viernes, 11 de diciembre de 2009

Cainitas

["La última cena", según Buñuel]

Oyendo hablar a un hombre fácil es/acertar dónde vio la luz del sol,/si habla bien de Inglaterra será inglés, /si habla mal del alemán es un francés,/y si habla mal de España es español”. El célebre pasaje lo firmaba el poeta Joaquín Bartrina, aunque le debemos su puesta al día a Sánchez Dragó, quien utilizó el último verso como título para uno de sus últimos libros.

Pero, ¿podemos dar por buena esta lúgubre afirmación? ¿Tan poco respeto nos tenemos los españoles? Le daba vueltas yo a esta idea mientras observaba algunos debates generados en la red sobre cuestiones candentes de la actualidad. Las descargas en internet, la cumbre sobre el calentamiento global, la gestión del caso ‘Haidar’ por parte del Gobierno, el editorial de los periódicos catalanes... Allí donde centraba mi atención, podía percibir, por un lado, una cruda polarización, una especie de actualización de la dialéctica de las dos Españas; y por el otro, un subterráneo desprecio hacia nuestro país, que desembocaba en una especie de resignación colectiva.

Escarbando un poco en la cuestión, y con el recuerdo reciente de mi última visita a la extraordinaria Viridiana de Buñuel, me puse a pensar en el estigma que ha acompañado al cine español a lo largo de su historia. Al que llenaba las salas durante la época oscura de la dictadura, no tardamos en tildarlo de “casposo”, de “españolada”, cuando conquistamos las libertades civiles. Y el siguiente, el de las últimas décadas (pese al reconocimiento internacional de directores como Almodóvar o Amenábar) casi ha sido obligado a pedir perdón por su mera existencia.

¿No será acaso que existen motivos extra artísticos que justifiquen el juicio sumarísimo al que tiene que hacer frente, la permanente chanza de la que es objeto, la ridiculización permanente a la que es sometido por parte del gran público. En definitiva, ¿no será que el cine español en su conjunto, es malo, principalmente, porque es español?

De no ser así, cómo explicar que una filmografía que ha dado directores como Buñuel, Berlanga o Bardem, entre los clásicos, y películas como Tesis, El día de la bestia, Los sin nombre, Solas, Hable con ella, Nadie hablará de nosotras, En la ciudad sin límites, Los lunes al sol, La lengua de las mariposas, Azul oscuro, casi negro o El laberinto del Fauno, en los últimos años, sea tan maltratada en su propio país.

Está claro que nuestro cine es modesto. Se producen pocas películas y éstas gozan de escasa distribución. Pero, parece injusto que mientras industrias como la estadounidense (de la que me reconozco devoto deudor) infestan el mercado con cientos de títulos mediocres por cada filme de valía, abominemos de un cine en el caben más cosas que Yo soy la Juani o Mentiras y gordas.

El odio al colectivo de “la ceja” (por el que no siento especial simpatía), ha hecho el resto, dejándonos caer de nuevo en nuestro adorado maniqueísmo. Y pudiendo elegir bando, entiendo a los que prefieran estar en frente del que engrosa Willy Toledo. Pero, ¿qué hay al otro lado? ¿La última versión del Apocalipsis made in Hollywood?

Seamos serios. Desterremos la demagogia roja y la demagogia blanca, que diría Castelar. Juzguemos las obras por lo que encierran. Por su valor per se. Eso, siempre que no queramos vernos reflejados en los tullidos cainitas que con gran clarividencia retrató Buñuel.

 
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