domingo, 20 de julio de 2008

China: no es un juego

Los Juegos olímpicos siempre se nos han vendido como la gran cita mundial de la concordia. Lo que une el Deporte, que no lo separe el hombre. Pero la realidad suele demostrar que más allá de la ilusión que despierta entre profesionales y espectadores de todo el mundo, se trata de un evento en el que las lecturas políticas resultan determinantes (véanse los sucesivos vetos de Moscú ‘80 y LA’84) y en el que la inocencia no campea precisamente por sus pagos (¿o no, Ben Johnson?)No digo que la intención no sea loable, pero al igual que los Reyes son los padres, esto es un negocio, amigos.

Desde que Pekín fue designada como sede de la convocatoria del año 2008, muchos apuntaron a que ésta podía ser una oportunidad única para la confirmación de China como una potencia de primer orden. La Beijing actual se ha transformado de un modo brutal convirtiéndose en el símbolo del nuevo gigante asiático. Para bien y para mal. Y digo esto porque la metamorfosis que algunos soñaron no se ha producido ni tan siquiera levemente y la China que lucha por integrarse en el selecto club de los países más avanzados del planeta, no se ha movido un ápice merced a la cita olímpica, en los fundamentos de tipo político y social establecidos por el régimen que gobierna el país desde hace décadas. Las tímidas presiones diplomáticas que ejerció Occidente tras las revueltas en Tíbet se quedaron en nada, diluyéndose junto al resto de demandas que en especial las organizaciones humanitarias vienen haciendo desde hace tiempo. Por no hablar del costo medioambiental que los Juegos supondrán y sobre el que el resto de timoratos líderes mundiales tampoco ha dicho nada.

Al contrario de lo que el más elemental sentido común pudiera dictar, cuando se habla de la imagen que China pretende lanzar al mundo, no se tienen en cuenta factores como el respeto por los derechos humanos o un cambio de tendencia hacia una progresiva democratización del país. Todo se reduce a las idílicas telepromociones con la Gran Muralla al fondo, a los fuegos artificiales y al urbanismo que representa el nuevo Estadio olímpico de simbólico nombre: el Nido de Pájaro.
Porque efectivamente, China, y esta es la prueba más palpable de cuanto venimos diciendo, no necesita siquiera hacer ningún brindis al sol. Porque quienes no temen a China la necesitan, de ahí que hayan descubierto que amenazar con no acudir a la inauguración de los Juegos (uuuuh, qué miedo) es el mayor acto de sabotaje que están dispuestos a poner sobre la mesa.

Cuando a finales de los años 70 China decidió abandonar la rígida planificación estatal de la economía iniciando una apertura hacia un sistema de libre mercado (claramente proteccionista, claro), algunos expertos vaticinaron el principio del fin de la dictadura comunista. Tras desplomarse como un castillo de naipes el bloque soviético, todo parecía indicar que el país asiático muy pronto terminaría soltándose el corsé ideológico. Pero no. Hoy China representa un caso único que combina un crecimiento económico sostenido a un ritmo netamente superior al de las principales democracias capitalistas al tiempo que mantiene un férreo sistema centralizado de partido único que ahoga cualquier disidencia (donde no podría expresar esto mismo sin temor a represalias).

Y lo que es peor, el resto de potencias mundiales (hasta las más supuestamente liberales) lo han aceptado. Sin más. Peor es cabreallo.
 
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