viernes, 26 de febrero de 2010

El bibliópato

[Maria Helena Vieira da Silva, "Biblioteca", 1949]

Un cura aficionado a las líneas eróticas, las webs pornográficas y los burdeles; un presidente de comunidad que asegura disponer solo de 900 euros en su cuenta corriente; un cantante
macarra y viceversa que la monta en la gala para elegir al candidato a Eurovisión y un presidente del ente público que asegura que la próxima vez pondrán un “filtro” más exigente (¿como el que pasaron David Civera, Azúcar Moreno, el cansino ése de La casa azul?)… La semana avanzaba sin sobresaltos cuando, de pronto, me topo con el siguiente titular: “Bibliópato en serie”. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Julien Bogousslavsky, un eminente neurólogo radicado en Lausana y su patología, coleccionar libros raros, eso sí, con cargo al hospital donde trabajaba. Ay.

Al decir “raros” no me refiero a que tuvieran títulos como ¿Cuán verdes eran los nazis?, Sadismo Oral y la Personalidad Vegetariana, o Los carros de compra perdidos del Este de Norteamérica: Guía para su identificación empírica (obras que, por cierto, existen), sino que resultan valiosos por su exclusividad, que los convierten en verdaderas piezas de colección, en joyas bibliográficas únicas.

Bogousslavsky (que, aclaro, es solo el apellido de nuestro protagonista y no el nombre de ninguna de las técnicas eugenésicas que describe Huxley en Un mundo feliz) logró desviar de la institución con camino a sus estanterías más de tres millones y medio de euros, con los que adquirió los Poemas de Mallarmé ilustrados por Matisse, La chanson complète de Paul Eluard ilustrada por Marx Ernst o un rarísimo ejemplar de La Guerra Universal de Alexeï Kroutchenykh en colaboración con Olga Rozanova.

Para saciar su voraz afición (“fui víctima de una espiral infernal. Quería detenerme, pero no podía hacerlo”), el que fuera presidente del Consejo Europeo de Ictus, secretario general de la Federación Mundial de Neurología y autor de más de cincuenta libros especializados -cuenta El Mundo- llegó a inventarse una compañía médica con sede en París que facturaba servicios quirúrgicos inexistentes, organizó cursillos que nunca llegaron a realizarse y falsificó todo lo falsificable.

Lo que se dice un coco. Un coco inasequible al llamado síndrome de Stendhal (al parecer, ni siquiera sintió esa palpitante angustia asociada a la “sobredosis de belleza” característica de este mal cuando lo pillaron en una inspección rutinaria); trastornado tal vez por el recuerdo de la portentosa biblioteca de su abuela (que, por lo visto, no heredó); y aquejado quién sabe si por el mismo mal que llevó a su padre a guindar un Watteau del Louvre en 1939. Aunque todo esto es mucho suponer.

La realidad es que la sentencia, que acabamos de conocer, ha estado a la altura de historia tan fascinante. Bogousslavsky (que quiero dejar claro que no es el nombre de un plato tradicional húngaro) no irá a la cárcel, ni siquiera ha sido multado. Una y no más, Santo Tomás, le han dicho, eso sí, los jueces, me gusta imaginar que reconciliados con su ingrata profesión al juzgar a un estafador de muy distinta clase que los Madoff, Bigotes y demás calaña.

Bogousslavsky, el bibliópato. Robaba a los ricos para sí mismo, pero con qué arte.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El original y la versión "frente a frente"

No se puede decir que Bunbury no sorprenda con cada nuevo trabajo. Después de acabar con una de las escasas bandas de rock que este país ha dado parangonables con las que de relieve ha parido Reino Unido o Estados Unidos en los últimos veinticinco años, emprendió una carrera en solitario que partiendo de Radical sonora hasta la actualidad se puede calificar tranquilamente de sobresaliente. A veces antojadizo, por momentos zigzagueante y en ocasiones hasta "fullero" (recuérdese el mini plagio, en cualquier caso sobredimensionado, que llevó a cabo con "El hombre delgado que no flaqueará jamás"), Bunbury parece dispuesto a arriesgar pasando de etiquetas. Sí, yo también fruncí el ceño cuando me enteré de que iba a versionar a Jeanette, aquella musa setentera, pero el resultado es impecable. Incluso diría que después de escuchar la versión, la original crece. En fin, juzgue el oyente.



viernes, 19 de febrero de 2010

Cartas a Stalin

Dos creadores ante el abismo de su desaparición material e intelectual. Dos maestros de la literatura rogándole a un dictador el indulto que les permita seguir haciendo lo único que dota de sentido a sus vidas. Bulgákov y Zamiatin. El escritor de la extraordinaria El maestro y Margarita y el forjador de la distopía moderna.

Y frente a ellos, en la inmediata distancia, muñiendo el destino de millones de seres humanos, lósif Visarionovich.

“Al cabo de diez años mis fuerzas se han agotado; no tengo ánimos suficientes para vivir más tiempo acorralado, sabiendo que no puedo publicar, ni representar mis obras en la URSS”, escribe un Bulgákov aquejado de fuertes crisis nerviosas que ha enviado a las llamas su primer borrador de la que será su mayor obra. “Para mí, como para cualquier otro escritor, la privación de la posibilidad de escribir constituye un castigo mortal”, resuena como en un coro la voz de Zamiatin. Tanto el ruso como el ucraniano saben lo que es sufrir el acoso de la NKVD, la inquisitorial persecución de la crítica acrítica (“aquellos ilotas, panegiristas y personas atemorizadas y serviles” (en palabras de Bulgákov), los insultos, el ostracismo, la censura.

Se podría esperar que al verse acorralados, los dos autores adoptarán una actitud más sumisa, se autoinculparán, como harán más tarde durante los procesos de Moscú algunos de los más relevantes personajes de la Revolución, pasarán a escribir obras “comunistas”.

Pero, no.

“Particularmente, nunca he ocultado mi actitud ante el servilismo literario, el vasallaje y la hipocresía, diría Zamiatin. “Soy un ferviente admirador de esa libertad –afirma, como apostillando al anterior, Bulgákov- y creo que, si algún escritor intentara demostrar que la libertad no le es necesaria, se asemejaría a un pez que asegurara públicamente que el agua no le es imprescindible.”

En Cartas a Stalin (Editorial Veintisiete Letras) destacan misivas desperadas, angustiadas, implorantes, cartas capaces de trascender su contingencia histórica para quedar como monumentos a una libertad que se puede pedir, pero no vender.

Todavía Zamiatin tendrá suerte y gracias a la intercesión de Gorki, saldrá de la URSS para no regresar, aunque su obra cumbre, aquella de la que beberían Huxley u Orwell, Nosotros, no se publicará en su país hasta 1988. Solo un año más tarde aparecería por primera vez la versión completa de El maestro y Margarita de Bulgákov, a quien el camarada Stalin no le concedió el anhelado permiso y tuvo que permanecer en el “exilio interior” y, por lo tanto sujeto a innumerables vejaciones hasta su muerte en 1940.

También en la República Socialista había que expulsar a los poetas, a ser posible después de humillarlos, apedrearlos, anularlos. Pero la vida y la obra de estos dos autores (como la de otros integrantes de aquella gran generación a la que pertenecieron Ajmátova, Mandelshtam, Pilniak, Bábel, Platónov o Pasternak) constituye un testimonio trágico pero esperanzador de cómo el arte, entendido como compromiso trascendente, tarde o temprano es capaz de reducir a un tamaño diminuto a quienes, como aquel maníaco georgiano, un día se creyeron Dios y su profeta.

APÉNDICE
LOS PROCESOS DE MOSCÚ

lunes, 1 de febrero de 2010

Amin Maalouf, El desajuste del mundo

Como muchos de nuestros mejores autores contemporáneos (entre los que podemos incluir a Roberto Bolaño, Le Clézio, Claudio Magris o Murakami, por citar solo a algunos), a Amin Maalouf cabe situarlo dentro de una escuela de “escritores-puente”, hombres de letras que han integrado diferentes culturas y tradiciones, sin renunciar a sus identidades pero cuidando celosamente de no quedar enterrados bajo las mismas, sepultados bajo el peso que las banderas deja sobre aquellos que las asen con demasiada obstinación. Con otro destacado narrador y ensayista de nuestro tiempo, Orhan Pamuk, comparte además el papel de mediador, que no de equidistante observador, entre dos mundos que parecen alejarse a ojos vista pese a que jamás estuvieron tan juntos y revueltos. Los dos frentes de esta guerra ideológica, Occidente y el Islam, ya no están separados como en las guerras de antaño -pese a los muros que aquí y allá proliferan-, por impermeables fronteras, razón de más para que este escritor libanés, al que podríamos poner la etiqueta de “comprometido” si la palabra no resultara ya tan equívoca ni estuviera tan desprestigiada, se lance, con un lenguaje sencillo pero vigoroso, a intentar desentrañar las causas que nos han conducido hasta aquí y a proponernos algunas recetas que puedan paliar los devastadores efectos que el crecimiento del fanatismo, la exclusión o la violencia están acarreando a millones de personas en todo el mundo y que suponen una grave amenaza para la supervivencia de las generaciones futuras.

Nacido en Beirut en 1949 en el seno de una familia de origen cristiano, con solo 22 años Maalouf, continuando la tradición familiar, comenzó a trabajar como periodista, lo que le permitió, en ocasiones en calidad de reportero de guerra, recorrer países como la India, Bangladesh, Argelia, Etiopía, Somalia, Kenia o Yemen.

En 1977, dos años después del comienzo de la guerra civil libanesa, Maalouf abandonó su país y se estableció en Paris, ciudad en la que ha residido desde entonces.

Desde que en 1983 apareciera su primer libro, Las cruzadas vistas por los árabes, su obra ensayística y literaria ha estado marcada, como en todos aquellos autores en los que late una doble identidad -bajo la que subyace en un estrato más profundo un deseo de universalidad-, por un afán de reconciliación entre culturas en el que no encaja ni el simplista concepto de “guerra de civilizaciones” con el que algunos pensadores actuales pretenden atrapar el presente y proyectar un futuro que pareciera escrito de antemano, ni la multiculturalidad a la carta que desde Occidente pretendió adoptarse en aras de una armónica convivencia que inmediatamente se demostraría inviable.

Maalouf, por utilizar una sugerente alegoría que dibuja el propio escritor libanés al final de su último libro, es un alpinista al que los continuos dramas que el mundo ha padecido y padece, no le han apagado el deseo de seguir atacando cumbres. La tentación prometeica no ha perdido un ápice de su impulso, la “aventura humana” le sigue fascinando lo suficiente como para no quedarse cruzado de brazos ante la aniquilación que la acecha.

Porque se trata, claro está de una aventura sumida en la incertidumbre, a la que siempre le sobran o faltan piezas, desencajada, arriesgada, caótica, a la deriva. “Hemos entrado en este siglo nuevo sin brújula”. La frase que abre el libro no puede ser más elocuente acerca de los riesgos que, para el libanés, afrontan nuestras sociedades. En los terrenos intelectual, financiero, climático, geopolítico, ético… Allí donde posemos nuestra mirada podemos percibir la envergadura de un desajuste que amenaza con abocarnos a una regresión capaz de echar por tierra los esfuerzos que generaciones de hombres han invertido en su empeño por edificar un mundo mejor.

El horizonte no puede ser más sombrío. Nuevos peligros “sin parangón en la Historia”, asoman por doquier. Después de que, con la caída del muro de Berlín la supresión de la amenaza de un cataclismo nuclear, consecuencia del fin del enfrentamiento entre los dos bloques antagónicos que protagonizaron la “guerra fría” resultase desactivada, el mundo pareció de golpe ser azotado por un viento cargado de esperanza. Pero las grandes expectativas que se crearon pronto zozobraron ante la realidad de un planeta que solo en apariencia se encaminaba hacia un horizonte de paz y orden.

La victoria de Occidente, según Maalouf, produjo su propia debilitación. Es decir, al imponer su modelo, modificó drásticamente los equilibrios que durante décadas habían conformado la política mundial. Así, su victoria sobre el comunismo, lejos de servir para extender su prosperidad más allá de sus fronteras culturales, únicamente aumentó el recelo en los países del Tercer Mundo. Ésta es una de las tesis principales de El desajuste del mundo. El hecho de que la civilización occidental, pese a crear más valores universales que cualquier otra, se ha mostrado sin embargo incapaz de transmitirlos adecuadamente. Entre el deseo secular de las potencias occidentales de civilizar al mundo o simplemente dominarlo, con demasiada frecuencia dominó esta segunda pulsión. Es decir, al tiempo que enarbolaban los principios más nobles luego se abstenían de implantarlos en los territorios conquistados. Las consecuencias de este desajuste no pueden estar más a la vista. Frente a la intolerancia y a la barbarie del mundo árabe, señala el autor, se alza la arrogancia e insensibilidad de su Némesis occidental, de tal modo que allí donde hipotéticamente los dos mundos han confluido, el resultado no ha podido ser más desolador. El ejemplo lo tenemos en Irak, donde los Estados Unidos y sus aliados ofrecieron la más elocuente muestra de cómo nunca podrá una autoridad imponer su gobernanza sobre el mundo con tal déficit de legitimidad, entendiendo por tal –según Maalouf- aquello “que permite que los pueblos y los individuos acepten, sin excesiva coerción, la autoridad de una institución encarnada en hombres y considerada portadora de valores compartidos”.

Atatürk pudo acabar con la dinastía otomana, abolir el califato, imponer el laicismo, implantar el alfabeto latino, en definitiva, darle la vuelta a Turquía como a un calcetín, porque le había devuelto la dignidad a su pueblo. Otros muchos lo intentarían más tarde, Nasser o Sadam, sin ir más lejos, pero fracasarían. Las derrotas bélicas ante el pequeño y joven Estado Judío de Israel resultarían toda una cura de humildad (y una incesante fuente de rencor) para las naciones árabes del entorno. La errática política poscolonialista de las potencias occidentales solo ensancharía y ahondaría la fractura que separaba al resto del mundo de un enardecido Islam. Maalouf apunta las claves que explican cómo todo lo acontecido en el mundo en las últimas décadas ha contribuido al triunfo de las tesis de los islamistas en el seno de las sociedad árabes: los fracasos de los regímenes nacionalistas árabes que desprestigiaron esta ideología, que empezaron a considerar como una importación de Occidente; la aceleración de la mundialización y la necesidad de abrazar una ideología global “que dejase atrás las identidades locales”; y finalmente la desaparición del bloque soviético, paradójicamente el hecho que decretaba el triunfo global de Occidente (el “fin de la historia”, como se apresuraron a decretar los analistas del momento).

Esta pérdida de referente resultó a la postre funesta para Oriente. Pero, para Occidente en su conjunto también vendría acompañada de no pocas calamidades: “al convertirse en modelo único, el capitalismo perdió un detractor útil y seguramente insustituible, que le criticaba los resultados sociales y le buscaba las cosquillas en lo referente a los derechos de los trabajadores y las desigualdades”. Sin ese “correctivo” el sistema degeneró velozmente. El dinero y la forma de ganarlo se convirtieron en algo “obsceno”.

A quien le pueda llamar la atención esta paradoja quizá le sorprendan no menos otras que Maalouf dibuja en el libro y que chocan con las creencias corrientemente extendidas. Así, los Papas cristianos, por ejemplo, son entrevistos en el libro como un símbolo de Progreso, pues más allá de erigirse en guardianes de la ortodoxia, “contribuyeron a la estabilidad intelectual de las sociedades católicas, incluso su estabilidad a secas”. La existencia centralizadora de una Iglesia, la conformación de un clero es justo de lo que carecieron los califas, quienes se encontraban desvalidos frente a los sultanes, visires y comandantes militares, que campaban por sus respetos, de tal forma que mientras el enorme poder de los papas desembocaba en una merma del espacio religioso en las sociedades católicas, en el anticlerical Islam, la ausencia de una institución eclesiástica fuerte, favoreció que lo religioso termina inundándolo todo.

Entre “victorias engañosas”, legitimidades extraviadas” y “certidumbres imaginarias” se desenvuelve el análisis de Maalouf de las “dos mandíbulas de la barbarie” que aprisionan a nuestras sociedades y que parecen llevarlas a un callejón sin salida. Y si bien es cierto, que en este relato no hay ni buenos ni malos, al final no la culpa, pero sí la mayor parte de la responsabilidad a la hora de encontrar soluciones se la carga a Occidente. Es aquí donde están las ‘llaves’, donde se encuentra el modelo universalmente válido que hay que saber adaptar. Por eso es tan importante recuperar la confianza de los inmigrantes, aquellos que han de servir de “intermediarios elocuentes de sus relaciones con el resto del mundo”. De su integración puede depender el resultado de “la gran batalla de nuestra época”. Ellos son el veneno o el antídoto. El punto de partido es totalmente desventajoso. Sus identidades han sido gravemente dañadas, “enarbolan las señales de su pertenencia original y se comportan a veces como si su residencia adoptiva fuese territorio enemigo”. Esto es especialmente evidente entre los árabes, extranjeros en todos sitios, humillados, vencidos. Desesperados.
La máquina de integrar, dice Maalouf está atascada y no será desde el multiculturalismo, o más concretamente desde el “comunitarismo” y su ampliación en “tribus planetarias” como nos libraremos de los enfrentamientos que se anuncian. Hay que apostar por la otra visión, la pluralista, aquella que presenta a una “humanidad consciente de su destino común” y “unida en torno a los mismos valores esenciales”, pero que sigue desarrollando “las expresiones culturales más diversas”.

Frente a quienes han decidido dejar de luchar, aún a costa de inmolarse y llevarse de paso las vidas de aquellos que se encuentren dentro del radio de su cinturón de explosivos; frente a quienes apuestan por ponerse a cubierto “a la espera de que pase la tormenta”, Maalouf encuentra una tercera vía (un desfiladero, podríamos decir por completar la imagen), la que recorren quienes consideran que hay que “clausurar la Historia tribal de la humanidad, la Historia de las luchas entre naciones, entre Estados, entre comunidades étnicas o religiosas, y también entre civilizaciones”.

Entrar en esta nueva fase supone “volver a inventarlo todo: las solidaridades, las legitimidades, los valores, los puntos de referencia”. Y esta salvación, pasa en primer lugar “por la cultura”, por desarrollar una “vida interior floreciente”, por dar a la enseñanza “el lugar prioritario que le corresponde”.

Las palabras del autor de León el Africano nos suenan a música celestial. Su llamada a un nuevo humanismo, a una solidaridad “que pueda trascender las naciones, las comunidades, las etnias, sin acabar con la plétora de las culturas”, nos solaza. Pero, ¿no será que nos encontramos ante uno de esos “optimistas antropológicos”? ¿Ante otro idealista contumaz? ¿Ante alguien cargado –como él mismo señala- de “buenos deseos”? Puede que algo de esto también exista, pero es fácil convenir con Maalouf en que, llegados a este estado de nuestra evolución, ante los acuciantes retos que la humanidad tiene por delante, y los innumerables peligros (políticos, sociales, medioambientales…) de los que se encuentra sembrado el porvenir, a nuestra especie solo le quedan dos opciones: implosionar o metamorfosearse.

Ni que decir tiene que el libanés ha elegido la segunda. La vía de quienes confían en que la humanidad se dará cuenta de que “en la frágil balsa en que navega, vive una aventura común” y anhelan, por lo tanto, que pueda por fin clausurarse esta “Prehistoria demasiado larga”.

Algunos indicios, escarba el autor que podrían mover a la esperanza. Pero, ¿serán suficientes”. Al fin y al cabo, señala, “El tiempo no es nuestro aliado, es nuestro juez, y ya estamos con un aplazamiento de condena”.
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Publicado en dosdoce

viernes, 29 de enero de 2010

Gratitud

La gratitud no distingue precisamente a nuestra especie. Mostrar un sincero agradecimiento a aquellos que más han contribuido a nuestro desarrollo, a quienes en un momento dado decidieron arrimar su ascua a nuestra sardina sin esperar nada a cambio, resulta infrecuente. Cuando el reconocimiento procede de un gran hombre y va dirigido a otro que juzgamos inferior por su puesto en la escala de prestigio social, el efecto se multiplica y hace que emitamos íntimamente un largo ¡oh! aclamatorio.

En los últimos días la extraordinaria revista malagueña Litoral ha sacado a la luz un bello número que, dedicado a las caligrafías, recoge testimonios escritos en forma de epístola de brillantes cultivadores del arte, las ciencias y las letras. Juan Cruz destacaba esta semana en su blog de entre todo el material recopilado, una carta que el por entonces recientemente laureado con el Nobel de Literatura Albert Camus, le enviaba a su maestro de primaria, el Señor Germain, en la que, con una desarmadora sencillez le agradecía “lo que usted ha sido y sigue siendo para mí”, y le confesaba que “sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.”

Posiblemente esta carta, que merecería aparecer en el frontispicio de cualquier colegio, nos diga mucho más de Camus que todos los sesudos ensayos que sobre su figura se publiquen este año con motivo del 50º aniversario de su muerte y es fácil imaginarse qué extraordinario torrente de emoción traspasaría el cuerpo del viejo profesor al leer el testimonio del honorable discípulo.

Algo parecido debió sentir el maestro de uno de los más grandes hombres de la América Mayúscula cuando a principios de 1824 pudo leer:

“Ud. Maestro mío, cuánto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido Ud. mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo. Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló. Ud. fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa.”

Cómo no suponer que los ojos de Simón Rodríguez se desbordaron de lágrimas, que aquel anciano venerable y universal que Uslar Pietri nos retrató sabiamente en La Isla de Robinsón, al ver de nuevo de puño y letra la grafía de aquel niño llamado Simón que, ya convertido en Libertador, lo invitaba de nuevo al encuentro “de los cuadros, de los colosos, de los tesoros, de los secretos, de los prodigios que encierra y abarca esta soberbia Colombia”, por fuerza debió sentir un estremecimiento profundo.

Qué lección de vida la de estos hombres que mantuvieron viva la llama del recuerdo hacia quienes les iniciaron en la senda de la virtud y del conocimiento. Qué lección de humanidad para una Europa que no se atreve a dar el salto definitivo que la aleje de su condición de eterna promesa para un mundo en ruinas; para una América que doscientos años después de su emancipación formal mantiene las venas abiertas ante el saqueo propio y ajeno y tiene que ver cómo el nombre de quienes con mayor fe creyeron en su porvenir, es paseado por el florido barro de la demagogia.

Nobleza obliga. Gracias.

martes, 19 de enero de 2010

Juan Luis Cebrián: El pianista en el burdel

Que cada año se publiquen unos 60.000 títulos en España mientras los índices de lectura no nos dejan demasiado bien parados si nos comparamos con muchos de los países de nuestro entorno, es un dato que bien debería movernos a una reflexión. Que de esos miles de ejemplares sólo una ínfima parte llegue hasta los escaparates de las librerías y que de éstos no necesariamente los mejores se coloquen entre los más vendidos, es otra circunstancia que merecería un análisis no menos detallado. Que, mientras con frecuencia un puñado de obras menores concentran la atención de los lectores, verdaderas obras maestras puedan no ser nunca descubiertas por el gran público, incluso permanezcan por siempre –incapaces de penetrar en el círculo de hierro que traza la industria cultural- en el fondo de un cajón, es un pensamiento que tiene mucho de descorazonador.
Así, es justo asumir de inicio que el que un servidor dedique una fracción de su tiempo y un portal de literatura de su espacio a reseñar un título de una de esas escasas personas que en España no necesitan de publicidad extra para promocionar un libro, puede resultar un sinsentido. Muy pocos autores, como Juan Luis Cebrián, disponen de todo un grupo multimedia detrás para hacer de caja de resonancia, por no hablar de que el juicio que sobre la obra en cuestión aquí se emita difícilmente podrá influenciar en modo alguno sobre la repercusión que ésta alcance. Si éste fuese negativo, no serviría para destrozar una reputación (tampoco, para mi desgracia, ni yo soy Sartre ni él, posiblemente por suerte, el Mauriac al que el francés zarandeó (“Dios no es un artista; Mauriac tampoco”) con una demoledora crítica en la NRF); y si todo lo contrario, solo serviría para sumarse al coro de los aduladores a los que la mera enunciación de marcas como Santillana, Alfaguara, El País, Ser, Cuatro, etc, bastaría para borrar de su teclado cualquier combinación de palabras dirigidas a poner en solfa la solvencia ensayística de uno de los mayores gurús de la comunicación “global” en español.

Sin embargo, y al margen de otras consideraciones, lo que tenga que decir el que fuera fundador y primer director de El País y actual consejero delegado del grupo Prisa, sobre el estado del periodismo en la actualidad, tema central de El pianista en el burdel, debe interesar a todos aquellos que piensen, contra Chesterton, que este oficio consiste en algo más que en decir que ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo, no digamos a quienes, como en mi caso, nos ganamos mal que bien la vida en estos menesteres. Todo, a pesar de que quienes se acerquen a esta obra publicada por Galaxia-Gutenberg con la intención de escudriñar algún turbio secreto, acariciar alguna revelación trascendental o siquiera un pecadillo venial, no podrán salir más decepcionados de su lectura. De las controvertidas relaciones entre Cebrián (y todo su grupo) con el expresidente José María Aznar –que constituyen la parte más áspera del volumen- ya teníamos sobrada información (a Aznar lo define, por cierto, de un modo un poco deslucido para alguien que escribe novelas y ocupa un sillón en la RAE, como “el hombrecillo del bigote, con cara a lo Chaplin y alma de inquisidor” o “matarife de la libertad de expresión”), y no cabe decir nada diferente respecto de su evocación de los años de profesión bajo la Dictadura, junto a la narración del papel de la prensa durante la Transición, el capítulo más autobiográfico del libro y probablemente el que más pueda llamar la atención a un joven estudiante de periodismo nacido ya en democracia (aun cuando, terriblemente, algunas de las prácticas de los censores de la época no disten tanto de las que hoy aplican, a despecho del artículo 20 de la Constitución –ése que preside en punto de cruz sus despachos-, algunos directores de periódicos.
Lo que Cebrián consuma a lo largo de esta compilación de ensayos–en la línea de las Cartas a un joven poeta de Rilke, las Cartas a un joven novelista de Vargas Llosa o las propias Cartas a un joven periodista del autor de La agonía del dragón- es una lección, a menudo abstracta y con frecuencia cimentada sobre terrenos profusamente hollados-, sobre el oficio periodístico, que parecería dirigida a quienes se encuentran a punto de encaminar sus pasos hacia esta profesión y que por momentos se asemeja a aquellos libros que se les entregaban a los alumnos de último curso de bachillerato antes de elegir carrera.
El primer ensayo del libro está imbuido de este espíritu. La no demasiado original elección del “mito Watergate” no hace sino reforzar este esfuerzo divulgativo por enarbolar los grandes principios del periodismo (veracidad, independencia, libertad de expresión) haciéndolos reposar sobre un caso emblemático de nuestra época, conocido por todos pero al mismo tiempo impermeable al paso del tiempo, incluso se diría que revalorizado con los años de acuerdo al surco zigzagueante que la prensa, de un tiempo a esta parte, merced a las crecientes “presiones, manipulaciones y chantajes” debe sortear.

Porque si bien es cierto que El pianista en el burdel (título que, como es de sobra conocido, alude al célebre adagio periodístico) redunda en lugares comunes y clichés, está atravesado, y aquí reside su principal interés, por la sombra de una crisis que si bien no es nueva (sino que es consustancial a su propia génesis, como el propio autor se encargará de recordar) parece haber arreciado en los últimos años, tal vez porque ahora como en el siglo XVII, los ciudadanos siguen prefiriendo “la imaginación a la verdad a fin de que ésta no la disturbe demasiado”.

Las siempre agónicas relaciones entre la prensa y el poder instituido ocupan buena parte de las reflexiones que Cebrián nos brinda sobre el oficio, y en este sentido, aun cuando con frecuencia el autor se encarga de subrayar los principios éticos que deben servir de pórtico a todo aquel que ejerza la tarea de informar, cierto nihilismo invade la obra, como si a pesar de que resulta propio del periodismo el verse sometido a las andanadas de los políticos de turno, en tiempo reciente los medios hubieran entregado definitivamente la cuchara resignándose demasiadas veces a nadar “en las babas de la adulación”.

En este sentido, más allá de la autocrítica, no faltan las ásperas catilinarias contra el poder político, ni contra los gobiernos presuntamente democráticos que –resucitando el espíritu de los imprimátur de los antiguos periódicos- se encargan de premiar a sus amigos y castigar a los enemigos a su antojo a la hora de repartir el espectro radioeléctrico. Una revelación que debe de haberle dejado patidifuso.

Porque al fin y al cabo, Cebrián no oculta que junto a la administración de una propiedad pública (el derecho a la información) los directores de periódicos deben velar por otros intereses, esto es, “la continuidad de la empresa, los puestos de trabajo, la pervivencia misma de la tribuna que dirige”. Y los anuncios (a más concesiones, más anuncios y más influencia, no lo olvidemos), que las empresas e instituciones, sean públicas o privadas, insertan en función de la capacidad del contenido para atraer consumidores, “son fundamentales para financiar los medios de comunicación”, hasta el punto de que lejos de ser un “enemigo del sistema”, se convierten en su “aliado”. Acabáramos.

La profesión periodística, del mismo modo que –apunta Cebrián- “tiene a la vez un origen canalla y un pedigrí regio, características que la han acompañado durante toda su historia”, parece moverse entre la defensa de las libertades frente a los abusos de los que mandan y, en el extremo opuesto, la arbitrariedad y el desdén hacia los derechos de los ciudadanos. Sin embargo, “las cosas últimamente no han hecho sino empeorar”. Y así, junto a la extensa lista de amenazas que el autor de Francomoribundia se encarga de repasar, y entre las que figuran la abundancia de información (que no redunda automáticamente en “una mejor información”); la dificultad de discernir la línea que separa la propaganda del deber de informar; la invasión de la vida privada que no sólo la llamada prensa rosa perpetra; el empeño de algunos de “gobernar desde las páginas de los periódicos”; la degradación del concepto de periodismo como género literario particular análogo al ensayo, la novela o la obra de pensamiento, y por lo tanto su encanallamiento; la transformación de la información en mero ocio y entretenimiento; o que la rentabilidad de las empresas de comunicación termine solapando todo lo demás al grito de “todo vale”; aparece otro escollo que es de nuevo cuño: la avalancha digital, el cambio de paradigma de la información que internet ha propiciado y de manera específica, lo que Cebrián llama “los confidenciales” y que explica como “esa infinita pléyade de boletines en red que mezclan realidad y mentira, difamación y elogio, con una arbitrariedad impune”.
En este punto descubrimos cómo Cebrián va de pionero pero trasunta un miedo reverencial a los nuevos medios digitales, a los que observa con un indisimulado paternalismo y a los que parece querer exorcizar adhiriéndoles una etiqueta que, suponemos, el consejero delegado de Prisa no le colocaría a elpais.es (que no parece un “vertedero de estupideces e inmundicias”). No sabemos si aquí se erige en celoso defensor de las esencias del oficio, si la nostalgia por un pasado glorioso (esa época dorada (sic) que terminó con la concesión de las primeras emisoras privadas de televisión) le empaña la mirada o si es a través de la visión del que, al fin y al cabo, hace tiempo que colgó la pluma de periodista para erguir la calculadora del vendedor de diarios, por quien se pronuncia. El caso es que, a pesar de sostener en más de una ocasión que la cuestión fundamental no reside en el soporte de la información, sino en la información misma, incluso de cantar las alabanzas de lo que supone la convergencia entre textos, vídeo y audio dentro de un mercado global sin fronteras geográficas ni temporales, Cebrián se mueve con enorme incomodidad entre tanta ‘modernura’ y termina cayendo él mismo en aquello que pretende denunciar, mezclando lo serio con lo grotesco y, lo que es más preocupante, dejando pasar de largo una evidencia: que parte del mejor periodismo se hace ya hoy a través de plataformas digitales.

Informar con rigor, con objetividad, sin descuidar los intereses empresariales, poniendo coto a las intromisiones del poder político pero valiéndose de este mismo poder para aspirar a lograr o para consolidar una posición de liderazgo, y ser capaz a la vez de tomar partido ante los hechos que se le presentan, de dejar de lado la neutralidad y pronunciarse sin ambages sobre las grandes cuestiones de la actualidad, incluso a costa de poner en peligro esos mismos intereses… Esta conflictividad de valores que se da en las empresas periodísticas entre su supuesta razón de ser y la necesidad de generar riqueza es la que atraviesa la obra y nos da cuenta, por otra parte, del conflicto que padece el empresario/periodista. Lo que nos hace recordar aquél célebre caso, convertido en triste paradigma del carácter camaleónico de la prensa según qué circunstancias, que nos ilustra acerca de cómo fueron evolucionando los titulares de un periódico francés durante los días del destierro de Napoleón y su posterior retorno a París:

“El Monstruo se escapó de su destierro”.“El Tigre se ha mostrado en el terreno.
Las tropas avanzan para detener por todos lados su progreso”. “El Tirano está
ahora en Lyon. Cunde el temor en las calles por su aparición”. “El Usurpador
está a 60 horas de marcha de la capital”. “Bonaparte avanza con marcha forzada”.
“Napoleón llegará a los muros de París mañana”. “El Emperador está en
Fontainebleau”. “Su Majestad El Emperador hizo su entrada pública y llegó a las
Tullerias. Nada puede exceder la alegría universal ¡Viva el Imperio!”

Evidentemente, no queremos sugerir que éste sea un patrón recurrente ni que podamos aplicarlo a quien nos ocupa –por mucho que haya quien malintencionadamente juzgue como mágica la transformación de Cebrián de “periodista del Régimen” a “adalid de las libertades”- pero sus, por otra parte, razonables críticas, nos hacen cuestionarnos la legitimidad de los motivos que encierran. ¿O no es cierto que la propia empresa de la que el fundador de El País es consejero-delegado viene librando en los últimos años una descarnada lucha con el Gobierno por el control de la influencia mediática? ¿Podemos tener la certidumbre de que las penetrantes críticas a cierta política oficial de medios obedecen únicamente al deseo de denunciar una injusticia, la erosión de la libre competencia, o estamos llamados a pensar con no menos base que tal denuncia no refleja por encima de todo una airada defensa de los propios intereses en tiempos de especiales dificultades económicas?

El romanticismo de Cebrián se acaba con la Transición, la bohemia del oficio termina sepultada cuando los censores oficiales del régimen ceden el testigo a la plural dictadura del mercado. Y si bien la influencia de los periódicos, tal y como los hemos conocido, “toca a su fin” (el propio Napoleón, por seguir con el personaje, afirmaba temer más a tres diarios que a mil bayonetas) no es menos cierto que el papel de las grandes empresas en cuya estructura se integran, sigue siendo decisivo para el transitar de nuestras sociedades democráticas. La devoción y el negocio vuelven a imbricarse en este punto y terminan de configurar un ideario en el que lo local y lo global (lo “glocal”, como lo acuñara Roland Robertson) se funden en aras de la propia supervivencia. El castellano, como idioma que une a cuatrocientos millones de personas en el mundo, se convierte así en una extraordinaria oportunidad para afrontar la dispersión de la era digital y los escasos márgenes económicos con los que trabaja el nuevo periodismo. La concentración se convierte en una verdadera necesidad. El paso de “independiente” a “global” de la cabecera de El País está más que justificado.

En el fondo, doscientas páginas después sigue en pie una constatación, que los burdeles siguen siendo más respetables que las propias redacciones de los diarios. O que hay formas más dignas de prostituirse que otras. A este triste certificado hay que sumar el hecho de que terminamos obteniendo razones más que convincentes para poner en cuarentena las palabras de Sami Naïr, director de la colección, en su prólogo. Allí donde dice, refiriéndose al autor: “Pero lo que no se puede discutir, porque es indiscutible, es que será siempre una gran voz libre de la España democrática”. Dejémoslo en “gran voz”; lo de “libre” es harina de otro costal. Que nadie se rasgue las vestiduras. No podría ser de otra forma.
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Publicado en literaturas.com

jueves, 14 de enero de 2010

Solidaridad


Después de enterarme de que Brad y Angelina se solidarizaban con Haití, me he quedado mucho más tranquilo. Dónde va a parar. Consuela conocer que aunque los españoles somos supersuper solidarios, también hay otras personas en el ancho mundo con una irresistible tendencia hacia la filantropía. Además, quién no se conmovería ante la devastación de ese auténtico paraíso polinésico, de playas cálidas, aguas cristalinas y unos resorts del auténtico carajo que, para más inri, dejó inmortalizado el genial Van Gogh. Gauguin. ¿Cómo? Gauguin. ¿El de la oreja cortada? No, ése es Van Gogh. Ah. Y por cierto, te estás refiriendo a Tahití, darling. Ah, ok.

Como en tantas ocasiones, ha tenido que llegar la catástrofe para que el ojo de Mordor de la información dirija su foco hacia un país instalado en la miseria. Oye, cómo era la mora esa que hizo una huelga de hambre por algo del Sáhara o ajín. Heidegger, me parece. Eso, eso. Y, esos otros, los negritos, vaya, ¿seguirán matándose a machetazos? Qué va, algo dirían en la tele. Pues tienes razón Angelina, cómo se nota que vienes de familia de diaristas.

La historia de Haití, por desgracia, no tiene nada de original. Desde que hace 206 años, el general Jean Jacques Dessalines proclamara la independencia afirmando que el Acta de constitución hubiera debido escribirse sobre el pergamino de la piel de un blanco, el viaje de la excolonia francesa ha sido un perpetuo transitar entre los diferentes círculos del infierno. La corrupción, el despotismo, los golpes de Estado, las catástrofes naturales, una voraz deforestación que ha arrasado con el 98% de la superficie arbórea han llevado a la parte oriental de la antigua La Española a engrosar la parte de cola dentro del Índice de Desarrollo Humano: estremecedor pensar, a la vista de los datos y de las imágenes, cómo deben vivir los ciudadanos de alguno de los 27 países que aún se encuentran por debajo.

Sin embargo, los índices estadísticos no expresan demasiado. Es sabido que hay millones de pobres en el mundo, decenas de Estados fallidos, numerosos gobiernos cleptocráticos que actúan incluso con la connivencia de Occidente, de aquella parte del mundo cuyos habitantes ahora se encandalizan diciéndose pero cómo podían vivir ajín y a los que su clase política trata de consolar -haciendo gala de su elevada moral- haciendo llegar aviones con todo aquello que, igual no se habían dado cuenta, ya necesitaban antes del desastre: comida, medicinas, consuelo.

Ahora, desde las entrañas mismas de la tierra ha partido un grito que ha dado la vuelta al mundo, nada que ver con los gemidos apenas perceptibles para la comunidad internacional que le han reportado al país su interminable nómina de asesinatos, saqueos, invasiones y demás desastres “naturales” y que lo mantienen sumido en la extrema pobreza, sino de ese tipo cutre y sin brillo que no vende, que no da juego, que no convoca la atención ni de un maldito free lance por falta de compradores.

La espera, sin embargo, ha merecido la pena. En Japón un terremoto así habría sido casi inocuo. Aquí, sin embargo, podemos disfrutar de filas de cadáveres en las aceras, de estremecedoras brigadas caninas y, sobre todo, de la mirada de esa niña saliendo de entre los escombros que se te queda pegada como una costra en el alma.

Todo, pues, preparado. Solo falta que JorgeJavi y la madre de Andreíta preparen una edición especial de su programa desde las ruinas. Por Haití lo que haga falta.

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Recomendamos:
"Haití, de la catástrofe a la hecatombe" (fronterad)

viernes, 8 de enero de 2010

Camus: un homenaje sartreano

Había de ser quien más furibundamente lo había atacado, el que terminara haciéndole su mayor epitafio. “Llamo escándalo al accidente que mató a Camus”, escribía Jean-Paul Satre días después de que todo se hubiese "absurdamente" consumado -"No conozco nada mas idiota que morir en un accidente de auto", había dicho Camus en referencia a la muy reciente perdida de Fausto Coppi-, aquel 4 de enero de 1960.

Atrás quedaba, como un mal sueño, enterrado entre el dolor y la culpa, el escándalo de su público distanciamiento cuando, ocho años antes, el argelino inauguraba con la publicación de El hombre rebelde, con permiso de Husserl y Heidegger, la más agria y desasosegante polémica intelectual del siglo XX.

El detonante, de sobra conocido, fue la implacable denuncia que Camus efectuaba de los campos de concentración en la URSS, que venía a considerar como una consecuencia lógica e inevitable del marxismo que había nutrido el pensamiento y la praxis revolucionarios. Sartre, tras fracasar en su empeño de emprender una tercera vía entre los dos bloques antagónicos que se disputaban la hegemonía mundial (capitalismo y socialismo), había terminado asumiendo, con matices, las tesis de los comunistas, de ahí que el ensayo de su amigo, que no admitía posibilismos de ningún tipo y que fue ampliamente elogiado por la prensa conservadora, fuera considerado como una bofetada en pleno rostro.

Pero, más allá de las irreconciliabes discrepancias de fondo, la secuencia de los hechos terminó provocando una separación a la que solo la muerte del autor de El extranjero, pondría fin.

A Camus le enfureció que Sartre delegara en un joven marxista, Francis Jeanson, la labor de refutar sus postulados en Les Temps Modernes y su airada respuesta al director de la publicación, terminó provocando la intervención del parisino. “Querido Camus: Nuestra amistad no ha sido fácil, pero la echaré de menos”. Así comenzaba Sartre un escrito plagado de ataques personales en el que vapuleaba a su viejo amigo. La furia, teñida de decepción pero no por ello menos inclemente, del autor de El ser y la nada zanjaría la disputa y haría imposible la reconciliación. Sartre se burló del argelino, ridiculizó sus orígenes modestos, con paternal suficiencia le tildó de frívolo, lo alineó en el bando de los reaccionarios y, lo que era más cruel, trató de desacreditar su competencia filosófica acusando su pensamiento de vago y trivial, cimentado en lecturas de segunda mano, carente de rigor y profundidad.

Ni asomo del reconocimiento recíproco, de los elogios, las colaboraciones, la complicidad, las fraternales francachelas de los buenos tiempos. Camus fue “probablemente el último buen amigo” le diría Sartre a Michel Contat. Pero un resentimiento larvado se había ido fraguando en el alma de los dos grandes hombres. Al principio, en forma de minúsculas diferencias, más tarde incluso a través de algún lío de faldas.

Hasta que estalló. (Salen. Silencio).

Sin embargo, ninguno de los dos podría romper el vínculo. Mientras Camus “se paseaba por la casa como un toro herido”, Sartre no le quitaba ojo. Era incapaz, como reconocía en su homenaje póstumo, de evitar “pensar en él, sentir su mirada fija sobre la página del libro o del diario que él leía, y preguntarme “¿Qué dirá de esto? ¿Qué dirá de esto, ahora?”

Loando “la existencia del hecho moral, contra los maquiavélicos, contra el becerro de oro del realismo”, ¿contra sí mismo?, Sartre reconocía su derrota. Se liberaba así de la pesada carga que había arrostrado y preparaba de paso su coartada para el gran juicio de la Historia.
Decididamente, era mejor tener razón con Camus...
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Acceder a polémica completa aquí.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Gandhi, Mandela, Haidar...

Navidad en El Aaiún. Haidar ha regresado a su casa e intenta recuperarse de las secuelas provocadas por su última huelga de hambre. Sin embargo el asedio continúa. Denuncia estar bajo arresto domiciliario. “Es nuestra Mandela, nuestra Gandhi”, dice a Reuters Gani Minatu, de 37 años, mientras hace un te en su jaima del campo de refugiados. ¿Pero cuánto hay de cierto en tal afirmación? ¿Es posible tal equiparación o resulta desproporcionada? Veamos.

Gandhi

La “politización del ayuno” se la debemos a Mohandas Gandhi. Concebida al inicio como una forma de mortificación, dentro de la combinación de hinduismo, cristianismo y mahometanismo que configuró su doctrina, la huelga de hambre se convirtió para el líder nacionalista indio en un arma política de primera magnitud, hasta el punto de que la posibilidad de que uno de esos ayunos le condujera a la muerte podía modificar el curso político de todo el subcontinente.


La historia es sobradamente conocida. Descendiente de comerciantes y después de haber transitado por una época de gentleman (vestía a la inglesa e incluso había ayudado a crear el Cuerpo Indio de Ambulancias durante la guerra entre los británicos y los bóers), Gandhi, que por aquel entonces vivía su periplo sudafricano, influenciado por lecturas como la crítica del capitalismo de John Ruskin, comenzó a llevar una vida comunitaria que sentaría las bases de su gran ideal: ver una India independiente organizada en torno a miles de pequeñas aldeas tolstoianas autogestionadas de modo cooperativista.

Inmediatamente, para lograr su objetivo adoptaría los métodos de la resistencia pasiva y la no violencia, base de su concepción de la desobediencia civil, y como líder espiritual y cabeza visible del Partido del Congreso Nacional Indio –puesto que cedería al, a la postre, primer presidente Jawaharlal Nehru- se entregó en cuerpo y alma, a través de la práctica de la no cooperación, a luchar por la emancipación de su país.

Por el camino, Gandhi puso su vida en peligro innumerables veces. Desde la cárcel se enteró de la muerte de su esposa Kasturbhai, también en prisión, y él mismo sería finalmente asesinado, por un miembro de un grupo extremista hindú.

A esas alturas, el país era ya un estado soberano y se había producido, pese a los denodados esfuerzos de Gandhi por evitarlo y en medio de un baño de sangre, la separación de Pakistán. Y pese a todo, medio siglo después sigue vibrando su mensaje, resonando contra el espíritu de los tiempos en nuestra cabeza palabras como las que antes de iniciar su célebre “marcha de la sal” pronunció ante miles de sus seguidores: “Un Satyagrahi [el que abraza la verdad, en sánscrito], esté libre o en prisión, siempre se alza victorioso. Sólo se le vence cuando renuncia a la verdad y a la no violencia, y hace oídos sordos a la voz de su interior”.

Mandela

El Congreso Nacional Africano (CNA) se había inspirado desde sus orígenes en el método de la no violencia de Gandhi (de hecho Mahatma, “gran alma”, se había curtido en Sudáfrica cuando solo era un joven abogado que llegó a estar cuatro veces entre rejas por defender los derechos de los emigrantes indios), pero ante la escasez de resultados –que al contrario solo habían producido una legislación más represiva, como la que prohibía los matrimonios mixtos o institucionalizaba los guetos- decidieron dar un paso más, rozando la fina línea que separa el sabotaje del terrorismo. Sin embargo, Nelson Mandela, líder del movimiento, sabía sobradamente que de desencadenar una guerra civil “la paz racial sería más difícil de lograr que nunca”.


En la Carta de la Libertad, verdadero credo del nacionalismo africano, y a pesar de la crueldad de los afrikaaners en el poder y su dogma de la supremacía blanca, así lo apuntaba: “África del Sur pertenece a todos los que viven en ella, a los blancos y a los negros, y ningún gobierno puede pretender el ejercicio del poder si no lo recibe de la voluntad de todos”.

De ahí que nada tuviera de casual que Mandela sacase a colación este documento programático en su histórica intervención del 20 de abril de 1964 durante el llamado “juicio de Rivonia”, y a resultas del cual el líder sudafricano, en compañía de otros ocho miembros del Alto Mando Nacional del Umkhonto we Sizwe, sería condenado por traición y conspiración.

También el líder africano, como Gandhi antes, como Haidar más tarde, pudo decir que éste -la lucha por la libertad, en su caso la lucha contra la dominación blanca y también contra la dominación negra-, “es un ideal por el que estoy dispuesto a morir”. Así, como recogería décadas más tarde en su biografía, siendo ya presidente de Sudáfrica, no le preocupaba salir bien librado del juicio, sino considerarlo como una plataforma extraordinaria para la difusión de sus ideas. Su defensa no era legal. Como primer abogado negro en la historia sudafricana, sabía que en ese terreno su derrota era segura. Su batalla era moral. Y para hacerla efectiva no estaba dispuesto, en contra de las advertencias de su abogado, a recortar una coma de su declaración.

El preso 46664, denominación con la que quisieron enterrarlo en vida sus represores, al estilo de los nazis en los campos de concentración, permaneció 26 años confinado en la prisión de Robben Island. Pero, al final triunfó. Y Nelson Rolihlahla Mandela, Nelson “el alborotador” –como resulta de la traducción de su segundo nombre del xhosa”-, convertido en símbolo de la resistencia de un pueblo que, como tantos otros, tuvo que someterse a la siniestra herida que le imprimieron las aventuras coloniales de las grandes potencias europeas de finales del siglo XIX, pudo, como los berlineses tres meses antes, romper su muro.

Haidar…

Si esto fuera un cuento y no la breve crónica de una epopeya en tres actos, podríamos empezar este último apartado diciendo: muchos años después, a siete mil kilómetros al noroeste de Johannesburgo… Pero, como digo, la situación de Aminetu Haidar y de su pueblo poco tienen en común con cualquier narración infantil, entre otras cosas, porque no sabemos aún el signo que tomará su desenlace, si los saharauis podrán algún días ser felices y comer perdices o, por lo menos, alcanzar la libertad que les permita aspirar a consumar tal sueño.


Tras la apresurada marcha de España, potencia colonizadora del territorio, con la firma de los Acuerdos de Madrid con Marruecos y Mauritania, el Sáhara Occidental entró en una especie de limbo. Oficialmente, se trataba de un territorio no autónomo bajo la supervisión del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, pero de facto su suelo se encuentra ocupado casi en su totalidad por Marruecos, a excepción de la franja que controla la autoproclamada República Árabe Saharaui Democrática, a la que no reconoce la ONU pero sí 46 países del mundo, entre ellos Sudáfrica, por un compromiso personal del líder del CNA Nelson Mandela con el movimiento nacional saharaui en tiempos en el que ambas organizaciones luchaban por la independencia de sus respectivos países.

Evidentemente, los tres casos mencionados presentan grandes diferencias entre sí y resultaría temerario por mi parte intentar equipararlos. Pero también nos permiten establecer notables similitudes.

Por un lado, tanto Gandhi como Mandela o Haidar, son líderes nacionalistas, pero en un sentido bien distinto al que se le suele dar a este calificativo en la actualidad. Su carácter ‘nacional’ entronca con el sentido que la Carta de las Naciones Unidas –y más concretamente la resolución 1514 aprobada años más tarde por el organismo internacional- transfería a los pueblos que luchaban por su autodeterminación, que trataban de este modo de librarse de las cadenas con que les atenazaba su herencia colonial.

Además, las tres figuras se han convertido en símbolo de las respectivas luchas de sus pueblos y, de manera general, de la batalla universal que en todos los tiempos los más débiles han debido librar frente a un poder que los oprimía, negándoles esos derechos que esos mismos se arrogan. En este sentido, su carisma es indiscutible. Tan grande como su fortaleza y convicción, que algunos confunden con terca obstinación.

Sin embargo, a diferencia de los anteriores, la historia de Haidar está aún por escribirse. O mejor dicho, ella misma la está escribiendo agónicamente en estos momentos. Por eso, conviene distanciarse de los hechos y asumir de una vez por todas que la batalla de Haidar, como la de Mandela en su día, no es legal, sino moral. Que su caso revela una injusticia que, además, frente a los dos casos anteriores -que, de algún modo, obedecen a fenómenos que llamaremos “epocales” (en el marco de la descolonización británica, el primero, de la superación del racismo institucionalizado, el segundo)- parece irremediablemente relegada a un callejón sin salida.

La ‘cuestión saharaui’ es un anacronismo -como lo son, por motivos diferentes, el comunismo en Cuba o Corea del norte, o el terrorismo abertzale-, una asignatura pendiente de la que han corrido todas las convocatorias, abandonada a su suerte –o lo que es peor, a Marruecos, convertida en “cuestión de honor”-, dejada fuera de programa.

Su regreso a El Aaiún supone una victoria simbólica. La victoria de la vida y de la diplomacia. Sin embargo, en solo unos días –si no lo ha hecho ya- la cuestión del Sáhara Occidental volverá previsiblemente a situarse fuera de plano, borrada de una agenda en la que vagamente una vez figuró, escrita a lápiz y en un margen. Pero, no importa, o mucho nos equivocamos, o Haidar, como aquellos infatigables luchadores por la libertad de los que hemos hablado, volverá a golpear nuestras conciencias en el momento menos pensado.

Contra la enfermedad del olvido, la medicina de un compromiso inquebrantable.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Identidades

Pilar Bardem no quiere que la identifiquen con los de ‘la ceja’. Los socialistas catalanes tampoco quieren ahora que los identifiquen con quienes quieren prohibir los toros en la comunidad. A Pajín le incomoda que la identifiquen con los marroquíes (y también con los saharauis). Al reformador Obama no hay nada que le ponga más nervioso, aparte de que lo premien por nada y deba leer un discurso para justificarlo, que lo identifiquen con un comunista. Muy pronto, los empresarios españoles no querrán que los identifiquen con su presidente, Díaz Ferrán. Y hace tiempo que al viento dejó de interesarle que lo identificaran con quienes pronuncian su nombre en vano.

Probablemente, a Abdoulaye Coulibaly, también le gustaría no tener que ser identificado como negro ni albino. Al menos, como una de las dos cosas, aunque no cabe duda de que siendo moreno de pelo y blanco de piel (justo lo contrario) le habría ido mucho mejor. Coulibaly, malí de 22 años, acaba de ser acogido como refugiado en nuestro país. En abril, un cayuco lo dejó a las costas de Tenerife mientras huía de la sanguinaria superstición que persigue en muchos lugares de África a los negros albinos, quienes resultan una víctima propiciatoria en los rituales de brujería.

A diferencia del personaje protagonista de La mancha humana de Philip Roth, al joven le resultó imposible ocultar su identidad. Coleman Silk sí pudo esconder durante toda una vida que no era negro, aunque el destino -también Edipo quiso huir de la maldición que sobre los lacedemonios pesaba, sin éxito- le tuviera reservada una siniestra broma. Por eso, el “intachable” Silk tuvo que ver cómo su vida se desmoronaba por un simple comentario inocente, por comparar la ausencia reiterada de dos alumnos con un “humo negro” que se desvanece. Arruinado por una metáfora: la del negro que no quería ser negro que llamó “negro” sin saberlo a dos alumnos. Irónico. Absurdo. Y a la vez, terrible.

Entre la reafirmación identitaria, y la carga que supone muchas veces ser lo que somos, nacer donde hemos nacido, orinar sentado o de pie, se nos va la vida. Los hay que se inmolan en nombre de Alá y las que lo darían todo por poder pasear por la calle sin cargar con el peso de un velo y de una mancha inexistente. Nuestras identidades nos definen, pero no deberían sellar nuestro destino. Al fin y al cabo, si Pélope extendió sobre la casta de Layo su condena fue porque éste había violado a su hijo Crisipo. Pero, qué culpa tiene nadie de haber nacido negro, mujer, homosexual, chií, zurdo, albino…

Sin embargo, en el pulso que libran los fanáticos de la identidad con los defensores del universalismo ilustrado, los primeros tienen todas las de ganar. Claro que es imposible vivir sin ancla, en el desarraigo, sobrevolando las cosas sin tocarlas. En el fondo, Kant era un tipo de pueblo, en el alma de Borges sonaba un tango y no sería concebible el cine de Woody Allen -incluso cuando rueda en Europa- sin la alargada sombra que proyectan los rascacielos de Manhattan. Amin Maalouf, que acaba de dedicar su último libro a estos “desajustes” planetarios, no renuncia a su parte árabe, lo que no impide que, como Amos Oz -que tampoco lamenta ser judío-, hable desde el sentido común, tendiendo puentes entre culturas y “civilizaciones”.

Saben, como Stefan Zweig, que todo carné de identidad tiene algo de perverso, que es la legitimación de una derrota.

 
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