martes, 18 de diciembre de 2007

Acuerdos "de mínimos"


Fácilmente puede haber sido una de las expresiones de más amplia difusión durante los últimos días. “De mínimos”. Un latiguillo convertido en latigazo para muchos de los que, aunque traspasados por un cómodo escepticismo, teníamos puestas nuestras esperanzas en lo que unos señores bien vestidos y mejor comidos se aprestaban a hacer en dos lugares que queríamos ver convertidos en puntos cardinales de nuestro particular catecismo moderno –lugares en los que creer, por los que seguir creyendo en lo mejor de nuestra especie: Lisboa y Bali. Pero, no pudo ser.

Lisboa

En la capital lusa trató de escenificarse la reconciliación europea. Pocos sitios más apropiados. Lisboa, asomada al mar, tendiendo un inmenso puente azul hacia América, y con el cordón umbilical del mismo color representado por el Tajo –el Tejo de todos los fados- atado a Europa tierra adentro. Lisboa. Tierra de descubridores. De descubrimiento. Tras largos años de zozobra, los políticos europeos querían dar por zanjada la enésima crisis de la Unión antes de que expirara el año del 50º aniversario de su fundación. ¿El resultado? Para algunos, como Timothy Garton Ash, una porquería: “175 páginas de texto, más 86 de los protocolos de acompañamiento, un anexo de 25 páginas que vuelven a numerar los artículos de los tratados existentes, y un "acta final" de 26 páginas que incluye nada menos que 65 "declaraciones" separadas”. O sea, un lío, y lo más alejado posible –nosotros, nietos de Goethe y Kant, herederos de Voltaire y Rousseau, descendientes de Pascal, Montaigne y Spinoza, hijos de Tocqueville y Max Weber, de Stephan Zweig y Walter Benjamin -de constituciones como la de los Estados Unidos. “Resulta doloroso recordar –dice Garton Ash- que hubo un tiempo en el que nuestra Constitución quería ser lo mismo que la estadounidense: una afirmación noble e inequívoca de lo que es nuestra Unión, cómo funciona y qué valores representa, en una prosa enérgica”.

Al final, ni “afirmación noble” ni “prosa enérgica”. Sino un batiburrillo en el que algunos estados afirman que les satisfacen los símbolos (bandera, himno, lema) y otros no; en el que la Carta de Derechos fundamentales será de aplicación legal en todos los Estados miembros, menos en Reino Unido; y que sin duda dista mucho de acercar la Unión Europea a los ciudadanos. Un perímetro de seguridad de 200 metros impidiendo acercarse a personas extrañas a la organización al Monasterio de los Jerónimos representaba la mejor imagen de esto que estamos diciendo.

Esto no quita que el Tratado suponga a su entrada en vigor -suponiendo que lo ratifiquen los 27 Estados miembros en enero de 2009 (Irlanda deberá hacerlo mediante referendo)- dar un pasito adelante en algunos aspectos : elimina el derecho de veto en 40 áreas, entre ellas las políticas de inmigración y cooperación policial y judicial, refuerza la presidencia, que pasa a tener un mandato de dos años y medio y acaba con las rotaciones cada seis meses; e incorpora la figura de un ministro de Exteriores. En definitiva un “acuerdo de mínimos” que algunos dan por bueno y que a la mayoría de los cuatrocientos millones de ciudadanos de los 27 países miembros -¿cuántos de ellos podrían responder a la pregunta de cuántos estados integran la UE?- les trae “al pairo”.


Bali


Pídelo todo para obtener la mitad. Rechaza dar nada para dar la mitad. Pero, ¿qué ocurre si es la principal potencia mundial la que está sentada a la mesa de negociación? Que la máxima se transforma en: “no transijas en nada, hasta el último momento, y cuando veas que todos están en tu contra, ofrece un diezmo. Esto será menos de lo que estarías dispuesto a dar, si no fuera porque eres la primera potencia mundial. Y encima te lo agradecerán.” Estados Unidos se había cerrando en banda durante dos semanas. No sólo no aceptaba fijar plazo alguno para la reducción de sus gases contaminantes sino que parecía dispuesto a abandonar la cumbre de Bali sin ningún compromiso de ningún tipo. De ahí que cuando “in extremis” decidió sumarse a la nueva “hoja de ruta” todos quisieron ver que el gigante había cedido. Pura ilusión. Lo único que Estados Unidos ha aceptado es volver a reunirse dentro de dos años para volver a hablar de lo mismo: de la necesidad de reemplazar el fallido protocolo de Kyoto por otro que realmente plante cara al problema del calentamiento global. O sea, Estados Unidos ha conseguido postergar la resolución de uno de los más urgentes asuntos que ocupan al ser humano en nuestro tiempo y que encima le aplaudan por ello. “Paula Dobriansky (delegada de EE.UU) tomó la palabra y dijo: ‘Aceptamos la proposición porque nosotros hemos venido también aquí con espíritu constructivo’. Fue cuando, por primera vez, se ha oído una ovación a la delegación de EEUU”. Magnífico.

Aunque, ¿se podía esperar otra cosa? La noche antes de este teatral desenlace –¿no decían que los guionistas norteamericanos estaban huelga?-, en un debate en la cadena SER en el que se analizaba la importancia de las decisiones que podían tomarse en este cumbre, un tipo que decía representar a no sé qué grupo conservador de los EE.UU entraba en antena desde Washington para afirmar que eso del cambio climático era “algo no demostrado”, que no se podían tomar decisiones “precipitadas” y que se estaba cayendo en el alarmismo.

A río revuelto, ya se sabe, y desde ámbitos “anti-ecologistas” (sic) se aprovechaba para señalar el colmo del esperpento en torno a la cumbre de Bali: La Cumbre de Bali generará tanto CO2 como 20.000 coches en un año.

Como dice Juan Varela en su blog: “La Tierra tendrá que esperar”.

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