jueves, 31 de diciembre de 2009

Gandhi, Mandela, Haidar...

Navidad en El Aaiún. Haidar ha regresado a su casa e intenta recuperarse de las secuelas provocadas por su última huelga de hambre. Sin embargo el asedio continúa. Denuncia estar bajo arresto domiciliario. “Es nuestra Mandela, nuestra Gandhi”, dice a Reuters Gani Minatu, de 37 años, mientras hace un te en su jaima del campo de refugiados. ¿Pero cuánto hay de cierto en tal afirmación? ¿Es posible tal equiparación o resulta desproporcionada? Veamos.

Gandhi

La “politización del ayuno” se la debemos a Mohandas Gandhi. Concebida al inicio como una forma de mortificación, dentro de la combinación de hinduismo, cristianismo y mahometanismo que configuró su doctrina, la huelga de hambre se convirtió para el líder nacionalista indio en un arma política de primera magnitud, hasta el punto de que la posibilidad de que uno de esos ayunos le condujera a la muerte podía modificar el curso político de todo el subcontinente.


La historia es sobradamente conocida. Descendiente de comerciantes y después de haber transitado por una época de gentleman (vestía a la inglesa e incluso había ayudado a crear el Cuerpo Indio de Ambulancias durante la guerra entre los británicos y los bóers), Gandhi, que por aquel entonces vivía su periplo sudafricano, influenciado por lecturas como la crítica del capitalismo de John Ruskin, comenzó a llevar una vida comunitaria que sentaría las bases de su gran ideal: ver una India independiente organizada en torno a miles de pequeñas aldeas tolstoianas autogestionadas de modo cooperativista.

Inmediatamente, para lograr su objetivo adoptaría los métodos de la resistencia pasiva y la no violencia, base de su concepción de la desobediencia civil, y como líder espiritual y cabeza visible del Partido del Congreso Nacional Indio –puesto que cedería al, a la postre, primer presidente Jawaharlal Nehru- se entregó en cuerpo y alma, a través de la práctica de la no cooperación, a luchar por la emancipación de su país.

Por el camino, Gandhi puso su vida en peligro innumerables veces. Desde la cárcel se enteró de la muerte de su esposa Kasturbhai, también en prisión, y él mismo sería finalmente asesinado, por un miembro de un grupo extremista hindú.

A esas alturas, el país era ya un estado soberano y se había producido, pese a los denodados esfuerzos de Gandhi por evitarlo y en medio de un baño de sangre, la separación de Pakistán. Y pese a todo, medio siglo después sigue vibrando su mensaje, resonando contra el espíritu de los tiempos en nuestra cabeza palabras como las que antes de iniciar su célebre “marcha de la sal” pronunció ante miles de sus seguidores: “Un Satyagrahi [el que abraza la verdad, en sánscrito], esté libre o en prisión, siempre se alza victorioso. Sólo se le vence cuando renuncia a la verdad y a la no violencia, y hace oídos sordos a la voz de su interior”.

Mandela

El Congreso Nacional Africano (CNA) se había inspirado desde sus orígenes en el método de la no violencia de Gandhi (de hecho Mahatma, “gran alma”, se había curtido en Sudáfrica cuando solo era un joven abogado que llegó a estar cuatro veces entre rejas por defender los derechos de los emigrantes indios), pero ante la escasez de resultados –que al contrario solo habían producido una legislación más represiva, como la que prohibía los matrimonios mixtos o institucionalizaba los guetos- decidieron dar un paso más, rozando la fina línea que separa el sabotaje del terrorismo. Sin embargo, Nelson Mandela, líder del movimiento, sabía sobradamente que de desencadenar una guerra civil “la paz racial sería más difícil de lograr que nunca”.


En la Carta de la Libertad, verdadero credo del nacionalismo africano, y a pesar de la crueldad de los afrikaaners en el poder y su dogma de la supremacía blanca, así lo apuntaba: “África del Sur pertenece a todos los que viven en ella, a los blancos y a los negros, y ningún gobierno puede pretender el ejercicio del poder si no lo recibe de la voluntad de todos”.

De ahí que nada tuviera de casual que Mandela sacase a colación este documento programático en su histórica intervención del 20 de abril de 1964 durante el llamado “juicio de Rivonia”, y a resultas del cual el líder sudafricano, en compañía de otros ocho miembros del Alto Mando Nacional del Umkhonto we Sizwe, sería condenado por traición y conspiración.

También el líder africano, como Gandhi antes, como Haidar más tarde, pudo decir que éste -la lucha por la libertad, en su caso la lucha contra la dominación blanca y también contra la dominación negra-, “es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Así, como recogería décadas más tarde en su biografía, siendo ya presidente de Sudáfrica, no le preocupaba salir bien librado del juicio, sino considerarlo como una plataforma extraordinaria para la difusión de sus ideas. Su defensa no era legal. Como primer abogado negro en la historia sudafricana, sabía que en ese terreno su derrota era segura. Su batalla era moral. Y para hacerla efectiva no estaba dispuesto, en contra de las advertencias de su abogado, a recortar una coma de su declaración.

El preso 46664, denominación con la que quisieron enterrarlo en vida sus represores, al estilo de los nazis en los campos de concentración, permaneció 26 años confinado en la prisión de Robben Island. Pero, al final triunfó. Y Nelson Rolihlahla Mandela, Nelson “el alborotador” –como resulta de la traducción de su segundo nombre del xhosa”-, convertido en símbolo de la resistencia de un pueblo que, como tantos otros, tuvo que someterse a la siniestra herida que le imprimieron las aventuras coloniales de las grandes potencias europeas de finales del siglo XIX, pudo, como los berlineses tres meses antes, romper su muro.

Haidar…

Si esto fuera un cuento y no la breve crónica de una epopeya en tres actos, podríamos empezar este último apartado diciendo: muchos años después, a siete mil kilómetros al noroeste de Johannesburgo… Pero, como digo, la situación de Aminetu Haidar y de su pueblo poco tienen en común con cualquier narración infantil, entre otras cosas, porque no sabemos aún el signo que tomará su desenlace, si los saharauis podrán algún días ser felices y comer perdices o, por lo menos, alcanzar la libertad que les permita aspirar a consumar tal sueño.


Tras la apresurada marcha de España, potencia colonizadora del territorio, con la firma de los Acuerdos de Madrid con Marruecos y Mauritania, el Sáhara Occidental entró en una especie de limbo. Oficialmente, se trataba de un territorio no autónomo bajo la supervisión del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, pero de facto su suelo se encuentra ocupado casi en su totalidad por Marruecos, a excepción de la franja que controla la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática, a la que no reconoce la ONU pero sí 46 países del mundo, entre ellos Sudáfrica, por un compromiso personal del líder del CNA Nelson Mandela con el movimiento nacional saharaui en tiempos en el que ambas organizaciones luchaban por la independencia de sus respectivos países.

Evidentemente, los tres casos mencionados presentan grandes diferencias entre sí y resultaría temerario por mi parte intentar equipararlos. Pero también nos permiten establecer notables similitudes.

Por un lado, tanto Gandhi como Mandela o Haidar, son líderes nacionalistas, pero en un sentido bien distinto al que se le suele dar a este calificativo en la actualidad. Su carácter ‘nacional’ entronca con el sentido que la Carta de las Naciones Unidas –y más concretamente la resolución 1514 aprobada años más tarde por el organismo internacional- transfería a los pueblos que luchaban por su autodeterminación, que trataban de este modo de librarse de las cadenas con que les atenazaba su herencia colonial.

Además, las tres figuras se han convertido en símbolo de las respectivas luchas de sus pueblos y, de manera general, de la batalla universal que en todos los tiempos los más débiles han debido librar frente a un poder que los oprimía, negándoles esos derechos que esos mismos se arrogan. En este sentido, su carisma es indiscutible. Tan grande como su fortaleza y convicción, que algunos confunden con terca obstinación.

Sin embargo, a diferencia de los anteriores, la historia de Haidar está aún por escribirse. O mejor dicho, ella misma la está escribiendo agónicamente en estos momentos. Por eso, conviene distanciarse de los hechos y asumir de una vez por todas que la batalla de Haidar, como la de Mandela en su día, no es legal, sino moral. Que su caso revela una injusticia que, además, frente a los dos casos anteriores -que, de algún modo, obedecen a fenómenos que llamaremos “epocales” (en el marco de la descolonización británica, el primero, de la superación del racismo institucionalizado, el segundo)- parece irremediablemente relegada a un callejón sin salida.

La ‘cuestión saharaui’ es un anacronismo -como lo son, por motivos diferentes, el comunismo en Cuba o Corea del norte, o el terrorismo abertzale-, una asignatura pendiente de la que han corrido todas las convocatorias, abandonada a su suerte –o lo que es peor, a Marruecos, convertida en “cuestión de honor”-, dejada fuera de programa.

Su regreso a El Aaiún supone una victoria simbólica. La victoria de la vida y de la diplomacia. Sin embargo, en solo unos días –si no lo ha hecho ya- la cuestión del Sáhara Occidental volverá previsiblemente a situarse fuera de plano, borrada de una agenda en la que vagamente una vez figuró, escrita a lápiz y en un margen. Pero, no importa, o mucho nos equivocamos, o Haidar, como aquellos infatigables luchadores por la libertad de los que hemos hablado, volverá a golpear nuestras conciencias en el momento menos pensado.

Contra la enfermedad del olvido, la medicina de un compromiso inquebrantable.

5 comentarios:

El grillo dijo...

¡Sí señor! Un tríptico maravillosamente 'integrado', como aquellas biografías triples de Stefan Sweitz. Qué fuerza no habrá en el mensaje de estos tres grandes luchadores si contagian de esperanza incluso a un 'apocalíptico'...

Anónimo dijo...

Mi amigo "Grillo", mi querido José, me ha mandado el link para leer y disfrutar de este bello artículo, reflexión perfectamente elaborada y documentada.
Enhorabuena de parte de un ex-compañero de carrera.

bonilloangel@hotmail.com

apocaliptico dijo...

Estimado Grillo:
Gracias por tus palabras aunque en mi defensa diré que igual ha sido culpa del champán (uy, perdón, quería decir cava que es mucho más políticamente correcto)que me ha insuflado una dosis extra de optimismo. La pobre Haidar, en cualquier caso, parece tenerlo bastante peor que sus predecesores.

Ángel:
Qué alegría saber de ti y que me hayas localizado gracias a nuestro común amigo. A él le dije cierta vez que era de lo mejor que me había encontrado durante los años universitarios. Y aunque menos "rozado" -aunque no olvido que por estas fechas, hace algunos años compartimos unos inolvidables días en Galicia- amplío esa afirmación en tu caso.
Espero que sigas firme en tu lucha por los campos de fútbol en favor del respeto que he seguido, como tantos otros, por los medios de comunicación.

¡Un abrazo a los dos y muy feliz año 2010!

José María.

El grillo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
El grillo dijo...

Fe de errata: Stefan Zweig, claro.

¡Feliz año a ti también!

P.D.: el comentario suprimido también es mío (la fe de errata volvía a ser errónea, ojú...)

 
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