vida en 1980 la revelación no tardaría en llegar. El escritor había acordado previamente con Gallimard la publicación póstuma de su Vie et mort de Émile Ajar, aunque fue su primo (que merecería, por cierto, un artículo aparte) quien destapó en L´homme que l´on croyait, el monumental engaño. Cuando dos días más tarde de salir el libro acudió al programa “Apostrophes” de la televisión francesa para dar sus explicaciones, Paulowitch recordó las palabras que Romain había utilizado para referirse a los críticos literarios burlados: “¡Bravo Paul! Émile Ajar ha puesto en su sitio a todos esos charlatanes de mierda!”

Claro está que haber regatea
do a la crítica –tantas veces arbitraria- no fue el mayor mérito de Gary. Éste es un elemento casi anecdótico. Importa más cómo fue capaz de mantener a raya su “neurosis” sin padecer el síndrome de Pessoa, aquel que al escritor portugués le hacía presentarse aquí y allá encarnando a sus propios heterónomos llevando al extremo un juego que le obligaba en ocasiones (su amante Ophelia lo sufrió en sus carnes), a abandonar el terreno literario para consustanciarse en la vida “real”. En perspectiva resulta sencillo desvelar al mentiroso, encontrar paralelismos entre las obras de Gary y Ajar que nos permitan asegurar que el segundo ya estaba allí mucho antes, en los mismos inicios de la carrera del otro. El análisis textual es un terreno abonado para este tipo de analogías, pero lo que nos interesa ahora es establecer cómo esta capacidad para mezclar diversos planos, para confundir al lector creando diferentes capas de realidad, ficción, imaginación y sueño, es rastreable en su obra precisamente en un tiempo en el que Gary prepara su salto a Ajar y da forma a la personalidad de su heterónimo más ilustre.

Todo está ya en Europa, en la historia del encuentro del embajador de Francia en Roma, Jean Danthès con la bellísima Erika. ¿O habría que decir mejor reencuentro? Al fin y al cabo, ¿no es Erika la hija de la despechada Malwina von Leyden, la misma con la que el diplomático -al comienzo de su carrera en el Quai D´Orsay-, viviera una apasionada y escandalosa relación de amor veinticinco años atrás?

En el otoño de su vida, el protagonista se enamorará de la joven virtuosa, a través de la cual la antaño “devoradora de hombres”, aquella que frecuentaba a Cagliostro o Goldoni, a Saint Simon o Rouseau, a Diderot o María Antonieta, intentará ahora desde su silla de ruedas saciar su sed de venganza rompiendo el corazón de aquel ambicioso y cultivado rufián -así ve ella al ex amante- que una vez la traicionó.
“Por un lado –dirá el propio Gary- la cínica bruja y puta Malwina von Leyden, y por el otro la hija de ésta, la bella y pura Erika.” Pero en el fondo, pese a la dualidad, y suponiendo que ambas o tan solo una de las dos existan (“que no sean el fantasma de un hombre cultísimo”), sabemos que las dos no son sino las dos caras de una y misma moneda: Europa.

¿Cómo saber si Erika y Malwina, si el enigmático Barón y el propio Danthès son reales cuando ni siquiera tenemos la certeza de que exista Europa, ese “cuento de hadas”? Cuando las fronteras lógicas se difuminan, la alienación se enseñorea de todo el espacio emborronado. No es solo que los personajes padezcan un desdoblamiento de la personalidad que envuelve al lector a lo largo de todo el libro sino que ese artefacto literario que se desenrolla en un presente permanentemente asaltado por un pasado que emerge desde la niebla, termina por ar
rastrar a todos los personajes a un espacio alegórico poblado de fantasmas demasiado reales para ser considerados simples trucos de ilusionista (pese a ser consciente el autor de su condición de mago incapaz de transformar la realidad de las cosas).

La “esquizofrénica separación que se da entre la cultura y la realidad”, nos advierte Gary, es el eje principal de una novela preñada de dicotomías (vigilia y sueño, civilización y barbarie, realidad y ficción, teoría y praxis, razón y emoción, Utopía e Historia, cordura y locura, amor y perversión, mismidad y alteridad, Malwina y Erika…) que difícilmente pueden ser entendidas como parejas de opuestos irreconciliables y en donde lo de menos parece ser el plot. Esto no implica que en Europa no haya un hilo narrativo que seguir. Pese a que las ramificaciones, las repeticiones, los déjà vu se multiplican incesantemente, la pericia del novelista hace posible que entre tanta abstracción, mientras las piezas (recreando la emblemática partida entre Alekhine y Capablanca) se mueven por el tablero mítico que representa Europa, podamos mantener la atención en el despliegue de unos personajes, que pese a que se dibujan y difuminan a un ritmo vertiginoso, resultan reconocibles o, quizá sería más apropiado decir, reconstruibles.

Personajes dotados, p
or tanto, de una escurridiza verosimilitud, imágenes fieles en su deformidad de una Europa que se alza como gran protagonista, seres fantasmagóricos atravesados íntimamente por un pegajoso sentimiento de culpa. El Holocausto, las purgas estalinistas, las torturas del colonialismo francés en Argelia, son el trágico reflejo del fracaso de la Cultura (de Europa) por fundir la estética de los inmortales del Arte (reservada a los happy few, las almas bellas, la pequeña elite “que cabría en un palco de La Scala”) con una ética aplicable al común de los mortales. En la conciencia de la inutilidad de las obras maestras, retiradas en su “gueto dorado”, vuelve a resonar -cabe menos imaginar a dos escritores, casi dos coetáneos (murieron en el mismo año) a la vez tan brillantes y tan opuestos- la desesperada pregunta de Sartre: ¿para qué sirve un libro mientras un niño muere de hambre?

Este lamento desgarrado provi
ene de un hombre (Danthès en la ficción, Gary en la realidad) que asiste a la expansión de “los mercados, de las sociedades anónimas y de las cuotas”. Todo lo contrario al ideal de Belleza que desde la Edad Media alumbró el sueño europeo, un sueño deshecho a base de desmitificaciones por una lógica implacable, expresión del espíritu de contables y tenderos, de aquella lumpenburguesía “de las neveras y de los barecitos agradables donde va uno a zampar dejando el coche aparcado en la acera” que, entronizando al dios Confort, excluye por defecto “el genio futuro del hombre”.

La fiesta había terminado. Ni siquiera Europa puede salvarse por el estilo en una época en la que “las cortesanas se habían convertido en putas, los aventureros, en truhanes el mundillo galante, en submundo”. Tocqueville lo expresó magníficamente en su radiografía de la joven nación americana. Gary/Danthès se convierte en su heredero cuando observa con resignación cómo la “avalancha humana” y los “apretujones democráticos” han erradicado la “distinción de espíritu”, la “nobleza de comportamiento” de lo que ahora dan en llamar Mercado Común.

Observador privilegiado de su siglo, Gary inyecta en Danthès esa dosis de descreimiento teñido de melancolía al que él mismo no fue ajeno. Como el Zweig que cuenta en Memorias de un europeo cómo ve sumirse su mundo en la oscuridad, este judío que perdió a su padre en Auschwitz mientras combatía con las fuerzas aéreas francesas libres, este europeo de Vilnius, bohemio y plurilingüe, que sirvió a Francia como diplomático en medio mundo, vuelca en Europa muchas de sus frustraciones personales, reflejo a la postre del desengaño de una generación de intelectuales que, desde los despachos o las barricadas, la oficialidad o la clandestinidad, aún creyeron que era posible consumar el sueño ilustrado.

No resulta casual así que su primera obra, aquella que escribió entre batalla y batalla, mientras dejaba caer las bombas que podían matar en su cama a un Rilke, un Hölderlin o un Goethe (qué pensamiento más desolado) llevara por título Éducation européenne, ni que ésta estuviera dedicada a Robert Colcanap, un joven piloto que murió en suelo inglés al mando de su nave cuando se negó a tomar tierra sobre un campo de fútbol en el que se jugaba un partido. Pocos autores contemporáneos han sentido una obsesión mayor por Europa, por su esencia, por su existencia, por su historia e inescrutable porvenir. Podríamos decir de Europa como San Agustín del Tiempo, que se sabe lo que es hasta que se pregunta precisamente: qué es. “Europa –nos dice Zygmunt Bauman- no es algo que se descubre; Europa es una misión: algo que se hace, se crea se construye”. No es muy arriesgado pensar que Gary estaría de acuerdo con este aserto. Por eso asume en esta novela el reto que planteará el filósofo. Son hombres como él los que han interiorizado que “hace falta mucha inventiva, determinación y esfuerzo para llevar a cabo (…) un trabajo que nunca termina, un reto aún por superar en su totalidad, una posibilidad siempre pendiente”.

La dicotomía entre un mundo falso, elevado, imaginario pero auténtico, el de la Cultura (el de Europa), y otro real, el de la sociedad, egoísta y mezquino, no puede acabar, como le dice el psiquiatra a Danthès, más que en “bodas de sangre”. La única receta, para salir airoso sería abandonarse un poco al hedonismo, aplicarse una capa de cinismo, considerar la cultura como un “picnic”, donde uno “hace acopio de oxígeno” que luego te permite “soportar todas las pestilencias”, en definitiva dejarse atrapar por esa red burguesa de la que, no puede dejar de sentirse parte aquel que después de pedir la transformación del mundo en un papel, se retira al lujo de sus habitaciones en la embajada.

La angustia resulta pues, inevitable. George Steiner ha dedicado cientos de páginas a reflexionar sobre esta contradicción paralizante: “¿qué derecho tiene el mandarín a imponer la “alta” cultura? ¿Qué licencia posee el pedagogo o el así llamado intelectual para introducir por la fuerza sus prioridades esotéricas y sus valores en las gargantas de lo que Shakespeare llamaba “el gran público” (…) Sobre todo cuando en lo más profundo de su atormentado corazón, sabe que los logros artísticos e intelectuales no parecen volver más humanos a los hombres y a la sociedad, más aptos para la justicia y la piedad. Cuando intuye que las humanidades no humanizan, que las ciencias, incluso la filosofía, pueden estar al servicio de la peor de las políticas”.

Al fin y al cabo, como le escribió Einstein a Freud a comienzos de los años 30: ¿no probaba la experiencia “que es más bien la llamada ‘intelectualidad’ la más proclive a esas sugestiones colectivas” que configuraron las grandes pesadillas totalitarias del siglo XX que sirven de telón de fondo al propio Gary? ¿No son los políticos también, la élite dirigente a la que pertenece el diplomático (cuya casta había denunciado en Las raíces del cielo), esos expertos “fraudulentos” y “mediocres” en cuyas manos hemos depositado nuestro destino -como afirmara Stanislaw Lem (otro judío europeo) en Provocación- quienes más flaco servicio le están haciendo a la “idea” de Europa?

¿Tendremos, por lo tanto, que buscar una consolación en un irracional deseo, como el que profesa Steiner de que en medio de nuestra brutalidad como especie, sean los santos, los matemáticos, los compositores, los poetas, los pintores, los lógicos o los epistemólogos -esos “grandes charlatanes”, dirá Gary- quienes salven a la humanidad?” ¿Habremos de dar como válida la posibilidad “de que el surgimiento, en nuestro medio mamífero de Platón, de Gauss o de Mozart justifique, redima a la especie que ideó y realizó Auschwitz”? En parte sí, aunque Gary, por medio de Danthès, aún será capaz de dar una vuelta de tuerca y alcanzar una salvífica síntesis: “La gran paradoja de la revolución cultural es que nació precisamente de la cultura intemporal, la de los museos, las sinfonías y los poemas: Mao o Marcuse, la voz que exigía que el mundo cambiase seguía siendo la de Giotto… Danthès sentía que su valor, sus certezas, regresaban. Es la cultura la que, en la belleza abstracta de Mallarmé, lucha hoy contra la miseria; es la que, en Rembrandt, en Vermeer, en Cervantes, hace que aquellos a los que no les falta nada consideren la situación de las masas hambrientas del tercer mundo incompatible con la obra de Rembrandt, de Vermeer, de Cervantes… La cultura es un cambio de las obras por el progreso social, que ella exige y al que accede: consigue que los monstruos sociales de Balzac pierdan su sociedad, igual que las vírgenes del Renacimiento perdieron a su Dios sin que se les haya dejado de adorar. La cultura es una lucha contra todo lo que hace del arte un lujo y de la belleza una alienación y una provocación: es el nacimiento de la ética a partir de la estética… La cultura es lo que saca las obras de arte de su alienación al combatir las realidades sociales indignas de las obras maestras”.

La cultura, aún como trampa, o como juego exquisito, bien pudiera ser así ese “salvavidas contra el vacío” del que hablaba Steiner. Al final, puede que como para Robinson, la cuenta de los gozos del homo europaeus intellectualis (aquél “desgraciado pensante” que, en palabras de Valéry, “entona el canto de su desespero”) sea superior a la de las miserias. Danthès podrá sonreír tras recordar el reproche de su hijo Marc, joven del Mayo francés cuando éste le echa en cara: “Te deseo éxito, pero dudo que lo obtengas. La cultura te borrará, te irá desdibujando poco a poco… De ti solo quedarán unas exquisitas hojas secas entre las páginas de un libro…”

Europa como Relato. “Un hombre que ya no era un hombre” sentado en un banco sosteniendo “una antología de poemas de Hölderlin, que lamentaba no poder leer, porque sabía que no existía y por consiguiente no podía leer”. La sonrisa de Gary, al fin y al cabo un seudónimo de Roman Kacew, pariendo a Ajar. O del corrosivo Ajar tras ver cómo después del suicidio de su creador, él seguiría existiendo. Tal vez porque, como Pessoa vio aparecer ante sí, desde sí mismo, a su maestro Alberto Caeiro, él vio nacer y morir en mitad de un mundo en ruinas a su discípulo Romain Gary, el europeo.

 
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