domingo, 16 de enero de 2011

El rayo y la luciérnaga

Mark Twain: "Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda."

Nunca había sabido nada de una tal Dra. Laura Schlessinger hasta que hace unos meses, tal vez a causa de la bulimia informativa propia del verano en nuestro país (las noticias, al contrario que los osos, hibernan en verano a la espera de asaltarte por la espalda nada más asomar septiembre en lo alto de la loma) me topé en un periódico digital con que se encontraba en el centro de una agria polémica después de haber cometido el desatino de pronunciar ‘the N-word’ (la palabra que empieza por n) no una ni dos ni tres, sino hasta once veces en cinco minutos en su programa de radio.

Mientras aquí el panorama mediático permanecía atento al desembarco masivo del equipo de deportes de la emisora enseña de la izquierda en la otrora bandera radiofónica de la derecha, en los ‘States’ -como solía llamar un amigo mío a la gran superpotencia tal vez por la influencia de haber trabajado de portamaletas en el aeropuerto de Málaga-, la polémica en el mundillo de la comunicación tenía que ver con el arrebato de franqueza de una locutora que empezaba a comprender que sus mejores días como profesional estaban agotándose. Y todo por una palabra enarbolada a destiempo y de forma contumaz, colocada repetidamente como los ladrillos del obrero que no sabe que está levantando el muro que terminará sepultándole.

Pero qué diantres es la ‘N-word’. Pues ni más ni menos que la forma eufemística de designar la palabra “nigger”, fórmula despectiva de llamar a los negros que en español podríamos traducir como negrata, y que en Estados Unidos se ha convertido en uno de los más infamantes términos comprendidos en un diccionario que, todavía, conserva la acepción. Lo que molestaba a la locutora y lo que propició la discusión con una oyente de raza negra que intervino en antena, era que esta palabra fuera frecuentemente utilizada por los negros, especialmente entre los jóvenes, pero que al mismo tiempo resultara ofensiva si era meramente pronunciada, ni siquiera utilizada como insulto, por un blanco. “Tenemos un presidente negro y tenemos más quejas sobre el racismo que nunca. Es hilarante”, dijo quien en aquel momento, fruto de la ingenuidad o de una provocación cuyos márgenes no supo medir, cavó su tumba. Una semana más tarde y tras haber pedido públicamente disculpas, anunciaba en el show de Larry King que, ante las presiones recibidas, abandonaba el espacio.

Parte de mi interés por aquel culebrón veraniego residía en el hecho de que no hacía mucho que había leído La mancha humana de Philip Roth, una crítica a la corrección política del país en tiempos del ‘caso Lewinsky’. En la novela, el personaje principal, Coleman Silk, un honorable profesor universitario de Clásicas, es despeñado por sus compañeros de claustro después de haber realizado un comentario que podía esconder tintes racistas. Aunque, nada más lejos de la realidad. Ante la ausencia continuada de dos alumnos, el profesor Silk comentó irónicamente en clase que tal vez se habían esfumado como “negro humo”, en alusión a un pasaje de Shakespeare. Lo que el venerable catedrático desconocía era que los ausentes eran dos negros y que esta inocente alusión, tras ser convenientemente armada en su contra, le costaría la carrera.

En el fondo del fantástico libro de Roth se encontraba ese mismo ataque a la corrección política (PC) que con base en los Estados Unidos está invadiendo el mundo, incluso aquel que gustamos en definir como “libre”. El caso de la Dra. Schlessinger venía a sumarse al reguero de ejemplos que muestran cómo el respeto hacia determinados grupos puede desembocar en una neurosis colectiva ante la que pocos pueden librarse del calificativo de “racista”, en este caso, de “machista” si nos referimos al modo en el que cierta ideología de género se empeña en taladrar nuestro idioma, de “facha” o “progre”, según se tercie, si de lo que se trata es de sostener tal o cual postura pese a que ésta resulte no solo acorde con los Derechos humanos sino plenamente democrática, constitucional...

Todo esto me ha venido a la cabeza después de que en los últimos días una nueva señal de alarma nos haya llegado desde el “planeta americano”. Quienes estén al corriente de las novedades del mundo del libro posiblemente ya sepan que una editorial estadounidense va a publicar en breve una versión censurada del más célebre título de uno de los orgullos nacionales, Mark Twain, en el que se omite la famosa ‘N-word’. Así es. Ni Las aventuras de Huckleberry Finn, el entrañable título que cuenta la peripecia de un niño que huye de su padre junto a un esclavo negro que ansía la libertad a través de un viaje por el Misisipi, se ha librado del furor protector de los biempensantes de la hora. 219 veces aparecía la palabra ‘nigger’ (negro) y otras 219 veces ha sido sustituida por la palabra ‘slave’ (esclavo). Para el profesor Gribben, responsable de la edición, la palabra no solo era inadecuada para el siglo XXI sino que provocaba una barrera que no podían saltar muchos lectores. Lectores, por lo que se ve, de una hipersensibilidad aflechada a la hora de afrontar su propia historia, pero incapaces de distinguir la diferencia que hay entre “la palabra adecuada y la casi correcta”, esto es, la misma, como dijo el propio Twain, que media “entre un rayo y una luciérnaga”.

Todo lenguaje lleva implícita una interpretación del mundo, decía Alfonso Reyes. De ahí que no sea lo mismo llamar a Orestes el “matador de su madre” que “el vengador de su padre”. Por eso deberíamos ser muy cuidadosos, a menos que estemos dispuestos en el futuro, por qué no, a ver una versión PC de Lo que el viento se llevó en la que se ha borrado por ordenador a la niñera de Scarlett O´Hara, o donde directamente se le ha aclarado el rostro para que parezca blanca (invertir el tono a Rhett Butler igual resulta demasiado, las orejas lo delatarían). Depurar a Faulkner de esa jerga denigrante con la que caracteriza a sus personajes también puede ser una buena idea, por no hablar de la infamia que suponen las negras del piano, que manda bemoles. Y si de lo que se trata es de no herir la sensibilidad del lector, a Bukowski directamente habría que prohibirlo y en Lolita de Nabokov donde dice “nínfula” habría que poner “mujer indubitablemente mayor de edad”.

En definitiva, hay que reinventar el “neolenguaje” de Orwell y readaptarlo al ámbito capitalista. Y esto no por un prurito de hablar mejor, ni por ponerle freno al encanallamiento y pauperización de nuestro léxico, sino porque ante una realidad que nos incomoda es más fácil intentar meterla debajo de la alfombra. Cuando a los parados se les considera demandantes de empleo, por qué no, si hablamos de razas, podríamos pronto acuñar el término ‘nopayo’.

1 comentario:

El grillo dijo...

Pues el otro día me enteré por el periódico que nuestra querida Junta de Andalucía se ha gastado nada más que 18.000 euros en una “Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género” que contiene perlas como éstas: para evitar el sexismo, ya no se puede hablar de “actor” sino de “persona que actúa”; los “futbolistas” se convierten en “quienes juegan al fútbol” y “los parados” en “personas sin trabajo”. Según la guía, es machista decir “los andaluces”, y la forma no sexista es “el pueblo andaluz” mientras que “los niños” se convierten en “la infancia”.

Ozú, mi arma. Ehto mardito roedore...

 
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