viernes, 22 de febrero de 2008

Fidel

(Imagen: Granmma)

Nunca fui pro-castrista. Todo lo más, tuve una época de admiración por el Che, no extinguida totalmente, pero indudablemente mucho más mitigada que en el pasado. Guevara fue un idealista peligroso, pero tuvo una virtud innegable que muchos han confundido sin más con el fanatismo. Fue capaz de dejar atrás dinero, honores, familia para no desviarse de su objetivo: la Revolución Universal. El Che creía en una América socialista; Fidel amartilló una dictadura nacional ahogando cualquier disidencia, despreciando los matices, apagando la llama de la libertad. El Che no tuvo, quizá también por su temprana muerte, la posibilidad de aburguesarse, fue guerrillero mucho antes que político, un tipo capaz de arrastrar su asma por los cañaverales subido en un tractor, de fajarse en cualquier confín remoto del globo con tal de combatir sistemas políticos tan brutales como ilegítimos; Castro levantó un muro en torno a la isla, que gestionó con mano de hierro y se erigió, fagocitando al propio Che -según lección aprendida de sus camaradas soviéticos-, en el mayor propagandista de sí mismo.

No siempre fue así. La Revolución cubana tuvo su ‘bastilla’, sus días gloriosos, su orgiástica explosión de entusiasmo. Pero, al poco tiempo, como observaron muchos de los intelectuales que recibieron con alborozo la llegada de Castro al poder, se demostró que Cuba había sustituido la infausta colonización estadounidense por una no menos deplorable dictadura.

La Cuba de Castro, como se encargan de recordar sus panegiristas, ha sabido dar a su población una educación esmerada, y mantener unos niveles de vida (o, mejor, de supervivencia) no demasiado alejados, a veces incluso, superiores, a los de algunos países de su entorno. ¡Y eso a pesar del bloqueo!, dirían algunos, sin darse cuenta de que el mayor error de la Administración estadounidense -que nunca ha sido muy ducha en lo que se llamó en su tiempo Derecho de Gentes- respecto a Cuba ha sido precisamente darle a Castro y los suyos un argumento para perpetuarse en el poder. Probablemente, si la avaricia no hubiera cegado a los políticos, de Kennedy a George W. Bush, otro gallo hubiera cantado. De este modo, con el Che en una mano, y los ‘yankees’ en la otra, ha sido como Castro ha conseguido sobrevivir al desplome del bloque soviético en Europa, y formar parte, junto a China y Corea del Norte, del club de Estados capaces de dirigirse por un sistema tan obsoleto como a todas luces ineficiente, como es el comunista.

A Lord Acton, le debemos aquella célebre frase de que “si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”. Y nada encarna mejor el poder absoluto que una dictadura, sea del signo que sea. Los ciudadanos tienen derecho a equivocarse, aun a riesgo de colocar en el poder al más despreciable de los lunáticos, como Adolf Hitler. Todavía muchos niegan esta premisa. Claman por el gobierno de ‘los mejores’. Como hicieron Madison y demás padres fundadores de EE.UU. Y qué paradoja. Como pensaron también los seguidores de Marx.

No fue Churchill, sino Aristóteles quien ya se dio cuenta de que la democracia era la menos perniciosa de las formas de gobierno posibles.

2 comentarios:

El pecador de la pradera dijo...

Cuando uno se encuentra ante tan maravillosa joya literaria como ésta en un periódico o en un blog, no puede más que emocionarse. Está tan bien escrito, tan sabiamente desarrollado, que uno, que ha evolucionado del Che al Chat, ha tenido que echar la vista atrás -a los años mozos- para ver con desolación cómo los que nos prometían libertad e igualdad, se convirtieron en los cerdos orwellianos que escribieron que sí, pero que unos más que otros. Lo de siempre, vamos. Aunque esta ocasión, como deja entrever Matás, fuese de las más dolorosas y, por eso, prefiero el Che a Castro. Las explicaciones la da el bloguero y yo las suscribo.

apocalípticos dijo...

Gracias, pecador. Me ha gustado lo de "del Che al Chat". Por lo demás, qué decir, me solidarizo con tu solidaridad. No puedo evitar sentir cierta desolación ante esta claudicación general. Todo parecía posible en los "años mozos". Pero, ¿creen los mozos de ahora que todo es posible? ¿Merece la pena pensarlo? En fin, un abrazo.

 
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