jueves, 9 de julio de 2009

Golpes líquidos

Desde que los hombres forman comunidades políticas, que es casi como decir que desde que el mundo es mundo, el golpe de Estado como forma de subversión del poder establecido ha sido un hecho habitual. Sin embargo, no será hasta el año 1639 -año en que Gabriel Naudé publicó sus Considérations politiques sur les Coups d´Etat-, cuando encontremos la primera vez, según la teoría política, en que la expresión fue utilizada de modo sistemático. En aquel tiempo, los golpes no tenían la mala fama de la que gozan en la actualidad. Para Naudé, podían llegar a ser “acciones audaces y extraordinarias que los príncipes se ven obligados a ejecutar (...), contra el derecho común y sin guardar ningún orden ni forma de justicia, arriesgando el interés de los particulares por el bien general”. Un golpe de Estado representaba algo así como la aplicación técnica de la razón de Estado por parte del gobernante, y convertía a éste en algo así como un salvador de la patria en peligro.

Sin embargo, esta lógica se vería adulterada por la filibustera presunción de que siempre existirá una justificación para actuar por el bien de la nación, generalmente adornada -pese a suponer el paso previo para la implantación de una dictadura- con el corolario de actuar en defensa de la democracia.

La experiencia latinoamericana es en este sentido muy tristemente ilustrativa. Décadas de explotación, ambición, violencia y pobreza han terminado produciendo nefastos e inverosímiles regímenes políticos. Ya no se trata sólo de la figura del caudillo, del cacique, del mítico demiurgo que la literatura, desde Sarmiento o Valle hasta el Trujillo retratado por Vargas Llosa, pasando por Asturias, Uslar Pietri, García Márquez, etc. nos ha legado; tampoco del general o coronel bravucón y desalmado que emergió en los años 70. No. La hibridación que se ha producido en el continente ha provocado mutaciones que son como el reflejo distorsionado en el azogue de esas formas puras con las que nos habíamos familiarizado. Nacía el dictador líquido, aquel que aspiraba a perpetuarse “legalmente” en el poder.

Fujimori, que remendó la Constitución para desempeñar un segundo mandato; Menem, Cardoso, Uribe, y por supuesto, Hugo Chávez -quien, tras fracasar a la hora de intentar hacerse con el poder por las bravas, decidió, como hiciera Hitler, servirse de los cauces democráticos-, ejemplifican esa tentación de permanencia.

Sólo que, cuando creíamos que lo habíamos visto todo, aún nos aguardaba una sorpresa. Esto es, la conversión paulina de un terrateniente representante del tradicional Partido Liberal hondureño en un convencido chavista deudor de las teorías autosucesorias, tan caras al ALBA.

La novedad que supone Zelaya convierte en sumamente complicado calificar el golpe que lo ha echado del poder según las tipologías al uso. Pero, lo peor es que, si bien algo nos dice que la democracia no ha perdido precisamente a un fiel servidor, no sabemos tampoco adónde se conduce el país centroamericano en manos de sus nuevos salvadores.

1 comentario:

tatiana dijo...

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Exitos.
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