viernes, 19 de marzo de 2010

La sombra

Todo empezó, como tantas otras cosas, en aquella mesa de la Facultad. “Algunas veces tuve que dejar de aprender para ir a la escuela”, dijo Bernard Shaw, y con el tiempo siempre asociaría este pensamiento a aquel periodo de mi vida en el que le tomé alergia a las aulas (quizá, por contrapartida, también por entonces contraje un asma que ya siempre me acompañaría) y decidí convertir mi estancia en la universidad en una tertulia continua interrumpida únicamente por los periodos de exámenes y las subsiguientes vacaciones (vacaciones, claro que tenía que pasarme estudiando).

Fue Delibes, claro, pero también la música de Madredeus o Portishead, fue Tierra y libertad y Picasso, las casettes del viejo Bob, fueron los debates sobre todo lo debatible, incluyendo los temas más peregrinos (¿con quién te irías de cervezas: con Gascoigne, McManaman o Cantona?, ¿ha llegado el momento de hacerse ‘gabacho’ después de que Aznar haya ganado las elecciones?, ¿se pronuncia Rimbó o Rambó el poeta?) y otras muchas cosas, a las que nos entregábamos, todos en el fondo tan diferentes, con idéntica pasión.

Sí. Todo empezó allí. Café a setenta pesetas, bocatas de tortilla con mahonesa, morosidad y humo, mucho humo: Chester, Camel y sobre todo el Ducados del “maestro Javier”. Precisamente fue éste, seguramente golpeando el cigarrillo sobre la mesa en un gesto de otro tiempo, quien me habló por primera vez de La sombra del ciprés es alargada, la primera novela de Delibes, aquella que le valió el Nadal al de Valladolid, el mismo que con el tiempo observaría este estreno, con distanciamiento, como un fruto inmaduro de juventud. Pero, para nosotros, siempre sería algo más. La sombra, como la llamábamos de forma abreviada se convirtió en una especie de código reservado a unos iniciados, integrantes de un club del que éramos miembros permanentes y que operaba con diurnidad y alevosía mientras la mayoría de nuestros compañeros (y, a pesar de todo, algunos de ellos amigos), se encargaban de tomar los apuntes con los que, a última hora, intentaríamos la machada de alcanzar el aprobado.

La terrible historia de aquel chico llamado Pedro al que la vida, a base de arrebatarle a sus seres más queridos, le sumió en un pozo de pesimismo y desesperanza, me introdujo en la obra de uno de esos autores que se te quedan incrustados. Durante un periodo visité mucho a Delibes. El camino, El príncipe destronado, Cinco horas con Mario, Los santos inocentes, La hoja roja, Mujer de rojo sobre fondo gris… No creo haber leído jamás de manera tan continuada a un mismo autor. Después, algo ocurrió. No sé bien qué. El caso es que eché a Delibes en el olvido. O eso creí. Por entonces descubría a los grandes maestros hispanoamericanos del siglo XX y puede que la cautivadora y por momentos exuberante lectura de Asturias, Carpentier, Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez, Borges, Sábato, Uslar Pietri…, a la que me entregué -con esa implacable certidumbre que quizá solo los jóvenes son capaces de albergar- como un poseso, me hiciera relegar la árida meseta castellana, aquella España negra y triste que Delibes retrataba con vívida precisión. Había cambiado al sucio y desdentado Azarías por la virginal Amaranta.

Con la desaparición hace unos días del escritor, todo eso ha vuelto. Y a la tristeza por su desaparición física le ha seguido un golpe de nostalgia. Entonces, he recordado qué significó para mí La sombra y cuánto tengo que agradecer el haber llegado hasta aquel libro sentado a esa mesa corrientucha transformada en particular ágora. En una Ávila a la que regreso, años después, con alguna esperanza intacta en el bolsillo.

viernes, 12 de marzo de 2010

Rivalidad

En octubre de 2009 Depeche Mode desembarcaba en Perú para presentar su ‘Tour of the Universe’ ante miles de incondicionales. Cuentan las crónicas que el concierto no defraudó en lo que al aspecto musical se refiere, pero muchos de los asistentes no olvidarán aquella visita por un lapsus que cometió el cantante del grupo, Dave Gahan, quien profirió un sentido “Thank you very much Chile” en mitad de la actuación. No era, claro, la primera vez en la que un artista subido a un escenario tiene un desliz de este tipo. Las interminables y frenéticas giras a las que se ven sometidos muchos músicos les llevan con frecuencia a no saber ya ni dónde demonios se encuentran, confundiendo ciudades y países y dudando ya hasta en qué idioma deben dar las gracias a su público en ese guiño local que todos aguardan. Tampoco era la primera vez que esto ocurría en Perú. Cuentan que una tal Mayte, integrante de la banda mexicana juvenil RBD también dijo en Lima: “¡Que viva Chile!”, cometiendo un error que la moza atribuyó humildemente a su desconocimiento en geografía. Inculta pero sincera, oye.

Pero, lo que convierte a estos casos en especialmente significativos es el hecho de que los dos países sudamericanos sigan manteniendo en la actualidad una rivalidad que se remonta a su propio origen como naciones soberanas y que, a pesar de ser menos conocida, alcanza proporciones muy superiores a la que pudieran mantener las dos grandes potencias del cono sur, Argentina y Brasil, especialmente alimentada por su disputa del cetro futbolístico mundial.

Aunque las desavenencias comenzaron antes, el episodio principal de este historial de desencuentros, fue la llamada Guerra del Pacífico que ambos países libraron entre 1879-1883 y que constituye, como ha señalado algún historiador, “la experiencia traumática por excelencia de la historia peruana moderna”. Chile, granero de la poderosa Lima en tiempos de la Conquista, demostró entonces su superioridad bélica y pudo apropiarse de extensos territorios salitreros. La humillación fue absoluta al ocupar sus tropas la capital, y saquear diversas zonas del norte peruano. Este episodio, que podría sonar a cosa polvorienta y olvidada, ha sobrevolado las relaciones entre los dos países, que no han desaprovechado ninguna oportunidad para expresar sus desavenencias. Así, hace algunos años, el conflicto llegaba al ciberespacio, después de que piratas informáticos de ambos países alteraran webs gubernamentales con mensajes nacionalistas que iban desde la reclamación de mares territoriales a la calidad de los respectivos cebiche y pisco patrios. Y solo unos meses atrás, una encuesta elaborada en plena disputa legal por el mar que vio las luchas de Grau y Prat, revelaba que uno de cada tres peruanos creía que Chile se rearmaba para atacarlos.

Evidentemente, no todos sienten con igual pasión esta traumática relación que, dicho sea de paso, con frecuencia ha sido utilizada por los políticos, especialmente al norte, para ganar un puñado de votos inflamando las pretensiones patrias. De hecho, incluso últimamente se han creado grupos en Facebook que piden acabar con esta estéril rivalidad, pero ha sido el reciente terremoto de Chile el que nos ha proporcionado la mejor prueba de que tal vez la enquistada enemistad entre los dos vecinos esté menguando.

Cuando hace uno días muchos peruanos pudieron leer en periódicos como El Comercio de Lima un anuncio del gobierno chileno dando las gracias a Perú “Por compartir con nosotros el dolor y ayudar a levantar nuestra esperanza”, tuvieron que pensar aquello de “qué vueltas que da la vida”.

A menudo se dice que pocas cosas unen tanto a dos rivales como el odio a un tercero común. Pero, quizá, no pueda menos la sencilla solidaridad ante el dolor profundo del otro.

viernes, 5 de marzo de 2010

Perversiones

[Para el filósofo Francis Wolf prohibir los toros "provocaría una anomalía biológica". Según el profesor francés matar el toro, siempre que se haga "en combate" y "en consonancia con su bravura", es un "destino" que "la mayoría de especies envidiarían". Al fin y al cabo, como se aprecia en las imágenes el animal "muere con respeto, no abatido como un trozo de carne"]


Hay algo esencialmente perverso en el hecho de acusar a los ecologistas en general, y a los antitaurinos en particular, de ser los responsables de la desaparición del toro bravo en caso de que las corridas sean prohibidas.


Perverso y demagógico (aunque no sé si tanto como situar el debate en el terreno de la libertad, como hace algún pretendido filósofo cegado por sus pasiones) y, por supuesto, irracional, si el factor que se esgrime como propósito de la pervivencia de una determinada especie es el de servir como objeto de tortura pública. El toreo podrá ser un arte para el que lo practica, o para el que es capaz de sentir un verdadero placer al contemplar una ceremonia en la que un animal en inferioridad –de manera muy ceremoniosa, eso sí- es conducido en el 99,99% de las veces, previo ensañamiento, hasta la muerte. Pero, desde luego, no puede ser más que una práctica sangrienta para quienes, por encima de cualquier otra consideración (histórica, artística, económica e incluso conservacionista) no vemos ahí más que un acto de barbarie que, más que al morlaco, es al propio ser humano, como animal dotado de razón, al que humilla. El alto grado de sofisticación de la “fiesta”, el halo trágico con el que pretenden envolverla sus defensores, la perseguida plasticidad de las modernas retransmisiones televisivas no puede ocultar que lo que en una plaza se consuma es un acto de elemental sadismo. Y si desaparece la especie, oiga, que lo haga. Guardemos los genes en un frasco y esperemos a que un hombre futuro más evolucionado pueda permitirse convivir con los toros sin tener que vender entradas para ver cómo lo saetean hasta morir.


Hay algo perverso en escuchar a un actor (o a un político de pueblo) defender la dictadura en Cuba. Sobre todo cuando su conocimiento de la isla se limita al que los prohombres del régimen le han trasladado y él se encuentra a 7.000 kilómetros de distancia viviendo bajo un régimen de libertades del que disfrutar con un buen sueldo garantizado. Esta solidaridad de salón es abracadabrante, pero no resulta menos perverso y maniqueo descubrir cómo algunos se tiran al cuello de todo aquel que justifica los logros (que los hubo) del régimen comunista y se encargan de pintar un retrato de la Cuba anterior a la Revolución como un paraíso en la tierra. La tragedia de la patria de José Martí -aquel que dijo que “la libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada de sangre”- es que nunca ha sido libre. Primero fueron los españoles, después los estadounidenses y ahora Fidel. Y lo más triste de todo es que en estos cuatro últimos siglos probablemente nunca hayan estado mejor. ¿Estoy justificando el actual régimen? No, solo constato que para la mayoría de quienes opinan sobre este asunto, el país caribeño no ha dejado nunca de ser un botín con el que, bien llenar sus alforjas, o bien seguir alimentando una ideología caduca. En el fondo, pocos parecen querer sinceramente una Cuba libre, democrática y, sobre todo, soberana.


Hay algo perverso y nauseabundo en ver al abuelo de Marta del Castillo rebuscando en la maleza los restos de su nieta; en contemplar a la clase política española disputándose un puñado de votos cuando el país se viene abajo; en que los bancos te digan que esto lo sacamos adelante “entre todos”; en que los medios de comunicación terminen reducidos a meros servicios externalizados del poder político .


Claro, que todo lo anterior me puede parecer perverso a mí -pensarán quienes no estén de acuerdo- porque soy catalanista, comunista y liberal, andaluz y, en el fondo, un descreído. Todo a la vez.


Más que perverso, un depravado.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Las profecías literarias de Huxley en el año 101 d.F.

Hace ya unos años que mi compañero de trabajo y amigo Francisco Gálvez me invitaba a escribir unas palabras que sirvieran de pórtico a su libro Crónicas de Un mundo feliz, con el que recopilaba algunos de sus artículos publicados hasta entonces en el semanario El Avance. Ese breve prólogo al final terminó engordando hasta alcanzar unas decenas de páginas que Paco, felizmente para mí, tuvo la amabilidad de no recortar. Allí, al tiempo que trataba de "explicar" algunas de las líneas y resortes de los que se servía el autor en su colaboración semanal traté, aunque de forma superficial, de asomarme, sirviéndome del nombre de la columna -que no escondía su paternidad huxleyana- y alentado por las propias reflexiones del articulista, a algunas de las tristes paradojas de nuestro tiempo.

Aquel escrito tenía un fin muy concreto: la introducción a una serie de artículos bajo los que subyacía una mirada sobre la realidad bien definida, la del autor. Y a esa tarea me dediqué no sé si con mayor o menor acierto. Pero a la vez, me permitió bucear en algunos temas, libros y autores que desde hacía años habían despertado mi curiosidad, de tal modo que decidí perseguir algunos rastros con la intención de buscar una respuesta a la cuestión que más me había preocupado mientras preparaba el prólogo. ¿Vivimos ya hoy en El mundo feliz que Huxley nos pintó, o podemos al menos esperarlo a la vuelta de la esquina? Dicho de otro modo, ¿fue Huxley el visionario que muchos 'opinadores' se encargan de señalar?

El resultado provisional de esa búsqueda (pues mucho me temo que habrá que seguir indagando) acaba de aparecer publicado en la revista mexicana Destiempos bajo el título "Las profecías literarias de Huxley en el año 101 d.F". Aunque matizo que, como terminé el artículo hace unos meses, ahora habría que añadirle un añito a la fecha. Pueden acceder al artículo completo en el siguiente enlace (a pesar de mi habitual prodigalidad aviso de que no es demasiado extenso).

viernes, 26 de febrero de 2010

El bibliópato

[Maria Helena Vieira da Silva, "Biblioteca", 1949]

Un cura aficionado a las líneas eróticas, las webs pornográficas y los burdeles; un presidente de comunidad que asegura disponer solo de 900 euros en su cuenta corriente; un cantante
macarra y viceversa que la monta en la gala para elegir al candidato a Eurovisión y un presidente del ente público que asegura que la próxima vez pondrán un “filtro” más exigente (¿como el que pasaron David Civera, Azúcar Moreno, el cansino ése de La casa azul?)… La semana avanzaba sin sobresaltos cuando, de pronto, me topo con el siguiente titular: “Bibliópato en serie”. ¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es Julien Bogousslavsky, un eminente neurólogo radicado en Lausana y su patología, coleccionar libros raros, eso sí, con cargo al hospital donde trabajaba. Ay.

Al decir “raros” no me refiero a que tuvieran títulos como ¿Cuán verdes eran los nazis?, Sadismo Oral y la Personalidad Vegetariana, o Los carros de compra perdidos del Este de Norteamérica: Guía para su identificación empírica (obras que, por cierto, existen), sino que resultan valiosos por su exclusividad, que los convierten en verdaderas piezas de colección, en joyas bibliográficas únicas.

Bogousslavsky (que, aclaro, es solo el apellido de nuestro protagonista y no el nombre de ninguna de las técnicas eugenésicas que describe Huxley en Un mundo feliz) logró desviar de la institución con camino a sus estanterías más de tres millones y medio de euros, con los que adquirió los Poemas de Mallarmé ilustrados por Matisse, La chanson complète de Paul Eluard ilustrada por Marx Ernst o un rarísimo ejemplar de La Guerra Universal de Alexeï Kroutchenykh en colaboración con Olga Rozanova.

Para saciar su voraz afición (“fui víctima de una espiral infernal. Quería detenerme, pero no podía hacerlo”), el que fuera presidente del Consejo Europeo de Ictus, secretario general de la Federación Mundial de Neurología y autor de más de cincuenta libros especializados -cuenta El Mundo- llegó a inventarse una compañía médica con sede en París que facturaba servicios quirúrgicos inexistentes, organizó cursillos que nunca llegaron a realizarse y falsificó todo lo falsificable.

Lo que se dice un coco. Un coco inasequible al llamado síndrome de Stendhal (al parecer, ni siquiera sintió esa palpitante angustia asociada a la “sobredosis de belleza” característica de este mal cuando lo pillaron en una inspección rutinaria); trastornado tal vez por el recuerdo de la portentosa biblioteca de su abuela (que, por lo visto, no heredó); y aquejado quién sabe si por el mismo mal que llevó a su padre a guindar un Watteau del Louvre en 1939. Aunque todo esto es mucho suponer.

La realidad es que la sentencia, que acabamos de conocer, ha estado a la altura de historia tan fascinante. Bogousslavsky (que quiero dejar claro que no es el nombre de un plato tradicional húngaro) no irá a la cárcel, ni siquiera ha sido multado. Una y no más, Santo Tomás, le han dicho, eso sí, los jueces, me gusta imaginar que reconciliados con su ingrata profesión al juzgar a un estafador de muy distinta clase que los Madoff, Bigotes y demás calaña.

Bogousslavsky, el bibliópato. Robaba a los ricos para sí mismo, pero con qué arte.

miércoles, 24 de febrero de 2010

El original y la versión "frente a frente"

No se puede decir que Bunbury no sorprenda con cada nuevo trabajo. Después de acabar con una de las escasas bandas de rock que este país ha dado parangonables con las que de relieve ha parido Reino Unido o Estados Unidos en los últimos veinticinco años, emprendió una carrera en solitario que partiendo de Radical sonora hasta la actualidad se puede calificar tranquilamente de sobresaliente. A veces antojadizo, por momentos zigzagueante y en ocasiones hasta "fullero" (recuérdese el mini plagio, en cualquier caso sobredimensionado, que llevó a cabo con "El hombre delgado que no flaqueará jamás"), Bunbury parece dispuesto a arriesgar pasando de etiquetas. Sí, yo también fruncí el ceño cuando me enteré de que iba a versionar a Jeanette, aquella musa setentera, pero el resultado es impecable. Incluso diría que después de escuchar la versión, la original crece. En fin, juzgue el oyente.



viernes, 19 de febrero de 2010

Cartas a Stalin

Dos creadores ante el abismo de su desaparición material e intelectual. Dos maestros de la literatura rogándole a un dictador el indulto que les permita seguir haciendo lo único que dota de sentido a sus vidas. Bulgákov y Zamiatin. El escritor de la extraordinaria El maestro y Margarita y el forjador de la distopía moderna.

Y frente a ellos, en la inmediata distancia, muñiendo el destino de millones de seres humanos, lósif Visarionovich.

“Al cabo de diez años mis fuerzas se han agotado; no tengo ánimos suficientes para vivir más tiempo acorralado, sabiendo que no puedo publicar, ni representar mis obras en la URSS”, escribe un Bulgákov aquejado de fuertes crisis nerviosas que ha enviado a las llamas su primer borrador de la que será su mayor obra. “Para mí, como para cualquier otro escritor, la privación de la posibilidad de escribir constituye un castigo mortal”, resuena como en un coro la voz de Zamiatin. Tanto el ruso como el ucraniano saben lo que es sufrir el acoso de la NKVD, la inquisitorial persecución de la crítica acrítica (“aquellos ilotas, panegiristas y personas atemorizadas y serviles” (en palabras de Bulgákov), los insultos, el ostracismo, la censura.

Se podría esperar que al verse acorralados, los dos autores adoptarán una actitud más sumisa, se autoinculparán, como harán más tarde durante los procesos de Moscú algunos de los más relevantes personajes de la Revolución, pasarán a escribir obras “comunistas”.

Pero, no.

“Particularmente, nunca he ocultado mi actitud ante el servilismo literario, el vasallaje y la hipocresía, diría Zamiatin. “Soy un ferviente admirador de esa libertad –afirma, como apostillando al anterior, Bulgákov- y creo que, si algún escritor intentara demostrar que la libertad no le es necesaria, se asemejaría a un pez que asegurara públicamente que el agua no le es imprescindible.”

En Cartas a Stalin (Editorial Veintisiete Letras) destacan misivas desperadas, angustiadas, implorantes, cartas capaces de trascender su contingencia histórica para quedar como monumentos a una libertad que se puede pedir, pero no vender.

Todavía Zamiatin tendrá suerte y gracias a la intercesión de Gorki, saldrá de la URSS para no regresar, aunque su obra cumbre, aquella de la que beberían Huxley u Orwell, Nosotros, no se publicará en su país hasta 1988. Solo un año más tarde aparecería por primera vez la versión completa de El maestro y Margarita de Bulgákov, a quien el camarada Stalin no le concedió el anhelado permiso y tuvo que permanecer en el “exilio interior” y, por lo tanto sujeto a innumerables vejaciones hasta su muerte en 1940.

También en la República Socialista había que expulsar a los poetas, a ser posible después de humillarlos, apedrearlos, anularlos. Pero la vida y la obra de estos dos autores (como la de otros integrantes de aquella gran generación a la que pertenecieron Ajmátova, Mandelshtam, Pilniak, Bábel, Platónov o Pasternak) constituye un testimonio trágico pero esperanzador de cómo el arte, entendido como compromiso trascendente, tarde o temprano es capaz de reducir a un tamaño diminuto a quienes, como aquel maníaco georgiano, un día se creyeron Dios y su profeta.

APÉNDICE
LOS PROCESOS DE MOSCÚ

lunes, 1 de febrero de 2010

Amin Maalouf, El desajuste del mundo

Como muchos de nuestros mejores autores contemporáneos (entre los que podemos incluir a Roberto Bolaño, Le Clézio, Claudio Magris o Murakami, por citar solo a algunos), a Amin Maalouf cabe situarlo dentro de una escuela de “escritores-puente”, hombres de letras que han integrado diferentes culturas y tradiciones, sin renunciar a sus identidades pero cuidando celosamente de no quedar enterrados bajo las mismas, sepultados bajo el peso que las banderas deja sobre aquellos que las asen con demasiada obstinación. Con otro destacado narrador y ensayista de nuestro tiempo, Orhan Pamuk, comparte además el papel de mediador, que no de equidistante observador, entre dos mundos que parecen alejarse a ojos vista pese a que jamás estuvieron tan juntos y revueltos. Los dos frentes de esta guerra ideológica, Occidente y el Islam, ya no están separados como en las guerras de antaño -pese a los muros que aquí y allá proliferan-, por impermeables fronteras, razón de más para que este escritor libanés, al que podríamos poner la etiqueta de “comprometido” si la palabra no resultara ya tan equívoca ni estuviera tan desprestigiada, se lance, con un lenguaje sencillo pero vigoroso, a intentar desentrañar las causas que nos han conducido hasta aquí y a proponernos algunas recetas que puedan paliar los devastadores efectos que el crecimiento del fanatismo, la exclusión o la violencia están acarreando a millones de personas en todo el mundo y que suponen una grave amenaza para la supervivencia de las generaciones futuras.

Nacido en Beirut en 1949 en el seno de una familia de origen cristiano, con solo 22 años Maalouf, continuando la tradición familiar, comenzó a trabajar como periodista, lo que le permitió, en ocasiones en calidad de reportero de guerra, recorrer países como la India, Bangladesh, Argelia, Etiopía, Somalia, Kenia o Yemen.

En 1977, dos años después del comienzo de la guerra civil libanesa, Maalouf abandonó su país y se estableció en Paris, ciudad en la que ha residido desde entonces.

Desde que en 1983 apareciera su primer libro, Las cruzadas vistas por los árabes, su obra ensayística y literaria ha estado marcada, como en todos aquellos autores en los que late una doble identidad -bajo la que subyace en un estrato más profundo un deseo de universalidad-, por un afán de reconciliación entre culturas en el que no encaja ni el simplista concepto de “guerra de civilizaciones” con el que algunos pensadores actuales pretenden atrapar el presente y proyectar un futuro que pareciera escrito de antemano, ni la multiculturalidad a la carta que desde Occidente pretendió adoptarse en aras de una armónica convivencia que inmediatamente se demostraría inviable.

Maalouf, por utilizar una sugerente alegoría que dibuja el propio escritor libanés al final de su último libro, es un alpinista al que los continuos dramas que el mundo ha padecido y padece, no le han apagado el deseo de seguir atacando cumbres. La tentación prometeica no ha perdido un ápice de su impulso, la “aventura humana” le sigue fascinando lo suficiente como para no quedarse cruzado de brazos ante la aniquilación que la acecha.

Porque se trata, claro está de una aventura sumida en la incertidumbre, a la que siempre le sobran o faltan piezas, desencajada, arriesgada, caótica, a la deriva. “Hemos entrado en este siglo nuevo sin brújula”. La frase que abre el libro no puede ser más elocuente acerca de los riesgos que, para el libanés, afrontan nuestras sociedades. En los terrenos intelectual, financiero, climático, geopolítico, ético… Allí donde posemos nuestra mirada podemos percibir la envergadura de un desajuste que amenaza con abocarnos a una regresión capaz de echar por tierra los esfuerzos que generaciones de hombres han invertido en su empeño por edificar un mundo mejor.

El horizonte no puede ser más sombrío. Nuevos peligros “sin parangón en la Historia”, asoman por doquier. Después de que, con la caída del muro de Berlín la supresión de la amenaza de un cataclismo nuclear, consecuencia del fin del enfrentamiento entre los dos bloques antagónicos que protagonizaron la “guerra fría” resultase desactivada, el mundo pareció de golpe ser azotado por un viento cargado de esperanza. Pero las grandes expectativas que se crearon pronto zozobraron ante la realidad de un planeta que solo en apariencia se encaminaba hacia un horizonte de paz y orden.

La victoria de Occidente, según Maalouf, produjo su propia debilitación. Es decir, al imponer su modelo, modificó drásticamente los equilibrios que durante décadas habían conformado la política mundial. Así, su victoria sobre el comunismo, lejos de servir para extender su prosperidad más allá de sus fronteras culturales, únicamente aumentó el recelo en los países del Tercer Mundo. Ésta es una de las tesis principales de El desajuste del mundo. El hecho de que la civilización occidental, pese a crear más valores universales que cualquier otra, se ha mostrado sin embargo incapaz de transmitirlos adecuadamente. Entre el deseo secular de las potencias occidentales de civilizar al mundo o simplemente dominarlo, con demasiada frecuencia dominó esta segunda pulsión. Es decir, al tiempo que enarbolaban los principios más nobles luego se abstenían de implantarlos en los territorios conquistados. Las consecuencias de este desajuste no pueden estar más a la vista. Frente a la intolerancia y a la barbarie del mundo árabe, señala el autor, se alza la arrogancia e insensibilidad de su Némesis occidental, de tal modo que allí donde hipotéticamente los dos mundos han confluido, el resultado no ha podido ser más desolador. El ejemplo lo tenemos en Irak, donde los Estados Unidos y sus aliados ofrecieron la más elocuente muestra de cómo nunca podrá una autoridad imponer su gobernanza sobre el mundo con tal déficit de legitimidad, entendiendo por tal –según Maalouf- aquello “que permite que los pueblos y los individuos acepten, sin excesiva coerción, la autoridad de una institución encarnada en hombres y considerada portadora de valores compartidos”.

Atatürk pudo acabar con la dinastía otomana, abolir el califato, imponer el laicismo, implantar el alfabeto latino, en definitiva, darle la vuelta a Turquía como a un calcetín, porque le había devuelto la dignidad a su pueblo. Otros muchos lo intentarían más tarde, Nasser o Sadam, sin ir más lejos, pero fracasarían. Las derrotas bélicas ante el pequeño y joven Estado Judío de Israel resultarían toda una cura de humildad (y una incesante fuente de rencor) para las naciones árabes del entorno. La errática política poscolonialista de las potencias occidentales solo ensancharía y ahondaría la fractura que separaba al resto del mundo de un enardecido Islam. Maalouf apunta las claves que explican cómo todo lo acontecido en el mundo en las últimas décadas ha contribuido al triunfo de las tesis de los islamistas en el seno de las sociedad árabes: los fracasos de los regímenes nacionalistas árabes que desprestigiaron esta ideología, que empezaron a considerar como una importación de Occidente; la aceleración de la mundialización y la necesidad de abrazar una ideología global “que dejase atrás las identidades locales”; y finalmente la desaparición del bloque soviético, paradójicamente el hecho que decretaba el triunfo global de Occidente (el “fin de la historia”, como se apresuraron a decretar los analistas del momento).

Esta pérdida de referente resultó a la postre funesta para Oriente. Pero, para Occidente en su conjunto también vendría acompañada de no pocas calamidades: “al convertirse en modelo único, el capitalismo perdió un detractor útil y seguramente insustituible, que le criticaba los resultados sociales y le buscaba las cosquillas en lo referente a los derechos de los trabajadores y las desigualdades”. Sin ese “correctivo” el sistema degeneró velozmente. El dinero y la forma de ganarlo se convirtieron en algo “obsceno”.

A quien le pueda llamar la atención esta paradoja quizá le sorprendan no menos otras que Maalouf dibuja en el libro y que chocan con las creencias corrientemente extendidas. Así, los Papas cristianos, por ejemplo, son entrevistos en el libro como un símbolo de Progreso, pues más allá de erigirse en guardianes de la ortodoxia, “contribuyeron a la estabilidad intelectual de las sociedades católicas, incluso su estabilidad a secas”. La existencia centralizadora de una Iglesia, la conformación de un clero es justo de lo que carecieron los califas, quienes se encontraban desvalidos frente a los sultanes, visires y comandantes militares, que campaban por sus respetos, de tal forma que mientras el enorme poder de los papas desembocaba en una merma del espacio religioso en las sociedades católicas, en el anticlerical Islam, la ausencia de una institución eclesiástica fuerte, favoreció que lo religioso termina inundándolo todo.

Entre “victorias engañosas”, legitimidades extraviadas” y “certidumbres imaginarias” se desenvuelve el análisis de Maalouf de las “dos mandíbulas de la barbarie” que aprisionan a nuestras sociedades y que parecen llevarlas a un callejón sin salida. Y si bien es cierto, que en este relato no hay ni buenos ni malos, al final no la culpa, pero sí la mayor parte de la responsabilidad a la hora de encontrar soluciones se la carga a Occidente. Es aquí donde están las ‘llaves’, donde se encuentra el modelo universalmente válido que hay que saber adaptar. Por eso es tan importante recuperar la confianza de los inmigrantes, aquellos que han de servir de “intermediarios elocuentes de sus relaciones con el resto del mundo”. De su integración puede depender el resultado de “la gran batalla de nuestra época”. Ellos son el veneno o el antídoto. El punto de partido es totalmente desventajoso. Sus identidades han sido gravemente dañadas, “enarbolan las señales de su pertenencia original y se comportan a veces como si su residencia adoptiva fuese territorio enemigo”. Esto es especialmente evidente entre los árabes, extranjeros en todos sitios, humillados, vencidos. Desesperados.
La máquina de integrar, dice Maalouf está atascada y no será desde el multiculturalismo, o más concretamente desde el “comunitarismo” y su ampliación en “tribus planetarias” como nos libraremos de los enfrentamientos que se anuncian. Hay que apostar por la otra visión, la pluralista, aquella que presenta a una “humanidad consciente de su destino común” y “unida en torno a los mismos valores esenciales”, pero que sigue desarrollando “las expresiones culturales más diversas”.

Frente a quienes han decidido dejar de luchar, aún a costa de inmolarse y llevarse de paso las vidas de aquellos que se encuentren dentro del radio de su cinturón de explosivos; frente a quienes apuestan por ponerse a cubierto “a la espera de que pase la tormenta”, Maalouf encuentra una tercera vía (un desfiladero, podríamos decir por completar la imagen), la que recorren quienes consideran que hay que “clausurar la Historia tribal de la humanidad, la Historia de las luchas entre naciones, entre Estados, entre comunidades étnicas o religiosas, y también entre civilizaciones”.

Entrar en esta nueva fase supone “volver a inventarlo todo: las solidaridades, las legitimidades, los valores, los puntos de referencia”. Y esta salvación, pasa en primer lugar “por la cultura”, por desarrollar una “vida interior floreciente”, por dar a la enseñanza “el lugar prioritario que le corresponde”.

Las palabras del autor de León el Africano nos suenan a música celestial. Su llamada a un nuevo humanismo, a una solidaridad “que pueda trascender las naciones, las comunidades, las etnias, sin acabar con la plétora de las culturas”, nos solaza. Pero, ¿no será que nos encontramos ante uno de esos “optimistas antropológicos”? ¿Ante otro idealista contumaz? ¿Ante alguien cargado –como él mismo señala- de “buenos deseos”? Puede que algo de esto también exista, pero es fácil convenir con Maalouf en que, llegados a este estado de nuestra evolución, ante los acuciantes retos que la humanidad tiene por delante, y los innumerables peligros (políticos, sociales, medioambientales…) de los que se encuentra sembrado el porvenir, a nuestra especie solo le quedan dos opciones: implosionar o metamorfosearse.

Ni que decir tiene que el libanés ha elegido la segunda. La vía de quienes confían en que la humanidad se dará cuenta de que “en la frágil balsa en que navega, vive una aventura común” y anhelan, por lo tanto, que pueda por fin clausurarse esta “Prehistoria demasiado larga”.

Algunos indicios, escarba el autor que podrían mover a la esperanza. Pero, ¿serán suficientes”. Al fin y al cabo, señala, “El tiempo no es nuestro aliado, es nuestro juez, y ya estamos con un aplazamiento de condena”.
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Publicado en dosdoce

viernes, 29 de enero de 2010

Gratitud

La gratitud no distingue precisamente a nuestra especie. Mostrar un sincero agradecimiento a aquellos que más han contribuido a nuestro desarrollo, a quienes en un momento dado decidieron arrimar su ascua a nuestra sardina sin esperar nada a cambio, resulta infrecuente. Cuando el reconocimiento procede de un gran hombre y va dirigido a otro que juzgamos inferior por su puesto en la escala de prestigio social, el efecto se multiplica y hace que emitamos íntimamente un largo ¡oh! aclamatorio.

En los últimos días la extraordinaria revista malagueña Litoral ha sacado a la luz un bello número que, dedicado a las caligrafías, recoge testimonios escritos en forma de epístola de brillantes cultivadores del arte, las ciencias y las letras. Juan Cruz destacaba esta semana en su blog de entre todo el material recopilado, una carta que el por entonces recientemente laureado con el Nobel de Literatura Albert Camus, le enviaba a su maestro de primaria, el Señor Germain, en la que, con una desarmadora sencillez le agradecía “lo que usted ha sido y sigue siendo para mí”, y le confesaba que “sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.”

Posiblemente esta carta, que merecería aparecer en el frontispicio de cualquier colegio, nos diga mucho más de Camus que todos los sesudos ensayos que sobre su figura se publiquen este año con motivo del 50º aniversario de su muerte y es fácil imaginarse qué extraordinario torrente de emoción traspasaría el cuerpo del viejo profesor al leer el testimonio del honorable discípulo.

Algo parecido debió sentir el maestro de uno de los más grandes hombres de la América Mayúscula cuando a principios de 1824 pudo leer:

“Ud. Maestro mío, cuánto debe haberme contemplado de cerca aunque colocado a tan remota distancia. Con qué avidez habrá seguido Ud. mis pasos; estos pasos dirigidos muy anticipadamente por Ud. mismo. Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló. Ud. fue mi piloto aunque sentado sobre una de las playas de Europa.”

Cómo no suponer que los ojos de Simón Rodríguez se desbordaron de lágrimas, que aquel anciano venerable y universal que Uslar Pietri nos retrató sabiamente en La Isla de Robinsón, al ver de nuevo de puño y letra la grafía de aquel niño llamado Simón que, ya convertido en Libertador, lo invitaba de nuevo al encuentro “de los cuadros, de los colosos, de los tesoros, de los secretos, de los prodigios que encierra y abarca esta soberbia Colombia”, por fuerza debió sentir un estremecimiento profundo.

Qué lección de vida la de estos hombres que mantuvieron viva la llama del recuerdo hacia quienes les iniciaron en la senda de la virtud y del conocimiento. Qué lección de humanidad para una Europa que no se atreve a dar el salto definitivo que la aleje de su condición de eterna promesa para un mundo en ruinas; para una América que doscientos años después de su emancipación formal mantiene las venas abiertas ante el saqueo propio y ajeno y tiene que ver cómo el nombre de quienes con mayor fe creyeron en su porvenir, es paseado por el florido barro de la demagogia.

Nobleza obliga. Gracias.

martes, 19 de enero de 2010

Juan Luis Cebrián: El pianista en el burdel

Que cada año se publiquen unos 60.000 títulos en España mientras los índices de lectura no nos dejan demasiado bien parados si nos comparamos con muchos de los países de nuestro entorno, es un dato que bien debería movernos a una reflexión. Que de esos miles de ejemplares sólo una ínfima parte llegue hasta los escaparates de las librerías y que de éstos no necesariamente los mejores se coloquen entre los más vendidos, es otra circunstancia que merecería un análisis no menos detallado. Que, mientras con frecuencia un puñado de obras menores concentran la atención de los lectores, verdaderas obras maestras puedan no ser nunca descubiertas por el gran público, incluso permanezcan por siempre –incapaces de penetrar en el círculo de hierro que traza la industria cultural- en el fondo de un cajón, es un pensamiento que tiene mucho de descorazonador.
Así, es justo asumir de inicio que el que un servidor dedique una fracción de su tiempo y un portal de literatura de su espacio a reseñar un título de una de esas escasas personas que en España no necesitan de publicidad extra para promocionar un libro, puede resultar un sinsentido. Muy pocos autores, como Juan Luis Cebrián, disponen de todo un grupo multimedia detrás para hacer de caja de resonancia, por no hablar de que el juicio que sobre la obra en cuestión aquí se emita difícilmente podrá influenciar en modo alguno sobre la repercusión que ésta alcance. Si éste fuese negativo, no serviría para destrozar una reputación (tampoco, para mi desgracia, ni yo soy Sartre ni él, posiblemente por suerte, el Mauriac al que el francés zarandeó (“Dios no es un artista; Mauriac tampoco”) con una demoledora crítica en la NRF); y si todo lo contrario, solo serviría para sumarse al coro de los aduladores a los que la mera enunciación de marcas como Santillana, Alfaguara, El País, Ser, Cuatro, etc, bastaría para borrar de su teclado cualquier combinación de palabras dirigidas a poner en solfa la solvencia ensayística de uno de los mayores gurús de la comunicación “global” en español.

Sin embargo, y al margen de otras consideraciones, lo que tenga que decir el que fuera fundador y primer director de El País y actual consejero delegado del grupo Prisa, sobre el estado del periodismo en la actualidad, tema central de El pianista en el burdel, debe interesar a todos aquellos que piensen, contra Chesterton, que este oficio consiste en algo más que en decir que ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo, no digamos a quienes, como en mi caso, nos ganamos mal que bien la vida en estos menesteres. Todo, a pesar de que quienes se acerquen a esta obra publicada por Galaxia-Gutenberg con la intención de escudriñar algún turbio secreto, acariciar alguna revelación trascendental o siquiera un pecadillo venial, no podrán salir más decepcionados de su lectura. De las controvertidas relaciones entre Cebrián (y todo su grupo) con el expresidente José María Aznar –que constituyen la parte más áspera del volumen- ya teníamos sobrada información (a Aznar lo define, por cierto, de un modo un poco deslucido para alguien que escribe novelas y ocupa un sillón en la RAE, como “el hombrecillo del bigote, con cara a lo Chaplin y alma de inquisidor” o “matarife de la libertad de expresión”), y no cabe decir nada diferente respecto de su evocación de los años de profesión bajo la Dictadura, junto a la narración del papel de la prensa durante la Transición, el capítulo más autobiográfico del libro y probablemente el que más pueda llamar la atención a un joven estudiante de periodismo nacido ya en democracia (aun cuando, terriblemente, algunas de las prácticas de los censores de la época no disten tanto de las que hoy aplican, a despecho del artículo 20 de la Constitución –ése que preside en punto de cruz sus despachos-, algunos directores de periódicos.
Lo que Cebrián consuma a lo largo de esta compilación de ensayos–en la línea de las Cartas a un joven poeta de Rilke, las Cartas a un joven novelista de Vargas Llosa o las propias Cartas a un joven periodista del autor de La agonía del dragón- es una lección, a menudo abstracta y con frecuencia cimentada sobre terrenos profusamente hollados-, sobre el oficio periodístico, que parecería dirigida a quienes se encuentran a punto de encaminar sus pasos hacia esta profesión y que por momentos se asemeja a aquellos libros que se les entregaban a los alumnos de último curso de bachillerato antes de elegir carrera.
El primer ensayo del libro está imbuido de este espíritu. La no demasiado original elección del “mito Watergate” no hace sino reforzar este esfuerzo divulgativo por enarbolar los grandes principios del periodismo (veracidad, independencia, libertad de expresión) haciéndolos reposar sobre un caso emblemático de nuestra época, conocido por todos pero al mismo tiempo impermeable al paso del tiempo, incluso se diría que revalorizado con los años de acuerdo al surco zigzagueante que la prensa, de un tiempo a esta parte, merced a las crecientes “presiones, manipulaciones y chantajes” debe sortear.

Porque si bien es cierto que El pianista en el burdel (título que, como es de sobra conocido, alude al célebre adagio periodístico) redunda en lugares comunes y clichés, está atravesado, y aquí reside su principal interés, por la sombra de una crisis que si bien no es nueva (sino que es consustancial a su propia génesis, como el propio autor se encargará de recordar) parece haber arreciado en los últimos años, tal vez porque ahora como en el siglo XVII, los ciudadanos siguen prefiriendo “la imaginación a la verdad a fin de que ésta no la disturbe demasiado”.

Las siempre agónicas relaciones entre la prensa y el poder instituido ocupan buena parte de las reflexiones que Cebrián nos brinda sobre el oficio, y en este sentido, aun cuando con frecuencia el autor se encarga de subrayar los principios éticos que deben servir de pórtico a todo aquel que ejerza la tarea de informar, cierto nihilismo invade la obra, como si a pesar de que resulta propio del periodismo el verse sometido a las andanadas de los políticos de turno, en tiempo reciente los medios hubieran entregado definitivamente la cuchara resignándose demasiadas veces a nadar “en las babas de la adulación”.

En este sentido, más allá de la autocrítica, no faltan las ásperas catilinarias contra el poder político, ni contra los gobiernos presuntamente democráticos que –resucitando el espíritu de los imprimátur de los antiguos periódicos- se encargan de premiar a sus amigos y castigar a los enemigos a su antojo a la hora de repartir el espectro radioeléctrico. Una revelación que debe de haberle dejado patidifuso.

Porque al fin y al cabo, Cebrián no oculta que junto a la administración de una propiedad pública (el derecho a la información) los directores de periódicos deben velar por otros intereses, esto es, “la continuidad de la empresa, los puestos de trabajo, la pervivencia misma de la tribuna que dirige”. Y los anuncios (a más concesiones, más anuncios y más influencia, no lo olvidemos), que las empresas e instituciones, sean públicas o privadas, insertan en función de la capacidad del contenido para atraer consumidores, “son fundamentales para financiar los medios de comunicación”, hasta el punto de que lejos de ser un “enemigo del sistema”, se convierten en su “aliado”. Acabáramos.

La profesión periodística, del mismo modo que –apunta Cebrián- “tiene a la vez un origen canalla y un pedigrí regio, características que la han acompañado durante toda su historia”, parece moverse entre la defensa de las libertades frente a los abusos de los que mandan y, en el extremo opuesto, la arbitrariedad y el desdén hacia los derechos de los ciudadanos. Sin embargo, “las cosas últimamente no han hecho sino empeorar”. Y así, junto a la extensa lista de amenazas que el autor de Francomoribundia se encarga de repasar, y entre las que figuran la abundancia de información (que no redunda automáticamente en “una mejor información”); la dificultad de discernir la línea que separa la propaganda del deber de informar; la invasión de la vida privada que no sólo la llamada prensa rosa perpetra; el empeño de algunos de “gobernar desde las páginas de los periódicos”; la degradación del concepto de periodismo como género literario particular análogo al ensayo, la novela o la obra de pensamiento, y por lo tanto su encanallamiento; la transformación de la información en mero ocio y entretenimiento; o que la rentabilidad de las empresas de comunicación termine solapando todo lo demás al grito de “todo vale”; aparece otro escollo que es de nuevo cuño: la avalancha digital, el cambio de paradigma de la información que internet ha propiciado y de manera específica, lo que Cebrián llama “los confidenciales” y que explica como “esa infinita pléyade de boletines en red que mezclan realidad y mentira, difamación y elogio, con una arbitrariedad impune”.
En este punto descubrimos cómo Cebrián va de pionero pero trasunta un miedo reverencial a los nuevos medios digitales, a los que observa con un indisimulado paternalismo y a los que parece querer exorcizar adhiriéndoles una etiqueta que, suponemos, el consejero delegado de Prisa no le colocaría a elpais.es (que no parece un “vertedero de estupideces e inmundicias”). No sabemos si aquí se erige en celoso defensor de las esencias del oficio, si la nostalgia por un pasado glorioso (esa época dorada (sic) que terminó con la concesión de las primeras emisoras privadas de televisión) le empaña la mirada o si es a través de la visión del que, al fin y al cabo, hace tiempo que colgó la pluma de periodista para erguir la calculadora del vendedor de diarios, por quien se pronuncia. El caso es que, a pesar de sostener en más de una ocasión que la cuestión fundamental no reside en el soporte de la información, sino en la información misma, incluso de cantar las alabanzas de lo que supone la convergencia entre textos, vídeo y audio dentro de un mercado global sin fronteras geográficas ni temporales, Cebrián se mueve con enorme incomodidad entre tanta ‘modernura’ y termina cayendo él mismo en aquello que pretende denunciar, mezclando lo serio con lo grotesco y, lo que es más preocupante, dejando pasar de largo una evidencia: que parte del mejor periodismo se hace ya hoy a través de plataformas digitales.

Informar con rigor, con objetividad, sin descuidar los intereses empresariales, poniendo coto a las intromisiones del poder político pero valiéndose de este mismo poder para aspirar a lograr o para consolidar una posición de liderazgo, y ser capaz a la vez de tomar partido ante los hechos que se le presentan, de dejar de lado la neutralidad y pronunciarse sin ambages sobre las grandes cuestiones de la actualidad, incluso a costa de poner en peligro esos mismos intereses… Esta conflictividad de valores que se da en las empresas periodísticas entre su supuesta razón de ser y la necesidad de generar riqueza es la que atraviesa la obra y nos da cuenta, por otra parte, del conflicto que padece el empresario/periodista. Lo que nos hace recordar aquél célebre caso, convertido en triste paradigma del carácter camaleónico de la prensa según qué circunstancias, que nos ilustra acerca de cómo fueron evolucionando los titulares de un periódico francés durante los días del destierro de Napoleón y su posterior retorno a París:

“El Monstruo se escapó de su destierro”.“El Tigre se ha mostrado en el terreno.
Las tropas avanzan para detener por todos lados su progreso”. “El Tirano está
ahora en Lyon. Cunde el temor en las calles por su aparición”. “El Usurpador
está a 60 horas de marcha de la capital”. “Bonaparte avanza con marcha forzada”.
“Napoleón llegará a los muros de París mañana”. “El Emperador está en
Fontainebleau”. “Su Majestad El Emperador hizo su entrada pública y llegó a las
Tullerias. Nada puede exceder la alegría universal ¡Viva el Imperio!”

Evidentemente, no queremos sugerir que éste sea un patrón recurrente ni que podamos aplicarlo a quien nos ocupa –por mucho que haya quien malintencionadamente juzgue como mágica la transformación de Cebrián de “periodista del Régimen” a “adalid de las libertades”- pero sus, por otra parte, razonables críticas, nos hacen cuestionarnos la legitimidad de los motivos que encierran. ¿O no es cierto que la propia empresa de la que el fundador de El País es consejero-delegado viene librando en los últimos años una descarnada lucha con el Gobierno por el control de la influencia mediática? ¿Podemos tener la certidumbre de que las penetrantes críticas a cierta política oficial de medios obedecen únicamente al deseo de denunciar una injusticia, la erosión de la libre competencia, o estamos llamados a pensar con no menos base que tal denuncia no refleja por encima de todo una airada defensa de los propios intereses en tiempos de especiales dificultades económicas?

El romanticismo de Cebrián se acaba con la Transición, la bohemia del oficio termina sepultada cuando los censores oficiales del régimen ceden el testigo a la plural dictadura del mercado. Y si bien la influencia de los periódicos, tal y como los hemos conocido, “toca a su fin” (el propio Napoleón, por seguir con el personaje, afirmaba temer más a tres diarios que a mil bayonetas) no es menos cierto que el papel de las grandes empresas en cuya estructura se integran, sigue siendo decisivo para el transitar de nuestras sociedades democráticas. La devoción y el negocio vuelven a imbricarse en este punto y terminan de configurar un ideario en el que lo local y lo global (lo “glocal”, como lo acuñara Roland Robertson) se funden en aras de la propia supervivencia. El castellano, como idioma que une a cuatrocientos millones de personas en el mundo, se convierte así en una extraordinaria oportunidad para afrontar la dispersión de la era digital y los escasos márgenes económicos con los que trabaja el nuevo periodismo. La concentración se convierte en una verdadera necesidad. El paso de “independiente” a “global” de la cabecera de El País está más que justificado.

En el fondo, doscientas páginas después sigue en pie una constatación, que los burdeles siguen siendo más respetables que las propias redacciones de los diarios. O que hay formas más dignas de prostituirse que otras. A este triste certificado hay que sumar el hecho de que terminamos obteniendo razones más que convincentes para poner en cuarentena las palabras de Sami Naïr, director de la colección, en su prólogo. Allí donde dice, refiriéndose al autor: “Pero lo que no se puede discutir, porque es indiscutible, es que será siempre una gran voz libre de la España democrática”. Dejémoslo en “gran voz”; lo de “libre” es harina de otro costal. Que nadie se rasgue las vestiduras. No podría ser de otra forma.
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Publicado en literaturas.com
 
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